✒️ Por Gastón Fournier
A los 95 años, Vechy Logioio inauguró su primera muestra individual en el Museo Nacional de Bellas Artes. Una exposición que invita a pensar el tiempo, el paisaje y esas travesías que, simplemente, suceden cuando deben suceder.
A veces el arte tiene la extraña costumbre de llegar cuando quiere.
No cuando el mercado lo espera.
No cuando las modas lo indican.
Ni siquiera cuando los artistas lo imaginan.
Artistas que trabajan con bronce, otros con pintura. Vechy Logioio parece haber trabajado toda su vida con el tiempo.

A los noventa y cinco años, Vechy Logioio inauguró su primera muestra individual en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Y mientras recorría las salas, no podía dejar de pensar que quizás el tiempo también sea un material artístico.

Llegamos con Gabriel, mi fotógrafo preferido, mientras el atardecer empezaba a caer sobre Avenida del Libertador. El museo estaba impecable. Las salas respiraban ese raro equilibrio entre solemnidad y cercanía que la gestión actual parece haber recuperado con naturalidad.
Ana Ruvira, que se desempeña como Relaciones Públicas del museo, nos recibió con la calidez de quien sabe que las mejores visitas no empiezan frente a una obra, sino en una conversación. Nos entregó el pequeño catálogo desplegable de la exposición y, casi sin darnos cuenta, ya estábamos recorriendo la sala.



En algún momento aparecieron las bisnietas de Vechy.
Corrían detrás de unos scons de queso con una elegancia imposible, como pequeñas señoras de la Isla de Copérnico. La escena tenía algo deliciosamente porteño. Había jóvenes escultores, artistas contemporáneos, algún que otro habitué de inauguraciones y muchos amigos que parecían acompañar algo más importante que una muestra.
Después entendí qué era. No estaban acompañando una inauguración. Estaban acompañando un tiempo.
Porque Vechy Logioio tiene noventa y cinco años.
Y recién ahora presenta su primera exposición individual en el Museo Nacional de Bellas Artes. La escena tenía algo de reunión familiar y algo de reparación histórica.

Pensé mucho en eso mientras recorría las salas.
Vivió en Suiza. Primero estudió música. Después abandonó esa disciplina para convertirse en pintora. Estudió con Emilio Pettoruti, Horacio Butler y Santiago Cogorno. Expuso en Italia, Estados Unidos, España y América Latina.
Y recién en los años noventa comenzó a desarrollar sistemáticamente la escultura.
Hay algo profundamente liberador en esa biografía.
En un tiempo obsesionado por la velocidad, las carreras tempranas y los éxitos inmediatos, Vechy parece recordarnos que los tiempos biológicos y los tiempos creativos casi nunca coinciden. A veces simplemente hay que esperar.
Esperar como espera el paisaje; como ella hace todas las tardes, viendo el reflejo del sol en el río.

Quizás por eso sus esculturas nunca me parecieron completamente abstractas.
Detrás del bronce aparecen el viento, el mar, el desierto, la llanura pampeana y esos horizontes enormes donde el paisaje parece respirar lentamente.
Incluso cuando el metal pesa toneladas, sus formas conservan algo ligero. Como si estuvieran moviéndose. Como si el viento hubiera aprendido a solidificarse.

Andrés Duprat curador de la muestra y director del museo, lo explica desde otro lugar cuando habla de “un orden secreto” que atraviesa las piezas de la artista.

Y tiene razón.
Porque hay una música interna en estas esculturas.
No resulta extraño recordar que Vechy fue música antes que artista visual. Quizás nunca abandonó realmente esa disciplina. Quizás simplemente empezó a componer con otros materiales.
Durante la recorrida me quedó dando vueltas una frase suya: descubrió que algunas obras pequeñas poseen una monumentalidad intrínseca, independientemente de su tamaño.
La afirmación parece hablar de sus esculturas, pero también habla de las personas.
Porque la propia Vechy demuestra exactamente eso, que hay vidas silenciosas que terminan siendo monumentales.
También hay algo profundamente emocionante en que esta exposición suceda ahora.
No antes. Ahora.
Como si el tiempo hubiera decidido acomodar finalmente las piezas.
Y como si Vechy hubiera sabido, desde siempre, que no valía la pena apurarlo.



Hace algunos meses recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística.
Su escultura “Desde el jardín” ingresó a la colección permanente del Museo.
Y hoy ocupa estas salas con absoluta naturalidad. Sin estridencias. Sin necesidad de revancha. Simplemente sucediendo.
No alcanzamos a conversar con Andrés Duprat. Hace tiempo que tenemos pendiente ese encuentro.
Mientras caminábamos por el museo pensaba que probablemente haya suficientes historias compartidas como para escribir una tercera temporada completa de Bellas Artes.
Quedará para otra visita.
Porque también entendí algo recorriendo esta muestra.
No todo tiene que suceder inmediatamente.
Hay conversaciones que necesitan madurar.
Hay obras que necesitan décadas.
Hay artistas que llegan a su gran reconocimiento a los noventa y cinco años.
Y hay esculturas que parecen enseñarnos algo muy simple, que resistirse al tiempo probablemente sea inútil. Que tal vez la verdadera tarea consista en dejarse atravesar por él.
Exactamente como el viento atraviesa las formas ondulantes de Vechy Logioio.
Y descubrir, finalmente, que también eso puede ser una forma de belleza.
Info: La muestra puede visitarse de martes a viernes de 11 a 19.30 y los sábados y domingos de 10 a 19.30. Av. del Libertador 1473, en el barrio de Recoleta, Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Fotos: Museo Nacional de Bellas Artes/ Matías Iesari.
Registro de la visita: Gabriel Altamirano
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