La exposición “A la espera que el sueño me traiga olvido” presenta una selección de obras de la Colección Klemm con una curaduría que evita el recorrido clásico y propone nuevas relaciones entre artistas y épocas.
La muestra A la espera que el sueño me traiga olvido reúne una selección de obras de la Colección Klemm a partir de una operación clara: no ordenar el acervo desde sus piezas más conocidas, sino volver a mirarlo desde el presente. En ese gesto, el legado de Federico Jorge Klemm aparece menos como un archivo cerrado y más como un campo en movimiento.
Con curaduría de Mariano Mayer, la exposición se organiza en pequeñas agrupaciones de obras que se relacionan entre sí sin construir un relato lineal. Esta decisión —que puede ampliarse en la programación de la Fundación Federico Jorge Klemm— propone otra forma de recorrer la colección: más fragmentaria, más abierta y menos jerárquica.


Una colección que se resiste a ser fija
El acervo reunido por Klemm, que hoy supera las 700 obras, no responde a una lógica tradicional de colección. Su construcción estuvo atravesada por decisiones impulsivas, vínculos personales y situaciones que hoy resultarían impensadas dentro del circuito institucional del arte.
Esa condición se mantiene en la muestra: lejos de presentarse como un conjunto estabilizado, la colección aparece como un territorio inestable, donde conviven obras históricas, piezas poco vistas y nuevas incorporaciones.
Otra forma de exponer: menos acumulación, más relaciones
La curaduría de Mayer evita el formato de “grandes éxitos” y propone una puesta más austera. En lugar de saturar las salas, cada pared presenta pocas obras, generando núcleos que funcionan de manera casi autónoma.
Este gesto permite que aparezcan relaciones más sutiles entre pintura y fotografía, dos lenguajes que estructuran la exposición. Al mismo tiempo, quedan fuera disciplinas como la escultura o la instalación, en una decisión que delimita el campo de lectura.


Entre obras inéditas y nombres centrales del arte moderno y contemporáneo
Uno de los puntos más interesantes de la muestra es la presencia de obras poco vistas dentro del acervo. Entre ellas, aparece una pieza temprana de Miguel Carlos Victorica que nunca había sido exhibida, así como trabajos de Jim Dine, Guillermo Roux, Marcia Schvartz o Marina de Caro.
Estas obras conviven con nombres centrales del arte internacional y local, como Pablo Picasso, René Magritte, Andy Warhol, Man Ray, Jean-Michel Basquiat, Lucio Fontana, Nan Goldin, Cindy Sherman o Marta Minujín, entre muchos otros.
En ese cruce, la muestra no busca establecer jerarquías claras, sino habilitar una lectura donde lo histórico y lo contemporáneo se superponen sin resolverse del todo.
El legado de Klemm como punto de partida
Federico Jorge Klemm no solo fue coleccionista, sino también una figura clave en la difusión del arte en Argentina. Su forma de construir la colección —por momentos intuitiva, por momentos excesiva— se aleja de los modelos tradicionales y define el carácter del acervo.
En esta exposición, ese legado no se presenta como una herencia cerrada, sino como un punto de partida. La incorporación de artistas más jóvenes como Martín Fanholc Halley, Valentina Liernur y Juan Tessi refuerza esa idea de continuidad, donde la colección sigue creciendo y transformándose.
Una muestra que trabaja sobre el tiempo
Más que una revisión histórica, A la espera que el sueño me traiga olvido propone una lectura del tiempo. Las obras no se organizan como pasado y presente, sino como capas que se superponen y se reconfiguran en cada recorrido.
En ese sentido, la exposición se aleja de la lógica de archivo y se acerca a una experiencia más abierta, donde la memoria no aparece como algo fijo, sino como un proceso en constante transformación.
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