✒️ Por Gastón Fournier
En Desde el Aire, la muestra que presenta Dolores Valdés Art en Bresson, el piloto y artista uruguayo transforma vistas de Uruguay, Miami y Buenos Aires en óleos donde la mirada cenital convierte el paisaje en abstracción y, al acercarnos, devuelve la vida que sucede allí abajo.
Hay una playa.
Desde cierta distancia, apenas se distinguen campos de color: azules, verdes, ocres, blancos. Una geometría irregular parece ordenar la costa. El mar se abre como una superficie casi abstracta y algunas pequeñas manchas interrumpen el ritmo.
Entonces uno se acerca.
Y descubre una sombrilla. Después otra. Una persona tomando sol. Alguien que parece flotar en el agua. Una embarcación. Una sombra. Una pequeña figura humana que, desde lejos, parecía apenas una pincelada.
Ese movimiento –alejarse para ver el paisaje y acercarse para descubrir la vida– es una de las claves para entrar en Desde el Aire, la serie de Mikael Boudakian que Dolores Valdés Art presenta en su espacio dentro de Bresson Brokers, en Recoleta, hasta el jueves 3 de septiembre.
La muestra reúne los trabajos de un artista uruguayo que encontró en una experiencia personal algo que, en arte, suele ser decisivo: una manera propia de mirar.
Boudakian es piloto de avión. También fue músico, desarrolló una carrera ejecutiva en telecomunicaciones y es artista visual.
Pero lo interesante no es la suma de esas identidades. Lo interesante es el momento en que esas distintas experiencias encuentran un punto de encuentro.
Porque Mikael no pinta desde el aire simplemente porque vuela. Pinta desde el aire porque allí encontró otra forma de mirar.

Cuando el paisaje cambia de escala
El origen de Desde el Aire está en un vuelo entre el aeropuerto de El Jagüel y José Ignacio.
Boudakian ya pintaba paisajes. También llevaba años dibujando y pintando, desde aquella infancia en la que empezó a hacerlo mucho antes de imaginar que algún día sería piloto.
Pero aquel vuelo produjo una especie de desplazamiento. Desde la cabina, la costa que conocía, apareció transformada.
Las olas dejaron de ser simplemente olas y comenzaron a dibujar patrones sobre la arena. Las sombras adquirieron geometrías inesperadas. Los puentes se volvieron líneas. Las playas, campos de color. Las personas, diminutos signos dentro de una composición mucho mayor.
“Un día de enero del año pasado volaba desde el aeropuerto El Jagüel de Punta del Este hacia José Ignacio y, de regreso, me di cuenta de que tenía que aprovechar que soy piloto para pintar desde el aire”, cuenta.
La frase parece sencilla, pero ahí está el punto de inflexión. Hasta entonces, Boudakian había mirado el paisaje como lo hacemos casi todos: desde la tierra.
De pronto tuvo acceso a una perspectiva que no solamente modificaba la imagen.
Modificaba la pintura posible.
La serie nació entonces de fotografías y registros realizados durante vuelos reales. El artista observa, fotografía, selecciona y luego lleva esas imágenes al óleo. Pero entre la fotografía y la pintura existe un espacio de libertad.
Y allí aparece el artista. Porque Boudakian no busca reproducir literalmente una fotografía.
“Me tomo licencias”, explica. “A veces en las fotos hay cosas que no entiendo y las modifico en la pintura.”
La estructura puede permanecer. También las sombras, las posiciones, la proyección de determinados elementos o el efecto del agua.
Pero la pintura no está obligada a obedecer completamente a la cámara.
La fotografía registra. La pintura interpreta.
Y esa diferencia es fundamental.


Entre el mapa y la mirada
Hay algo de Antoine de Saint-Exupéry que sobrevuela, inevitablemente, la historia de Mikael Boudakian. No porque el artista haya construido su relato alrededor de esa referencia, sino porque la relación entre vuelo, paisaje y sensibilidad aparece de manera casi natural. Durante la conversación, la asociación surge sola: el piloto que mira el mundo desde el aire, que encuentra en esa distancia otra forma de comprender el paisaje y que convierte una experiencia de vuelo en materia artística. Pero donde Saint-Exupéry encontró en el cielo una forma de narrar el mundo, Boudakian encuentra en la mirada cenital una forma de pintarlo.

Y ahí aparece una de las claves de Desde el Aire. Sus vuelos rasantes -realizados a unos 500 pies, aproximadamente 150 metros de altura- no son simplemente el medio para obtener una fotografía de referencia. Son parte constitutiva de la obra. Desde esa altura, una playa deja de ser solamente una playa: las sombrillas se convierten en puntos de color, las embarcaciones en pequeñas formas geométricas, las personas en diminutas presencias que parecen desplazarse sobre una superficie abstracta. De lejos, la pintura puede parecer casi una composición no figurativa. De cerca, el paisaje vuelve a revelarse.
Hay algo en las obras de Boudakian que inevitablemente recuerda a una imagen satelital.
Pero solamente al principio.
Una vista de Google Maps muestra un territorio desde arriba. Una imagen satelital registra una superficie. Una fotografía aérea documenta un momento. Las pinturas de Desde el Aire hacen otra cosa.
Devuelven una experiencia.
Porque Mikael estuvo allí. No mirando desde un satélite ni observando una pantalla.
Estuvo dentro de una avioneta, a baja altura, viendo cómo cambiaba la luz sobre la costa y descubriendo una geografía que conocía desde otra escala.
Y allí aparece una de las tensiones más interesantes de su trabajo:
Desde lejos, abstracción.
Desde cerca, figuración.

Es allí donde Boudakian ubica su propia definición de “realismo abstracto”: una pintura que conserva la estructura de aquello que vio, pero se permite transformar aquello que la fotografía no alcanza a explicar. Porque, como él mismo cuenta, no pinta necesariamente todo tal como aparece en la imagen de referencia.
A veces modifica una presencia, elimina un elemento o introduce aquello que necesita la composición. No busca reproducir la fotografía: se toma la libertad de pintar aquello que vio, aquello que recuerda y también aquello que imaginó ver.
Mantiene posiciones, sombras, proyecciones y determinados elementos del paisaje, pero introduce modificaciones, licencias y fantasía. La obra no es entonces una reproducción de lo visto desde el avión: es la interpretación de una experiencia de vuelo. La fotografía es el punto de partida; la pintura, el lugar donde aparece la licencia.
La expresión puede parecer paradójica hasta que uno se encuentra frente a las obras.
Entonces funciona. Porque primero aparece el color. Después la estructura. Luego el ritmo.
Y recién finalmente descubrimos que aquello que parecía una pequeña intervención dentro de la pintura era una persona entrando al mar. O alguien descansando. O un grupo de bañistas. O una embarcación.
La pintura cambia a medida que cambia nuestra distancia frente a ella.
Y quizás allí esté una de las operaciones más contemporáneas de esta serie: obligarnos a mirar dos veces.
Y de esa experiencia nace también una palabra que el propio artista eligió para nombrar su búsqueda: Alturismo. No como una corriente artística ni como una categoría histórica, sino como una manera particular de aproximarse al paisaje: mirarlo desde arriba para descubrir aquello que desde el suelo permanece oculto.
Las pequeñas figuras que devuelven humanidad al paisaje
En diálogo con su galerista, Dolores Valdez, Sonia Shebar su representante y Gabriel Altamirano, artista y creador visual –que toma las fotos para mis notas-, encontró justamente ahí uno de los aspectos más singulares de la obra.
Su lectura se acerca a la idea de un abstracto figurativo: una pintura que, en una primera mirada, se comporta como abstracción, pero que al acercarnos revela escenas concretas.
Personas tomando sol. Personas flotando. Personas jugando en la playa. Pequeños acontecimientos cotidianos que, desde esa altura, se vuelven casi signos.
La escala produce algo curioso.
El ser humano deja de ser protagonista. Pero tampoco desaparece.
Queda reducido a una pequeña presencia dentro de una estructura del paisaje, enorme.
Y quizás por eso esas figuras tienen tanta fuerza. Porque nos recuerdan que aquello que estamos mirando no es solamente un paisaje. Es un paisaje habitado.

Hay algo casi cinematográfico en ese descubrimiento: primero vemos el plano general; después, al acercarnos, encontramos la historia.
Boudakian reconoce también una influencia en esa fascinación por las pequeñas figuras cargadas de detalle. Entre los artistas que menciona aparece Salvador Dalí, particularmente por la impresión que le produjo observar de cerca obras donde esas pequeñas presencias adquieren una importancia inesperada.
Pero nuevamente, la referencia no funciona como cita literal. Funciona como una pista.
El Obelisco: Buenos Aires vista desde un lugar que casi nadie ocupa
Dentro de la serie aparece una obra especialmente significativa para esta exposición.
El Obelisco.
No el Obelisco que conocemos. No el de la fotografía turística. No el que aparece rodeado de tránsito, manifestaciones, celebraciones o peatones.
El Obelisco visto desde arriba.

La mirada de alguien que lo sobrevuela.
Y ese desplazamiento resulta particularmente interesante porque introduce a Buenos Aires en un universo construido originalmente alrededor de las costas uruguayas y las playas de Miami.
Boudakian cuenta que París estaba inicialmente pensada como su primera gran ciudad vista desde el aire. Pero Buenos Aires tenía que ocupar ese lugar.
Hay una razón personal.
El artista visita la ciudad desde niño. Su padre se instaló aquí cuando él tenía nueve años, su hermana nació en Buenos Aires y buena parte de su familia vive en la ciudad.
“Es mi segunda ciudad”, dice.
Entonces el Obelisco no es solamente una nueva coordenada geográfica dentro de la serie.
Es también una mirada afectiva sobre una ciudad conocida desde una perspectiva desconocida. Y eso modifica la relación con la que lo mira.
El artista que llegó al aire desde distintos caminos
Quizás la biografía de Boudakian resulte llamativa precisamente porque no parece responder al recorrido lineal que solemos imaginar para un artista.
Empezó a dibujar y pintar a los tres años. A los siete inició estudios de dibujo, pastel y óleo con Edgardo Cárgias. Más tarde continuó su formación en el Círculo de Bellas Artes de Montevideo junto a Luis Melo.
Pero también fue músico. Fue bajista fundador de Snake, banda de rock uruguaya con la que grabó varios discos.
Y construyó, en paralelo, una carrera profesional en el ámbito de las telecomunicaciones.
Después llegó la aviación. En 2019 comenzó a estudiar para convertirse en piloto y obtuvo su licencia en enero de 2023.
La historia podría parecer una suma de actividades diferentes.
Sin embargo, mirando Desde el Aire, la lectura cambia.
Tal vez no eran caminos paralelos. Quizá eran distintas maneras de construir una misma sensibilidad.
La música trabaja con ritmo.
El vuelo, con perspectiva y espacio.
La pintura, con color, materia y tiempo.
Y el mundo empresarial, con disciplina, planificación y ejecución.
No hace falta establecer una causalidad entre unas cosas y otras.
Pero sí resulta interesante observar que, cuando Boudakian encuentra su proyecto pictórico, todas esas experiencias dejan de competir entre sí y comienzan a convivir.
“Encontré mi sello”
Hay una frase de Mikael que me parece especialmente reveladora. Dice que durante mucho tiempo pintaba, pero no sentía que sus pinturas fueran diferentes de las de otros artistas.
Hasta que encontró esta serie.
“Me encantó encontrar este sello de identidad, mi marca”, cuenta.

Y esa palabra –sello– importa. Y marca impronta.
Porque una de las preguntas fundamentales de cualquier artista es qué hace que una obra pueda ser reconocida como propia incluso antes de leer su firma.
En Boudakian, por ahora, la respuesta parece estar en una combinación muy concreta:
piloto + mirada cenital + paisaje + fotografía aérea + óleo + escala humana + licencia pictórica = obra.
No es solamente el tema. Es el procedimiento. Y eso hace que Desde el Aire sea algo más que una colección de paisajes vistos desde arriba.
Es una investigación sobre qué ocurre cuando cambia el punto desde el cual miramos.
“Alturismo”: ponerle nombre a una manera de mirar
A partir de esta investigación, Boudakian utiliza el término Alturismo y no es error de tipeo de “altruismo”
No como una corriente artística cerrada ni como una etiqueta histórica. Más bien como una manera de nombrar una experiencia: mirar el paisaje desde las alturas.
Me interesa que el concepto no se convierta en una explicación que clausure las obras.
Al contrario. Puede funcionar como una puerta de entrada.
Porque lo verdaderamente interesante no es que exista una palabra para definir lo que hace.
Lo interesante es que hay una experiencia concreta detrás de esa palabra.
Un avión. Una costa. Una cámara. Una determinada altura. Una hora del día. Una luz. Una fotografía. Y después, el tiempo lento de la pintura.
Allí aparece una cadena de operaciones que transforma una experiencia real en una imagen.


Y en la distancia, también se mira
La mirada aérea no agota la curiosidad de Boudakian. Hay otra obra que revela hasta qué punto esa búsqueda de perspectiva puede convertirse en un problema pictórico —y en una escena bastante más doméstica de lo que uno imaginaría—.
En un Cristo visto desde abajo, desde la mirada humana hacia el cielo, el artista se enfrentó al desafío del escorzo: la cabeza quedaba demasiado pequeña respecto del cuerpo y la perspectiva no terminaba de funcionar. La solución fue tan rigurosa como desopilante. Tuvo algo de surrealismo doméstico.
Como no iba a crucificar a alguien para utilizarlo como modelo, recurrió a sus propias manos y pies. Se subió incluso arriba de una heladera para conseguir la fotografía desde el ángulo necesario.
Las manos y los pies que finalmente aparecen en la pintura son los suyos.
La anécdota parece pertenecer a otra serie. Puede provocar una sonrisa, pero también dice algo importante sobre su método: ¿Cómo pintar aquello que uno ve y no aquello que cree saber?
Boudakian no se limita con imaginar aquello que quiere pintar. Busca la manera de verlo. Construye la mirada. La prueba. La busca físicamente. Y cuando la realidad no alcanza, inventa el modo de llegar hasta ella.
En esa obra, la perspectiva vuelve a ser protagonista. Pero si en Desde el Aire el artista mira desde arriba hacia el territorio, aquí invierte el recorrido: el hombre mira desde abajo hacia el cielo.
Sonia Shebar: cuando una mirada reconoce otra
La llegada de Boudakian a Buenos Aires también tiene detrás una historia de vínculos.
Sonia Shebar, representante del artista, conoció su trabajo después de recibir una referencia sobre aquel particular artista uruguayo que, además de pintar, piloteaba los vuelos desde los cuales nacían sus imágenes.
La historia comenzó con un contacto y continuó con encuentros, proyectos y exposiciones.
Sonia cuenta que lo conoció en Miami y que rápidamente descubrió algo que le interesó: esa combinación poco habitual entre el artista y el piloto.
Desde entonces acompañó el desarrollo de la serie y su expansión. Y hay algo que vuelve especialmente cálido ese vínculo: Sonia no llegó a la muestra solamente como representante.
Llegó también con una historia propia.
Durante nuestra conversación compartió conmigo su relación con el mundo del arte, el coleccionismo y las subastas, y me obsequió además un ejemplar de su libro El artista, acompañado por una cálida dedicatoria.
Ese gesto, que podría parecer lateral a la exposición, forma parte de algo que para mí resulta central en el circuito del arte: las obras también vuelan/viajan a través de las personas que creen en ellas.
Dolores Valdés: arte, paisaje y encuentro
La muestra encuentra su espacio en Bresson Brokers, en Av. Callao 1880, donde Dolores Valdés Art desarrolla desde 2024 un programa de exposiciones temporarias.
La galería tiene además una Home Gallery en Lomas de San Isidro, vinculada desde hace quince años al trabajo directo con artistas y a su propio acervo.
Dolores Valdés sostiene una idea sencilla como filosofía: “Vivir con arte te hace más feliz”.
En Recoleta, esa idea adquiere una dimensión particular.
El arte aparece dentro de un espacio vinculado originalmente al desarrollo inmobiliario y se convierte, durante la exposición, en otra forma de habitar el lugar. No es un detalle menor.
Porque Desde el Aire habla precisamente de cambiar la percepción de un espacio conocido.
Y la exposición hace algo parecido con el espacio que la recibe.
Por unas semanas, Callao 1880 deja de ser solamente una dirección. Se convierte en un lugar desde donde mirar de otra manera.

Una exposición que también habla de perspectiva
Quizás por eso Desde el Aire funciona especialmente bien en Buenos Aires.
Porque una ciudad acostumbrada a mirarse a sí misma desde abajo recibe ahora la posibilidad de verse desde otra altura. Y porque Boudakian no está proponiendo simplemente una colección de vistas aéreas.
Está proponiendo algo más sencillo y, a la vez, más difícil: cambiar el punto de observación.
Eso puede parecer poco. En arte, no lo es.
Una modificación de perspectiva puede transformar completamente aquello que creemos conocer. Una playa deja de ser postal. Una ciudad deja de ser mapa. Una persona se convierte en un punto. Y un conjunto de puntos vuelve a convertirse en una escena.
Y una mancha de color puede terminar siendo alguien flotando en el mar.
Tres vidas, una mirada
Piloto. Músico. Pintor. Podríamos quedarnos con esa enumeración porque es atractiva.
Pero sería demasiado superficial.
Lo que vuelve interesante a Boudakian no es que tenga tres profesiones o tres pasiones.
Es que, en Desde el Aire, esas experiencias parecen haber encontrado una zona común.
El piloto le da la altura.
El fotógrafo, el registro.
El pintor, la transformación.
El músico, quizás, una sensibilidad para el ritmo.
Y el hombre que conoce el paisaje desde hace años aporta la memoria de aquello que está mirando. Por eso las pinturas no son mapas. Tampoco son fotografías. Son recuerdos visuales de algo que ocurrió desde el aire y que luego volvió a suceder sobre el lienzo.
Finalmente, lo que vemos cuando nos acercamos
Hay una última operación que me parece especialmente poderosa.
Frente a una de estas pinturas podemos alejarnos. Entonces vemos una composición. Podemos quedarnos a una distancia intermedia. Entonces aparecen las formas.
Y podemos acercarnos. Ahí aparecen las personas.
Ese recorrido físico del espectador reproduce, de alguna manera, el propio recorrido de la obra. Primero estuvo el vuelo. Después la mirada. Después la fotografía. Después la memoria. Después la pintura. Y finalmente nosotros.
Mirando. Alejándonos. Acercándonos. Volviendo a mirar.
Quizás ese sea el verdadero aporte de Desde el Aire.
No enseñarnos cómo se ve el mundo desde una avioneta. Sino recordarnos que la manera en que vemos algo depende, muchas veces, del lugar desde el cual decidimos mirarlo.
Mikael Boudakian encontró su lugar en el aire.
Y desde allí está construyendo una pintura que tiene algo paradójico: cuanto más lejos parece llevarnos, más cerca termina dejándonos de aquello que sucede en el mundo.
Porque al final, debajo de todos esos campos de color, esas líneas, esas sombras y esas geometrías, siguen estando ellos: una mujer tomando sol, alguien nadando, un barco que vuelve, una sombrilla abierta, una persona flotando, una ciudad que continúa su ritmo.
Pequeñas vidas vistas desde arriba. Y convertidas, gracias a la pintura, en algo que ahora también podemos mirar de cerca.
Mikael no es solamente un artista que pinta desde un avión. Es un artista obsesionado con encontrar la perspectiva exacta desde la cual una cosa puede ser vista de otra manera.

“Desde el Aire” de Mikael Boudakian
Dolores Valdés Art · Bresson Brokers Real Estate & Art Gallery
Av. Callao 1880, Recoleta, Buenos Aires.
La exposición reúne obras de la serie Desde el Aire, con paisajes de Uruguay, Miami y Buenos Aires construidos a partir de registros realizados desde vuelos y posteriormente traducidos al óleo. La muestra cuenta con la curaduría de Dolores Valdés y el acompañamiento de Sonia Shebar como representante del artista. Bresson registra la exhibición del 6 de agosto al 3 de septiembre de 2026.
Mikael Boudakian
Artista visual, piloto y músico uruguayo. Su práctica combina la pintura de paisaje con una perspectiva aérea obtenida a partir de vuelos reales. La serie Desde el Aire fue declarada de Interés Departamental por la Intendencia de Maldonado y tuvo presentaciones en Uruguay y Estados Unidos antes de su llegada a Buenos Aires.
Mirada en fotografías: Gabriel Altamirano y Gentileza Vanesa Catellani para Arteconectados
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