ARTUC 2026: Galerías, artistas y obras que decidieron quedarse

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✒️ Por Gastón Fournier

No fueron necesariamente las más fotografiadas ni las más comentadas. Fueron las que, por alguna razón, permanecieron en la memoria. Desde proyectos emergentes hasta artistas consagrados del NOA, este recorrido reúne algunas de las galerías, obras y conversaciones que captaron mi atención durante ARTUC.

Una mirada personal que no busca establecer premios ni rankings, sino registrar aquellos encuentros que siguieron resonando mucho después de terminada la feria.

Una feria siempre obliga a elegir. No porque uno quiera hacerlo, sino porque el tiempo nunca alcanza para verlo todo. Entre recorridos, entrevistas, inauguraciones, talleres y conversaciones, inevitablemente algunas obras aparecen, otras se escapan y muchas quedan para una próxima visita.

Lo que sigue no pretende ser una selección de “las mejores galerías”, ni un ranking, ni una premiación. Sería injusto reducir una escena tan diversa a una lista de favoritos.

Son, simplemente, aquellas galerías, artistas y obras que lograron interrumpir mi recorrido. Las que, por distintos motivos, siguieron apareciendo en la memoria varios días después de abandonar Tucumán. Algunas por la potencia de una imagen. Otras por una conversación. Otras, simplemente, porque todavía continúan haciéndome preguntas.

Sandro Pereira: “Todo Tucumán es una selva”: la obra como manifiesto de una identidad en permanente construcción

Hay artistas que representan una generación. Otros terminan representando un lugar. Sandro Pereira pertenece a ese segundo grupo. Su nombre trasciende hace tiempo el circuito tucumano, pero lejos de tomar distancia, continúa construyendo una obra profundamente arraigada en el paisaje, la cultura y la producción simbólica del norte argentino. En ARTUC fue uno de los artistas homenajeados, un reconocimiento que, más que celebrar una trayectoria, pareció confirmar el lugar que hoy ocupa dentro del arte contemporáneo de la región.

Estoy muy contento. Es un homenaje a tantos años de producción y también un incentivo para seguir trabajando“, dice con la serenidad de quien entiende que el reconocimiento nunca es un punto de llegada, sino una nueva responsabilidad.

Su stand presentaba una de las series más recientes de su producción: Limones salvajes, un conjunto de obras donde el fruto que identifica a Tucumán se transforma en soporte para una nueva iconografía poblada por aves, insectos y animales de la selva. No se trata solamente de una operación estética. Detrás de esas imágenes existe una reflexión conceptual que Pereira denomina autofagia, un manifiesto personal construido como diálogo con el centenario del movimiento antropófago brasileño.

Es una especie de homenaje a la antropofagia de Brasil, pero tomada desde otro lugar. Para mí tiene que ver con una explosión de contenidos, con el paisaje, con el limón, con la fauna y con todo aquello que circula alrededor nuestro.

En su mirada, la autofagia deja de ser únicamente una referencia histórica para convertirse en una manera de pensar el presente. El paisaje ya no aparece como fondo de la obra, sino como materia viva capaz de producir imágenes, símbolos y nuevas formas de identidad.

Cuando le pregunto por la incorporación de la fauna en estos nuevos limones, la respuesta llega casi sin pensarlo.

Nace por identificación con la selva. Todo Tucumán es una selva. Quise mostrar justamente eso: la convivencia entre la producción de limones y esa naturaleza donde vivimos.

Esa frase resume buena parte de su producción reciente. Pereira no representa un paisaje: trabaja desde él. Los limones, los animales y la vegetación funcionan como una iconografía contemporánea donde producción, naturaleza y cultura dejan de aparecer como mundos separados.

Sin embargo, reducir su trabajo únicamente a la pintura sería quedarse corto. Mientras desarrolla nuevas series, Sandro continúa produciendo cerámica, investigando distintos lenguajes y acompañando proyectos de otros artistas desde la gestión cultural.

Siempre trabajé no solamente como artista. También me interesa que la producción de otros crezca. Lo hago desde hace muchos años y forma parte de mi manera de entender el arte.

Esa dimensión colectiva aparece constantemente durante la conversación. Cuando le menciono que muchos comienzan a verlo como una especie de embajador del arte tucumano, responde ampliando inmediatamente la escala.

No hablo solamente de Tucumán. Siempre hablo de toda la región: Salta, Santiago del Estero, Catamarca. Hay mucha gente produciendo cosas muy valiosas y es importante que el país mire hacia acá.

Quizás allí resida uno de los aspectos más interesantes de su figura. Pereira nunca habla únicamente de sí mismo. Su discurso está atravesado por una voluntad permanente de visibilizar una escena completa, convencido de que el crecimiento individual pierde sentido si no fortalece también el ecosistema artístico del que forma parte.

En ese mismo sentido, no duda en señalar cuál considera el gran motor histórico de esa producción.

Tucumán tiene tan buenos artistas porque existe una Facultad de Artes que viene respaldando la producción desde hace décadas. Ese ha sido uno de los motores fundamentales de nuestra escena.

Escuchar a Sandro es comprender que su obra no puede separarse del contexto donde nace. Sus pinturas, cerámicas y manifiestos dialogan con la historia del arte latinoamericano, pero también con los cultivos de limón, la vegetación subtropical, la universidad pública y la comunidad artística que lo rodea. Todo forma parte de una misma trama.

Al finalizar la entrevista, queda una sensación difícil de explicar. Más que escuchar a un artista hablar de su producción, uno tiene la impresión de estar frente a alguien que ha hecho de su obra una forma de pensar el lugar que habita y, al mismo tiempo, una manera de proyectar ese paisaje hacia el resto del país.

En una feria que buscó demostrar la vitalidad del arte contemporáneo tucumano, la presencia de Sandro Pereira funcionó como una síntesis elocuente de esa idea: una trayectoria consolidada que sigue produciendo con la curiosidad de quien todavía siente que lo mejor está por venir.

FULANA GALERÍA (Tafí Viejo, Tucumán): cinco artistas que encuentran en lo cotidiano una forma de resistencia y de construir identidad

Desde Tafí Viejo, Fulana Galería presentó uno de los stands con mayor coherencia conceptual de ARTUC. Su propuesta reunió el trabajo de cinco artistas tucumanas cuyas prácticas, aunque diversas en lenguajes y materiales, comparten una mirada sobre la experiencia femenina, la memoria, la vida cotidiana y las múltiples formas en que el arte puede resignificar aquello que parece familiar. Lejos de construir un relato homogéneo, la galería apostó por una pluralidad de voces donde la pintura, el textil, la escultura y la instalación dialogaron desde sensibilidades diferentes, pero atravesadas por una misma voluntad de pensar el presente desde la propia experiencia.

Entre las propuestas, sobresalió el trabajo de Verónica Galván, quien investiga la persistencia de los imaginarios religiosos a través de Ritual para desaparecer imágenes sagradas. A partir de estampitas transferidas sobre jabones y figuras devocionales intervenidas, la artista pone en tensión la aparente fragilidad de los objetos frente a la sorprendente permanencia de las creencias. Esa convivencia entre lo efímero y lo sagrado atraviesa, de distintas maneras, el conjunto del stand: desde los paisajes textiles de Jessica Morillo, que cuestionan las representaciones heteronormativas de la naturaleza con su serie “yunga lesbiana”, hasta las pinturas de Antonela Aparicio, donde lo cotidiano toma una perspectiva surrealista, las exploraciones sobre la maternidad de Nadia Cohenimach y la reflexión de Carla Juárez sobre la precarización del trabajo artístico. Más que una suma de obras, Fulana Galería construyó un relato coral que reafirma la fuerza de una escena artística capaz de transformar experiencias íntimas en preguntas universales. Cinco artistas tucumanas, bravas, de “arte tomar”. No sorprende entonces que la galería haya sido distinguida con el premio de intercambio para participar el próximo año en la feria de Salta. ¡Felicitaciones!

MALEZA ESTUDIO (San Miguel de Tucumán): el acierto de una galería que decide desarmar la identidad conocida de sus artistas y exponer al público todo aquello que casi nunca sale del taller.

Bajo la dirección de Cecilia Quintero, Maleza Estudio presentó uno de los proyectos curatoriales más consistentes de ARTUC. Lejos de organizar un stand como una sucesión de obras, la propuesta se articuló alrededor de un concepto tan sencillo como potente: la identidad portante, entendida como ese conjunto de experiencias, ensayos, materiales y búsquedas que acompañan a un artista durante años, aunque rara vez lleguen al espacio expositivo. La invitación fue clara: salir de la zona de confort para revelar procesos, archivos y experimentaciones que permanecían ocultos detrás de una obra ya consolidada.

El recorrido permitió descubrir facetas inesperadas de artistas con una trayectoria reconocida. Eugenia Correa dejó momentáneamente la pintura y los dibujos para exhibir esculturas en cerámica que permanecieron guardadas durante dos años; María Rosa Mamana, referente del arte textil, regresó a la pintura y la cerámica; Florencia Vivas reemplazó el metal calado por la intimidad del lienzo para homenajear a su papá y el monte santiagueño, una forma de volver a sus origenes; Agustín Ferreira invirtió por completo su metodología habitual al abandonar el paisaje pintado in situ para reconstruirlo desde la memoria, incorporando además troncos reales como parte de una instalación que traslada la materialidad del monte al espacio expositivo. Bruno Balverdi, por su parte, recuperó una obra inédita realizada en 2007 durante una clínica con Yuyo Noé y la puso en diálogo con una producción reciente, estableciendo un puente entre distintas etapas de su trayectoria. Entre las propuestas también destacó el trabajo de Emiliano Damato, quien incorpora la propia materia del paisaje tucumano a sus obras utilizando cenizas provenientes de la quema de caña de azúcar como pigmento, estableciendo un diálogo directo entre memoria, materialidad y paisaje. El conjunto no buscó sorprender por el cambio de técnica, sino revelar aquello que normalmente permanece detrás de la producción visible: los desvíos, los ensayos y las preguntas que también construyen la identidad de un artista.

Más que presentar obras inéditas, Maleza Estudio propuso mirar el reverso de la práctica artística. Ese espacio donde las certezas todavía no existen, donde conviven el archivo, la experimentación y la intuición. En tiempos donde muchas ferias privilegian aquello que ya funciona, la apuesta de Cecilia Quintero resultó especialmente valiosa: recordar que la creación también está hecha de dudas, de desvíos y de caminos que, aunque no siempre lleguen a exhibirse, terminan definiendo la voz de cada artista.

Quizá el mayor acierto de Maleza Estudio haya sido demostrar que la identidad de un artista no está únicamente en las obras que exhibe, sino también en aquellas búsquedas que permanecen guardadas durante años, esperando el momento adecuado para salir a la luz. De todos los stands que fui recorriendo de ARTUC, este entra en el grupo de los más sólidos. No por las obras individuales —que también son interesantes— sino porque existe una idea curatorial que organiza todo el conjunto. Y eso, en una feria, no siempre sucede. Creo que vale la pena destacarlo porque es precisamente lo que hace memorable la propuesta de Maleza Estudio.

Rusia Galería: tres generaciones para pensar el presente

En apenas unos metros cuadrados, Rusia Galería logró condensar buena parte del espíritu que atravesó esta primera edición de ARTUC. Bajo la dirección de Gustavo Nieto, la propuesta reunía tres artistas tucumanos pertenecientes a generaciones diferentes, construyendo un diálogo donde el pasado, el presente y el futuro de la escena local parecían convivir naturalmente.

El recorrido comenzaba con las obras de Ignacio Cassas, uno de los artistas más jóvenes de la galería. Pinturas donde el lenguaje clásico dialoga con las imágenes que hoy construyen nuestra cotidianeidad: fotografías tomadas con el celular, referencias al animé, videojuegos y redes sociales conviven con guiños inesperados a la tradición pictórica, haciendo que Monet pueda aparecer, casi sin pedir permiso, entre girasoles digitales y pantallas contemporáneas.

La propuesta continuaba con Mariano Martinez, cuya producción parece escapar deliberadamente del plano para acercarse a la escenografía. Sus pinturas adquieren espesor, volumen y una presencia casi teatral, como si cada obra fuera un personaje dispuesto a ocupar el espacio antes que simplemente representarlo.

El recorrido culminaba con Mariana Ferrari, la artista de mayor trayectoria del stand, cuya investigación sobre la abstracción mantiene intacta una sensibilidad cromática construida durante décadas de trabajo. Una pintura silenciosa, contenida y elegante que confirma por qué su producción integra algunas de las colecciones privadas más importantes del país.

Más allá de las diferencias generacionales, Gustavo Nieto explicaba que la intención era mostrar cómo la escena tucumana continúa produciendo artistas capaces de dialogar con los debates contemporáneos sin perder una identidad propia. En una provincia que lleva varios años con su principal museo de arte cerrado por problemas edilicios, ferias como ARTUC aparecen también como una forma de volver a generar espacios de encuentro entre artistas, galerías y público.

Bac Galería de Arte: donde la tradición encuentra nuevos lenguajes

Llegada desde Salta, Bac Galería de Arte propuso uno de los recorridos más diversos de la feria, articulando artistas históricos con nuevas generaciones que expanden las posibilidades de la pintura, el textil y la geometría.

A través del relato de Matias Bassani, las primeras obras que se destacaban eran las de Sebastián Miguel, atravesados por la tradición del exvoto y la imaginería religiosa popular. Un retablo con dibujos, bordados y costuras construyen piezas donde lo espiritual aparece desde una sensibilidad profundamente contemporánea. Según en un relato de almuerzo de tamales y empanadas, a posteriori, las imágenes hablan del amor y del desamor y al cerrar el retablo, esos “corazones rotos” se vuelven a unir.

A pocos pasos, los paisajes de Lautaro do Campo desplegaban otra materialidad. Arquitecto de formación, trabaja con pan de oro, plata y cobre para construir territorios donde el paisaje deja de ser representación para convertirse en superficie, luz y memoria abstracta.

El recorrido también permitía reencontrarse con uno de los grandes nombres del arte latinoamericano: Carmelo Arden Quin, -uruguayo- fundador del movimiento Madí. Sus estructuras geométricas y marcos irregulares continúan recordando la vigencia de una de las vanguardias más importantes nacidas en el Río de la Plata. Marcos irregulares, triángulos, todo lo que rechace lo natural, eso es un Quin.

La propuesta se completaba con la presencia de Antonio Morales, joven artista tucumano radicado durante varios años en Milán, cuya producción combina dibujo, textiles y pintura en una investigación que vuelve a conectar la tradición artesanal con los lenguajes actuales.

Roseum: la belleza de los pequeños desplazamientos

En Roseum el recorrido cambiaba nuevamente de ritmo. Allí convivían procedimientos, soportes y materiales muy distintos, unidos por una sensibilidad común que parecía encontrar belleza en los pequeños gestos cotidianos.

Las obras de Mario Céspedes abrían el recorrido con su serie “Las bordadoras de nubes”, mientras que Agustina Maggio exploraba una poética visual construida a partir de grafismos que oscilan entre la escritura y el dibujo, invitando al espectador a leer aquello que nunca termina de escribirse.

Muy cerca, Mónica Potenza utilizaba el collage digital intervenido manualmente para revisar estereotipos femeninos desde una mirada irónica, atravesada por su propia experiencia profesional como chef. La serie dialogaba con las piezas de Cristina Sardoy, quien desarrolla un singular “bordado sin hilo”, donde la textura aparece sin necesidad de costura, generando superficies delicadas que remiten al universo textil desde otro lugar, buscando la elegancia en lo kitch.

Fundación CIPAC: el arte como puente entre generaciones

El recorrido continúa en el stand de la Fundación CIPAC – Centro Internacional de Pensamiento de Arte Contemporáneo-, donde la convivencia entre distintas generaciones de artistas sintetizaba otra de las grandes virtudes de ARTUC: demostrar que el arte argentino continúa construyéndose desde múltiples tiempos al mismo tiempo y para el mundo.

Las densas superficies trabajadas íntegramente con espátula por Fabián StetIe convivían con las delicadas investigaciones de Sabrina Federico, una de las artistas jóvenes que mayor crecimiento viene experimentando en el circuito contemporáneo.

Las instalaciones de Hugo Freda, desarrolladas entre lino, fotografía y soportes industriales, ampliaban aún más el espectro técnico del espacio.

Pero quizás el momento más conmovedor aparecía frente a las obras de Pedro Roth. A sus 96 años, el artista húngaro-argentino continúa produciendo con la misma vitalidad que marcó toda su trayectoria. Sobreviviente del Holocausto, su presencia dentro de la feria funcionaba también como un recordatorio de que el arte puede ser memoria, resistencia y futuro al mismo tiempo.

Desde la Fundación, Sergio Cruz, destacaba además el papel que cumplen este tipo de encuentros para fortalecer el ecosistema artístico argentino en el mundo. Porque una feria no solamente vende obras: también construye vínculos, genera profesionalización y permite que escenas regionales como la tucumana sigan creciendo y dialogando con el resto del país y del mundo.

GABELICH CONTEMPORÁNEO (Rosario): Cuando la historia se deforma para volver a interpelar el presente

Entre las propuestas más potentes de ARTUC, el stand de Gabelich Contemporáneo, de Gabriela Gabelich, encontró uno de sus mayores aciertos en la presentación de Gaspar Núñez y su serie Cabezas Negras. A primera vista, las esculturas de yeso impactan por su presencia física: rostros blancos, deformados y profundamente expresivos que parecen oscilar entre el retrato y la monstruosidad. Sin embargo, detrás de esa potencia visual existe una operación conceptual mucho más compleja. Gaspar parte de moldes obtenidos a partir de esculturas originales de Juan Carlos Iramain —uno de los grandes referentes del americanismo argentino— y los somete a un proceso donde el propio peso del yeso deforma las matrices flexibles, permitiendo que el accidente se convierta en parte constitutiva de la obra. El resultado no es una copia ni un homenaje, sino una reinterpretación contemporánea que tensiona la memoria, la identidad y las representaciones históricas del trabajo.

El título de la serie, Cabezas Negras, resignifica una expresión cargada de connotaciones políticas y sociales para devolverla al campo del arte desde una mirada crítica. Las figuras, inspiradas originalmente en trabajadores indígenas retratados por Iramain durante la década de 1920, reaparecen aquí atravesadas por nuevas lecturas sobre la representación, la clase y la construcción de la identidad. Son obras que obligan al espectador a detenerse y que demuestran cómo una investigación sobre la historia del arte puede transformarse en una producción plenamente contemporánea.

No fue casual que las esculturas de Gaspar Núñez se convirtieran en una de las imágenes más recordadas de esta primera edición de ARTUC. Por su contundencia visual, la solidez de su investigación y la manera en que dialogan con el presente sin renunciar a la memoria, fueron, para quien escribe, una de las propuestas más logradas de la feria.

Fundación Las Margaritas (Monteros): Cuando el legado de un artista se convierte en semillero para toda una comunidad

Entre los stands de ARTUC hubo uno que trascendía la lógica expositiva para convertirse en el relato de una política cultural construida con paciencia y compromiso. La Fundación Las Margaritas llegó a la feria representando el legado de Rodolfo Bulacio, pero también el presente y el futuro de una escena artística que encuentra en Monteros un espacio fértil para crecer.

La historia comienza con una promesa. Tras el asesinato del artista, su madre —Porota Bulacio, hoy con 86 años— decidió preservar su obra y transformar ese duelo en una tarea colectiva. Así nació una fundación que, lejos de limitarse a custodiar un patrimonio, impulsa la formación, la exhibición y el desarrollo de nuevos artistas. Ese trabajo encuentra hoy su expresión más visible en la Sala de Arte Contemporáneo Rodolfo Bulacio, instalada en un antiguo mercado restaurado, donde conviven la colección permanente del artista, exposiciones temporarias, una biblioteca y diversas actividades culturales que mantienen vivo el pulso creativo de Monteros.

La propuesta presentada en ARTUC reunía lenguajes muy diversos. Desde los collage escultóricos de Hugo Carrizo, construidas mediante una técnica única que utiliza caña de azúcar sometida a un proceso de preparación de hasta nueve meses, hasta las investigaciones textiles, cerámicas, pictóricas y performáticas desarrolladas por artistas como Inti Soria, Yanet Chaile y Adrián Sosa. También aparecía la randa, ese saber ancestral del sur tucumano que hoy encuentra nuevas generaciones decididas a expandir sus posibilidades expresivas, demostrando que la tradición también puede reinventarse.

Sin embargo, hubo una obra que logró detener mi recorrido. Quienes suelen cubrir ferias de arte saben que las pantallas rara vez consiguen retener la atención durante mucho tiempo. En mi caso, casi nunca lo hacen. Pero la videoperformance de Maritte Lazcano  fue una excepción.

Filmada en el río Mandolo, la obra presenta a una pareja sentada frente a frente, sosteniendo una conversación sin pronunciar una sola palabra. Mientras el agua corre de manera incesante entre sus pies, ellos permanecen inmóviles, suspendidos en un tiempo propio. Esa tensión entre el movimiento constante del río y la quietud de los cuerpos construye una reflexión profundamente poética sobre el tiempo, los vínculos y todo aquello que permanece incluso cuando la vida continúa fluyendo. En una época dominada por la velocidad y el desplazamiento infinito de las pantallas, la pieza propone exactamente lo contrario: detenerse, contemplar y dejar que los segundos recuperen espesor. Fue, sin dudas, uno de esos trabajos que permanecen en la memoria mucho después de abandonar la feria.

Más allá de las obras individuales, la presencia de la Fundación Las Margaritas dejó una enseñanza valiosa: cuando existe una decisión sostenida de acompañar a los artistas, preservar la memoria y generar espacios para las nuevas generaciones, el patrimonio deja de ser únicamente una herencia del pasado para convertirse en una herramienta capaz de construir futuro. Esa, quizás, fue una de las historias más inspiradoras que dejó esta primera edición de ARTUC.

Carlota Beltrame: cuando el arte se convierte en memoria crítica

Y me guardé la frutilla del postre para el final. Como quien deja la parte más crocante de la pizza o el último bocado de un gran plato. Porque conversar con Carlota Beltrame no fue una entrevista: fue asistir a una verdadera clase magistral sobre arte, historia, política y memoria. De esas conversaciones que uno quisiera grabar no para volver a escuchar respuestas, sino para seguir aprendiendo de las preguntas. Durante más de una hora, la artista desplegó un pensamiento tan lúcido como incómodo, capaz de conectar la historia de Tucumán con algunos de los grandes debates del arte contemporáneo argentino.

Homenajeada en esta edición de ARTUC por su trayectoria, Beltrame volvió a demostrar por qué ocupa un lugar indispensable dentro del arte conceptual argentino. Su obra no busca ilustrar la historia: la interpela. Cada material que utiliza —barro, cemento, negro de humo, bagazo de caña, randa— carga una memoria social que transforma la belleza en un paisaje de conflicto. Para ella, los materiales también piensan.

“La randa es una metáfora de la historia de Tucumán. Es extraordinario que algo tan delicado sobreviva precisamente donde la violencia dejó marcas tan profundas.”

Lejos de utilizar el encaje tradicional como un símbolo decorativo, Beltrame lo convierte en un dispositivo político. Ensucia esas delicadas tramas con hollín proveniente de la quema de la caña de azúcar, las enfrenta al barro, al cemento y a los residuos del trabajo duro. Allí aparece una de las grandes ideas de toda la conversación: la belleza no puede separarse de las condiciones sociales que la producen.

Su mirada dialoga permanentemente con algunos de los grandes hitos del arte político argentino —desde Antonio Berni hasta Tucumán Arde, pasando por Guillermo Kuitca y Facio Hebequer—, pero sin caer nunca en la cita académica. Los revisita desde una materialidad profundamente tucumana, donde el paisaje, el trabajo y la memoria se vuelven inseparables.

Uno de los momentos más impactantes del diálogo llegó cuando recordó Polizeipistole, aquella célebre pistola realizada en rodocrosita como respuesta a los años en que Antonio Bussi gobernaba democráticamente Tucumán. Una pieza que transforma una piedra asociada a la delicadeza en un arma, condensando la paradoja que atraviesa toda su producción: la convivencia permanente entre belleza y violencia.

“Tucumán tiene una sensibilidad combativa. Es capaz de producir una delicadeza inmensa y, al mismo tiempo, cargar con una historia profundamente violenta.”

Pero quizás la reflexión más profunda apareció cuando la conversación abandonó las obras para detenerse en la cultura misma. Beltrame cuestionó con firmeza la escasa valoración institucional hacia figuras fundamentales como Lola Mora o César Pelli, al tiempo que reivindicó el extraordinario nivel intelectual que históricamente ha producido la provincia. Para ella, Tucumán sigue siendo una tierra de enorme potencia cultural, aunque muchas veces no alcance a reconocer plenamente a quienes construyen esa historia.

La conversación fue mucho más allá de la producción artística. Beltrame sostuvo una idea que terminó funcionando como la columna vertebral de toda la charla: “Tucumán es un botón de muestra del país.” Para ella, la provincia concentra, en una escala más pequeña, las mismas tensiones, contradicciones y potencias que atraviesan a la Argentina. Esa mirada explica por qué su obra nunca habla únicamente de Tucumán; habla del país entero. También reivindicó un aspecto poco conocido de la historia cultural tucumana: durante décadas, el diálogo intelectual con Europa no necesitaba pasar por Buenos Aires. Recordó que en los cines populares se formaban largas filas para ver ciclos completos de Ingmar Bergman, mencionó a la tucumana Claudia Miranda —asistente de Humberto Eco y citada en sus publicaciones— y celebró la sensibilidad de Fernanda Laguna, a quien definió como una artista capaz de transformar los materiales más humildes en auténtico oro. Una enumeración que, lejos de ser anecdótica, construye el mapa cultural desde el cual piensa y produce.

En un momento especialmente revelador, Beltrame confesó que nunca eligió trabajar sobre la violencia política: fue la propia historia de Tucumán la que terminó eligiéndola a ella. Desde ese lugar entiende el arte conceptual como una herramienta para sublimar las contradicciones de una sociedad compleja, incorporando la memoria de las randeras, el peso simbólico de los materiales y una preocupación profundamente contemporánea por el futuro del trabajo frente a la inteligencia artificial y la creciente concentración de la riqueza. Su pensamiento logra enlazar pasado y presente con una claridad admirable, demostrando que el arte sigue siendo uno de los espacios más fértiles para comprender el tiempo que habitamos.

Escuchar a Carlota Beltrame fue comprender que el arte puede ser una forma de pensamiento antes que un objeto. Que una obra puede contener siglos de historia, conflictos sociales, memorias familiares y discusiones políticas sin perder sensibilidad. Salí de esa conversación con muchas más preguntas que respuestas. Y sospecho que ese es, precisamente, el mayor logro de los grandes artistas. No ofrecer certezas, sino enseñarnos a mirar el mundo con una profundidad distinta.

Epílogo: Donde el arte todavía se anima a pensar

Toda feria deja estadísticas, premios, ventas y fotografías. ARTUC también. Pero, cuando pasen los años, sospecho que eso será apenas la superficie de lo que realmente ocurrió en Tucumán.

Durante varios días caminé sus pasillos, conversé con artistas consagrados y emergentes, con galeristas, gestores culturales, coleccionistas y estudiantes. Escuché hablar de memoria, de paisaje, de trabajo, de violencia, de identidad, de archivo, de materiales, de afectos y de futuro. Y hubo una certeza que fue apareciendo, casi sin buscarla: en Tucumán el arte todavía conserva algo que en otros grandes centros culturales comienza a escasear. La necesidad de pensar antes que la urgencia de agradar.

Tal vez esa sea su mayor riqueza.

Aquí encontré artistas que no producen para seguir una tendencia internacional, sino porque necesitan decir algo que sólo puede ser dicho desde este lugar del mundo. Obras que nacen del humo de la caña de azúcar, del barro, de la randa, del monte, de la cerámica, del dibujo, de la memoria familiar, de los archivos personales o de una conversación íntima con el paisaje. Ninguno de esos materiales aparece como una cita folclórica. Todos funcionan como una forma de pensamiento.

Después de recorrer cada stand comprendí que la verdadera fortaleza de esta escena no reside únicamente en el enorme nivel individual de sus artistas. Está en la comunidad que lograron construir. En galerías que acompañan procesos antes que modas. En gestores que entienden que una feria no empieza el día de la inauguración ni termina cuando se desmontan los paneles. En instituciones, coleccionistas y proyectos independientes que, con mayor o menor escala, siguen apostando a que el arte forme parte de la conversación pública.

Esa debe ser la palabra que mejor resume esta experiencia: comunidad.

En un tiempo donde la velocidad parece haberse convertido en una obligación y la espectacularidad muchas veces reemplaza al contenido, Tucumán eligió otro camino. El de la profundidad. El de las ideas. El de las preguntas difíciles. El de un arte que no busca impresionar durante unos segundos, sino permanecer mucho tiempo después de que uno abandona la sala.

No sé si ARTUC aspira a convertirse en la feria más grande del país. Después de recorrerla, creo que su desafío es mucho más interesante: consolidarse como una de las más necesarias.

Porque las grandes escenas culturales no se construyen únicamente con presupuesto, infraestructura o cantidad de visitantes. Se construyen cuando una comunidad decide creer en sus artistas antes de que el resto del país los descubra.

Y tengo la impresión de que eso ya está sucediendo.

Si algo me llevé de Tucumán no fueron solamente entrevistas, fotografías o apuntes para esta crónica. Me llevé la confirmación de que existe una generación -acompañada por quienes la precedieron- que entiende al arte como una forma de conocimiento, de resistencia y de imaginación colectiva.

Tal vez por eso, al terminar este recorrido, la pregunta ya no sea qué lugar ocupa Tucumán dentro del mapa del arte argentino.

Creo que ha llegado el momento de empezar a preguntarnos qué lugar ocupa hoy el arte argentino dentro del mapa que Tucumán está ayudando a dibujar.

Para ampliar esta lectura sobre el nacimiento de la feria y su apuesta por construir un mercado artístico desde Tucumán, también puede leerse la crónica previa de Acromática: ARTUC 2026: cuando Tucumán decide convertirse en mercado de arte.

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