✒️ Por Gastón Fournier
Christopher Nolan transforma el poema de Homero en una experiencia cinematográfica monumental e íntima. Rodada en locaciones reales, con fotografía de Hoyte van Hoytema, música de Ludwig Göransson y un elenco excepcional, La Odisea recupera el sentido de la gran aventura para recordarnos que, detrás de toda epopeya, siempre hay un hombre intentando volver a casa.
Podría comenzar hablando de las innumerables obras que La Odisea inspiró a lo largo de la historia del arte. De Circe ofreciendo la copa a Odiseo o de Ulises y las sirenas de John William Waterhouse; de Ulises y Penélope de Francesco Primaticcio o de Odiseo y Calipso de Arnold Böcklin. Podría recorrer museos de Inglaterra, Australia, Estados Unidos o Suiza siguiendo las huellas visuales que Homero dejó sembradas durante siglos.
Pero hoy quiero hablar de cine.
Porque el cine también es arte. Y cuando una película está verdaderamente bien hecha, también merece ser pensada, analizada y celebrada como una gran obra artística.
Una invitación que ya anunciaba la batalla
Incluso antes de entrar a la sala, la experiencia comenzaba a construir su propio universo.
La convocatoria enviada por la agencia de Raquel Flota, para Universal Pictures tenía un tono inusualmente severo, casi militar.
“El día de la función deberán firmar embargo de prensa y guardar sus teléfonos celulares en bolsas especialmente provistas por la organización. Quedará terminantemente prohibido registrar o publicar cualquier contenido antes del estreno.”
El ingreso al IMAX Norcenter continuó esa misma lógica.
Control de listas, acreditaciones, teléfonos sellados, recorridos guiados hasta la butaca. Por un momento uno tenía la sensación de no estar ingresando a una función de prensa, sino de presentarse al ejército de Ítaca antes de emprender una campaña.
Y, curiosamente, esa puesta en escena terminaba funcionando. Porque predisponía al espectador a ingresar a una historia donde la guerra, el destino y el regreso son el verdadero corazón del relato.
Cuando la escala también cuenta una historia
Hablar de La Odisea sin ser historiador clásico sería un acto de enorme arrogancia.
Lo que sí puedo contar es qué sucede cuando uno se sienta durante casi tres horas frente a una pantalla IMAX para asistir a una de las producciones cinematográficas más ambiciosas de los últimos años.
Vivimos un tiempo donde el espectáculo parece necesitar ser cada vez más grande para conmover.
Como si las películas ya no alcanzaran con narrar una epopeya: ahora también debieran filmarse como una epopeya. Y Christopher Nolan entiende eso mejor que nadie.
La decisión de rodar íntegramente en cámaras IMAX de 70 mm -adaptadas especialmente para soportar cuatro meses de filmación en alta mar- no responde únicamente a un capricho técnico. Es parte del lenguaje mismo de la película.
Aquí la escala importa. El viento pesa. El agua golpea. Las tormentas parecen tener volumen. La inmensidad del mar deja de ser un fondo para transformarse en un personaje más.
No se trata solamente de mirar una película. Se trata de habitarla y vivirla.

Christopher Nolan vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes autores del cine contemporáneo
Después de obras como Memento, The Prestige, The Dark Knight, Dunkirk, Inception, Oppenheimer y, especialmente, Interstellar, Nolan vuelve a confirmar que pertenece a ese reducido grupo de directores capaces de combinar cine de autor con grandes producciones industriales sin resignar profundidad.
Si Interstellar exploraba el tiempo, la pérdida y el amor como fuerza física, La Odisea vuelve sobre otra pregunta igual de antigua: ¿qué significa realmente regresar a casa?
Pero lejos de construir un relato solemne o museístico, Nolan consigue algo mucho más difícil.
Humaniza el mito. Los dioses siguen presentes, pero dejan de sentirse inalcanzables.
Los héroes dejan de parecer estatuas de mármol. Todo posee una materialidad sorprendente Hay barro. Hay sangre. Hay cansancio. Hay miedo.
La película abandona deliberadamente aquella estética fantástica del Hollywood clásico -donde la mitología aparecía cubierta de dorados, túnicas impecables y decorados teatrales- para acercarse a una experiencia mucho más física, mucho más humana y profundamente contemporánea.

Tres horas que realmente se viven
Las casi tres horas de duración no se sienten como un exceso. Se sienten necesarias.
Porque el viaje de Odiseo nunca fue lineal. Es una sucesión de pruebas, pérdidas, tentaciones, derrotas y pequeños triunfos donde el verdadero enemigo termina siendo, muchas veces, uno mismo.
Cuando finalmente aparecen los créditos, salir de la sala cuesta. Uno permanece sentado algunos minutos intentando abandonar ese mundo.
No ocurre eso con frecuencia. Y probablemente ese sea uno de los mayores logros de Nolan: lograr que el espectador también sienta haber atravesado una travesía.
Entre la historia, el mito y la memoria
Hablar de La Odisea también implica aceptar cierta incertidumbre. El poema atribuido a Homero es, en esencia, una recopilación de cantos cuya dimensión histórica nunca podrá comprobarse del todo. ¿Ocurrieron realmente esos hechos? ¿Existió Odiseo? ¿O fueron relatos que la tradición oral terminó convirtiendo en mito?
Tal vez nunca lo sepamos. Pero la película tampoco parece interesada en responder esa pregunta.
Lo importante aquí no es verificar la historia, sino comprender por qué seguimos necesitándola casi tres mil años después.
El regreso de Odiseo desde la guerra de Troya hacia Ítaca se convierte en un recorrido donde las tempestades, los monstruos, los dioses y las tentaciones funcionan tanto como obstáculos físicos como metáforas de los conflictos internos del propio héroe.
Es una historia sobre volver. Pero también sobre todo aquello que inevitablemente cambia mientras intentamos hacerlo.
Un elenco construido para sostener semejante empresa
Una producción de esta magnitud necesitaba un reparto capaz de sostener no sólo el peso dramático del relato, sino también la enorme exigencia física que implicó el rodaje.
Y el elenco responde con absoluta solidez.

Es Matt Damon quien termina cargando sobre sus hombros el verdadero corazón emocional de la película. Y se nota desde el primer minuto: es un héroe construido desde la humanidad.
Si había alguna duda sobre quién podía cargar sobre sus hombros una película de semejante magnitud, Matt Damon la despeja desde la primera escena.
Su Odiseo no está construido desde la invulnerabilidad del héroe clásico, sino desde el desgaste. Es un hombre marcado por la guerra, por la culpa y por la obstinación de volver a un lugar que quizás ya no exista del mismo modo que lo dejó.
Christopher Nolan lo resume mejor que nadie cuando afirma: “Matt es una persona que brinda tanta energía positiva a todo lo que hace. Eso alimenta su oficio y su arte, y es capaz de canalizar la angustia que le provocan las difíciles condiciones de rodaje hacia su personaje. La película habría sido impensable sin él.”
La elección tampoco necesitó demasiadas explicaciones. Cuando Nolan lo llamó para ofrecerle un nuevo proyecto, Damon aceptó antes siquiera de conocer el título.
“Chris me preguntó si no quería escuchar de qué se trataba. Le dije que sí. Entonces respondió solamente dos palabras: La Odisea.”
Después de leer nuevamente el poema de Homero y luego el guion adaptado por Nolan, el actor comprendió que estaba frente a algo diferente.
“Me recordó a Oppenheimer. Chris logra reducir obras inmensas a su esencia sin perder complejidad. Sigue siendo La Odisea de Homero, pero al mismo tiempo tiene una identidad propia y un núcleo emocional profundamente humano.”
Buena parte de la credibilidad de la película nace precisamente del modo en que fue realizada. Rodar una epopeya viviendo una epopeya. No hubo comodidad. No hubo estudios controlados donde recrear el mundo digitalmente.
Hubo mar. Hubo frío. Hubo viento. Hubo playas imposibles. Hubo noches enteras filmando bajo lluvia. Y eso termina apareciendo en pantalla.
Damon reconoce que Nolan le advirtió desde la primera reunión que sería el rodaje más exigente de su carrera. Y no exageraba.
Durante cuatro meses el elenco recorrió Marruecos, Grecia, Italia, Escocia, Islandia y distintos escenarios naturales donde las condiciones climáticas cambiaban constantemente.
“Cada día habría sido el más difícil de cualquier otra película”, recuerda Damon entre risas en la telefónica para Acromática. “Llegábamos a un nuevo lugar y pensábamos: ¿a quién se le ocurrió filmar acá?”
Sin embargo, lejos de convertirse en una carga, aquella dificultad terminó construyendo una verdadera comunidad de trabajo.
El propio actor habla de una camaradería pocas veces vista en una superproducción contemporánea, donde cada departamento parecía comprometido con una única misión: hacer posible una película que difícilmente vuelva a repetirse bajo estas condiciones.
Al finalizar el rodaje, Damon lo resumió con una frase que probablemente sintetiza también la dimensión del proyecto: “Siento que, en cierto modo, toda mi vida me llevó hasta esta película.”
Telémaco también emprende su propio viaje
Si Odiseo representa el regreso, Telémaco encarna el crecimiento.
Christopher Nolan entiende que La Odisea no pertenece únicamente al héroe que intenta volver a Ítaca. También pertenece al hijo que debe aprender a convertirse en hombre sin la presencia de su padre. Tom Holland interpreta ese proceso con enorme sensibilidad.
Lejos del vértigo físico que lo hizo mundialmente conocido como Spider-Man, aquí encuentra un personaje mucho más contenido, obligado a crecer mientras intenta proteger a Penélope del asedio constante de quienes buscan quedarse con el reino.
“Telémaco es un joven que descubre la locura del mundo mientras intenta encontrar su propio lugar dentro de él”, explica Holland en la conversación.
Para Nolan, no existía otro actor capaz de transmitir esa mezcla de vulnerabilidad, disciplina y transformación.
“No había trabajado antes con Tom, pero hace años admiro su talento. Confirmó ser uno de los grandes actores de su generación.”
Paradójicamente, el mayor desafío no fueron las escenas de acción.
Acostumbrado a combatir detrás de una máscara como Spider-Man, Holland debió reaprender a pelear mostrando el rostro, permitiendo que cada golpe también expresara emociones. “No hacíamos acción por la acción misma. Cada movimiento tenía que contar algo sobre el personaje.”
Incluso Nolan llegó a hacerle un pedido tan curioso como revelador durante uno de los entrenamientos. “¡No lo hagas tan bien! Todavía no sos un experto.”
Detrás de esa observación aparece uno de los grandes aciertos de la película: incluso los futuros héroes necesitan tiempo para convertirse en aquello que están destinados a ser.

Penélope deja de esperar para convertirse en protagonista
Quizás una de las decisiones más inteligentes del guión sea abandonar la imagen tradicional de Penélope como una esposa resignada.
La interpretación de Anne Hathaway construye exactamente lo contrario. Encuentra aquí uno de esos personajes que parecen escritos para reconciliarla con el gran cine épico. Su presencia transmite autoridad, sensibilidad y una humanidad que vuelve completamente creíble cada una de sus escenas.
Su Penélope gobierna. Calcula. Resiste. Manipula políticamente a quienes intentan quedarse con Ítaca mientras espera el regreso de Odiseo.
Hay elegancia. Pero también hay una violencia silenciosa que nunca necesita convertirse en grito. Christopher Nolan destaca precisamente esa doble condición. “Anne transmite una serenidad extraordinaria, pero al mismo tiempo logra revelar toda la pasión que Penélope debe ocultar.”
Para Hathaway, aceptar el proyecto tampoco necesitó demasiado tiempo.
Confiesa que la mitología griega la apasiona desde la adolescencia y que siempre imaginó distintas versiones de Penélope. Sin embargo, la creada por Nolan terminó sorprendiéndola.
“Esta Penélope tenía mucho más fuego del que yo había imaginado. Me fascinó que Chris explorara la posibilidad de que se sintiera profundamente incomprendida y que justamente eso la uniera todavía más con Odiseo.”
La actriz también destaca un aspecto pocas veces señalado. El vestuario.
Cada túnica fue pensada para transmitir una idea muy concreta. Penélope jamás se viste como una viuda. Se viste cada mañana como una reina. Porque, para ella, cualquier día puede ser el día en que Odiseo finalmente regrese. Y esa decisión narrativa cuenta tanto como cualquier diálogo.
Zendaya y una Atenea sorprendentemente humana
Si algo distingue la adaptación de Nolan es que incluso los dioses parecen atravesados por conflictos profundamente humanos.
Zendaya construye una Atenea muy distinta de las representaciones clásicas. No aparece únicamente como guía sobrenatural. Se convierte en la conciencia moral de Odiseo.
En la voz que lo obliga a enfrentarse consigo mismo.
La actriz reconoce que esa dimensión emocional fue precisamente la que más la atrajo del personaje. “Atenea termina siendo una forma de amor severo. Lo acompaña, pero también lo obliga a mirar el dolor que causó y las decisiones que tomó.”
Su primera jornada de filmación ocurrió durante las secuencias del saqueo de Troya, rodadas en Marruecos.
La dimensión de los decorados terminó convirtiéndose en una ayuda interpretativa inesperada. “No tuve que imaginar demasiado. Sentía que realmente había entrado en Troya.”
Pero quizás sea su reflexión final la que mejor resume también el espíritu de toda la película.
“Al final, La Odisea habla del amor. Del amor por la familia, por la pareja, por la propia gente. Y de algo que hoy necesitamos recordar más que nunca: tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.”

Charlize Theron: una Calipso llena de contradicciones
Si hay un personaje que evita cualquier lectura simplista es Calipso. Christopher Nolan no la presenta como una villana ni como una heroína romántica, sino como una figura atravesada por una contradicción permanente: la de quien posee casi todo, excepto aquello que más desea.
Para ese desafío eligió a Charlize Theron, ganadora del Premio de la Academia por Monster y protagonista de títulos como Mad Max: Fury Road, Bombshell y North Country. Nolan explica que necesitaba una actriz capaz de sostener todas las capas del personaje sin reducirlo a una sola interpretación.
“Charlize aceptó el desafío que queríamos lograr con Calipso. A lo largo de la historia ese personaje se ha interpretado de formas muy contradictorias, y para intentar resolver esas contradicciones se necesitaba a alguien con el intelecto y la empatía de Charlize.”
La propia Theron entiende que la riqueza del personaje reside precisamente en esa ambigüedad. “La veo como todas esas cosas y, a la vez, como ninguna de ellas.”
¿Calipso ofrece la inmortalidad o mantiene cautivo a Odiseo? ¿Es refugio o prisión? ¿Ama verdaderamente o desea poseer? Nolan no responde esas preguntas; las deja convivir durante toda la película.
Theron agrega: “Me dieron la oportunidad de hacer algo que no había tenido muchas oportunidades de hacer, porque ella es un poco de todo. Eso es lo que la vuelve tan hermosa. Aunque sea una diosa, anhela establecer vínculos. Y resultaba interesante ver a alguien con los poderes que ella tiene, pero que, aun así, en realidad no podía hacer gran cosa con ellos.”
Hay además un detalle que, como espectador, terminé celebrando. En tiempos donde muchas superproducciones parecen obsesionadas con rostros completamente inmóviles, aquí ocurre exactamente lo contrario. Los actores gesticulan. Arrugan la frente. Sonríen, sufren, envejecen. La expresión vuelve a convertirse en una herramienta narrativa. Puede parecer un detalle menor, pero esa humanidad termina siendo una de las grandes fortalezas de la película.
Charlize Theron confirma, una vez más, por qué continúa siendo una de las presencias más magnéticas del cine contemporáneo. Hay algo casi mitológico en su aparición en pantalla. No interpreta solamente a una diosa: consigue transmitir esa mezcla de belleza, distancia y amenaza que exige el personaje.
Cuando el arte también puede tomarse licencias: construir el mito sin abandonar la realidad
Como ocurre con toda gran adaptación artística, Nolan no pretende ilustrar literalmente a Homero. Interpreta. Reescribe. Selecciona. Construye personajes desde una sensibilidad contemporánea. Y allí reside una de las mayores virtudes del cine como disciplina artística.
Porque el cine —igual que la pintura, la literatura o la escultura— no tiene la obligación de reproducir la historia exactamente como fue contada.
Tiene el derecho de volver a imaginarla. Y Nolan ejerce ese derecho con absoluta convicción.
La Fotografía: convertir una epopeya en una experiencia íntima
Uno de los grandes responsables de esa sensación de inmersión es Hoyte van Hoytema, ganador del Oscar por Oppenheimer y colaborador habitual de Christopher Nolan.
El director de fotografía define el objetivo visual de la película con una frase que resume toda la propuesta estética: “Una epopeya íntima.”
Aunque La Odisea habla de mares inmensos, dioses, monstruos y viajes imposibles, la cámara nunca pierde de vista que, en el fondo, está contando la historia de un hombre desesperado por volver con su esposa y su hijo.
Como explica Van Hoytema: “Nuestro enfoque nunca se centró en la envergadura por sí misma; nuestro objetivo era crear una epopeya a una escala muy íntima.”
Esa decisión atraviesa toda la película. La inmensidad existe, pero siempre al servicio de la emoción. Las tormentas, las batallas y los paisajes no buscan impresionar únicamente por su tamaño; funcionan como el reflejo físico del conflicto interior de Odiseo.
Es probablemente una de las fotografías más sólidas que Nolan haya construido junto a Van Hoytema hasta el momento.

La Producción: cuando la fantasía decide existir de verdad
Hay algo que Christopher Nolan sigue defendiendo incluso en una producción de esta escala: la necesidad de filmar el mundo antes que inventarlo digitalmente.
La diseñadora de producción Ruth De Jong —nominada al Oscar por Oppenheimer— reconoce que aceptar el proyecto implicaba enfrentarse a uno de los mayores desafíos de su carrera. “Era imposible decir que no, aunque me daba un poco de miedo.”
La mitología, explica, nunca ofrece respuestas absolutas. Apenas deja pistas. Por eso construir el universo de La Odisea implicó crear reglas visuales propias para un mundo que nunca existió exactamente como lo imaginamos.
Nolan tenía una condición innegociable: que todo aquello que pudiera construirse, se construyera. “Gran parte de ello tiene que ver con la textura. Quería crear un mundo en el que realmente pudieras imaginarte que estás en ese barco con Odiseo.”
La naturaleza debía sentirse como un personaje más. Los vientos. La lluvia. El frío. Los mares embravecidos. Todo debía existir delante de cámara y no como una ilusión digital.
Esa decisión termina dándole a la película una fisicidad muy poco frecuente dentro del cine contemporáneo.
Las Locaciones: seis países para encontrar una sola Ítaca
Durante meses Nolan y Ruth De Jong recorrieron el mundo buscando escenarios capaces de representar el universo descrito por Homero.
No buscaban simplemente paisajes bonitos. Querían lugares que transmitieran la sensación de estar llegando al borde del mundo conocido. Finalmente el rodaje terminó repartido entre Marruecos, Grecia, Italia, Islandia, Escocia y Estados Unidos.
Nolan resume esa búsqueda con una idea muy simple. “Los lugares que visitaba Odiseo eran completamente desconocidos para quienes escuchaban originalmente el poema. Queríamos que el público sintiera exactamente esa misma extrañeza.”
Las playas marroquíes recrearon la caída de Troya. Las montañas del Atlas albergaron una ciudad construida prácticamente desde cero. Islandia se convirtió en el Hades. Escocia aportó los mares más hostiles. Grecia devolvió parte del imaginario clásico. Y Sicilia terminó transformándose en la nueva Ítaca.
Troya: construir una ciudad para después verla arder
Uno de los primeros desafíos fue levantar la ciudad de Troya. Lejos de apoyarse en efectos digitales, el equipo decidió construir un gigantesco set de más de 10.000 metros cuadrados integrado naturalmente al paisaje de Aït Benhaddou, en Marruecos.
Más de 2.000 extras convivían dentro de un escenario compuesto por alrededor de sesenta estructuras, incluyendo un enorme templo dedicado a Atenea y las monumentales puertas de la ciudad.
Todo fue diseñado para poder ser incendiado durante el rodaje de forma real y controlada.
Como explica Nolan: “Necesitábamos que tuviera una magnitud absolutamente colosal y que fuera lo más envolvente posible.”
Y esa escala, una vez más, termina sintiéndose auténtica precisamente porque casi todo lo que vemos existía realmente frente a la cámara.

Ítaca: cuando llegar al set también formaba parte del viaje
Quizá el ejemplo más extremo de esa búsqueda por la autenticidad sea la elección del Castello di Santa Caterina, en la isla italiana de Favignana. El castillo, ubicado sobre una colina con vista de 360 grados al Mediterráneo, no tenía acceso por carretera.
La producción solicitó construir un camino. Italia dijo que no.
Entonces construyeron un funicular para transportar parte del equipamiento y organizaron helicópteros para los materiales más pesados. Y a Anne Hathaway. Querían, como sugiere la técnica de Actuación de Método (en inglés, Method Acting) que la actriz identifique, replique y viva las emociones y experiencias de su personaje, manteniendo esa identidad de forma continua durante toda la filmación, incluso cuando las cámaras están apagadas. Por eso la trataban como una reina.
Sin embargo, la mayoría del equipo —incluidos Christopher Nolan y Emma Thomas— decidió subir caminando todos los días durante tres semanas.
Ese ascenso diario terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en un pequeño ritual colectivo. Como si incluso detrás de cámara cada jornada exigiera conquistar nuevamente Ítaca.
Del mito a la geografía: donde los monstruos encontraron un paisaje real
Si algo sorprende de La Odisea de Nolan es que incluso los escenarios más fantásticos parten de lugares que existen. No hay una búsqueda por inventar mundos imposibles sino por encontrar paisajes que ya poseen una carga casi mítica.
Para el encuentro entre Odiseo y el Cíclope, la producción eligió la histórica Cueva de Néstor, ubicada en la región del Peloponeso, Grecia. El espacio, de veinte metros de ancho por dieciséis de profundidad y coronado por una bóveda natural de casi treinta metros de altura, ha estado habitado desde el Neolítico y aparece vinculado a numerosas leyendas de la antigua Grecia. Una de ellas sostiene que fue el refugio donde Hermes escondió el ganado robado a su medio hermano, Apolo.
Esa decisión resume bastante bien la lógica que atraviesa toda la película: cuando la propia naturaleza ya ofrece un escenario extraordinario, Nolan prefiere filmarlo antes que reconstruirlo digitalmente.
La misma filosofía aparece en uno de los momentos más inquietantes del viaje de Odiseo: el descenso al Hades.
Para representar el inframundo, el director llevó a todo el equipo hasta Islandia, rodando durante el mes de junio bajo la extraña luz del sol de medianoche, entre lluvias, viento permanente y paisajes volcánicos que parecen pertenecer a otro planeta.
Nolan explica la elección con una imagen concreta: “Desde el principio supe que quería que el paisaje de Islandia representara el Hades. Este viaje hacia el norte, cada vez más cerca del frío, no podría estar más lejos del hogar de Odiseo en Ítaca.”
Y esa distancia no es solamente geográfica. También es emocional.
Mientras más se aleja de su hogar, el mundo pierde colores familiares y comienza a transformarse en un territorio inhóspito, donde el hombre ya no domina a la naturaleza sino que apenas intenta sobrevivir dentro de ella.
Es justamente allí donde la película encuentra una de sus mayores virtudes: los escenarios nunca funcionan únicamente como decorado. Cada montaña, cada cueva, cada mar embravecido y cada paisaje helado terminan reflejando el estado interior de un héroe que, más que regresar a un reino, intenta recuperar aquello que alguna vez llamó hogar.
El Caballo de Troya: un monumento pensado para sobrevivir al rodaje
Christopher Nolan llevaba más de veinte años imaginando cómo debía verse el Caballo de Troya.
Su versión elimina cualquier artificio. No tiene ruedas. No parece un objeto perfecto. Es una enorme estructura de madera castigada por el mar y la arena.
“Quería algo que tuvieran que arrastrar por las llanuras de Troya. Eso me parecía mucho más creíble.”
Se construyeron varios caballos de aproximadamente diez metros y medio de altura para las distintas locaciones. El utilizado en Marruecos terminó deteriorándose después de innumerables tomas.
Según recuerda Ruth De Jong, dentro del equipo ya bromeaban diciendo que el caballo debía tener nueve vidas, porque sobrevivió a golpes, tormentas, arrastres y constantes reparaciones hasta completar el rodaje.

Navegar de verdad: cuando el océano también forma parte del elenco
Hay una decisión de Christopher Nolan que atraviesa toda la película y que termina explicando buena parte de la sensación física que transmite La Odisea: los barcos debían navegar de verdad.
No bastaba con construir una réplica para filmarla desde un estudio. Había que sentir el peso del mar, el viento y el agotamiento de remar durante horas.
Para lograrlo, el director volvió a confiar en Neil Andrea, coordinador marítimo con quien ya había trabajado en Dunkirk y Tenet, además de participar en producciones como Cast Away, Pirates of the Caribbean y las últimas entregas de Mission: Impossible.
El primer desafío parecía imposible.
“Nuestro mayor obstáculo era averiguar de dónde íbamos a sacar todos esos barcos. Para La Odisea íbamos a tener que encontrarlos… o crearlos nosotros mismos.” La solución terminó siendo una combinación de ambas cosas.
El barco principal de Odiseo fue el Draken, una embarcación vikinga de tamaño real construida en Stavanger, Noruega, respetando técnicas y materiales tradicionales. Tras una investigación histórica sobre las embarcaciones de la Edad del Bronce, Nolan y la diseñadora de producción Ruth De Jong comprobaron que su estructura coincidía sorprendentemente con las características que podría haber tenido un barco micénico.
Además, el Draken no era una réplica decorativa. Había cruzado el Atlántico en dos oportunidades. Podía navegar en mar abierto. Y llegaba acompañado por su propia tripulación.
“El barco de Odiseo necesitaba poder navegar con marejada y fuertes vientos, transportando con seguridad al elenco y al equipo de producción. El Draken nos ofrecía todo eso.”
Sin embargo, el verdadero desafío recién empezaba. Los actores no solamente debían actuar como marineros. Tenían que convertirse en marineros.
Aprendieron a remar, a izar las velas, a levantar el enorme mástil de madera y a realizar maniobras reales en plena navegación. Y no se trató de una preparación simbólica.
Era trabajo físico. Muy físico. Andrea recuerda con humor una de las primeras conclusiones del elenco. “Remar durante horas y horas no es divertido. Enseguida aprendes a valorar la invención del motor.”
Pero el aprendizaje escondía riesgos reales. Los remos, explica Andrea, eran probablemente el elemento más peligroso del barco. Un mal cálculo con una ola podía provocar fracturas, lanzar a un actor por la borda o convertir una maniobra cotidiana en un accidente grave.
Esa tensión permanente terminó trasladándose naturalmente a la pantalla. Como señala Nolan: “Observar cómo el elenco aprendía a remar y navegar, y luego poder filmarlos realizando esas maniobras reales, aportó una autenticidad imposible de fabricar. Empezamos a empatizar con la lucha de los hombres de Odiseo.”
Esa búsqueda de verdad también obligó al resto del equipo técnico a abandonar cualquier comodidad. Cámaras, sonido, asistentes, utileros y producción trabajaban durante jornadas enteras sobre embarcaciones reales, en mar abierto y bajo condiciones climáticas extremadamente cambiantes. Hasta si los técnicos devenidos en actores, se mareaban y vomitaban, esas tomas quedaban, como registro verdad.
Como resume Neil Andrea: “Una vez que estás en esos barcos… ya no te bajas.”
La producción atravesó Marruecos, Grecia, Italia, Islandia y Escocia enfrentando mareas, tormentas, oleajes y temperaturas extremas. Hubo jornadas con vientos superiores a los sesenta nudos.
En Grecia, recuerda Andrea, los propios habitantes observaban al equipo como si estuviera completamente loco por decidir salir a navegar en esas condiciones.
Y, sin embargo, prácticamente no hubo días perdidos. Cada travesía sumó kilómetros. Cada desembarco exigió nuevas maniobras. Cada escena implicó repetir una navegación real.
Al finalizar el rodaje, la flota había recorrido miles de millas soportando algunas de las condiciones marítimas más exigentes que haya enfrentado una producción cinematográfica.
Quizás por eso las secuencias en el mar transmiten algo que hoy resulta poco frecuente en el cine de gran presupuesto.
No da la sensación de que los personajes están actuando dentro de una tormenta. Da la sensación de que realmente están intentando sobrevivir a ella.
Vestir un mito: entre la arqueología y la licencia cinematográfica
“Diseñar vestuario es construir mundos.” Con esa definición, Ellen Mirojnick —una de las diseñadoras de vestuario más prestigiosas de Hollywood— resume el enorme desafío que implicó La Odisea. Porque aquí no se trataba simplemente de recrear una época histórica.
Se trataba de construir un mito.
“En La Odisea no estás diseñando un período histórico; estás creando una mitología. Se sitúa en la intersección del mito, la historia, la psicología y la escala cinematográfica pura.”
Para Mirojnick, incluso la ropa debía contar quién era Odiseo. “No es un héroe impecable. Es un superviviente del colapso de una civilización, y eso influye en todo a nivel visual.”
El trabajo fue monumental. Más de 5.300 piezas de vestuario fueron diseñadas y confeccionadas especialmente para la película.
Solo en Los Ángeles trabajaron alrededor de 175 especialistas entre ilustradores, escultores, patronistas, marroquineros, pintores textiles y artesanos dedicados exclusivamente al desarrollo del vestuario y las armaduras del elenco principal. Sumando los distintos países del rodaje, el departamento llegó a superar las 500 personas distribuidas entre Estados Unidos, Marruecos, Italia, Grecia, Islandia, Escocia, España, Inglaterra, Nueva York y Nueva Zelanda.
Mirojnick explica que todo el proceso comenzó mucho antes de dibujar una prenda.
“Mi proceso de diseño fue de adentro hacia afuera. Empecé por el texto, luego por la historia y terminé en el mito. Era importante fusionar el realismo arqueológico con la imaginería mítica para crear un mundo coherente y creíble.” Y ese equilibrio, en líneas generales, se consigue. El diseño es elegante. Está cuidadosamente realizado.
Aunque, como espectador, hubo algunos detalles que me generaron cierto ruido visual.
Pero en algunos personajes aparecen tejidos, terminaciones y resoluciones demasiado contemporáneas. Determinadas prendas poseen una perfección casi industrial —ruedos impecables, elasticidades modernas, caídas excesivamente limpias— que, por momentos, me alejaban de la idea de una isla perdida en medio del Mediterráneo hace más de tres mil años.
Es una observación menor dentro de un trabajo enorme, pero aparece.
También circuló durante estos días un debate impulsado por algunos jóvenes creadores de contenido especializados en historia, quienes señalaron que ciertas armaduras parecían responder más a modelos romanos que helénicos. No tengo la autoridad académica para afirmarlo; simplemente registro una discusión que comenzó a instalarse entre parte del público más atento a la reconstrucción histórica.
El rostro del mito: maquillaje, peluquería y la decisión de evitar el artificio
Si el vestuario debía construir un mundo, el maquillaje y la peluquería tenían la responsabilidad de hacerlo habitable.
Christopher Nolan volvió a convocar a la maquilladora Luisa Abel, colaboradora habitual desde Interstellar, Dunkirk, Tenet y Oppenheimer, nominada al Oscar por esta última. A ella se sumó la diseñadora de peluquería Gloria Casny, también nominada al premio de la Academia por The Lone Ranger.
El desafío fue enorme. Había que combinar maquillaje de belleza, envejecimiento, prótesis, caracterización, barbas, cobertura de tatuajes y heridas, coordinando equipos que fueron cambiando de país en país durante todo el rodaje.
En total participaron cerca de 90 especialistas, además de dos laboratorios dedicados exclusivamente a la fabricación de prótesis. Pero quizás el mayor reto no fue técnico.
Fue estético.
“Nuestro primer reto fue dar credibilidad a la mitología”, explica Luisa Abel. “Cada secuencia tenía una identidad visual distinta y, al mismo tiempo, necesitábamos construir una estética que resultara auténtica para la Edad del Bronce sin perder el carácter mítico de la película.”
Para lograrlo, gran parte de los productos utilizados fueron desarrollados exclusivamente para la producción.
En peluquería, Nolan impuso una regla casi innegociable. “Nada de pelucas.” Gloria Casny me recuerda esa primera indicación.
La investigación histórica reveló que, incluso durante la Edad del Bronce, ya existían barberos y determinados estilos de corte masculino. A partir de allí se buscó construir una imagen que no respondiera ni a las modas actuales ni a una reconstrucción arqueológica estricta, sino a una estética deliberadamente atemporal.
Todos los actores debieron dejar crecer su cabello y, en muchos casos, también sus barbas durante meses antes del rodaje. Paradójicamente, el mayor enemigo del departamento terminó siendo el clima. “Muchísimo viento y muchísima lluvia”, recuerda Casny. “Al final terminé agradeciendo la decisión de no depender de pelucas.”
La prueba definitiva: cuando el IMAX no perdona absolutamente nada
Rodar en película IMAX no solo modifica la forma de filmar. También cambia completamente la manera de diseñar un rostro. Cada poro. Cada textura. Cada pincelada.
Todo queda expuesto. Como explica Luisa Abel:
“El nivel de detalle que captan las cámaras IMAX hace que cada aspecto del maquillaje quede sometido a un escrutinio mucho mayor.” Por eso el departamento trabajó durante meses junto al director de fotografía Hoyte van Hoytema realizando pruebas constantes de iluminación, color y textura.
No existía margen para ocultar errores en postproducción. Cada primer plano debía funcionar exactamente como había sido construido delante de cámara.
Y quizás esa decisión explique otra de las sensaciones que me dejó la película.
Los personajes se sienten vivos. No impecables. Vivos. No hay botox. Hay arrugas, sudor, cansancio y desgaste. La belleza nunca aparece por encima de la humanidad. Y en una historia donde los dioses conviven con hombres rotos por la guerra, esa decisión estética termina siendo mucho más poderosa que cualquier efecto digital.
Una banda sonora que también emprende su propia odisea
Si la fotografía construye una épica íntima, la música de Ludwig Göransson termina de darle cuerpo emocional al viaje. Es la tercera colaboración del compositor con Christopher Nolan, después de Tenet y Oppenheimer, y quizás la más arriesgada. En lugar de caer en una reconstrucción arqueológica o en una partitura sinfónica convencional, Göransson propone un lenguaje propio: una combinación de instrumentos de la antigüedad, texturas contemporáneas y una experimentación sonora que convierte a la música en un personaje más.
Durante la preproducción, Nolan le planteó una pregunta que terminó marcando toda la composición: ¿cómo utilizar instrumentos propios del mundo antiguo —como la lira o el aulós— desde una sensibilidad completamente moderna? El resultado es una gramática musical inédita, construida a partir de sonidos ancestrales reinterpretados con procedimientos actuales.
Uno de los hallazgos más interesantes aparece desde el propio sitio de Troya. Nolan imaginó que las alarmas de la ciudad durante el asedio estuvieran formadas por enormes placas de bronce golpeadas por los habitantes. Esa cacofonía terminaría convirtiéndose, lentamente, en el motivo principal de Odiseo: un lamento de apenas tres notas que reaparece durante toda la película y que incluso dialoga con el sonido de la cuerda de su legendario arco. Para lograrlo, Göransson recurrió a una lira interpretada por la arqueomusicóloga Rosa Fragorapti y trabajó con más de treinta gongs de viento, desarrollando incluso un sistema propio de notación para indicar exactamente dónde debía impactar cada golpe sobre el metal.
Como en los mejores trabajos entre director y compositor, la música fue creciendo junto con la película. Mientras Nolan avanzaba con el rodaje, Göransson ya había compuesto un demo de más de cuarenta minutos que fue transformándose durante los nueve meses de producción hasta convertirse en casi cuatro horas de música original.
Una experiencia sensorial que trasciende la pantalla
Las secuencias que seguramente quedarán en la memoria colectiva son aquellas donde el realismo deja paso al mito. La transformación de los hombres de Odiseo en cerdos por obra de Circe, el descenso al Hades o el episodio de las sirenas aparecen resueltos sin perder nunca la sensación de realidad física que Nolan persigue durante toda la película.
Hay un detalle que me fascinó particularmente: el momento en que los marineros sellan sus oídos con cera para evitar sucumbir al canto de las sirenas. Más allá de la fidelidad al texto homérico, la escena parece pensada como una experiencia inmersiva para el espectador. No sólo vemos el peligro: casi podemos sentir la tensión física de intentar resistir una melodía que promete destruir la razón.
La música, la fotografía, el sonido, el viento, el agua y la actuación funcionan siempre como un único organismo. Todo está concebido para que el cuerpo del espectador participe del viaje. Si existiera una versión verdaderamente 5D de La Odisea, uno saldría de la sala mojado por las tormentas, con el olor del humo de las resinas, los olivos y la madera húmeda todavía impregnado en la ropa.
La verdadera conquista es volver a casa
Hay algo profundamente contemporáneo en la lectura que Nolan hace del poema de Homero. En lugar de glorificar la guerra o celebrar la victoria militar, la película pone el foco en aquello que suele quedar fuera de cuadro: el desgaste físico, la culpa, la pérdida y el deseo casi desesperado de regresar.
Quizás por eso funciona tan bien en IMAX. No por el espectáculo en sí mismo, sino porque la inmensidad de la imagen termina amplificando algo mucho más pequeño e íntimo: el peso emocional de un hombre que sólo quiere volver con su esposa y su hijo.
Penélope deja de ser apenas el destino final del viaje para convertirse en el verdadero motor de toda la historia. Es el amor —y no la guerra— el que sostiene la travesía. El que obliga a seguir remando aun cuando todo parece perdido.
Al salir del cine pensé que, esa tal vez, sea la mayor virtud de La Odisea. Humaniza aquello que durante siglos fue contado como una gesta heroica. Nos recuerda que detrás de cada victoria existe alguien intentando volver a casa. Y, de alguna manera, también deja una enseñanza sencilla para estos tiempos: confiar en el primer instinto, seguir la luz cuando cae el sol hacia el poniente y aceptar que, a veces, perderse en el horizonte es la única forma posible de encontrar el camino de regreso.
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