Marcela Chichizola participa en “Personal Structures – Confluences”, la exposición organizada por el European Cultural Centre que se desarrolla del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026 en Venecia, en el marco de la Bienal de Arte de Venecia.
Marcela Chichizola participa en “Personal Structures – Confluences”, la exposición organizada por el European Cultural Centre que se desarrolla del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026 en Venecia, en el marco de la Bienal de Arte de Venecia. La muestra reúne obras de artistas, galerías e instituciones de distintos países en tres sedes históricas de la ciudad: Palazzo Mora, Palazzo Bembo y Marinaressa Gardens.
La participación de Chichizola llega después de su paso por la Bienal de Florencia, donde recibió una mención del jurado y una medalla Lorenzo il Magnifico por una obra que ya condensaba su investigación sobre símbolo, materia e interioridad. En Venecia, ese recorrido se proyecta hacia una plataforma que propone pensar la confluencia entre experiencias personales, lenguajes visuales y formas contemporáneas de coexistencia.


Una participación argentina en el marco de la Bienal de Venecia
La llegada de Chichizola a “Personal Structures – Confluences” surge a partir del trabajo de gestión de la galería Hasta la Raíz, que viene impulsando la circulación de artistas argentinos, en escenarios internacionales más competitivos. Según la artista, la participación en la Bienal de Florencia, derivó en una postulación al European Cultural Centre, donde las obras atravesaron una evaluación curatorial exhaustiva antes de ser admitidas entre propuestas de todo el mundo.
En sus palabras, participar en una exposición internacional dentro del contexto veneciano no representa únicamente una instancia profesional, sino también una forma de expansión personal. “Es la necesidad de hacer arte y la búsqueda de uno mismo, encriptado en sus obras, lo que hace de estas instancias oportunidades imprescindibles para el propio crecimiento y para visibilizar el trabajo”, señala Chichizola.


La artista evita pensar esta participación como una meta cerrada. La entiende, más bien, como parte de un recorrido en movimiento: una continuidad dentro de una práctica que concibe el arte como necesidad vital, como proceso de autoconocimiento y como forma de compartir una experiencia sensible con otros.
Cuatro obras entre “Ánima Mundi” y “Cordial”
Chichizola presenta cuatro obras en Venecia. Tres de ellas pertenecen a la serie “Ánima Mundi”: “Mensajero, no hay fin”, “Mensajero, no hay principio” y “Noche”. Se trata de piezas de 30 x 40 cm realizadas con pintura acrílica, transferencia de imágenes sobre saquitos de té y gasas teñidas con(la) infusión. La cuarta obra, “Mensajeros del corazón”, mide 100 x 80 cm y forma parte de la serie “Cordial”.
En estas piezas, la materialidad ocupa un lugar central. Los saquitos de té usados y las gasas teñidas construyen una superficie que remite al pergamino, al manuscrito antiguo y al archivo. Después de ser barnizados, esos materiales adquieren una textura terrosa y orgánica que la artista vincula con el paso del tiempo, la transformación de la materia y la posibilidad de leer la obra como una trama.

“Trabajar con té es trabajar con la piel de la tierra”, afirma Chichizola. En esa frase aparece una de las claves de su obra reciente: la búsqueda de una materialidad que no funcione como mero soporte, sino como parte activa del sentido. El té proviene de la tierra, atraviesa el fuego y el agua, deja una huella, una mancha, una pátina. Esa condición procesual se vuelve imagen, superficie y metáfora.
Mensajeros, manuscritos y mapas espirituales
“Mensajero, no hay fin”, obra que recibió una mención en la Bienal de Florencia, se presenta como una imagen atravesada por signos, patrones y capas simbólicas. La figura central aparece vestida con una arquitectura visual que cruza referencias precolombinas y bizantinas. En torno a ella orbitan pájaros, flores, pequeños ángeles, espirales y la letra griega Omega, entendida no como clausura, sino como transición.
En “Mensajero, no hay principio”, la figura del mensajero porta un bestiario medieval. Allí, la diversidad de criaturas no aparece como acumulación decorativa, sino como imagen de una red de interdependencia. La obra propone una lectura del cosmos como sistema de relaciones, donde cada ser ocupa una posición dentro de una red de la que forma parte y todo.


“Noche” trabaja sobre otra dimensión de la percepción. La sentencia incluida por la artista —“Noche que enciendes farolas para iluminar verdades que la luz oculta”— introduce una inversión: la noche no como opacidad, sino como espacio de revelación. La obra plantea que ciertas formas de conocimiento no se ofrecen de manera inmediata, sino que requieren silencio, introspección y vacío.
Por su parte, “Mensajeros del corazón” amplía esa investigación hacia una escala mayor. La obra combina un fondo construido con sacos de té y gasas teñidas, imágenes medievales de ángeles transferidas sobre la superficie y un corazón de tela ubicado en el centro. La pieza pertenece a la serie “Cordial”. Las imágenes angélicas, los mensajeros, son símbolos de la guía interna, que inspiran el retorno hacia el ser auténtico de cada persona.
La confluencia como estructura sensible
El eje de la exposición, “Confluences”, encuentra en la obra de Chichizola una lectura asociada a la conexión entre lo personal y lo colectivo. Para la artista, la estructura personal no es una forma fija, sino una narrativa viva. Su trabajo propone que cada historia individual puede incorporarse a una red mayor sin perder singularidad.
“La confluencia ocurre cuando el espectador completa la obra con su propia historia”, sostiene Chichizola. Esa idea resulta central para leer su participación en Venecia: las obras no buscan imponer un relato cerrado, sino activar un campo de resonancias. La imagen medieval, el manuscrito, el símbolo, el textil, el té y la transferencia conviven como capas que invitan a una lectura íntima y reflexiva.

En ese sentido, su obra se distancia de una nostalgia literal por el pasado. Aunque utiliza imágenes antiguas, referencias medievales, signos espirituales y una estética cercana al códice, su preocupación está situada en el presente: cómo construir vínculos, cómo reconocerse parte de una trama común, cómo pensar la fragilidad de los materiales como imagen de una estructura universal que también puede dañarse.
Gestión, traslado y acompañamiento internacional
La preparación de una proyecto artístico para una exposición internacional, involucra también, una dimensión de gestión que muchas veces queda fuera del relato visible. En ella Chichizola destaca el impecable trabajo de la directora y curadora de la Galería Hasta la raíz Andrea Arias, y el acompañamiento de colegas de gran trayectoria como Mario Martínez, Fernanda Zannol y Michel Oz con los que comparte espacio.
La artista subraya que estas instancias requieren una articulación profesional entre producción, documentación, traslado y montaje. La obra no llega sola a un escenario internacional: detrás de su presencia en Venecia hay una red de gestión, curaduría y trabajo colectivo que permite que una práctica desarrollada en Argentina dialogue con públicos, artistas, curadores e instituciones de distintos países.
Una obra argentina frente a un público global
Para Chichizola, presentar su obra en Venecia, implica insertarla en un contexto donde confluyen escenas artísticas, instituciones académicas, galerías y públicos internacionales. Esa circulación no modifica necesariamente el núcleo de su búsqueda, pero sí amplía el campo de lectura de las obras.
La artista define su trabajo como una “topografía personal”, un mapa íntimo que puede dialogar más allá de una localización geográfica precisa. Si sus materiales remiten a procesos orgánicos y sus imágenes a tiempos antiguos, el sentido de las piezas se orienta hacia preguntas actuales: la pertenencia, la comunidad, el vínculo entre interioridad y mundo, y la posibilidad de reconocer una dimensión común en experiencias aparentemente individuales.
En Venecia, esa búsqueda se inscribe en una ciudad marcada por el tiempo suspendido, la superposición de capas históricas y la circulación internacional del arte contemporáneo. La atmósfera veneciana, con su arquitectura, sus canales y su condición de cruce cultural, parece dialogar con la temporalidad de las obras de Chichizola: temática y materialidad aparentemente antiguas, no hablan del pasado, sino de miradas que trasciende el tiempo y las culturas.
El arte como mapa vital
Lejos de entender esta participación como un punto final, Chichizola la piensa como parte de un proceso abierto. “No creo que en la vida del artista haya un evento que sirva de punto de inflexión en su trayectoria”, señala. Para ella, el arte no se organiza únicamente alrededor de hitos, premios o validaciones externas, sino como una práctica sostenida de exploración personal.
En ese marco, “Personal Structures – Confluences” aparece como una instancia de visibilidad internacional, pero también como una confirmación de una búsqueda que ya estaba en marcha. El uso de materiales frágiles, la construcción de superficies orgánicas, la presencia de símbolos antiguos y la insistencia en la conexión entre los seres vivos forman parte de una obra que trabaja desde la imagen, pero también desde la experiencia.
“Quiero que mis piezas toquen fibras íntimas y comunes”, dice la artista. Esa frase condensa el modo en que Chichizola entiende la recepción de su obra: no como explicación unívoca, sino como una posibilidad de encuentro. En sus piezas, la confluencia no es solo un tema curatorial, sino una forma de mirar: cada fragmento, cada fibra y cada imagen participa de una estructura mayor, participan de una red cósmica.
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