Por qué algunas experiencias culturales necesitan el segundo tiempo. Como si existieran dos ferias: la que ocurre; y la que permanece. La primera, pertenece a la agenda. La segunda, pertenece a la memoria.
Hay coberturas que sólo pueden escribirse mientras suceden. Y hay otras que necesitan esperar.
Esperar a que las imágenes dejen de competir entre sí. A que las conversaciones encuentren su verdadero lugar en la memoria. A que el ritmo vertiginoso de la inauguración se transforme en algo mucho más silencioso: una experiencia vivida.
En Buenos Aires solemos medir las ferias por la cantidad de ventas, visitantes o galerías participantes. Pero ARTUC propone otra velocidad. Una velocidad más cercana a la del lugar que la recibe.
En Tucumán entendí que la feria no terminaba cuando apagaban las luces. Empezaba cuando la ciudad volvía a respirar su propio ritmo. La feria continúa cuando cierran los stands. Entre la pausa de la siesta, los recorridos satélites y las sobremesas interminables, en las conversaciones con artistas, en los talleres abiertos, en los cafés del centro, en las conversaciones que seguían mucho después del cierre.


ARTUC demostraba que algunas experiencias culturales necesitan desacelerar para revelar todo lo que realmente ocurrió.
Allí aparece otro tiempo. Un tiempo donde el mercado deja lugar al encuentro. Y donde la experiencia cultural comienza, recién entonces, a organizarse como recuerdo.
Por eso esta nota no intenta contar qué pasó durante ARTUC. Intenta contar qué quedó una semana después.
Cuando una provincia decide reconocerse a sí misma
La mañana comenzó lejos de la feria. O, mejor dicho, permitió entender que ARTUC también sucedía fuera de sus pabellones.
El Salón Blanco de la Casa de Gobierno de Tucumán reunía una escena muy distinta a la del día anterior. Alfombras rojas, camionetas de custodia, funcionarios, empresarios, instituciones culturales, referentes del turismo y de la producción provincial compartían un mismo escenario para la entrega de las distinciones Marca Tucumán, uno de los reconocimientos institucionales más importantes que otorga la provincia.
Entre los distinguidos aparecía también ARTUC.
Más que una premiación, el acto funcionó como una declaración de principios. Desde hace diecisiete años, la Marca Tucumán reconoce a empresas, instituciones y proyectos que representan la calidad, la identidad y el compromiso con el desarrollo provincial. Hoy son más de seiscientas las organizaciones que forman parte de esta red, renovando periódicamente una certificación que busca proyectar la provincia hacia el país y el mundo.
Durante su discurso, el gobernador Osvaldo Jaldo insistió en una idea que atravesaría toda la jornada: ningún proyecto crece en soledad.

Con “vibes mundialistas” comparó el desarrollo de Tucumán con un equipo de fútbol donde incluso figuras extraordinarias como Lionel Messi necesitan de un colectivo para llegar al resultado. La imagen resultó simple, pero eficaz. La identidad provincial no aparece como un mérito individual sino como una construcción compartida entre el sector público, el privado, la cultura, la industria, el turismo y el entramado productivo.
En ese contexto, la presencia de ARTUC adquiría un significado particular. No se reconocía solamente una feria de arte.
Se legitimaba una forma de entender la cultura como parte activa del desarrollo económico y social de la provincia. Opuestamente, semanas previas a la inauguración la nueva gestión del Ente Cultural retiraba fondos asignados, perjudicando la participación de pequeñas galerías y colectivos agrupados.
Mientras los flashes registraban la ceremonia y los diplomas cambiaban de manos, Juan Grande y Fredesvindas Denis recibían la distinción con la misma naturalidad con la que, apenas unos minutos después, abandonaban el protocolo para volver a caminar la ciudad. Porque la agenda seguía.
Y Tucumán todavía tenía muchas historias por contar.


Una ciudad que no explica su historia: la debate
Nuestra siguiente parada fue el casco histórico de San Miguel de Tucumán. La guía estaba a cargo de Naty, una narradora extraordinaria que entendía algo fundamental: la historia no se memoriza, se discute.

Cada edificio abría una conversación. Cada monumento proponía una toma de posición. Belgrano, Alberdi, Marcos Avellaneda, Roca y los distintos momentos fundacionales de la provincia dejaban de ser nombres escritos en una placa para convertirse en protagonistas de un debate vivo, donde pasado y presente parecían dialogar permanentemente.
La Plaza Independencia funcionaba así como una síntesis del ADN tucumano. Allí conviven la monumental Casa de Gobierno, con su Salón Blanco inspirado en Versalles; la estatua de la Libertad realizada por Lola Mora; la elegante Casa Padilla y las huellas de una historia política atravesada por guerras civiles, disputas ideológicas y construcción institucional.
Pero, curiosamente, ninguno de nosotros esperaba con mayor ansiedad esos grandes edificios.
Habíamos ido a buscar a Lola Mora.
La siguiente escala fue la Casa Museo Nicolás Avellaneda. Una residencia construida en 1836 que hoy resguarda parte de la memoria política y artística de la provincia. Sin embargo, nuestra atención rápidamente abandonó la figura presidencial para detenerse frente a una serie de dibujos a grafito que anticipaban el nacimiento de una de las escultoras más extraordinarias de la historia argentina.
Antes del mármol. Antes de las polémicas. Antes de la Fuente de las Nereidas.
Allí estaba la joven Lola Mora retratando, con carbonilla y una precisión sorprendente, a los gobernadores tucumanos de fines del siglo XIX. Aquella serie, premiada en 1894 por la Sociedad de Beneficencia, ya anunciaba una personalidad poco dispuesta a aceptar los lugares que la sociedad reservaba para las mujeres artistas de su tiempo.
Mientras muchas pintaban flores o naturalezas muertas, Lola elegía retratar a los hombres que concentraban el poder político.


No quería ser musa. Quería ser autora.
Y, como suele ocurrir con los personajes realmente fascinantes, la conversación terminó desplazándose inevitablemente hacia su vida privada.
Porque detrás de la escultora monumental aparecía una mujer que desafió cada una de las convenciones de su época. Su cercanía con Julio Argentino Roca, los rumores sobre sus ambiguos vínculos sentimentales, un matrimonio con un hombre mucho más joven, el uso cotidiano del pantalón para trabajar y una independencia personal que incomodó profundamente a la sociedad conservadora fueron alimentando una figura donde historia y mito todavía conviven.
Y quizás esa haya sido la mejor manera de conocer a Lola Mora. No como una escultora.
Sino como una mujer que, más de un siglo después, sigue generando exactamente lo mismo que produjo en su tiempo: curiosidad, admiración y debate.
De la Billiken a la historia
Hay algo que conviene aprender apenas uno pisa Tucumán: no se les ocurra decirle ‘la Casita de Tucumán’. Una casa demasiado grande para llamarla “casita”. Es la Casa Histórica. Y tienen razón. Y hacen muy bien en marcar la diferencia. No solamente porque el edificio es bastante más grande de lo que la memoria escolar nos hizo imaginar, sino porque la dimensión simbólica del lugar trasciende cualquier diminutivo posible.


Para muchos argentinos existe una primera visita que ocurre mucho antes de llegar físicamente. Ocurre en la infancia. Entre láminas escolares, manuales, actos patrios y aquellos inolvidables collages hechos con fideos, yerba mate o papel glasé, la fachada blanca con sus columnas salomónicas ya formaba parte de nuestra memoria visual mucho antes de convertirse en una experiencia real.
Llegar finalmente hasta allí tiene algo de reparación. Como si, de pronto, la revista Billiken hubiera decidido abrir una puerta.
La visita guiada permite comprender que aquello que hoy reconocemos como uno de los grandes símbolos nacionales es, en realidad, el resultado de múltiples transformaciones arquitectónicas. La casa original fue modificándose con el paso de las décadas, llegó a funcionar como oficina de Correos y Telégrafos y hasta perdió completamente su fachada colonial. Recién en 1943, gracias al trabajo del arquitecto Mario Buschiazzo, pudo reconstruirse a partir de planos históricos, excavaciones arqueológicas y, sobre todo, de las fotografías tomadas en 1869 por Ángel Paganelli, el primer fotógrafo de Tucumán. Sin esas imágenes, probablemente nunca hubiéramos conocido la silueta que hoy todos identificamos de inmediato.
Entre muebles coloniales, platería de época y relatos sobre los congresales de 1816, hubo un momento que volvió a conectar inesperadamente este recorrido con el arte contemporáneo.
Los dos bajorrelieves de Lola Mora.

Ubicados en el patio de la Casa Histórica, estas piezas monumentales realizadas en bronce condensan dos escenas fundacionales del país: la Revolución de Mayo y el Congreso de Tucumán. Resulta inevitable detenerse allí unos minutos. Quizás porque permiten volver a encontrarse con una artista cuya figura había aparecido apenas unas horas antes durante la visita al Museo Casa Nicolás Avellaneda. Como si la propia ciudad insistiera en recordarnos la potencia de una mujer que desafió todas las convenciones de su tiempo para convertirse en una de las escultoras más importantes de la historia argentina.
Y esa insistencia no parece casual. Porque Tucumán no solamente conserva su patrimonio: lo enlaza.
El recorrido concluyó con la presentación de Javier Vázquez, flamante director de la Casa Histórica. Artista visual y gestor cultural, asumió recientemente la conducción del museo con una mirada que busca tender puentes entre el patrimonio histórico y las prácticas artísticas contemporáneas. Su interés por fortalecer el diálogo con la escena cultural actual y acompañar iniciativas como ARTUC deja entrever una institución que no pretende permanecer congelada en el pasado, sino convertirse en una plataforma activa para pensar el presente y proyectar el futuro.
Salimos de la Casa Histórica con la sensación de haber visitado mucho más que un monumento nacional. Porque hay lugares donde la historia se aprende y en otros, donde se experimenta. Un sitio donde la infancia, la memoria escolar, el patrimonio, el arte y la identidad argentina dejan, por un momento, de ser capítulos separados para convertirse en una misma única vivencia.
Dicha Lugar: donde el arte también aprende a convivir
Una foto grupal marcó el final de la visita institucional y el comienzo de otro recorrido. Dejábamos atrás los edificios públicos para entrar en una escena mucho más doméstica. Más viva.
Retomando la ruta del arte llegamos a Dicha Lugar, un espacio de talleres compartidos que, más que un edificio, funciona como una pequeña comunidad artística. La nave nodriza de este proyecto tiene nombre propio: Ana Won.

Con una verborragia contagiosa y una hospitalidad que parecía no agotarse nunca, Ana fue abriendo cada puerta del lugar con el mismo entusiasmo con el que presenta a sus propios colegas. Dicha nació como la necesidad de tener un taller, pero rápidamente se transformó en algo mucho más importante: una excusa para generar conversación entre artistas.
En una antigua casa tucumana de más de un siglo -que incluso, entre risas, aseguran tiene su propio fantasma llamado Luisa- conviven pintores, fotógrafos, ceramistas, escultores y artistas textiles de distintas generaciones. Allí trabajan, producen, discuten proyectos, organizan fiestas para sostener económicamente el espacio y hasta mantienen un pequeño bar que ayuda a que el proyecto continúe creciendo.
Más que un taller colectivo, Dicha parece funcionar como una declaración de principios: demostrar que también es posible construir una escena contemporánea sólida lejos del centralismo porteño.
Dos artistas lograron detener especialmente mi recorrido.
El primero fue Pablo Masino.
Su relato terminó siendo tan interesante como sus fotografías. Durante años registró la escena artística tucumana desde una intimidad casi doméstica, para luego desplazarse hacia imágenes donde la realidad comienza lentamente a convertirse en ficción. Obras atravesadas por referencias literarias, escenas teatrales y una construcción narrativa donde Tucumán deja de ser únicamente un paisaje cotidiano para transformarse en escenario.
Hay algo profundamente cinematográfico en su manera de mirar.

La segunda detención ocurrió frente al inmenso dibujo en grafito y carbonilla de Rosalva Mirabella.
“La invención de la ciudad” propone una San Miguel de Tucumán naciendo literalmente desde la selva. San Miguel Arcángel, arquitectura histórica, vegetación exuberante y memorias urbanas conviven dentro de un mismo paisaje imaginario donde la ciudad parece emerger lentamente desde la yunga.


Pero fue una pequeña escultura apoyada casi discretamente dentro del mismo taller la que terminó activando otra memoria. Un diminuto San Miguel dormido.
Bastó verlo para recordar inmediatamente aquella inolvidable instalación de porcelanas en miniatura que Rosalva había presentado años atrás en Tokonoma, durante una de las primeras ediciones de Central Affair en Galería Larreta, Buenos Aires.
A veces dejarse llevar funciona así.
Uno cree que está descubriendo una obra nueva y, en realidad, está reencontrándose con un artista que ya habitaba algún rincón de la memoria.
El tejido como forma de comunidad
El recorrido continuó hasta el taller textil de Alejandra Mizrahi, donde la práctica artística se vuelve también práctica comunitaria. Sus investigaciones alrededor del telar, la randa y las tradiciones textiles del noroeste argentino exceden la producción individual para transformarse en una red de trabajo junto a tejedoras de distintas comunidades de Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy y Salta.


Su taller funciona como espacio de producción, pero también como lugar de transmisión de saberes, donde técnicas ancestrales encuentran nuevas posibilidades dentro del arte contemporáneo.
Mientras escuchábamos hablar sobre encajes americanos, tejidos colectivos y el Museo Móvil de la Randa, resultaba evidente que aquí el textil no aparece solamente como material. Es también una forma de construir comunidad.
Un rápido recorrido final por el espacio, algunas conversaciones improvisadas con coleccionistas que iban cruzándose entre los talleres y el reloj marcando que era momento de continuar.
Porque todavía quedaba una parada imprescindible antes de seguir viaje.
Las empanadas tucumanas. Y un tamal. En El Cardón, donde por primera vez el recorrido artístico y el gastronómico decidieron sentarse en la misma mesa.
Donde la feria deja de ser feria
Siesta tucumana. Recuperé batería social y volví a la feria. Tras los últimos recorridos, algunas entrevistas pendientes y varias conversaciones que quedaron resonando entre los pasillos de ARTUC, en teoría el primer día terminaba oficialmente cuando cerraban los stands.
Ver nota relacionada: ARTUC 2026: Galerías, artistas y obras que decidieron quedarse
Pero la noche nos encontró inesperadamente cenando comida árabe en Yerba Buena. Como suele ocurrir en las buenas ferias, lo más interesante empezaba unos minutos después.
Un restaurante donde las camareras, uniformadas con una estética que parecía inspirada en las azafatas de Emirates, aportaban una cuota involuntaria de humor kitsch a una jornada que todavía no terminaba.
Desde allí, los anfitriones de Casa Aconquija nos propusieron extender el recorrido. Junto a María Paula Zacarías (Ojo del Arte y La Nación) emprendimos el ascenso hacia el cerro homónimo, en la zona de El Corte, donde funciona su home gallery. La sorpresa fue inmediata.
Una vivienda de arquitectura brutalista —más cercana a las casas suspendidas del Morro en Río de Janeiro que a la imagen tradicional del noroeste argentino— aparecía completamente habitada por el arte contemporáneo. Obras lumínicas, vitrinas intervenidas y espacios domésticos transformados en salas expositivas recibían la muestra “Seguir el rastro…” de Evi Tártari borrando cualquier frontera entre vivienda, colección y experiencia artística.
Ahí terminó realmente el primer día. O, mejor dicho, ahí empezó a entenderse que ARTUC nunca sucedía únicamente dentro de la feria.
Porque en Tucumán el arte parece encontrar siempre una excusa para seguir conversando.
Y esa conversación continuó a la mañana siguiente.
Día dos…
Biomba Galería: Guillermo Rodríguez y el regreso de los guardianes
Creo que, como toda buena programación, ARTUC decidió guardar una de sus experiencias más memorables para el final.
La mañana del sábado condujo hasta Biomba Galería. Apenas cruzar la puerta implicaba ingresar a otro ritmo. Mujeres impecablemente vestidas, un servicio de catering cuidado hasta el último detalle, amabilidad por doquier y un público que parecía habitar naturalmente ese universo artístico construían una escena muy distinta a la intensidad de la feria. Todo ocurría un sábado, a las once de la mañana, en medio del vértigo de una agenda que todavía tenía varios destinos por delante.
Y allí esperaba Albor.


La nueva exposición del maestro tucumano Guillermo Rodríguez, con curaduría de Carlota Beltrame, transforma la galería en un pequeño templo contemporáneo donde la imaginería religiosa, la memoria popular y la naturaleza vuelven a encontrarse.
Entre cedro, cardón y otras maderas del norte argentino aparecen guardianes, deidades domésticas y figuras protectoras que remiten inevitablemente a las antiguas imágenes de vestir, a la escuela cuzqueña y al barroco americano. Sin embargo, lejos del dramatismo religioso tradicional, Rodríguez propone otra espiritualidad posible: seres luminosos, amables, que invitan a mirar nuevamente aquello que estamos perdiendo.
“Necesitamos muchos guardianes para nuestra naturaleza”, resume el artista durante la recorrida.
La frase funciona casi como una declaración de principios. En tiempos atravesados por incendios forestales, pérdida de glaciares y crisis ambiental, sus esculturas dejan de ser únicamente piezas de madera policromada para convertirse en pequeñas advertencias poéticas. No hablan del miedo. Hablan del cuidado.
Carlota Beltrame encuentra allí una lectura tan precisa como sensible. Para la curadora, las obras de Rodríguez recuperan la fuerza simbólica de la imaginería colonial, pero reemplazan el sufrimiento característico del barroco por una serie de “dioses amables” que vuelven a conectar al espectador con la tierra, los mitos y las antiguas formas de protección.
Con más de cuatro décadas de trayectoria, Guillermo Rodríguez aún conserva la humildad del artista-artesano. Profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, referente de varias generaciones de escultores y autor de numerosas obras públicas en Argentina y España, habla de su trabajo con la sencillez de quien todavía entiende la madera como un material vivo antes que como una obra terminada.

La exposición encuentra además un marco ideal en Biomba Galería, dirigida por María Elvira Forenza y Mariana Sabeh, un proyecto que, aunque nació hace apenas dos años bajo este nombre, continúa la historia de más de tres décadas de trabajo desarrollada desde su reconocido taller de enmarcado. Desde allí impulsan artistas de mediana trayectoria y participan activamente de ferias nacionales, consolidando una de las escenas más dinámicas del norte argentino.
Quizás por eso Albor terminó convirtiéndose en una de las actividades satélite más significativas de ARTUC.
No solamente por la calidad de las esculturas. Sino porque recordó que, mucho antes de ingresar al mercado, el arte también fue una forma de proteger la memoria, de narrar un territorio y de mantener viva la relación entre las personas y aquello que consideran sagrado.
Yerba Buena: entre oratorios, piedra y una ciudad que cambia de ritmo
El recorrido continuó apenas unos minutos después. Una combi esperaba en la puerta para conducirnos hacia Yerba Buena. Bastó alejarnos algunos kilómetros del centro para sentir que la ciudad cambiaba por completo. Las calles se abrían entre el verde, la arquitectura comenzaba a respirar otro tiempo y la presencia de la religiosidad aparecía integrada naturalmente al paisaje cotidiano.
La primera parada fue el Cristo de Yerba Buena, una monumental escultura de lenguaje casi cubista realizada en hormigón armado por el escultor tucumano Juan Carlos Iramain. Sus costillas marcadas y su anatomía estilizada llaman inmediatamente la atención. Resulta inevitable pensar, con humor, en aquella célebre frase de Susana Giménez: “¡Qué flaquito!”.
Muy cerca aparece la imagen de la Virgen Regina, reconocible por su corona y el cetro que sostiene entre sus manos. Ese atributo, sin embargo, no formó parte de la escultura original: fue incorporado tiempo después como respuesta a un acto de vandalismo que dañó la pieza, devolviéndole así su carácter ceremonial.
A pocos metros sobreviven los pequeños oratorios abiertos las veinticuatro horas. Espacios sencillos, silenciosos, donde cualquiera puede detenerse unos minutos. Los habitantes de Yerba Buena cuentan que durante años fueron refugio habitual de quienes regresaban de las fiestas nocturnas. Casi un after religioso. Un lugar donde bajar el ritmo, hacer una pausa y, quizás, prometer entre susurros aquello de: “es la última vez que lo hago”.
El recorrido culmina en la iglesia principal de Yerba Buena. Construida íntegramente en piedra gris, su arquitectura remite inmediatamente a pequeñas capillas europeas. La luz atraviesa los vitrales coloreando el interior con una delicadeza inesperada, mientras el espesor de sus muros genera una atmósfera íntima y silenciosa.


Como si la escena hubiera sido cuidadosamente guionada, mientras recorríamos el templo finalizaba una boda. Invitados impecablemente vestidos, la elegancia discreta característica de Yerba Buena y una novia que lucía una refinada mantilla de encaje italiano –a modo de bandana -color champagne terminaron de completar una postal difícil de olvidar. Y la tradicional “lluvia de arroz” de los invitados.
Timoteo Navarro: cincuenta años de pintura en el lugar menos esperado
La mañana continuó en Art Point, un centro comercial que podría encontrarse indistintamente en Yerba Buena, Palmares de Mendoza o Alto Rosario. Sin embargo, detrás de esa apariencia contemporánea, sorprende que alberga uno de los espacios culturales más interesantes del recorrido. Allí conviven locales comerciales con una galería de arte donde se exhibe una retrospectiva dedicada a Timoteo Navarro, el artista que logró posicionar a Tucumán en la escena artística nacional durante la primera mitad del siglo XX.


El espacio combina exhibición y encuentro. Grandes livings, mesas de directorio realizadas con maderas regionales por Popy Lopez de Zavalia, terminadas con un hidrolaqueado de brillo contemporáneo, funcionan como extensión natural de la galería. Muy cerca se encuentra el auditorio donde meses antes se desarrolló una jornada dedicada al coleccionismo, con la participación de José Luis Lorenzo, en un intento por ampliar la conversación y estimular la formación de nuevos compradores de arte en el norte argentino.
La propuesta, organizada por Biomba Galería, recorre casi cinco décadas de producción y permite observar la transformación de un pintor que comenzó desde el realismo académico para atravesar el cubismo, el expresionismo, el surrealismo y alcanzar, hacia el final de su vida, una abstracción profundamente ligada al paisaje y a la identidad del norte argentino.
Pocas figuras sintetizan con tanta claridad la historia del arte tucumano como Timoteo Navarro. No es casual que desde 1985 el principal museo provincial lleve su nombre. Sin embargo, acceder a una lectura integral de su producción ha sido una oportunidad poco frecuente. La muestra, desarrollada junto a su familia, recupera precisamente esa mirada panorámica sobre una obra que continúa definiendo buena parte de la identidad visual de la provincia.
Durante la presentación, Mariana Sabeh, una de las responsables de Biomba Galería, recordó que Navarro fue mucho más que un pintor. Campeón de waterpolo, músico autodidacta, mecánico capaz de reparar radios, motos o automóviles, profesor generoso y observador incansable de la realidad social, construyó una práctica artística atravesada por la curiosidad permanente.
Esa búsqueda también transformó su manera de pintar. El propio artista solía definirse como un “albañil de la pintura”, en referencia al uso constante de la espátula y a la densidad matérica de sus obras. Mientras gran parte del paisajismo argentino privilegiaba azules y verdes, Navarro eligió una paleta de tierras, ocres y marrones, al punto de que algunos críticos afirmaban que parecía querer pintar directamente con barro.
Pero detrás de esa experimentación formal existía también una profunda sensibilidad social. Navarro recorría las orillas del río Salí y los sectores más vulnerables de Tucumán buscando aquello que llamaba el “paisaje afectivo”. No perseguía únicamente una imagen: buscaba comprender su lugar y a las personas que lo habitaban.
La recorrida también permitió descubrir aspectos menos conocidos de su historia. En 1960 fue diagnosticado con una grave enfermedad cardíaca y los médicos le recomendaron disminuir su ritmo de trabajo. Su respuesta terminó convirtiéndose casi en una declaración de vida: “Prefiero vivir y no durar.”
Continuó pintando hasta sus últimos días y falleció en 1965 mientras se dirigía a votar acompañado por su hija.
La visita terminó demostrando que, a veces, las grandes retrospectivas aparecen donde menos se las espera. Entre locales comerciales, cafeterías, vinotecas y vitrinas contemporáneas, la obra de Timoteo Navarro recordaba que el verdadero patrimonio de una ciudad no siempre habita únicamente en sus museos, sino también en aquellos espacios capaces de volver a ponerlo en circulación para nuevas generaciones.
Epílogo: el paisaje cultural después de la feria
Antes de abandonar Tucumán todavía quedaba una última estación.
La visita a la Casa de la Cultura de Yerba Buena funcionó casi como un cierre natural del recorrido. Allí volvieron a aparecer varias de las obras y artistas que habían captado mi atención durante la feria: Marcela Chichizola, Florencia Vivas, Emiliano D´Amato Mateo, Heber Artaza, Iván Ríos. Peo ahora lejos del vértigo de los stands, respirando otro tiempo, otra escala y otro silencio. Como si el arte también necesitara desacelerar.


La despedida llegó acompañada por largas conversaciones, nuevas amistades y la generosidad de quienes entienden que recibir también forma parte de construir una escena cultural. José María Simón, subdirector de Cultura de Yerba Buena, nos acompañó durante la visita y, más tarde, un joven tucumano —de esos que parecen llevar la provincia tatuada en la manera de hablar— terminó escoltándonos hasta el aeropuerto.

Entre ese último trayecto compartido con Alejandro Bellotti (Perfil) y Marcela Mazzei (Clarín), el paisaje volvió a recordarme que ARTUC nunca había sido solamente una feria.
Las plantaciones de caña de azúcar, los ingenios todavía en movimiento, los tamales con “carne de cara”, la Mirinda de manzana, los chanchichurros —una rareza deliciosa que sólo parece existir allí— y, finalmente, los inconfundibles sabores de las empanadas tucumanas terminaron de construir una memoria donde la escena tucumana y el arte ya resultaban inseparables.
Quizás por eso, una semana después, lo que permanece no son únicamente las obras.
Permanece la hospitalidad.
Permanece el paisaje.
Permanece una forma distinta de entender que una feria también puede ser una experiencia cultural expandida.
Tucumán ya no es solamente el lugar donde ocurrió ARTUC. Es parte de la memoria que la feria dejó. Tucumán es, definitivamente, un lugar al que vale la pena volver.
Y mientras el avión comenzaba a despegar, una certeza aparecía con absoluta claridad.
Hasta pronto, Fredesvindas. Hasta pronto, Juan.
Hasta pronto, Tucumán.
Porque algunas ferias se recuerdan. Otras, simplemente, invitan a regresar.
ARTUC 2027. Allí estaremos.
Para ampliar esta lectura sobre el nacimiento de la feria y su apuesta por construir un mercado artístico desde Tucumán, también puede leerse la crónica previa de Acromática: ARTUC 2026: cuando Tucumán decide convertirse en mercado de arte.
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