Karina Conen presenta Ambiguos Límites: la pintura como una danza del equilibrio

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✒️ Por Gastón Fournier

La artista presenta una nueva etapa de su producción pictórica en una exposición curada por Roxana Punta Álvarez, donde la danza, el equilibrio y la búsqueda de una voz propia transforman la abstracción en un lenguaje profundamente humano.

He conocido muchos artistas a lo largo de estos años. Hay artistas que pintan lo que ven. Otros pintan lo que recuerdan o imaginan. Karina Conen pinta aquello que todavía no tiene forma.

Su nueva exposición, Ambiguos Límites, no busca representar objetos ni traducir conceptos. La obra aparece como una construcción paciente donde las formas se atraen, se equilibran, se tensan y dialogan hasta encontrar una armonía propia. Cada cuadro parece detener un movimiento apenas por un instante, como si el tiempo hubiese decidido congelar una coreografía invisible.

No es casual.

Durante más de veinte años la danza formó parte de su vida. Ese aprendizaje físico permanece latiendo en cada composición. Ya no existen cuerpos sobre el escenario, pero sí volúmenes que avanzan, retroceden, se rozan, se abrazan y encuentran un equilibrio siempre aparentemente inestable.

La abstracción, en Karina, nunca es fría. Tiene respiración.

Encontrar una voz propia

Su recorrido comenzó estudiando Diseño Gráfico con Martin Salomón en Parsons School of Design de Nueva York y dibujo en la Art Students League. Más tarde profundizó durante quince años en el Taller Sur de Alberto Delmonte junto a Silvia Della Maddalena, donde incorporó las leyes del constructivismo abstracto rioplatense.

Durante aquellos años su pintura transitaba caminos cercanos al expresionismo, influenciada por artistas norteamericanos como Robert Motherwell. Sin embargo, todo cambió cuando llegó al taller de Laura Messing.

Fue allí donde apareció una pregunta que terminó modificando toda su producción.

“Cada pintor expresa el espíritu de su tiempo. Vos tenés que encontrar tu propia voz.”

Esa búsqueda duró cerca de tres años.

Karina comenzó entonces un paciente proceso de derribar estructuras aprendidas, abandonar fórmulas conocidas y permitir que las formas aparecieran casi por sí mismas.

“Mi arte no parte de un concepto”, explica la artista. “Las formas empiezan a dialogar entre ellas. Yo siento que más que crearlas, colaboro con ellas.”

Cuando la obra empieza a decidir

Uno de los aspectos más singulares del pensamiento de Karina Conen aparece cuando intenta explicar su propio proceso creativo. Lejos de definirse como una creadora absoluta, prefiere hablar de sí misma como una colaboradora de la obra. Las formas, asegura, no nacen de una idea preconcebida ni de un concepto cerrado; aparecen, se relacionan entre sí y comienzan a exigir nuevos equilibrios. Su trabajo consiste en escucharlas, ajustar tensiones, corregir pesos, encontrar ritmos.

Esa mirada desplaza el lugar tradicional del artista como autor para acercarlo a una figura mucho más humilde y, al mismo tiempo, profundamente consciente: alguien que acompaña un proceso cuyo lenguaje parece tener leyes propias. Allí reside también la potencia de su pintura. No busca imponer una interpretación, sino permitir que la obra encuentre su propia voz.

Pintar como quien baila

Hay una palabra que atraviesa toda la muestra. Ritmo. Julio Sánchez Baroni encuentra justamente allí una de las claves de lectura de la obra.

En su texto crítico establece un recorrido que une a Pieter Brueghel, Degas, Toulouse-Lautrec y Matisse hasta llegar a la abstracción contemporánea de Karina Conen, donde los cuerpos ya no aparecen representados, pero continúan existiendo convertidos en tensiones, pausas y desplazamientos.

“Las formas se tocan, se interceptan, se superponen, se acarician y se abrazan”, escribe el crítico. “La acción se manifiesta en voz baja, como un susurro.”

Es probablemente la mejor definición posible. Cada pieza parece funcionar como una pequeña partitura visual.

Los volúmenes se desplazan con la misma precisión que un bailarín conoce el peso de su cuerpo sobre el escenario. No existen gestos grandilocuentes. Todo sucede desde la contención, la respiración y la pausa.

La libertad que encontró en la pintura

Antes de dedicarse plenamente a las artes visuales, Karina también estudió piano. Sin embargo, fue justamente la música la que le permitió comprender cuál era el lenguaje que realmente estaba buscando.

Mientras una partitura exige interpretar fielmente la escritura de otro, la pintura le ofreció un territorio completamente abierto. “En el lienzo la partitura es mía”, explica.

Esa frase resume buena parte de su recorrido artístico. La disciplina del piano, el rigor de la danza y la estructura aprendida durante años convergen finalmente en un espacio donde la libertad deja de ser una aspiración para convertirse en método. La pintura aparece entonces como el lugar donde todas esas experiencias anteriores encuentran una síntesis personal, como lo que logra Roxana frente a la escena en el piano.

Equilibrio inestable

Una de las series más representativas de esta nueva etapa lleva precisamente ese nombre.

Las figuras parecen buscar constantemente un centro que nunca termina de ser definitivo.

Se inclinan. Compensan. Se sostienen unas a otras. Como ocurre en la vida.

La artista reconoce que esa búsqueda tiene relación directa con su manera de habitar el mundo.

Entre risas habla de su costado virginiano, de la disciplina y del perfeccionismo que la acompañan desde siempre. Durante años intentó romper esa estructura mediante ejercicios de collage y procesos más intuitivos.

Sin embargo, comprendió algo fundamental: la estructura nunca desaparecía. Simplemente encontraba nuevas formas de manifestarse.

Por eso sus pinturas no son caóticas. Son organismos vivos donde el orden y la libertad conviven en una tensión permanente.

Torres García y la estructura invisible

Detrás de esa aparente espontaneidad persiste una estructura invisible heredada de su formación en el constructivismo rioplatense. Durante quince años de estudio en el Taller Sur incorporó una manera de pensar la pintura donde la armonía no depende únicamente del gusto o de la intuición, sino de relaciones internas entre pesos, ritmos, oposiciones y compensaciones.

La referencia a Joaquín Torres García aparece naturalmente cuando Karina habla de una “armonía universal” que existe más allá del artista. Su tarea, entonces, consiste menos en inventar que en descubrir ese orden silencioso que sostiene la composición.

El color como una conquista

Hay otra transformación silenciosa que atraviesa esta nueva etapa y que quizás pase desapercibida en una primera mirada: el color.

Durante varios años, Karina Conen eligió trabajar con una paleta deliberadamente austera, dominada por blancos, negros, ocres y grises. No fue una limitación estética, sino una decisión metodológica. Necesitaba comprender cómo respiraban las formas entre sí antes de permitir que el color ingresara en la conversación. “El color me distraía”, reconoce. Su atención estaba puesta en la estructura, en los pesos visuales, en las tensiones y compensaciones que sostienen la composición.

Recién cuando ese lenguaje encontró su propio equilibrio comenzó a aparecer una nueva paleta, con verdes y rojos. Nuevas vibraciones cromáticas y tonalidades más audaces que no alteran la esencia de su pintura, sino que la expanden. Lejos de abandonar la sobriedad que caracteriza su universo, Karina incorpora el color con la misma precisión con la que un músico suma un nuevo instrumento a una partitura ya consolidada. La obra gana temperatura, profundidad y un nuevo pulso rítmico, pero continúa hablando el mismo idioma: el de una elegancia que nunca necesita imponerse para hacerse presente.

Cuando la casa también forma parte de la obra

La muestra se desarrolla dentro de la propia casa de la artista. Y esa decisión modifica completamente la experiencia: no sólo exhibe obras, sino que invita al público a recorrer el espacio donde nacieron, a descubrir el taller, a convivir con el piano, los libros, la arquitectura doméstica y esa intimidad que pocas veces un artista decide compartir.

No se trata simplemente de colgar cuadros sobre paredes blancas.

La curadora Roxana Punta Álvarez entendió que el verdadero desafío consistía en convertir un hogar en un espacio expositivo sin perder ninguna de las dos identidades.

Lo consigue con enorme sensibilidad.

Las obras dialogan con el piano, con los muebles, con la arquitectura doméstica y con los silencios de la casa. Incluso algunas piezas fueron ubicadas sobre el banco del piano, como si pintura, música y danza volvieran a encontrarse muchos años después, para recibirnos y agasajarnos.

Lejos de convertir el espacio en una escenografía, la curaduría potencia aquello que Roxana identifica como el verdadero núcleo de la obra.

“Las fronteras de Karina son ambiguas. Se miden, se acercan, se acechan y finalmente se juntan. Como el amor. Como la vida. Como la finitud de la muerte”, escribe la curadora.

Y continúa:

“Karina trabaja el misterio de los vínculos. Lo hace danzando con formas planas sobre el soporte. Es una hechicera que, al rozar los bordes, entiende de qué estamos hechos.”

La muestra encuentra precisamente allí su mayor fortaleza: Roxana Punta Álvarez entiende perfectamente esa condición y evita transformar la vivienda en una galería improvisada.

Logra trascender cualquier lectura decorativa para instalarse definitivamente en un plano artístico mucho más profundo.

Potencia el diálogo entre la vida cotidiana y la obra, haciendo que cada ambiente conserve su identidad mientras incorpora una nueva lectura estética. En tiempos donde muchas inauguraciones parecen responder más a la lógica del evento social que a la experiencia artística, este gesto de hospitalidad recupera algo esencial: volver a recibir al espectador como un invitado y no como un simple visitante.

El misterio como lenguaje

Después del recorrido, la artista abre también las puertas de su taller. Allí aparece otra Karina. Más íntima. Más directa que escapa deliberadamente a cualquier explicación racional. Habla del proceso creativo con una mezcla de disciplina y espiritualidad. No desde un lugar religioso, sino como la aceptación de que existen procesos imposibles de controlar por completo. Cita a Viktor Frankl. Habla del inconsciente superior como referencias naturales para hablar del acto creativo.

Insiste en que muchas veces los bocetos iniciales desaparecen durante el trabajo y que la propia pintura termina proponiendo un camino diferente.

“No siento que controle completamente lo que ocurre. La pintura tiene sus propias leyes.”

Quizás por eso insiste en que muchas veces los bocetos iniciales desaparecen durante el trabajo y que la propia pintura termina proponiendo un camino diferente. Esa apertura al misterio no busca volver enigmática la obra; por el contrario, le permite conservar algo que el arte contemporáneo muchas veces pierde en su afán de explicarlo todo: la posibilidad de sorprender incluso a quien lo crea.

La obra deja de pertenecerle apenas comienza a existir.

Una pausa necesaria

En tiempos dominados por el exceso de imágenes, estímulos y velocidad, Ambiguos Límites propone exactamente lo contrario. Una pausa. Una respiración. Un tiempo donde el espectador vuelve a mirar lentamente. Sin estridencias. Sin discursos grandilocuentes.

Con la misma elegancia silenciosa que atraviesa toda la producción de Karina Conen y su propio hogar.

Su pintura no necesita levantar la voz para ser escuchada.

Como sucede con las mejores coreografías, basta un pequeño movimiento para comprender que, detrás de esa aparente quietud, todo continúa danzando.


Tal vez allí resida el verdadero valor de Ambiguos Límites. En una escena artística que muchas veces parece debatirse entre el exceso de discurso conceptual o la seducción inmediata de lo decorativo, Karina Conen elige un camino mucho más difícil: confiar en la pintura. Confiar en que una forma, una tensión, un vacío o un equilibrio apenas insinuado todavía pueden conmover sin necesidad de explicar nada. Hay una enorme honestidad en esa decisión. No intenta impresionar al espectador; lo invita a permanecer. A mirar otra vez. A descubrir que la verdadera complejidad no siempre hace ruido.

Como curador y observador, pocas cosas celebro más que encontrar una obra que no busca respuestas rápidas ni efectos pasajeros, sino que entiende que el arte sigue siendo uno de los pocos lugares donde el misterio conserva intacto su valor.

Y esa, precisamente, es la sensación con la que uno abandona la casa de Karina Conen: la certeza de que algunas pinturas no se terminan de comprender frente al cuadro, sino varios días después, cuando vuelven a aparecer, inesperadamente, en la memoria.

Para coordinar visitas escribir un correo a karinaconen@hotmail.com

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