✒️Por Gastón Fournier
“Tender una mano” reúne dibujos e instalaciones de Roger Mantegani en Casa Bolívar, entre carbonilla, animales urbanos y figuras nocturnas.
Entre carbonilla, animales callejeros, lunas nocturnas y figuras que emergen desde la oscuridad, Roger Mantegani presenta en Casa Bolívar una de sus muestras más íntimas y libres: un giro radical donde el antiguo realismo cede lugar a una obra más primitiva, emocional y profundamente humana.
Tender una mano, la exposición curada por Julio Sánchez Baroni junto a la consultoría de arte de Rubén Betbeder, puede visitarse hasta el 21 de junio y despliega una serie de grandes dibujos e instalaciones donde la carbonilla, el collage y la materia urbana funcionan como superficie emocional para hablar de aquello que muchas veces preferimos no mirar.
Hay artistas que buscan dominar la materia. Y hay otros que, después de años de control, finalmente deciden dejarla respirar.
En Roger Mantegani pareciera estar ocurriendo exactamente eso.
Algo del antiguo virtuosismo técnico -ese realismo impecable que durante años definió gran parte de su producción- empieza ahora a correrse hacia otro lugar: uno más intuitivo, más nocturno, más frágil y también más honesto. Como si, después de décadas de precisión, hubiese aparecido el deseo de ensuciarse un poco las manos. O mejor dicho: de volver a descubrir qué aparece cuando la mano deja de obedecer del todo.

La escena sucede en Casa Bolívar, también conocida como la Casa de los Dragones, una antigua casona histórica de Buenos Aires donde columnas, patios internos, techos altos y cierta melancolía arquitectónica dialogan perfectamente con el clima de la muestra. Allí, entre luces domésticas, sombras irregulares y enormes superficies cubiertas de carbonilla, Mantegani parece menos interesado en representar el mundo que en dejarlo aparecer.
Ahí aparece algo inesperado y es una de las claves más interesantes de esta nueva etapa: las figuras ya no son construidas desde la exactitud, sino descubiertas.
Con gamuzas, esponjas, cepillos, trapos y gestos amplios sobre grandes telas ennegrecidas, el artista trabaja casi como quien excava imágenes dentro de la oscuridad. Los cuerpos emergen lentamente desde el polvo de carbón: animales abandonados, figuras anónimas, piernas suspendidas, lunas, cielos nocturnos y seres urbanos que parecen aparecer desde algún lugar entre el sueño y la memoria.


Hay algo profundamente conmovedor en ese gesto. Porque Mantegani ya no intenta demostrar que sabe dibujar -algo que claramente sabe desde hace décadas- sino permitirse sentir mientras dibuja. Y para un artista virginiano, obsesionado históricamente con la estructura y el control, eso también es una forma de valentía.
“Ya no me interesa representar, sino transmitir”, dirá durante el recorrido.
Y la frase funciona casi como manifiesto.

Durante años, gran parte de su obra estuvo asociada a un realismo técnicamente riguroso, donde la pintura parecía sostener cierta necesidad de precisión. Pero en esta nueva etapa aparece otra búsqueda: más primitiva, más corporal y mucho menos preocupada por el virtuosismo espectacular.
El giro resulta todavía más significativo si se observa el recorrido previo del artista. Con una extensa trayectoria desarrollada entre Córdoba y Buenos Aires, Mantegani construyó durante años una obra reconocible por su potencia técnica, sus grandes formatos y una figuración marcada por el rigor compositivo. Justamente por eso, esta nueva etapa no se percibe como ruptura caprichosa, sino como una necesidad profundamente vital.
Ese desplazamiento no aparece solamente como una variación técnica, sino como un verdadero cambio de lenguaje dentro de su producción. Un pasaje donde la representación deja de buscar exactitud para empezar a trabajar desde la percepción, la intuición y la emoción.
“Sentía que ya no me conmovía”, confiesa.
Entonces sucede algo hermoso: el artista vuelve al dibujo.
No al dibujo académico ni al boceto subordinado a la pintura, sino al dibujo como hueso. Como lenguaje esencial. Como primer gesto humano. Hay algo casi ancestral en estas carbonillas gigantes donde las figuras parecen salir desde adentro de la materia, como si la imagen hubiese estado siempre allí esperando ser encontrada.


Parte de esas piezas y exploraciones espaciales ya habían aparecido en proyectos realizados anteriormente en Córdoba, donde el artista comenzó a experimentar con instalaciones inmersivas y formatos expositivos menos tradicionales. En Casa Bolívar, sin embargo, esa búsqueda parece adquirir una dimensión mucho más íntima y emocional.
Y quizás por eso la muestra tiene algo íntimo.
Porque incluso en los formatos monumentales -algunos provenientes de instalaciones realizadas anteriormente en el Buen Pastor de Córdoba- la obra nunca busca imponerse desde la grandilocuencia. Al contrario: invita al recogimiento.
En varias de las salas, las piezas fueron montadas en frisos ubicados mucho más abajo de la altura habitual de exhibición. El efecto es inmediato. El cuerpo del espectador desciende. Se repliega. Observa desde un lugar menos frontal y más vulnerable.
Hay algo casi fetal en esa posición.


Como si la obra invitara silenciosamente a agacharse, a protegerse un poco del mundo exterior, a mirar desde un lugar menos racional y más sensorial. Y en una época donde gran parte del arte contemporáneo parece obsesionado con explicar demasiado rápido lo que quiere decir, la muestra de Mantegani encuentra potencia justamente en lo contrario: en dejar zonas abiertas.
No es casual que Julio Sánchez Baroni hable de “tender una mano”. Porque toda la muestra parece organizada desde esa ética sensible: acercarse al otro sin grandilocuencia, sin golpes bajos, sin estetizar el dolor. Mantegani no trabaja desde la denuncia explícita sino desde una empatía silenciosa. Los cuerpos aparecen vulnerables, sí, pero nunca derrotados.


También allí aparece la noche.
La luna, los cielos oscuros, las medias sombras y cierta atmósfera de silencio atraviesan toda la exposición. No como efecto escenográfico, sino como estado emocional. Mantegani habla de su fascinación por lo nocturno casi como quien habla de un hechizo. Y algo de eso efectivamente sucede en la muestra: las figuras aparecen y desaparecen entre manchas, transparencias y veladuras de carbón, como si todavía no terminaran de decidir si quieren revelarse por completo.
En paralelo, los animales callejeros ocupan un lugar central dentro de la obra.

Perros abandonados, gatos urbanos y seres anónimos deambulan entre los papeles gigantes como una forma silenciosa de comentario social. Pero lejos de cualquier solemnidad panfletaria, Mantegani trabaja desde otro lugar: el de la empatía. El del gesto afectivo.
Hay una enorme ternura en la forma en que les devuelve monumentalidad a esos cuerpos invisibilizados por la rutina cotidiana.
Y quizás allí también aparezca otra de las claves de esta muestra: la posibilidad de encontrar belleza incluso en aquello que normalmente descartamos.

Papeles urbanos arrancados de la calle. Cartelería deteriorada. Superficies manchadas. Polvo de carbonilla. Restos. Huellas. Todo aquello que podría parecer sucio o residual es incorporado dentro de la obra como materia viva.
Como si el artista hubiese decidido dejar de luchar contra el accidente para empezar finalmente a trabajar con él.
Por momentos, la muestra entera parece hablar de eso: de aceptar cierta pérdida de control.
Algo nada sencillo para un Virgo.
Justamente ahí radica la belleza de esta nueva etapa. En abandonar la obsesión por la perfección para recuperar algo mucho más difícil: la emoción.
Porque detrás de estas enormes superficies negras no hay solamente un artista cambiando de técnica.
Hay alguien intentando volver al origen del gesto. Al hueso. A la noche. A la respiración misma del dibujo.
Quizás, es por eso la muestra conmueve tanto. Porque detrás de la carbonilla, de los perros callejeros, de las figuras anónimas o de los cuerpos agachados, no hay miserabilismo ni golpe de efecto. Hay algo mucho más incómodo: humanidad.

Como señala Julio Sánchez Baroni en el texto curatorial, la obra de Roger Mantegani no habla de la miseria económica sino de la espiritual. Y en tiempos donde todo parece exigir velocidad, brillo y espectacularidad, resulta profundamente conmovedor encontrarse con un artista que todavía cree que el arte puede -aunque sea por un instante- tender una mano.
Foto de portada: Julieta Ogando
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