✒️ Por Gastón Fournier
Después de mirar la feria desde arriba, toca caminarla. Una selección personal de espacios, artistas y proyectos que hicieron que Plateada 2026 mereciera algunas pausas en medio de la velocidad.
Hay algo que aprendí recorriendo ferias: tres horas alcanzan para conocer una feria, pero rara vez alcanzan para conocerla de verdad.
Plateada 2026 tuvo, para mí, esa particular dificultad.
El recorrido de prensa fue un rush. Agenda, horarios, encuentros, entrevistas, colegas que aparecen y desaparecen detrás de otro stand, conversaciones que quedan a mitad de camino y una cantidad de proyectos que crece mucho más rápido que el reloj. No es lo mismo que esas ferias federales en las que uno llega y se queda tres días: vuelve al hotel, procesa lo visto, regresa al día siguiente y descubre que aquella obra que había pasado inadvertida ahora pide una segunda mirada.
En Plateada, tres horas fueron tres horas.
Y una feria de arte tiene un problema: es imposible verla toda.
Uno puede intentarlo. Llevar horarios, nombres, planos, una lista de pendientes y esa fantasía un poco ingenua de que esta vez sí va a alcanzar el tiempo.
No alcanza.
Y quizás tampoco tenga que alcanzar.
Porque hay un momento, mientras se recorre una feria, en que la mirada deja de obedecer al mapa y empieza a tomar sus propias decisiones. Una obra te hace doblar. Un nombre conocido te obliga a frenar. Alguien te presenta a un artista que no conocías. Un stand aparece en el camino y, sin que estuviera previsto, termina quedándose con diez minutos que ya no tenías.
Plateada 2026 la recorrí así.
Y por eso esta segunda entrega necesitó un poco más de tiempo.
No para llegar tarde a la feria, sino para dejar que la feria llegara un poco más tarde a mí.
Porque algunas impresiones aparecen inmediatamente. Otras necesitan decantar. Hay obras que funcionan en el primer vistazo y otras que recién empiezan a decir algo cuando desaparece el ruido de los pasillos, cuando ya no estás corriendo detrás de una entrevista y podés volver mentalmente a ese rincón donde algo te había llamado.
Así fui armando, casi sin querer, otro modo de leer Plateada.
No un ranking.
No “los mejores”.
Mucho menos una guía de compras.
Un mapa intuitivo y afectivo.
El resultado de detenerme donde algo me llamó la atención: porque conocía al artista, porque venía siguiendo su trabajo, porque encontré una propuesta que me sorprendió o, simplemente, porque había algo allí que pedía ser mirado un poco más.
Hay espacios que funcionan como galerías. Otros que parecen pequeñas exposiciones. Algunos convierten el stand en una instalación y otros consiguen algo todavía más difícil: hacer que uno se olvide de que está parado dentro de una feria.
Esta segunda mirada nace de ahí.
De lo que sucedió cuando la panorámica dejó de ser suficiente y hubo que acercarse.
Porque si la primera pregunta era qué está construyendo Plateada, esta vez la pregunta es otra:
¿qué aparece cuando uno deja de intentar verlo todo?
Acá empieza ese recorrido.
Cálamo Cultural: la geometría también puede echar raíces
Entre los espacios que me hicieron cambiar el paso estuvo Cálamo Cultural, un proyecto de gestión y galería de arte a cargo de Andrea Costa, desde San Nicolás. Para Plateada llegó con una propuesta que reúne a Carmen Padilla, Lolo Parigini y Matías Najar bajo el título Omnipresencia de la geometría. Ninguno de los tres trabaja estrictamente dentro del arte geométrico, pero los reúne una investigación alrededor de la geometría entendida como forma, plano, volumen y espacio.
A mí, sin embargo, me atraparon los ladrillos de Carmen.


“Es mi objeto fetiche”, me dijo. Y enseguida empezó a aparecer todo lo que ese ladrillo puede ser: objeto, sujeto, materia, modelo, volumen. Carmen los fotografía, los dibuja, los estudia con microscopio, recupera su polvo para convertirlo en acuarela y hasta realiza preparados microscópicos para mirar qué sucede, literalmente, cada vez más adentro de la pared.
La historia detrás de ese fetiche es todavía más interesante.
Carmen pasó años mudándose de geografías: recorrió distintas partes de Argentina, vivió en Chile y en Costa Rica, siguiendo también los destinos de quien entonces era su marido futbolista. Valle, montaña, Caribe. Una geografía cambiaba por otra y, con cada mudanza, había que llevarse a la familia, lo importante y poco más.
“Lo constante era llevar a la familia, llevar lo importante y no quedarme con nada”, cuenta.
En ese movimiento apareció también la necesidad de conservar algo de cada lugar. Aprendió cerámica, cocina, técnicas de arte decorativo, dorado a la hoja. Estudió incluso dos años de Medicina, y aquella experiencia con la microscopía terminó reapareciendo mucho después en su obra.
Porque cuando finalmente volvió a establecerse en su ciudad y empezó a trabajar en su propia casa, aparecieron los ladrillos.
Y ahí apareció una frase que, sin proponérselo, terminó explicando buena parte de su trabajo:
“Otros echan raíces. Vos echás un ladrillo.”
Carmen se ríe, pero la imagen funciona. Después de tantos desplazamientos, el ladrillo aparece como una forma de anclaje. Una materia concreta frente a una vida marcada por el movimiento. Ya no se trata solamente de representar un ladrillo: se trata de entrar en él, observar sus grietas, sus puntos, su polvo, sus diferencias.
Cada ladrillo es distinto. Carmen los retrata como si fueran pequeñas esculturas y vuelve una y otra vez sobre esa forma hasta agotarla.
Lo interesante es que aquella fascinación que comenzó de manera intuitiva empieza ahora a convertirse en una investigación consciente sobre su propia historia. El ladrillo deja de ser simplemente una materia seductora para transformarse en una manera de pensar el desplazamiento, la permanencia y aquello que uno consigue llevarse cuando todo lo demás queda atrás.
“Estoy en esa investigación cada vez más adentro, dentro de la pared”, me dijo.
Y quizás ahí esté lo mejor de la propuesta: cuanto más Carmen se mete en el ladrillo, más aparece ella misma.
Con Matías Najar, la geometría aparece desde otro lugar. También oriundo de San Nicolás, aunque actualmente radicado en Rosario, llega a Plateada con una investigación que venía desarrollando desde 2024 y 2025, antes de viajar a México. Su recorrido parte de la chapa batida y las esculturas en chapa, pero encuentra en algo tan cotidiano como un conjunto de post-it un nuevo punto de partida.
“Me sirve mucho esa red de trabajo”, explica. Sus post-it funcionan como referencias, apuntes, pequeñas estructuras conceptuales que forman parte de su manera de pensar la producción. Lo que hace después es llevar ese sistema de notas a la materia: chapa, esmaltado y horneado se convierten en composiciones geométricas donde el color, la forma y la superposición empiezan a construir otro tipo de lenguaje.
Hay algo particularmente interesante en estas piezas: parecen pinturas, pero no terminan de comportarse como tales.

Matías habla de una “pintura expandida”, ubicada en ese territorio intermedio donde lo pictórico empieza a adquirir volumen y lo escultórico conserva una relación muy fuerte con el plano. Las formas rectangulares y cuadradas se duplican, se superponen y generan ritmo. Los colores dialogan por contraste y, al mismo tiempo, los pequeños pliegues y dobleces de los post-it introducen una cierta sensación de movimiento sobre la rigidez de la chapa.
“Yo no me siento tan pintor, pero siempre estoy rozando eso”, dice.
Y justamente ahí está el atractivo de su propuesta: en ese roce.
La chapa conserva su dureza, el esmalte aporta superficie y color, y esos pequeños papeles que nacieron como herramientas para anotar ideas terminan convertidos en estructuras visuales. De la nota al objeto, del apunte a la composición, del plano al volumen.
En Cálamo, la geometría no aparece entonces como una fórmula cerrada, sino como una pregunta que cada artista resuelve con materiales completamente distintos. Carmen la encuentra en la estructura y la materia del ladrillo; Matías, en la repetición, el color y la superposición.
Y quizás por eso el título funciona mejor de lo que parece al principio: la geometría está en todas partes. Incluso en aquello que, a primera vista, uno jamás hubiera imaginado encontrar dentro de ella.
Casa Taller de Trenque Lauquen: cuando el arte sale a la calle
Hay algo particularmente atractivo en Casa Taller de Trenque Lauquen: antes que una galería, es literalmente una casa. Marcos y Vicky viven allí y, desde hace cuatro años, sostienen una vidriera dedicada al arte contemporáneo que cambia cada tres meses.
La idea es tan sencilla como potente: sacar el arte a la calle.
Cada artista invitado trabaja sobre una propuesta específica y, muchas veces, la exposición se completa con talleres, activaciones y encuentros con los propios artistas. El taller funciona como espacio de producción, pero también como lugar de reunión. Y sí: a veces los gatos de la casa atraviesan la escena.
En cuatro años pasaron trece artistas por esa vidriera. Entre ellos estuvo Franco Mehlhose, a quien yo ya conocía de una muestra colectiva que curé y cuyos trabajos —esas famosas “bananas vestidas”— volvieron a aparecer en Plateada.

Para la feria eligieron cuatro artistas de su catálogo: Franco Mehlhose, Josefina Capelle, Nahuel Alfonso y Gustavo Bustamante. Fotografía, pintura al óleo, dibujo y cerámica conviven en una selección que también funciona como declaración de principios: trabajar con artistas bonaerenses y construir puentes entre el interior de la provincia y otros circuitos de circulación.
No todos viven en Trenque Lauquen. Bustamante es de Pehuajó; Capelle nació en Capital y vive allí desde hace años; Franco vive en La Plata y Nahuel Alfonso, nacido en Moreno, actualmente está radicado en San Antonio de Areco.
Ese detalle importa.
Porque Casa Taller no intenta construir una escena encerrada sobre sí misma, sino hacer visible una red que ya existe, aunque muchas veces quede fuera del radar de los circuitos más centrales. Y en ese sentido, su presencia en Plateada funciona casi como una extensión de aquella vidriera: una pequeña ventana del interior bonaerense que, esta vez, se abrió directamente sobre el Teatro Argentino.
Una casa que decidió que el arte no tenía por qué quedarse adentro.
Sur Boreal: un paisaje que se puede mirar, imaginar y oler
Si Cálamo me había llevado hacia el ladrillo como materia y memoria, Sur Boreal apareció con otra manera de construir un universo. La galería de arte contemporáneo, nacida en La Plata y enfocada en artistas platenses, participó por primera vez de Plateada con una propuesta colectiva que reunió a Agustín Sirai, Guby Caregnato y Roberta Valente, junto a la artista invitada Marcela Cabutti, de amplia trayectoria y vinculada históricamente a otros circuitos de la escena porteña.


La elección no fue casual. Sur Boreal está construyendo su recorrido como galería y, para esta primera participación en la feria, decidió presentar artistas que admira, respeta y reconoce dentro de la escena local, pero también abrir la puerta a una voz con otro recorrido.
En las obras hay un universo común: naturaleza, misterio, personajes y escenas que parecen estar a punto de suceder.
Los paisajes de gran escala de Sirai fueron, para mí, una de las claves de entrada. Hay algo que sucede cuando uno se acerca: lo que desde lejos parece simplemente un paisaje empieza a llenarse de pequeñas situaciones, casi microscopías narrativas. La propuesta de Sur Boreal juega justamente con esa posibilidad: imaginar que dentro de esos grandes escenarios podrían estar ocurriendo las historias que cuentan las otras obras.
No es solamente una suma de artistas. Hay un intento de construir una muestra.
Y eso también tiene que ver con el momento de Sur Boreal: esta es su primera experiencia como galería, después de haber adoptado un formato itinerante que la lleva a desembarcar en distintos espacios de la ciudad. Plateada se convierte entonces en otra estación de ese recorrido, pero también en una presentación pública: acá estamos, estos son los artistas que elegimos acompañar.
Los precios, además, recorren un abanico amplio -aproximadamente entre 500 y 5.000 dólares- y la propuesta incorpora pequeño, mediano y gran formato. No hay un piso de precios impuesto por la feria, algo que, viniendo de otras experiencias recientes donde ese tipo de condición aparece más explícitamente, me pareció interesante. La variedad también forma parte de la conversación.
Pero entonces apareció el perfume. Y ahí la conversación cambió de escala.
“Te presento el Perfume Gondwánico”, me dijeron.

En realidad, no es solamente un perfume. Es una escultura-perfume: una serie de veinte piezas desarrolladas junto a Enzo, de Bureau de Sants, un perfumista francés instalado en Argentina. El trabajo comenzó en octubre del año pasado, con la intención de llevarlo a Sudáfrica, en el marco de Bienalsur. Ahora, una de esas piezas está en Plateada y otra en NN, como parte de una circulación que busca, justamente, dar a conocer el proyecto.
La idea detrás de la obra es tan invisible como potente: construir un paisaje que ya no existe.
Hace millones de años, los territorios que hoy reconocemos como África y América estaban unidos dentro de Pangea y Gondwana. La pieza parte de esa memoria geológica para reunir, en una misma escultura, calcos de rocas pertenecientes a lugares que hoy están separados por fronteras y océanos.
Namibia. Sudáfrica. Balcarce. Cabo Corrientes. Uruguay.
La elección de esos lugares no es arbitraria. Hay una relación entre las costas y las formas de los continentes que permite imaginar cómo aquellas geografías estuvieron alguna vez conectadas. En la escultura, esas correspondencias vuelven a encontrarse.
Pero la propuesta no se queda en lo geológico.
También se puede oler.
Para construir la fragancia se trabajó con absolutos de flores vinculadas a cada uno de los continentes. Después de numerosos ensayos, Enzo incorporó además un absoluto de algas atlánticas.
Ahí aparecen la protea, flor nacional de Sudáfrica; los pastizales de nuestra pampa; y la Colletia paradoxa, una planta originaria de Balcarce.
Piedras, flores, pastizales y algas.
La geografía deja de ser solamente una imagen y empieza a convertirse en una experiencia sensorial.
Y hay un detalle que me parece particularmente inteligente: el perfume se puede usar. No es una pieza para mirar detrás de una vitrina. Se puede llevar, aplicar, experimentar. Pero cuando el perfume se termina, la obra permanece. Queda la esculturita: las piedras, la flor.
Es una operación sencilla y, al mismo tiempo, muy potente: el tiempo consume el perfume, pero no consume completamente la pieza. Lo efímero y lo permanente conviven en un mismo objeto.
Quizás por eso el Perfume Gondwánico funciona tan bien dentro de Plateada. Porque en medio de una feria donde la pintura, la escultura y los objetos disputan la mirada, esta obra propone algo diferente: recuperar un paisaje perdido a través del olfato.
Un continente que alguna vez estuvo unido vuelve a encontrarse, millones de años después, convertido en piedra, planta, océano y perfume.
Y eso, en una feria de arte, es bastante más que un buen aroma.
Club de la Pintura: cuando las obras se contagian entre sí
Hay stands que funcionan como una suma de obras pero el del Club parecen empezar a contaminarse entre sí.
Algo de eso sucede en Club de la Pintura, un colectivo integrado por artistas, historiadores del arte, curadores y poetas que trabaja desde prácticas diversas: pintura, carpintería, escultura y otras formas de producción que conviven sin necesidad de quedar ordenadas bajo una misma disciplina.
La propuesta que llevaron a Plateada nace, además, de una muestra reciente en el Centro de Arte. De aquella experiencia quedó esta mesa construida manualmente a partir de retazos de madera, con sus desvíos, irregularidades y marcas de construcción. Una pieza que funciona casi como una estructura común sobre la que aparecen las obras de quienes integran el club.
Allí radica lo interesante.
Una caja-relicario que parece una pequeña torta. Tótems realizados en cartón. Madera. Pintura. Objetos que se acercan entre sí hasta generar relaciones que probablemente no existirían fuera de ese contexto.
“Se van contagiando un poco”, me explicaron.
Después apareció una palabra todavía mejor: “Hay una intoxicación de una a otra.”
Y efectivamente hay algo de eso en el conjunto. Las materialidades no están simplemente reunidas: parecen mirarse, apropiarse de gestos ajenos, devolverlos transformados. Una obra toma algo de otra y lo desplaza. La madera encuentra a la pintura; el cartón empieza a comportarse como un tótem; un objeto doméstico puede convertirse en relicario.

Entre los artistas que forman parte de esta propuesta aparecen Euge Bifaretti, Agustín Poletti, Tori Ferlan, Herbi, Eva Costello, Pilar Cuevas y Julia Olivia Torre.
Más que buscar una estética única, el Club parece trabajar justamente desde esa convivencia. La identidad no está en que todos hagan lo mismo, sino en permitir que las diferencias entren en contacto.
Y quizás por eso la mesa sea una pieza tan importante dentro del stand: no es solamente un soporte. Es el lugar donde esas diferencias se encuentran.
También hay algo de reunión alrededor de ella. Algo doméstico, colectivo, casi de sobremesa, aunque las obras estén muy lejos de ser decorativas.
Después de haber participado en ediciones anteriores, el colectivo llegaba este año con una expectativa bastante concreta: más circulación, más público y, naturalmente, más posibilidades de venta. La ampliación de Plateada y la llegada de un contingente de coleccionistas prometían una feria con mayor movimiento.
Porque también hay algo que el Club de la Pintura parece entender bien: una escena se construye cuando las prácticas empiezan a mezclarse. Y a veces, para que eso suceda, no hace falta una gran declaración.
Alcanza con poner una mesa. Y dejar que las obras empiecen a intoxicarse entre ellas.
Isidoro Espacio de Arte: de la memoria familiar a una fiesta que se desarma
Desde Coronel Suárez, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, Isidoro Espacio de Arte lleva dieciocho años construyendo su recorrido y ya participa por cuarto año consecutivo en Plateada. Esta vez llegó con un solo show de Soledad Rolleri, una propuesta que permite recorrer distintos momentos de su producción y, sobre todo, ver cómo una investigación puede cambiar de escala, de materia y hasta de comportamiento.
El punto de partida está en Diáspora, una serie en la que la artista relata y ficciona parte de su memoria personal a partir de un álbum de fotografías de fines del siglo XIX. Son imágenes de personas que vivieron y construyeron la casa donde ella creció.
Hay algo fascinante en ese salto temporal: mirar fotografías de quienes estuvieron allí antes para reconstruir, muchos años después, una memoria propia.
Rolleri comenzó trabajando esas imágenes en pequeño formato, pero poco a poco apareció la necesidad de llevarlas a dimensiones mucho mayores. Algunas obras llegan a medir entre 3,20 y 3,40 metros de ancho. La paleta, quebrada y contenida, se organiza a partir de monocromos: rojos, azules, verdes y grises.
Durante cinco o seis años, Diáspora fue creciendo hasta que la propia serie empezó a marcarle un límite. “Listo, ya estamos llegando al final.” Y cuando una investigación se agota, a veces no termina: abre otra puerta.
Rolleri volvió entonces sobre sus trabajos iniciales, aquellos vinculados con el estudio de la forma y el color, una búsqueda atravesada también por su formación en diseño gráfico. Aparecieron el ritmo, la repetición, los patrones, el gesto y el color como elementos capaces de construir una nueva estructura.
Hasta que las tramas empezaron a pedirle algo más. Espacio.
Pintaba, agregaba capas, volvía a pintar. Pero el plano seguía resultándole insuficiente. Entonces tomó esos lienzos que ya había trabajado y que sentía que no habían llegado todavía a un resultado que la conformara, y decidió cortarlos.
Los convirtió en tiras. Y esas tiras comenzaron a ser trasladadas, tejidas, superpuestas, dejando que el color y el gesto abandonaran la superficie tradicional de la pintura para empezar a ocupar físicamente el espacio.
Cuando las vi, pensé inmediatamente en esas tiras de colores que aparecen en las fiestas populares del norte de Brasil, en Bahía. También en el confeti. En el cotillón. En algo que cae, se mueve, se cruza y transforma una superficie ordenada en una escena de celebración.
La asociación, además, no estaba tan lejos de lo que la propia artista estaba buscando.
Para Rolleri, pintar es siempre un acto de celebración. “Es una fiesta”, dice.

Y entonces la memoria vuelve a aparecer, pero transformada. Aquellos antepasados de las fotografías del siglo XIX, que fueron el origen de Diáspora, parecen regresar ahora convertidos en una especie de celebración ancestral.
Hay algo de cotillón, sí, pero no entendido como aquello que maquilla o disfraza. Lo que le interesa a Roleri es la fiesta que aparece a partir del corte, de la caída y del azar.
Y ahí aparece una tensión muy interesante en el procedimiento.
El comienzo es metódico: el tejido parte de un enhebrado lineal, organizado mediante una grilla, casi como en la construcción de una alfombra. Hay regla, repetición y estructura.
Pero después algo se libera. Las tiras caen, se cruzan y se desplazan de una manera menos pautada. El orden inicial empieza a convivir con el azar.
De la grilla a la caída. De la memoria al movimiento. Del recuerdo a la celebración.
Y ahí es donde, inevitablemente, apareció mi lado de curador.
Había tres obras que, para mí, pedían estar juntas. No necesariamente como propuesta de feria, sino como pequeño núcleo dentro de una exposición: dialogaban entre sí de una manera hermosa. Había algo de recuerdo vívido, de meterse literalmente dentro de una memoria, y al mismo tiempo esa idea de una celebración ancestral que aparecía en el color, en el gesto y en las tramas.
Pero Plateada también obliga a recordar algo que una exposición de museo no necesariamente exige: acá hay que vender.
La propia artista lo dice con una claridad que me encanta: hay que entender los distintos modos de comportarse según el lugar al que uno lleva la obra. Una cosa es pensar una muestra; otra, participar de una feria. Y eso implica traer el take away bajo el brazo.
No alcanza con que la obra funcione perfectamente en una carpeta o en un catálogo. Tiene que poder viajar, entrar en un stand, encontrar una pared y, sobre todo, encontrarse con alguien que la mire y quiera llevársela.
Quizás esa sea también una de las enseñanzas más interesantes de este recorrido por Isidoro: una obra puede nacer de una memoria, atravesar cinco años de investigación, romperse en tiras y terminar convirtiéndose en una fiesta.
Y todavía necesita encontrar dónde celebrarla.
Anna Solo y su solo show: medusas para volver a moverse
El recorrido siguió y, de pronto, apareció un mundo subacuático.

Tiempo Galería, con Maguie Esposito al frente, llegó a Plateada con un solo show de Anna Solo y una serie de medusas que, a primera vista, parecen sumergir el stand en otro universo. Pero debajo de esa apariencia casi hipnótica hay una historia mucho más íntima.
Anna es rusa, nació en Moscú y vive en Argentina desde hace cuatro años. La serie, A mi mar, nació justamente de esa experiencia de migración.
“El primer impulso para hacer esta serie fue mi migración”, cuenta.
La medusa se convirtió entonces en una manera de hablar de la pérdida, del desarraigo y de esa sensación de estar llegando a un lugar nuevo siendo, inevitablemente, extranjero.
Pero hay algo más. Anna encontró en el comportamiento de las medusas una metáfora para hablar también de nuestra propia energía. Cuando atraviesan determinadas dificultades en el mar, pueden reservarla. Y cuando recuperan la posibilidad de moverse, vuelven a hacerlo.
La imagen es sencilla y poderosa: agotamiento, pérdida de control, pausa y, después, movimiento otra vez. Una especie de batería de reserva.
“Siempre hay un backup de energía”, dice Anna.
Esa idea atraviesa la serie y también explica la fragilidad que buscó deliberadamente en la técnica. Para construir los tentáculos desarrolló un procedimiento propio en el que utiliza únicamente esmaltes, sin arcilla. El resultado es extremadamente delicado, casi suspendido, como si las medusas pudieran quebrarse con la misma facilidad con la que pueden alterarse nuestros sentidos.
La fragilidad, entonces, no es solamente formal. Es conceptual.
A esa materialidad se suman las piezas de cerámica, los canutillos de vidrio y los esmaltes, todos realizados por la propia artista. Hay incluso una dimensión sonora: al acercarse, algunos de esos pequeños elementos producen un sonido sutil que termina completando la experiencia.

Y después está la luz. Anna desarrolló un esmalte que brilla bajo luz ultravioleta. Sin esa iluminación, las medusas aparecen blancas, casi silenciosas. Cuando la luz UV entra en escena, algo cambia: aparece una intensidad que antes estaba escondida.
La artista lo explica como una manera de mostrar aquello que llevamos dentro.
No siempre vemos la intensidad, a veces hace falta la luz adecuada para que aparezca.
La serie fue desarrollada en 2025 y tuvo una primera presentación en una galería de Zona Norte. Para Plateada, Tiempo Galería recuperó las piezas que habían quedado de aquella muestra y decidió apostar nuevamente por ellas, esta vez dentro de un montaje mucho más escenográfico.
La curaduría, además, estuvo a cargo de la propia Anna. Y tiene sentido.
Porque todo parece responder a una misma lógica: las medusas, la fragilidad, el movimiento, la luz y esa energía que puede desaparecer por un momento para después volver.
Hay algo especialmente interesante en que una artista que llegó a otro país haya encontrado en un animal marino una forma de hablar de la adaptación.
Tal vez porque migrar también tenga algo de eso: perder coordenadas, quedarse sin energía, aprender a flotar y, cuando finalmente aparece la fuerza necesaria, volver a moverse.
Miré esas medusas y pensé que quizás el mar de Anna no habla solamente del lugar al que llegó. Habla también de todo lo que tuvo que atravesar para volver a encontrar el movimiento.
Y sí: después de ver el montaje, mi deseo fue bastante concreto: que vendan mucho y que en ese viaje, no se rompa nada.
Galería Crystal: cuando el arte se pone a la moda
Si algo tenía claro Galería Crystal para esta edición de Plateada era que quería jugar.
La propuesta llegó bajo la forma de una boutique, un cruce deliberado entre arte contemporáneo y fashion, pero también entre representación, artificio y una cierta ironía sobre el propio sistema del arte contemporáneo.

“Un poco también jugar. No tomarlo tan en serio”, me explicaron.
Y se nota.
Hay ropa que no es exactamente ropa. Una camisa y un trench rojo aparecen construidos desde el dibujo: la moldería es real, pero los botones, las martingalas y cada detalle del vestuario están resueltos bidimensionalmente con óleo pastel. La prenda conserva su apariencia de objeto, pero empieza a comportarse como una imagen.
Ahí aparece uno de los juegos que propone Crystal: ¿qué estamos mirando cuando creemos estar mirando una prenda?
La moda funciona como lenguaje, pero también como representación.
Y entonces aparece Fashion Victims, de Rocío Levantesi, una referencia a la iconografía renacentista de la Piedad y a las imágenes del sufrimiento, trasladada al universo de la víctima de la moda. El dramatismo religioso se cruza con la cultura fashion y, otra vez, la solemnidad queda ligeramente corrida de lugar.
El stand sigue construyéndose desde ese cruce.
Está Sebastián Rosas, invitado este año, con sus trabajos realizados en grafito. Está Pol Oviedo, también de Bahía, con una pieza que ya había sido reconocida por coleccionistas en la edición anterior y que ahora vuelve a aparecer en una nueva relación entre arte y objeto: una lámpara cuya base de cerámica sostiene una pierna que recuerda a esos soportes utilizados para exhibir medias.
Hay lentes, joyería, una cartera, pestañas, extensiones. Y, por supuesto, la SUBE.
El universo fashion aparece llevado al absurdo, al objeto artístico y a la parodia. No se trata solamente de representar una boutique, sino de construir un pequeño sistema donde las cosas parecen pertenecer simultáneamente al escaparate, a la pasarela y a una exposición de arte.
También está El Murre, con un collage de técnica mixta donde se cruzan telas, bordados y diferentes capas de materiales. Más allá aparecen unos pequeños payasitos, construidos a partir del decapado de varias capas, que parecen oscilar entre lo triste y lo feliz.
Todo parece tener algo de disfraz. Y eso no es casual.
Porque mientras recorría el stand, apareció otra historia: la de Ezequiel Chiodi, que decidió cambiar. Y por el vestuario. El trench rojo fue, en este caso, una decisión de búsqueda. Y la camisa amarilla, mi preferida.
Después de una producción más asociada a los platos azules, Chiodi cuenta que necesitaba cambiar de material, formato, técnica y paleta. Las nuevas obras, realizadas este año, debutaban justamente en Plateada.
“Quería salir un poco de eso”, explica.
La frase parece sencilla, pero tiene detrás una experiencia bastante reconocible para cualquier artista: sentirse encasillado por aquello que ya funcionó.
Como un actor al que empiezan a pedirle siempre el mismo personaje.
Y ahí aparece una de las ideas más interesantes que atraviesan esta propuesta: salir de la zona de confort también puede ser una forma de producción. No saber exactamente hacia dónde ir. Probar otra técnica. Cambiar el color. Explorar otra posibilidad.
Porque, como decía la conversación, si uno se queda solamente con el exitismo del resultado, se pierde algo bastante más importante: enamorarse del proceso de experimentar.
Quizás por eso el rojo tenga acá una función que excede la paleta. Es una ruptura.
Un pequeño gesto de desobediencia frente a lo que ya se conoce.
Y mientras Galería Crystal armó su boutique imposible —entre moda, arte, humor, objetos y artificios— también pareció estar haciendo algo parecido con sus propios artistas: ponerlos a jugar con aquello que todavía no sabemos de ellos.
Al final, quizás ese sea el verdadero gesto de Crystal: no vestir al arte de moda, sino convertir la moda en una excusa para que el arte cambie de papel.
Ornamentos de compañía: Salud! Empecemos con un brindis
La propuesta se entiende mejor cuando uno descubre cómo empezaron.
En este caso, todo parece haber comenzado con un viaje compartido, una amistad y una pregunta bastante simple: ¿qué pasa si hacemos un desplazamiento y ponemos el foco en el momento del brindis, en el encuentro?
La respuesta llegó a Plateada de la mano de Acéfala, la galería de Bárbara Echeverría, bajo el título Ornamentos de compañía: una obra colectiva realizada especialmente para la feria por cinco artistas de La Plata: Luana Cabra, Mijail de Amieva, Julia Varela, Matías Quintana y Regina Igarzábal.
Matías Quintana trabaja a partir de un gesto mínimo: las marcas circulares que dejan las copas cuando se apoyan sobre una mesa. Toma esa huella y la transforma en un ornamento. Una marca efímera que, llevada a la obra, empieza a adquirir otra permanencia.
Pero el verdadero punto de partida está en otro objeto: una fuente.
La construyeron Mijail de Amieva y Regina Igarzábal, en paralelo al nacimiento de una amistad que también se fue construyendo entre viajes de La Plata a Capital, muestras compartidas y, por supuesto, vino de por medio.

En algún momento apareció la pregunta: ¿Qué pasa si la fuente deja de ser solamente un objeto y se convierte en el centro de un encuentro?
Mijail ya venía trabajando con fuentes —el año pasado había presentado una— y Regina acercó además una referencia a artistas de los años noventa, entre ellos Omar Schiliro, cuya obra aparece evocada en esta nueva pieza.
La combinación tenía algo inevitablemente festivo: vino y fuente.
Y entonces la obra empezó a crecer alrededor de ese núcleo.
Las copas fueron realizadas en el taller de Julia Varela, que trabaja con vidrio soplado, y después los cinco artistas se encontraron allí para intervenirlas con calor. Cada uno llevó su propio gesto a esas piezas, que terminaron construyendo una especie de escenografía del festejo.
Las copas parecen registrar el movimiento de quienes brindan. Algunas incluso incorporan perfiles y formas que hacen pensar en cuerpos, rostros, presencias.
No son simplemente copas.Son rastros de una celebración que todavía parece estar ocurriendo.
Y después está el aroma.
La fuente huele a vino, pero la experiencia no se agota en el olor. Hay algo metafórico en esa sensación: se huele la fiesta. Se percibe la reunión, el encuentro, la circulación entre talleres, el tiempo compartido para construir algo entre varios.
También hay una tarima que realizaron colectivamente. Todo parece haber sido pensado como una puesta en escena, pero una puesta en escena que no busca representar una celebración desde afuera, sino construir las condiciones para que suceda.
Y ahí aparece, para mí, lo más interesante de Ornamentos de compañía.
La obra no termina en la contemplación. Se activa.
Porque una de las copas puede adquirirse y, con ella, también se adquiere la posibilidad de participar de la pieza: se sirve vino de la fuente, se brinda con los artistas y se entra, literalmente, en la celebración.
Una copa performática.

Me parece una definición perfecta.
La obra deja de ser algo que está enfrente nuestro y pasa a ocurrir entre nosotros. El objeto se convierte en acción, la acción en encuentro y el encuentro, finalmente, en parte de la obra.
Quizás por eso Ornamentos de compañía sea uno de esos proyectos que Plateada permite descubrir cuando uno deja de pensar en el stand como un lugar donde las obras simplemente están expuestas.
Acá las obras parecen estar esperando algo. Que llegue el brindis.
Geómetras: el stand que se volvió inolvidable
Y si tengo que elegir un stand que se haya quedado especialmente conmigo, hay uno que aparece enseguida: Geómetras, el colectivo integrado por Gabriela Boer, Valeria Calvo, Verónica Di Toro y María Elisa Luna. Formado en 2025, el grupo reúne cuatro búsquedas que parten de la geometría pero que están muy lejos de quedarse en una fórmula.
En Plateada, esa idea se volvía particularmente visible en el montaje. El stand tenía una presencia escenográfica, una identidad visual muy fuerte y una capacidad poco frecuente para hacer que las obras parecieran pensadas unas para otras sin perder la singularidad de cada artista. Color, líneas, planos, volúmenes y estructuras construían un conjunto que, más que exhibir geometría, parecía ponerla en movimiento.

Eso es, justamente, parte de lo que define al colectivo: cada artista desarrolla su propio sistema de trabajo y, a partir de elementos simples, construye relaciones donde color, materia y luz terminan desarmando la rigidez que uno podría esperar de una propuesta geométrica.
Pero en la feria había algo más inmediato: el stand funcionaba como una pequeña exposición dentro de la feria. No era solamente una sucesión de obras colgadas; había una conversación visual entre ellas, una atmósfera propia y una puesta que conseguía que uno quisiera recorrerla completa.
Entre tantos proyectos que competían por unos minutos de atención, Geómetras consiguió algo bastante más difícil: hacerse recordar.
Para mí, fue sin duda uno de los stands más destacados —y probablemente el más memorable— de Plateada 2026.
NN: diez años en veinte minutos
Y después pasó algo bastante propio de una recorrida de prensa: tuvimos veinte minutos para llegar hasta NN Galeria, ver la celebración por los diez años de la galería y volver a encontrarnos con el grupo.
Fuimos corriendo.

NN celebraba una década de historia con una exhibición que reunía distintas obras de 80 artistas vinculados a su recorrido. Y en esos veinte minutos aparecieron varias de esas imágenes que justifican una visita: Gonzalo Giacchino con su Zodiaco de ositos, que me hicieron frenar apenas los vi; una obra de piernas que se mueven,de Fran Carranza como si el cuerpo hubiera quedado atrapado en plena acción; y otras piezas que, sencillamente, pedían algo que en ese momento no teníamos: tiempo. Nicanor Araoz, Eduardo Basualdo, Paula Toto Blake, Flor Bruno, Marcela Cabutti, Cartón Pintado, Marina Daiez, Benjo Felice, Galaxia y Mar, Carlos Herrera, Julien, Jazmin Kullock, Lolo y Lauti, Nacho Marciano, Julian Matta, Alexis Minkiewicz, Renata Molinari, Andres Piña, Chola Poblete, Porkeria Mala, Fran Ratti, Amanda Tejo Viviani, Sofia Torres Kosiba, Nina Kovensky, Amparo Viau…


Porque mientras recorríamos la muestra, el reloj seguía corriendo.
Y, por supuesto, en algún momento perdimos a dos integrantes del grupo. Vaya a saber quién cómo volvieron. A esa altura, la recorrida de prensa ya empezaba a tener algo de excursión escolar de arte contemporáneo: uno entra, mira, corre, se despide y espera volver a encontrarse con el resto.
Lo cierto es que me quedé con ganas de más.
De NN, pero también de La Plata.
Porque después de atravesar Plateada, la sensación más fuerte no fue solamente la de haber recorrido una feria que está creciendo. Fue la de haber rozado una escena artística mucho más compleja de lo que tres horas permiten conocer.
Hay galerías, museos, espacios independientes, talleres, proyectos, artistas, universidades, residencias y circuitos que exceden largamente lo que sucede dentro del Teatro Argentino. Plateada funciona como una puerta de entrada, pero detrás de esa puerta hay una ciudad que todavía necesita ser recorrida con otra velocidad.
Y quizás ese haya sido el gran descubrimiento de este viaje.
No me fui de La Plata con la sensación de haberla conocido. Me fui con la certeza de que necesito volver.
Porque hay ciudades que se visitan para cumplir un recorrido.
Y hay otras que, después de unas horas, te dejan una lista pendiente.
La Plata, para mí, quedó definitivamente en esa segunda categoría.
Un mapa que queda abierto
Por eso este segundo recorrido por Plateada termina casi donde empezó: con una cuestión de tiempo.
Tres horas alcanzan para descubrir una feria.
No alcanzan para descubrir una escena.
Algunas obras quedaron vistas. Otras, apenas insinuadas. Hubo conversaciones que pudieron durar más, espacios a los que llegamos corriendo y otros a los que directamente no llegamos. Y, sin embargo, quizás esa sea también una de las mejores cosas que puede dejar una feria: ganas de seguir mirando después de que termina.
Este mapa es, entonces, deliberadamente incompleto.
No porque Plateada no haya mostrado suficiente, sino porque mostró demasiado como para pretender encerrarlo todo en una sola mirada.
Quedan artistas. Quedan galerías. Quedan proyectos. Quedan calles por caminar y puertas por abrir.
Y queda, sobre todo, una escena que está creciendo delante de nuestros ojos.
Plateada fue el punto de partida. La Plata, en cambio, parece ser la próxima parada.



