MAPA, el día después

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✒️ Por Gastón Fournier

Entre desmontajes, balances preliminares y lecturas cruzadas, MAPA vuelve a abrir la pregunta por el presente del arte argentino: una escena en expansión donde conviven nuevos públicos, estrategias de acceso y cruces con el diseño, junto a una proyección cada vez más clara hacia el mapa latinoamericano del arte contemporáneo.

Unas horas después del “dia después” del cierre de MAPA, Agustín Montes de Oca, director de la feria, recién llegaba a su casa. Venía de supervisar el desmontaje de la feria, coordinar el retiro de obras y terminar de cargar en un flete el gran mural realizado por Juvenal Ravelo junto a estudiantes durante esos cuatro días. Cuando finalmente atendió el teléfono, lo primero que hizo fue advertir, entre risas, que apenas le quedaba un tres por ciento de batería. Entre Mercurio retrógrado, un teléfono que sonaba en la tablet en lugar del celular y una conversación que parecía empeñada en no comenzar, apareció una frase que terminó sintetizando, sin proponérselo, todo lo que implica levantar una feria de arte independiente: “Todo puede fallar.”

La respuesta salió casi automática. Sin saberlo, aquella frase terminaría resumiendo bastante bien todo lo que implica levantar una feria de arte independiente. como una inesperada definición del enorme trabajo invisible que sostiene una feria de arte.

Las ferias de arte suelen medirse por una serie de indicadores relativamente previsibles: cantidad de visitantes, volumen de ventas, galerías participantes o artistas representados. Sin embargo, una vez que las paredes vuelven a quedar vacías y las obras regresan a sus destinos, aparece otra forma de evaluar lo sucedido. Una que tiene menos que ver con las cifras y más con la capacidad de una feria para construir comunidad, generar vínculos y proyectar otro futuro posible para el arte contemporáneo.

En ese terreno es donde MAPA parece haber alcanzado una nueva madurez.

En diálogo con ese mismo pulso, Julia Moreno –parte del equipo MAPA, que coordina las galerías y los recorridos especiales- observa que el verdadero termómetro de la feria no está únicamente en las ventas sino en el tipo de públicos que logra activar. La incorporación del diseño dentro del dispositivo ferial no opera como un agregado sino como una estrategia de apertura.

“Lo que somos muy conscientes es que lo que necesitamos es acercar el arte a la gente. Que sea una cosa más cercana. No hace falta tener una colección: a muchos les da pudor decir que son coleccionistas, pero en realidad son compradores de obras, y eso es lo que queremos lograr”, sostiene. En ese desplazamiento —de coleccionista a comprador— se juega una política concreta de acceso.

El diseño, en ese sentido, aparece como una puerta de entrada expandida. “El diseño fue una bomba, siempre lleno de gente, la gente se quedaba hasta tarde. Vendieron muchas piezas y eso empezó a generar otro tipo de público”, explica. Arquitectos, diseñadores, jóvenes compradores y visitantes ocasionales empiezan a formar parte de una escena que ya no se define por la pertenencia sino por la cercanía.

La accesibilidad también se trabaja desde lo concreto: la visibilidad de precios mediante QR, la convivencia de rangos muy diversos de obra y la invitación a derribar ciertas barreras simbólicas que históricamente alejaron al público del arte contemporáneo.

“Invitamos a los galeristas a poner los precios visibles porque la gente, si no, no pregunta. No se anima, no sabe”, resume Moreno.

(Ver nota adjunta las galerías que captaron mi atención)

Si Julia Moreno observa el presente inmediato de la feria —sus pasillos, sus públicos y la experiencia cotidiana de los visitantes—, Agustín Montes de Oca corre la mirada algunos metros más adelante. Su preocupación ya no es solamente cómo funciona MAPA hoy, sino hacia dónde quiere llevarla.

“Cuando empezamos, hace diez años, queríamos construir una feria verdaderamente federal. Sentíamos que había muchísimos artistas del interior que no encontraban un espacio de circulación ni un mercado donde mostrar su trabajo. MAPA nació para conectar ese país artístico que todavía estaba disperso.” explica Montes de Oca.

Lo cuenta sin nostalgia. Más bien con la tranquilidad de quien ya puede mirar hacia atrás y entender todo lo que pasó entre aquella primera idea y la feria que hoy existe.

Aquella idea inicial incluso contemplaba una feria itinerante que recorriera distintas provincias. Con el paso del tiempo, sin embargo, ocurrió algo inesperado: las propias escenas regionales comenzaron a fortalecerse y surgieron nuevas ferias en diferentes puntos del país.

“Eso, lejos de ser un problema, fue una excelente noticia. Hoy cada región tiene sus propios espacios y MAPA puede asumir otro desafío.”

Ese nuevo desafío ya no consiste únicamente en conectar provincias entre sí.

Consiste en conectar a la Argentina con Latinoamérica.

Esa diferencia parece sutil, pero modifica completamente la escala del proyecto. MAPA ya no busca solamente reunir escenas dispersas; comienza a construir puentes.

Escuchándolo, resulta inevitable pensar que quizás MAPA dejó de preguntarse cómo crecer para empezar a preguntarse hacia dónde quiere ir.

La presencia de diseñadores brasileños gracias al intercambio con la feria MADE São Paulo, la incorporación de una sección específica dedicada al diseño contemporáneo, los homenajes a Julio Le Parc y Alejandro Dávila, la realización del mural de Juvenal Ravelo junto a estudiantes y la consolidación de proyectos solidarios como MAPA por la Patagonia revelan una feria que ya no piensa solamente en crecer en cantidad, sino también en complejidad.

Aunque Montes de Oca evita reducir la experiencia únicamente a las ventas, reconoce que numerosas galerías superaron ampliamente las expectativas iniciales. Algunas comercializaron más de veinte obras durante los cuatro días de feria, mientras que el rango promedio de adquisición se ubicó entre los mil y mil quinientos dólares, con piezas que alcanzaron valores considerablemente superiores.

“Las ventas son una consecuencia. Lo importante es que existe una enorme avidez por acercarse al arte, preguntar, conocer artistas y generar vínculos. Después aparece la compra.” comenta.

Quizás una de las escenas que mejor sintetice ese espíritu haya sido la presencia espontánea de Guillermo Kuitca deteniéndose frente al stand del proyecto Bruma, integrado por artistas rusos y ucranianos radicados en Argentina. Un encuentro casual entre generaciones y geografías distintas que difícilmente pueda medirse en estadísticas, pero que termina construyendo el verdadero valor simbólico de una feria.

En un contexto económico todavía complejo para el mercado argentino, sostener un proyecto independiente de estas dimensiones representa un desafío permanente. Sin embargo, Montes de Oca evita personalizar ese esfuerzo.

La respuesta aparece casi automática. No habla de presupuesto, ni de logística, ni de números. Habla de personas.

“Tengo el mejor equipo de todos” Y no lo dice como una fórmula de compromiso. Lo dice casi con alivio.

“La feria existe gracias al trabajo colectivo. Hay un compromiso enorme de cada persona que participa. Eso es lo que hace posible cosas que, muchas veces, parecen imposibles.” enfatiza.

La convivencia con el crecimiento de otras ferias federales —como ARTUC en Tucumán— tampoco es vista como una competencia, sino como un síntoma saludable del momento que atraviesa el ecosistema artístico nacional. Desde hace tiempo, distintas organizaciones trabajan conjuntamente para coordinar calendarios y evitar superposiciones, fortaleciendo una red federal que hace apenas algunos años parecía impensada.

De hecho, cuando mencionamos la reciente edición de ARTUC en Tucumán, lejos de aparecer cualquier gesto de competencia, lo primero que surge es una pequeña frustración personal.

“Lo que más bronca me dio fue no haber podido ir. Tenía muchísimas ganas de conocer la escena tucumana y ver qué estaba pasando allá.” confesó para Acromátíca.

No parece una respuesta diplomática. Más bien la frustración genuina de alguien que entiende que el crecimiento del arte argentino ya no puede pensarse únicamente desde Buenos Aires.

“Hay mercado para todos. Cuantas más ferias existan, más oportunidades aparecen para artistas, galerías y públicos” añade.

Pensar en los próximos cinco años implica imaginar una expansión que ya no necesariamente pasa por aumentar la cantidad de stands o visitantes.

La ambición parece dirigirse hacia otro horizonte.

Llevar el arte argentino hacia nuevos mercados internacionales, fortalecer alianzas regionales y consolidar un modelo de feria donde la experiencia, la calidad curatorial y el respeto por artistas y galerías continúen siendo el verdadero diferencial.

Porque quizás ese sea el mayor logro de MAPA. Haber dejado atrás la necesidad de demostrar que podía existir para comenzar, finalmente, a preguntarse qué lugar quiere ocupar dentro del mapa del arte latinoamericano.

La entrevista termina casi tan rápido como empezó. Del otro lado del teléfono todavía quedan cajas por abrir, obras por devolver y varios días de descanso pendientes.

—”No sé si me lo merezco, pero ahora voy a descansar un poco”— dice entre risas antes de cortar.

Después de varios meses demostrando que, incluso cuando parece que todo puede fallar, también es posible construir una feria que siga creciendo.

Porque cuando se apagan las luces de MAPA, el verdadero trabajo no termina. Empieza otro: el de sostener una comunidad, fortalecer un ecosistema y seguir convenciendo a artistas, galeristas, coleccionistas y nuevos públicos de que el arte argentino todavía tiene mucho territorio por conquistar. Quizás esa sea, hoy, la obra más importante que la feria construye cada año.

Créditos fotográficos: Gabriel Altamirano

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