MAPA 2026: El tiempo de la segunda mirada

Artistas, Ferias, MAPA, Noticias

✒️ Por Gastón Fournier

Galerías, artistas y obras que captaron mi atención una semana después de recorrer una de las ferias de arte contemporáneo más importantes de Buenos Aires.

Las ferias suelen cubrirse mientras suceden. Se cuentan inauguraciones, ventas, cantidad de visitantes y obras destacadas. Pero una feria no termina cuando baja la última persiana.

Empieza otra.

No la de los stands, ni la de los coleccionistas, ni la de los periodistas corriendo en la inauguración por la primicia. Empieza una feria mucho más silenciosa: aquella que sobrevive en la memoria cuando las imágenes dejan de competir entre sí y algunas obras insisten en volver.

Esta crónica propone justamente ese ejercicio. Volver sobre el recorrido una semana después para descubrir qué galerías, qué artistas y qué conversaciones siguieron habitando la memoria. No pretende establecer un ranking, ni señalar “los mejores” stands, ni construir una premiación encubierta.

Es, simplemente, una cartografía íntima de aquello que consiguió interrumpir el recorrido.

Porque, en una feria donde todo parece competir por llamar la atención, detenerse también es una forma de elegir.

BON Itinerante: cuando el paisaje consigue bajar el volumen de una feria

Del primer stand que todavía permanece nítido en la memoria aparece Córdoba. O, mejor dicho, una determinada forma de mirar Córdoba.

En medio de la velocidad propia de MAPA —donde cientos de obras compiten simultáneamente por capturar la atención— hubo una pintura que hizo exactamente lo contrario: me obligó a bajar la velocidad.

La obra de Carlos González Soria no necesitaba imponerse. Su paisaje rural, atravesado por una luz delicadamente construida, operaba casi como un refugio visual dentro de la vorágine ferial. Entre conversaciones, ventas, recorridos acelerados y pasillos siempre llenos, aparecía de pronto el silencio. O al menos la sensación de haber salido, durante unos minutos, del ritmo frenético que propone toda feria.

Ese mismo clima encontraba continuidad en la propuesta presentada por BON Itinerante, el proyecto dirigido por la galerista y curadora Natali Bonaudi, con base en Villa Carlos Paz. Lejos de apostar por un único lenguaje, el stand proponía un diálogo entre distintas generaciones y sensibilidades de la escena cordobesa y argentina, reuniendo obras de Peia Favier, Enrique Llorens, Sebastián Silber y el propio Carlos González Soria, junto a otros artistas invitados provenientes de distintas localidades de Córdoba.

Más que construir un stand homogéneo, BON Itinerante parecía ensayar una conversación entre distintos modos de habitar el paisaje. Había pintura, investigación material y distintas aproximaciones al paisaje contemporáneo, pero sobre todo existía una decisión clara de poner en circulación artistas del interior del país sin resignar calidad curatorial.

Y quizás eso también explique por qué fue el primer espacio donde decidí detenerme.

Porque antes de pensar en ventas, legitimaciones o mercado, una feria sigue funcionando cuando todavía logra producir algo mucho más difícil: un instante de contemplación.

De Sousa Galería: volver a mirar a Diana Aisenberg

Hay artistas cuya obra necesita tiempo. No porque resulte difícil, sino porque ya no necesita demostrar nada. Mientras unos días antes Diana Aisenberg había presentado en Tucumán su último libro —casi como quien comparte décadas de pensamiento convertidas en método—, en MAPA aparecía otra faceta de esa misma trayectoria. Sobre una de las paredes de De Sousa Galería colgaba Madona (1982-1983), una obra histórica que acababa de ser adquirida por el Museo Moderno dentro del programa oficial de adquisiciones de la feria.

No era una obra en venta cualquiera. Era una obra que, mientras todavía convivía con el público de la feria, ya comenzaba a formar parte del patrimonio público argentino.

Ver esa obra apenas unos días después de escuchar a Aisenberg reflexionar sobre la transmisión del conocimiento terminaba cerrando un pequeño círculo. Primero la palabra. Después la pintura.

LOCAL 15 (Rosario): la ternura también puede ser una forma de resistencia

Hay stands donde uno se detiene por una obra. Otros donde termina quedándose por la conversación.

Eso ocurrió en Local 15, el espacio rosarino dirigido por Mónica Sparisci y Silvana Curti, Silvana Galetto y Marina Quiroga, ubicado habitualmente en el histórico Pasaje Pan de Rosario, uno de los corredores comerciales más antiguos de la ciudad. En MAPA presentaban, entre otros proyectos, el trabajo del Colectivo Hada Rosa, integrado por los mendocinos Juan Castillo y Ayelén Villalba.

A primera vista, las piezas podían leerse como esculturas blandas o delicados objetos textiles. Pero bastaban unos minutos de conversación para descubrir que detrás de esa aparente fragilidad existía una investigación mucho más profunda sobre biodiversidad, especies amenazadas y memoria ambiental.

La serie Animalitos reproduce, mediante miles de pequeñas cuentas de cristal, las texturas y dibujos de distintas pieles animales. La escala cambia, el material cambia, pero la pregunta permanece intacta: ¿qué ocurre cuando aquello que está desapareciendo encuentra otra forma de permanecer?

Mientras recorríamos el stand junto a Mónica, la conversación inevitablemente derivó hacia otro tema: las expectativas que cada feria deposita sobre el mercado.

Lejos de cualquier euforia o desencanto absoluto, la reflexión apareció con una serenidad casi pedagógica. Las ferias siguen siendo espacios de encuentro antes que simples plataformas comerciales. Hay ediciones donde las ventas acompañan. Otras donde lo que realmente circula son contactos, proyectos futuros y nuevas relaciones entre artistas, galeristas y coleccionistas.

El mercado —coincidíamos— necesita seguir evolucionando.

Y quizás sea justamente esa capacidad de seguir creyendo en los procesos, incluso cuando los resultados no son inmediatos, lo que mantiene vivo al ecosistema del arte contemporáneo.

FONDO FLUIDO: cuando vender una obra también significa sostener a otro artista

Hay proyectos que participan de una feria para vender. Y hay otros que parecen venir a discutir las propias reglas del mercado.

Ese fue el caso de Fondo Fluido, una iniciativa creada por la artista Marina De Caro durante la pandemia como una experiencia de economía solidaria dentro del ecosistema artístico argentino. Más que un stand, el proyecto funciona como un pequeño laboratorio donde el dinero circula de otra manera: artistas con trayectoria ofrecen obras de pequeño formato a precios accesibles y parte de ese movimiento económico vuelve a alimentar nuevos proyectos, artistas en situación de emergencia e iniciativas de impacto social.

La conversación con Luciana Rondolini terminó explicando, con absoluta sencillez, una lógica que pocas veces aparece dentro de una feria.

“Fondo Fluido nació para que el dinero fluya entre los artistas.”

Las dieciséis obras presentadas compartían una misma decisión curatorial: formatos pequeños, valores posibles —entre 300 y 1.200 dólares— y artistas de trayectoria consolidada que aceptaban reducir el precio habitual de mercado para permitir que el proyecto siguiera creciendo. No se trataba solamente de vender. Se trataba de sostener una circulación.

Y funcionó. “La verdad… se vendió muchísimo.”

Entre los artistas participantes aparecían nombres como Karina El Azem, Elena Blasco, Virginia Buitrón, Juan José Cambre, Marcelo de la Fuente, Ana Casanova, Alicia Esquivel, José Garófalo, Cynthia Kampelmacher, Silvana Lacarra, Silvina Resnik, Juan Miceli, Pablo Sinaí y la propia Luciana Rondolini, conformando un proyecto donde la trayectoria individual quedaba deliberadamente puesta al servicio de una construcción colectiva.

Pero quizás el momento más inesperado no estuvo sobre las paredes.

Mientras conversábamos, Luciana contó que durante la feria habían invitado al director de la Escuela Pizarro Aráoz, institución que trabaja con chicos en situación de vulnerabilidad mediante distintos talleres educativos y artísticos. Uno de los coleccionistas que acababa de adquirir siete obras terminó conversando durante varios minutos con él.

No formaba parte del programa oficial. Simplemente ocurrió. Y de alguna manera sintetizaba el espíritu del proyecto. No había filantropía grandilocuente. Había circulación.

Circulación de obras, circulación de recursos, circulación de personas, circulación de afectos.

Había conocido a Elena Blasco apenas unos dias antes, casi por casualidad, compartiendo unas empanadas tucumanas en Cardón. Al día siguiente volví a encontrarla, esta vez dentro de la feria en Buenos Aires ya no alrededor de una mesa sino frente a sus obras.

Y fue ahí donde apareció una pequeña contradicción personal. No me gustan los gatos. Nunca me gustaron. Sin embargo, una de sus pinturas —un gato deliberadamente fuera de foco— quedó suspendida en mi memoria mucho después de abandonar el stand.

Hay obras que uno recuerda por su virtuosismo. Otras por su escala.

Y algunas, simplemente, porque encuentran una manera inesperada de quedarse mirando desde adentro.

GALERÍA TALISMÁN: El surrealismo como excusa

Después de varias conversaciones sobre mercado, circulación y estrategias de supervivencia para el ecosistema artístico, volví a encontrarme con aquello que, al fin y al cabo, termina justificando cualquier feria: una pintura capaz de detener el tiempo, como una excusa para detenerse.

Fue en el stand de Galería Talismán, donde la propuesta reunía las obras de Nicolás Guardiola, Sofía Arbol y las instalaciones de Pato Gómez Llambí, bajo una idea curatorial tan simple como efectiva: Cielo y Tierra.

La pintura de Guardiola produce una sensación difícil de explicar. Sus personajes parecen habitar un territorio suspendido entre el sueño, la tradición simbólica y una especie de metafísica contemporánea. No hay estridencia. Hay silencio. Un silencio construido a partir de una técnica rigurosa, heredera de la pintura clásica, pero puesta al servicio de escenas que desafían cualquier tiempo histórico.

Las figuras flotan, los paisajes parecen existir fuera de toda geografía reconocible y, sin embargo, todo resulta extrañamente cercano. Más que surrealismo, pensé en una forma de realismo espiritual.

Uno de esos universos donde el paisaje deja de describir un lugar para convertirse en un estado interior.

Mientras buena parte de la feria apostaba por la inmediatez del impacto visual, Guardiola parecía proponer exactamente lo contrario: obras que piden permanecer unos minutos más frente a ellas antes de revelar sus símbolos, sus pequeños rituales y ese clima entre lo ancestral y lo onírico que atraviesa toda su producción.

Y quizás esa sea otra de las formas de detenerse. No porque una obra grite. Sino porque consigue que todo lo demás deje, por un instante, de hacer ruido.

BRUMA: Cuando el exilio también encuentra una forma de expresar

Entre los proyectos especiales de MAPA hubo uno que invitaba a detenerse por razones que excedían completamente al mercado.

BRUMA reunía a un grupo de artistas rusos y ucranianos radicados en Buenos Aires. Algunos llegaron hace años; otros continúan reconstruyendo aquí una vida atravesada por el desplazamiento. Más que una identidad nacional compartida, el proyecto parecía reunir una sensibilidad común: la de quienes aprendieron a habitar el desarraigo.

Las pinturas de Olesia Lavrinenko proponían un universo cargado de símbolos personales, donde la iconografía parecía construirse desde pequeños relatos íntimos más que desde referencias evidentes. Muy cerca aparecían los delicados tocados textiles de Anastasiia Berezina, piezas que remitían a antiguas coronas ceremoniales pero que, al observarlas con detenimiento, parecían hablar de otra cosa.

Las máscaras, después de todo, nunca sirven únicamente para ocultar un rostro. También permiten sobrevivir.

Berezina construye esos objetos como si cada uno contuviera una identidad posible. Ser otro para poder atravesar la oscuridad propia. Habitar un cuerpo diferente mientras el verdadero intenta recomponerse lejos de su territorio de origen.

En otro extremo del espacio aparecía una de las obras que más tiempo consiguió retener mi mirada. En la pintura de Kristina Kirilina, dos cuerpos parecían fundirse en un único movimiento continuo. No existía un punto claro donde terminara uno y comenzara el otro. Compartían la misma dirección, el mismo impulso, la misma tensión interna. Como si terminaran pensando con una sola conciencia, respirando un mismo aire o sosteniendo una única voluntad.

No había dos figuras. Había una sola existencia construida entre ambas.

Mientras recorríamos el proyecto ocurrió una de esas escenas imposibles de planificar. Guillermo Kuitca se detuvo espontáneamente frente al stand y comenzó a conversar con los artistas. Durante varios minutos la feria pareció desaparecer. Ya no había visitantes, galeristas ni coleccionistas. Había artistas hablando con artistas.

Y quizás esa imagen termine explicando mejor que cualquier cifra qué vuelve verdaderamente valiosa a una feria.

Hay ventas. Hay adquisiciones. Hay legitimaciones. Pero también existen esos encuentros silenciosos donde una conversación termina valiendo tanto como una obra.

GALERÍA CIELO (Punta del Este): El verano también tiene resaca

Existen galerías que viajan con su paisaje. Y Galería Cielo, llegada desde Punta del Este, parecía haber traído consigo una versión completamente distinta de esa ciudad.

Lejos de las postales perfectas del verano, el stand proponía un universo donde la noche aparecía después de la fiesta. Una gran alfombra color rosa chicle organizaba el espacio expositivo como si fuera el escenario de un recuerdo todavía reciente. Sobre ella convivían figuras humanas estilizadas, esculturas blandas con forma de estrellas y una serie de pequeñas prendas íntimas abandonadas —bragas perdidas, casi olvidadas— que hablaban de ausencias, excesos y cuerpos que ya no estaban allí.

No era la Punta del glamour. Era la Punta del día después.

La que aparece cuando el maquillaje empieza a correrse y la memoria reconstruye fragmentariamente lo que ocurrió durante la noche anterior.

La propuesta encontraba su fuerza justamente en el diálogo entre las obras de Azul Gattas, Anita Furlong, Juana Simona y Florencia de Palleja. Sin perder la singularidad de cada una, las cuatro construían una misma atmósfera: escenas de una intimidad femenina donde el humor, la fragilidad, el deseo y cierta melancolía cotidiana convivían sin necesidad de explicaciones. No había una narración lineal, sino pequeños indicios dispersos que el espectador terminaba completando desde su propia experiencia.

Había algo profundamente cinematográfico en esa escena. Como si uno ingresara cuando la película ya había terminado. Y sólo quedaran los objetos para contar la historia.

Allí residía uno de los mayores aciertos del stand: demostrar que una feria también puede detenerse a contar historias. No desde la espectacularidad, sino desde esos pequeños rastros que dejan las vidas cuando ya nadie está mirando.

DEL INFINITO: Cuando la geometría decide abandonar la pared

Las galerías que llegan a una feria con varios artistas. Del Infinito, no. Eligió hacer exactamente lo contrario.

Toda la energía del stand estaba concentrada en una única propuesta: KR2, el histórico proyecto desarrollado por Ventoso, iniciado en 1975 y con una sólida trayectoria internacional. Una decisión que implicaba asumir un riesgo curatorial poco frecuente dentro de una feria donde la diversidad suele convertirse en estrategia comercial.

Después de varios años sin producir nuevas piezas, Ventoso reaparecía con una serie de esculturas realizadas en polímeros de alta densidad. Lejos de comportarse como objetos apoyados o simplemente colgados, las obras parecían desprenderse de la arquitectura del stand. Algunas emergían desde los muros. Otras flotaban apenas separadas de la superficie, generando la sensación de que la geometría, por primera vez, había decidido abandonar definitivamente la pared.

Ancladas en la tradición de la abstracción geométrica, las piezas incorporaban una dimensión profundamente escultórica gracias al uso de materiales no convencionales que permitían explorar el volumen, la tensión espacial y la relación física con el espectador. La precisión formal convivía con una inesperada sensación de movimiento, haciendo que cada obra modificara su comportamiento según el punto desde donde era observada.

No resultó casual que el stand se convirtiera en uno de los más fotografiados de toda la feria. Periodistas, fotógrafos y visitantes se detenían una y otra vez frente a esas formas suspendidas que parecían desafiar la gravedad sin perder jamás el rigor constructivo que caracteriza la producción histórica de Ventoso.

En una edición donde muchas propuestas apelaban a la acumulación de imágenes, Del Infinito eligió la síntesis. Y demostró que, a veces, una sola apuesta bien sostenida puede generar mucho más ruido que un stand repleto de nombres.

FUNDACIÓN ARTE MÓVIL: La escala de la intimidad

En una feria donde muchas obras compiten por hacerse visibles desde lejos, hubo una propuesta que obligaba a acercarse. Y después, inevitablemente, agacharse.

Dentro del proyecto presentado por Fundación Arte Móvil (FAM), la ceramista sanjuanina Mariana Bernal exhibía una serie de pequeñas esculturas en cerámica cuya escala modificaba por completo la relación entre la obra y el espectador.

Podrían haber sido apenas unas piezas más dentro de la feria. Pero no lo eran.

Su verdadero gesto consistía en exigir otra velocidad. No alcanzaba con mirar de pie mientras el recorrido continuaba avanzando. Había que inclinar el cuerpo, reducir la distancia, aceptar esa especie de intimidad física que las piezas proponían casi como condición de acceso.

Y entonces aparecía algo muy poco frecuente dentro de una feria de arte. Silencio.

La disposición de las obras —cuidadosamente espaciadas, respiradas unas respecto de otras— potenciaba todavía más esa experiencia. La curaduría entendía que el vacío también forma parte de la obra y que, en ciertos casos, mirar requiere mucho más espacio que ocupar.

Fundación Arte Móvil, creada por el artista Claudio Roncoli, viene desarrollando desde hace años un trabajo sostenido de federalización del arte contemporáneo argentino, articulando artistas de distintas provincias y generando nuevas plataformas de circulación para escenas que muchas veces permanecen alejadas del circuito porteño.

Y quizás por eso las pequeñas cerámicas de Mariana Bernal terminaban diciendo algo mucho más grande que su propio tamaño.

En las ferias todo parece pedir volumen, espectacularidad y presencia, sin embargo, ellas recordaban que todavía existen obras capaces de conquistar una mirada desde la escala más mínima.

GALERIA PHUYU: Una misma paleta para muchos universos

Hay stands donde cada artista parece hablar un idioma distinto, pero en Phuyu, en cambio, ocurrió algo poco frecuente: la primera obra era el propio stand.

La decisión curatorial de Cristias Rosas consistió en construir una continuidad visual que atravesaba toda la propuesta. Una misma temperatura cromática organizaba el recorrido y hacía que artistas con lenguajes completamente diferentes convivieran dentro de una misma respiración estética.

No era uniformidad. Era armonía. Y justamente desde esa aparente calma emergían dos obras que conseguían romper el ritmo del recorrido.

La primera pertenecía a Delfina Pignatiello, registrada durante una sesión fotográfica construida a partir de catorce horas de apneas colectivas. Las imágenes, de una serenidad casi imposible, suspendían el cuerpo entre la resistencia física y una calma profundamente espiritual. El agua dejaba de funcionar como escenario para convertirse en un estado mental.

La segunda, la de JUSA, aparecía en forma de grandes figuras humanas realizada íntegramente con hojas, semillas, ramas y cortezas. Una presencia silenciosa que parecía haber nacido directamente del paisaje y que invitaba a pensar la naturaleza ya no como representación sino como cuerpo.

Muy cerca dialogaban también la instalación textil de Carolina Salom y las obras de Carolina Cardich y Alexis Yebra completando un recorrido donde los materiales orgánicos, el cuerpo y la memoria parecían compartir una misma conversación.

Más que reunir artistas, Phuyu consiguió construir un clima. Y cuando una galería logra que la curaduría se perciba antes incluso que las obras individuales, probablemente haya encontrado una de las formas más sofisticadas de ocupar una feria.

COSMOCOSA: La delicadeza también puede detener una feria

Después de recorrer stands donde el volumen, la monumentalidad o la espectacularidad parecían disputar la atención del visitante, Cosmocosa proponía exactamente el movimiento inverso. Había que bajar el ritmo para poder mirar.

Entre las obras reunidas por la galería aparecían nombres ya imprescindibles de la escena contemporánea argentina como Alfredo Prior, Emilia Gutiérrez, Ruy Krygier, Batato Barea, Luis Frangella, Sergio De Loof…construyendo un diálogo donde cada pieza parecía encontrar naturalmente su lugar.

Uno de los primeros trabajos que captaba la atención era un billete de un peso argentino realizado íntegramente con lápices de colores y llevado a una escala monumental. Una operación sencilla en apariencia, pero profundamente eficaz: ampliar un objeto cotidiano hasta convertirlo en una reflexión sobre el valor, la memoria económica y los símbolos compartidos por toda una generación.

Sin embargo, el verdadero hallazgo del stand aparecía algunos metros más allá.

Las pequeñas “Frutillas” (2024) de Alfredo Prior, construidas a partir de objetos encontrados, pintura, porcelana fría, madera y cemento, condensaban toda la potencia poética de una obra mínima. Había algo profundamente encantador en esa capacidad de transformar materiales cotidianos en pequeñas escenas donde el humor, la fragilidad y la imaginación convivían con absoluta naturalidad.

Cosmocosa recordaba que el impacto de una obra nunca depende de su tamaño. Lo delicado termina convirtiéndose en un gesto profundamente contemporáneo.

MUSGO GALERÍA: La belleza silenciosa de los pensamientos intrusivos

En una feria donde muchas galerías optaron por reunir varios artistas dentro de un mismo espacio, Musgo Galería decidió concentrar toda la atención en un único universo: El de Ana Mattioli.

Cerámicas, pinturas y pequeños objetos construían una narrativa donde lo femenino aparecía lejos de cualquier representación complaciente. No había épica. Tampoco grandes gestos dramáticos. Había pensamientos. Esos que aparecen sin ser invitados.

Esos que irrumpen en medio de la rutina, alteran el curso de una idea y obligan a convivir con una realidad que muchas veces resulta demasiado estrecha para los deseos que todavía permanecen intactos.

Las figuras de Mattioli parecen habitar precisamente ese territorio. Entre la calma y la inquietud. Entre la ternura y una melancolía apenas insinuada. Entre lo cotidiano y la fantasía de que siempre podría existir algo más allá de lo que efectivamente ocurre.

Sus esculturas en cerámica conservan la fragilidad propia del material, pero también una enorme capacidad narrativa. Cada gesto, cada postura y cada mirada parecen contener un pequeño relato, como si el espectador llegara apenas unos segundos después de que algo importante hubiera sucedido. Más que representar personajes, Mattioli construye estados emocionales.

Y Musgo entendió que ese universo no necesitaba compartir espacio con nadie más.

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Lo que permanece de la feria, cuando ya terminó

Quizás esa sea la principal conclusión que deja MAPA 2026. Una semana después, lo que permanece no son solamente determinadas obras o determinados artistas. También permanece una sensación muy clara de evolución.

La feria mejoró.

(ver nota MAPA 2026: el dia después)

La circulación entre los stands resultó más fluida; la nueva panelería permitió que las obras respiraran mejor; la iluminación acompañó con mayor precisión las propuestas expositivas y la incorporación de la sección editorial, bajo la curaduría de Sol Echevarría, junto al crecimiento del espacio dedicado al diseño —con la participación de Javier Villa, Clara Ríos y el resto del equipo curatorial— terminó ampliando el perfil de los visitantes. Arquitectos, interioristas, diseñadores, desarrolladores y nuevos compradores comenzaron a convivir naturalmente con el público habitual del arte contemporáneo.

En paralelo, también apareció otra transformación mucho más silenciosa: la del mercado.

Durante años fueron los artistas quienes aprendieron a convivir con el rechazo, la incertidumbre y la espera. Hoy esa misma tensión parece haber alcanzado también a las galerías. Los costos crecieron, participar de una feria implica riesgos cada vez mayores y la rentabilidad dejó de estar garantizada. En ese escenario comenzaron a naturalizarse estrategias que hasta hace poco resultaban excepcionales: descuentos, facilidades de pago, cuotas y negociaciones abiertas con los compradores.

Más de un galerista repetía una idea que empezaba a instalarse casi como un nuevo consenso.

Así como el mercado inmobiliario ajusta los valores para volver a mover operaciones, el mercado del arte también parece estar atravesando un proceso similar. No porque las obras valgan menos, sino porque la circulación vuelve a convertirse en prioridad.

Y ahí aparece otro cambio igualmente interesante. Hace algunos años uno recorría una feria buscando artistas. Hoy muchas veces recorremos galerías.

Las galerías comienzan a construir una identidad curatorial propia que termina legitimando, acompañando y potenciando las carreras de quienes representan. La pregunta ya no siempre es “¿qué artista está exponiendo?”, sino también “¿qué galería decidió apostar por ese proyecto?”.

Finalmente, el calendario también dice mucho del momento que atraviesa el sistema artístico argentino.

Con ArteBA trasladada a noviembre, MAPA terminó ocupando un lugar inesperadamente estratégico dentro del año. Durante meses funcionará como la gran referencia del mercado mientras galeristas, coleccionistas y artistas esperan el próximo gran movimiento. Y, entre tanto, las más de diez ferias federales que hoy existen en el país mantienen encendida esa conversación permanente, obligando incluso a que muchos coleccionistas comiencen a distribuir su atención —y también sus compras— entre nuevos paisajes.

Quizás esa sea, finalmente, la verdadera segunda mirada.

Descubrir que MAPA ya no necesita demostrar que es una feria consolidada.

Ahora comienza a mostrar algo mucho más interesante: cómo el propio ecosistema del arte argentino está cambiando junto con ella.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano

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