+Feria Santa Fe: una feria que siguió respirando fuera de la feria

Artistas, Ferias, Galerías, Noticias

✒️Por Gastón Fournier

Recorridos por museos, talleres, muestras, casas culturales y hasta una histórica fábrica artesanal de alfajores revelaron cómo +Feria 2026 transformó a Santa Fe en un ecosistema expandido de arte contemporáneo, donde la memoria, la hospitalidad, los oficios y las nuevas escenas del litoral siguieron respirando mucho más allá de la feria.

Quizás eso sea lo más interesante que dejó +Feria 2026. La sensación de que el acontecimiento no terminaba en los stands ni en las ventas. La feria seguía respirando en museos, talleres abiertos, conversaciones improvisadas, casas culturales y hasta en una histórica fábrica de alfajores artesanales. Artistas, gestores y proyectos culturales decidieron producir desde sus propios paisajes, materiales y acentos, sin abandonar aquello que les da identidad. Todo sucedía ese fin de semana allí. Todo junto, en ese mismo fin de semana.

Días de fuego: bordar la memoria para sanar la herida

En La Josefa, el cierre de Días de fuego, de Daniela Arnaudo, dejó la sensación de esas muestras que no solamente se recorren: se atraviesan emocionalmente. Con curaduría de Ana Volonté, la exposición funcionó como un delicado entramado entre lo cotidiano, lo ancestral y lo íntimo familiar, donde el bordado aparece no sólo como técnica, sino como un gesto transmitido de generación en generación.

Entre textiles antiguos, retablos escenográficos y escenas suspendidas entre la ternura y la violencia, Arnaudo construye un universo donde cada puntada parece activar una memoria dormida. El punto de partida nace de un hallazgo profundamente personal: un cuaderno de dibujos de su bisabuelo, realizado durante días de lluvia en el campo, que la artista comenzó primero a copiar obsesivamente durante la pandemia, como si el acto de repetir esas líneas fuera también una forma de invocar presencia.

Desde allí, la muestra crece como una constelación afectiva. Los animales bordados se muerden, sangran, se transforman; los textiles heredados exhiben manchas, roturas y cicatrices que ya no se ocultan, sino que se vuelven parte del relato. Hay algo profundamente conmovedor en esa decisión de restaurar las heridas sin borrar su existencia. Como si cada tela dijera que sanar no implica olvidar.

La curaduría de Volonté acompaña esa sensibilidad sin sobreexplicarla. Permite que la obra respire en su dimensión ritual, performática y doméstica. La teatralidad aparece en los pequeños altares, en las luces, en la disposición escenográfica de las piezas, pero también en la presencia latente de los oficios familiares: el bordado heredado, la cocina, los rituales funerarios, la memoria oral.

Arnaudo logra algo difícil: convertir experiencias personales en imágenes capaces de tocar una fibra colectiva. Hay duelo, sangre y ausencia, pero también reparación. Por momentos, la muestra parece funcionar como una ceremonia silenciosa donde el arte ocupa el lugar de un gesto psicomágico. Una manera de volver a conversar con quienes ya no están.

Quizás por eso Días de fuego deja una huella tan particular. Porque habla del linaje, de las mujeres que transmiten saberes con las manos, de las marcas que sobreviven al tiempo y de cómo el arte puede transformar la fragilidad en refugio. Son obras que llegan al corazón como hilo atravesando tela: lentamente, con precisión, dejando marca.

PROA en la FOTOGALERÍA MUNICIPAL: dos ciudades portuarias en un mismo pulso visual

La exposición organizada por Fundación Proa junto a la Fotogalería Municipal de Santa Fe y +Feria, con curaduría de Cecilia Jaime y coordinación de Aimé Luna, propuso uno de los cruces más inteligentes de toda la programación paralela: poner en diálogo dos ciudades portuarias —Buenos Aires y Santa Fe— desde sus imaginarios fotográficos, sus ritmos urbanos y sus modos de habitar la calle.

El gran desafío curatorial no estaba solamente en reunir nombres históricos como Horacio Coppola y Facundo de Zuviría con artistas contemporáneos santafesinos, sino en lograr que ambas ciudades convivieran visual y emocionalmente dentro de una misma narrativa expositiva. Y ahí es donde la muestra encontraba su mayor acierto: evitar que Santa Fe quedara reducida a una “versión menor” de Buenos Aires. Por el contrario, las imágenes santafesinas aparecían con una sensibilidad propia, captando escenas de cotidianeidad, silencios barriales, luces nocturnas y pequeños gestos urbanos que dialogaban desde otro tempo con la monumentalidad moderna porteña.

También hubo un desafío museográfico importante. La Fotogalería funciona dentro de un antiguo banco y conserva boiseries de madera oscura que absorben visualmente la sala, dándole una densidad muy distinta a la de un cubo blanco tradicional. Sin embargo, la decisión de trabajar distintos tamaños de obra, alternando escalas y ritmos de montaje más contemporáneos, logró romper esa pesadez arquitectónica y generar una experiencia mucho más dinámica y emocional para el visitante.

Mientras las fotografías de Coppola recuperaban aquella Buenos Aires de gomina, avenidas geométricas y sombreros de ala ancha, los artistas santafesinos devolvían otra respiración: más íntima, más fragmentaria, más ligada a lo cotidiano y al detalle aparentemente menor. Allí aparecía uno de los puntos más interesantes de la exhibición: entender que ambas ciudades portuarias comparten una memoria visual, aunque cada una construya su propia manera de mirar y narrar la calle.

Núcleo Contemporáneo y la belleza incómoda de lo que nunca termina de suceder

Ese mismo sábado al mediodía, en Núcleo Contemporáneo, el espacio dirigido por César Núñez inauguraba dos nuevas exposiciones. Entre ambas propuestas, una de las que más resonancia generó fue La suavidad de lo que hiere cuando intenta volverse real, de la artista Florencia Favelukes.

Lejos de una pintura complaciente, Favelukes construye escenas profundamente teatrales, cargadas de deseo, ansiedad y pequeños gestos de incomodidad. Sus personajes parecen habitar un “después”: el instante posterior a la fiesta, al ritual, al intento de encarnar una imagen ideal de feminidad. Todo luce bello, delicado, cuidadosamente iluminado, hasta que aparece la fisura: una media corrida, un reflejo roto, un gesto fuera de lugar. Ahí emerge la verdadera tensión de la obra.

Entre rosas saturados, peluches, altares íntimos y espejos que devuelven miradas inquietantes, la artista despliega un universo onírico donde lo femenino aparece como una performance permanente. Hay algo de cuento fantástico, de Alicia atravesando un umbral, aunque también una sensación constante de amenaza suave. Los conejos —figura recurrente en esta nueva serie— funcionan como símbolos ambiguos: tiernos y perturbadores al mismo tiempo, casi como portales hacia otra dimensión emocional.

En diálogo con nosotros, Favelukes habló sobre esa necesidad de construir espacios donde “todo puede estar pasando”, escenas suspendidas entre el deseo y la imposibilidad de concretarlo por completo. Sus pinturas no terminan de ofrecer certezas: más bien invitan al espectador a convertirse en voyeur de una intimidad ajena, incómoda y fascinante.

Como señala César Núñez en el texto curatorial de la muestra:

“Aquello que se anhela se mantiene cercano y, al mismo tiempo, inaccesible. Esa proximidad inestable sostiene su intensidad.”

Y es justamente allí donde la obra encuentra su potencia. En esa imposibilidad de alcanzar del todo aquello que parece tan próximo. En ese instante donde la belleza comienza a resquebrajarse y deja ver algo mucho más humano.

Bandadas, raíces y futuros posibles en la casa taller de Sol Yedro

La casa taller de Sol Yedro se convirtió durante esos días en uno de los espacios más sensibles y vitales del circuito santafesino. La muestra colectiva Bandadas funcionó casi como una extensión natural de muchas de las conversaciones que atravesaron la feria: el vínculo con las raíces, la memoria afectiva, lo ancestral y las formas contemporáneas de construir comunidad desde el arte.

En el trabajo impulsado por Yedro aparece justamente esa idea de taller como refugio y lugar compartido. Un espacio donde el hacer manual, el aprendizaje colectivo y la transmisión de saberes recuperan algo profundamente humano en tiempos atravesados por la velocidad y la virtualidad. Hay una dimensión de linaje silencioso en ese modo de producir: una sensibilidad que no necesita solemnidad para hablar de pertenencia, identidad y memoria.

Dentro de Bandadas, una de las presencias más impactantes fue la de Martín Muñoz de Toro, bajo su alter ego artístico BUL.xplorer, con Cromogénesis: una serie de esculturas contemporáneas inspiradas en el universo visual de Neon Genesis Evangelion, pero reinterpretadas desde una sensibilidad urbana y latinoamericana.

Construidas en madera, acrílico y neón, sus piezas parecen híbridos entre armaduras espirituales, tótems futuristas y grafitis convertidos en cuerpos tridimensionales. Hay algo de ciencia ficción emocional en esas estructuras luminosas que tensionan tecnología, espiritualidad y materia. Como si el lenguaje callejero del aerosol y el trazo urbano hubiese mutado hacia una escultura expandida, capaz de ocupar el espacio como una gran instalación.

Lejos del futurismo frío, BUL.xplorer construye objetos con una extraña carga ritual. Sus obras parecen diseñadas para una generación que habita entre pantallas, ansiedad y búsqueda de sentido. Armaduras para jóvenes de alma pura, atravesadas por color, luz y energía, donde lo tecnológico no anula lo espiritual, sino que convive con ello en un mismo sistema simbólico.

Como si los códigos de la cultura pop, el anime y la calle se transformaran en símbolos de protección emocional para una generación que habita entre la hiperconectividad y la búsqueda de sentido. Eesas esculturas terminan funcionando también como señales de época: una forma de imaginar futuros posibles sin perder del todo la conexión con lo humano.

Reescribir la historia desde adentro del Museo Rosa Galisteo

Hasta el gesto de ser invitados por Lucía Stubrin, la coordinadora del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez, a una visita privada en el marco del Día Internacional de los Museos, terminó revelando algo mucho más profundo que una simple recorrida institucional. Ahí apareció otra dimensión del trabajo museístico: la del cuidado humano, afectivo y cotidiano. Esa dedicación silenciosa que no siempre se ve en las salas, pero que sostiene vivo al museo todos los días.

En diálogo con nosotros, la directora compartió no solo los desafíos de gestionar uno de los acervos más importantes del país, sino también la necesidad de volver más cercano un patrimonio enorme que muchas veces permanece oculto detrás de la solemnidad institucional. Entre obras en restauración, archivos en revisión y salas en plena remodelación, el museo parece atravesar una instancia de relectura de su propia historia.

La exposición Disociaciones funciona, en ese sentido, como un ejemplo claro de esa nueva sensibilidad. A partir del hallazgo de correspondencias entre el histórico director Horacio Caillet Bois y el mecenas Luis León de los Santos, el equipo del museo comenzó a reconstruir relaciones, procedencias y relatos que incluso permitieron identificar obras perdidas o mal catalogadas. Un verdadero rompecabezas patrimonial donde la investigación archivística se vuelve también un gesto emocional.

Lejos de la idea de museo estático, aparece una institución viva, atravesada por artistas contemporáneos, investigadores, restauradores y trabajadores que sostienen con enorme esfuerzo una programación activa en medio de limitaciones estructurales.

Fundado gracias a la donación del edificio realizada por Martín Rodríguez Galisteo, el museo nació desde el inicio con una concepción específicamente museológica —algo excepcional para su época— y con la condición explícita de llevar el nombre de su madre, Rosa Galisteo de Rodríguez, funcionar como Museo de Bellas Artes y albergar también una biblioteca especializada. Esa visión inicial sigue siendo hoy una especie de ADN institucional.

La colección, integrada por aproximadamente tres mil obras, funciona además como un testimonio privilegiado de la historia del arte argentino. El tradicional Salón Anual —que este año celebrará su edición número 103— continúa siendo uno de los principales mecanismos de adquisición patrimonial, incorporando desde hace años no solo pintura y escultura, sino también video, performance y prácticas contemporáneas que expanden la noción clásica de museo.

Pero quizás lo más fascinante de Disociaciones sea justamente cómo transforma el archivo en relato vivo. Las cartas halladas entre Caillet Bois y Luis León de los Santos permitieron reconstruir con precisión los vínculos entre artistas, donaciones y adquisiciones históricas. Muchas obras cuya procedencia era incierta comenzaron a encontrar nuevamente su contexto original. Otras, incluso, pudieron ser identificadas después de décadas sin catalogación adecuada.

En ese entramado aparecen nombres fundamentales del arte latinoamericano como Joaquín Torres García, Augusto Torres, Sergio de Castro, Julio Alpuy, Antonio Berni, Raquel Forner, Nora Borges o Raúl Soldi. Las correspondencias no solo narran operaciones de compra o donación: revelan amistades, afectos, obsesiones y formas de construir cultura desde la pasión más genuina.

Luis León de los Santos emerge, así como una figura extraordinaria. No como un gran millonario ni como un coleccionista especulativo, sino como uno de esos personajes culturales casi imposibles de imaginar hoy: alguien que reunía obras para entregarlas generosamente al patrimonio público. Su vínculo con artistas, intelectuales y espacios culturales de Buenos Aires y Santa Fe terminó construyendo una red afectiva que todavía sigue produciendo hallazgos.

La investigación también permitió volver sobre zonas menos exploradas de la historia del museo. Gracias a distintos proyectos académicos y al Premio Padeletti, investigadores contemporáneos comenzaron a detectar, por ejemplo, la significativa presencia de mujeres artistas dentro de la colección histórica. Una anomalía positiva para la época, posiblemente vinculada a la posibilidad que ofrecía el Salón de Santa Fe frente a los circuitos más restrictivos de Buenos Aires.

Mientras tanto, el museo atraviesa una de las reformas edilicias más importantes de su historia reciente: renovación de pisos, instalaciones, sistemas de conservación y nuevas áreas técnicas destinadas a restauración, depósitos y archivo. Todo esto sucede sin interrumpir completamente la programación pública, algo que vuelve todavía más visible el enorme esfuerzo cotidiano de un equipo reducido que sostiene actividades, exhibiciones y mediaciones con recursos muchas veces limitados.

Esa tensión entre patrimonio histórico y escena contemporánea aparece también en exposiciones como Agua, color y silencio, de Mauge Suárez, donde la acuarela invade directamente la arquitectura del museo y dialoga inesperadamente con las investigaciones cromáticas del universalismo constructivo. El museo deja entonces de ser solamente un espacio de conservación para convertirse también en experimentación.

Quizás ahí radique el verdadero valor de esta nueva etapa: en humanizar la institución sin perder rigurosidad histórica. En entender que detrás de cada obra hay archivos, restauradores, montajistas, investigadores, trabajadores precarizados, discusiones, hallazgos y afectos. Y también en asumir que un museo no se sostiene únicamente por el peso de su colección, sino por la capacidad de volver significativo ese patrimonio para el presente.

Porque después de recorrer sus salas, escuchar las historias detrás de las obras y descubrir las capas invisibles que sostienen al museo, queda claro que el Rosa Galisteo ya no puede pensarse como un espacio quieto. Más bien aparece como un organismo vivo, en permanente revisión de sí mismo, donde el pasado todavía sigue escribiéndose.

Merengo: donde el glaseado también puede ser una forma de arte

Hay recorridos VIP que terminan funcionando como una pequeña radiografía emocional de una ciudad. Y en Santa Fe, entrar a la fábrica de alfajores Merengo fue justamente eso: comprender cómo una tradición regional puede transformarse en identidad afectiva, memoria colectiva y artesanía viva.

La visita privada permitió recorrer cada una de las etapas de producción de estos alfajores santafesinos históricos, elaborados todavía bajo una lógica casi doméstica, íntima y profundamente artesanal. Lo más impactante quizás no sea solamente el sabor, sino descubrir que toda la estructura de producción de una de las marcas más emblemáticas de la provincia funciona apenas con cuatro personas. Cuatro.

Cuatro personas sosteniendo una tradición que atraviesa generaciones, constituciones nacionales, viajes familiares, sobremesas y rituales afectivos.

La fábrica funciona casi como un pequeño laboratorio de precisión. La limpieza quirúrgica, la organización del espacio y el ritmo silencioso del trabajo contrastan con el carácter profundamente humano del proceso. La masa —hecha únicamente con harina, agua, sal y grasa— atraviesa sobadoras y laminadoras hasta convertirse en las capas finísimas del clásico alfajor santafesino. Luego llega el dulce de leche, colocado manualmente, tapa por tapa, capa por capa.

Pero el verdadero corazón aparece al final: El glaseado.

Ese blanco brillante tan característico que termina definiendo la identidad visual del alfajor santafesino no se realiza industrialmente. Se pinta a mano. Literalmente. Con pinceles.

Cada alfajor es intervenido uno por uno, como si se tratara de una pequeña pieza gastronómica pictórica. Hay algo casi performático en ese gesto repetido durante décadas: una pintura dulce aplicada artesanalmente sobre una receta que forma parte de la memoria cultural santafesina.

Y quizás ahí aparece algo profundamente conmovedor: entender que detrás de un producto popular sigue existiendo tiempo humano.

Merengo también guarda historias que exceden lo gastronómico. Desde alfajores gigantes personalizados para bodas, clubes o celebraciones institucionales, hasta piezas enviadas especialmente a Rosario para Lionel Messi. Los Midachi, Los Palmeras y distintas figuras de la cultura popular santafesina los llevan consigo como quien transporta una parte emocional de su tierra natal. Porque eso son finalmente estos alfajores: una geografía afectiva.

Durante la recorrida apareció además un dato revelador: el origen histórico de Merengo se remonta a la vieja Santa Fe institucional, frente a Plaza 25 de Mayo, en pleno núcleo político y simbólico de la ciudad. Mientras se debatía la Constitución Nacional, los constituyentes acompañaban las largas jornadas con estos alfajores. La historia política argentina y la historia gastronómica local terminaron cruzándose alrededor de una mesa, un mate y una receta.

También aparece detrás del nombre una pequeña escena casi cinematográfica de la historia santafesina: Hermenegildo, el fundador original, estaba siempre vestido completamente de blanco. Su presencia impecable y luminosa hizo que comenzaran a apodarlo “Merengo”, por su semejanza con un merengue. El sobrenombre terminó convirtiéndose en marca y, con el tiempo, en una institución cultural de la ciudad. Quizás por eso Merengo no funciona solamente como una fábrica. Funciona como un archivo emocional de Santa Fe.

Y en tiempos donde casi todo parece automatizado, descubrir que todavía existen lugares donde el glaseado se pinta con pincel, donde cuatro personas sostienen una tradición entera y donde un alfajor puede cargar memoria, identidad y afecto, resulta casi profundamente contemporáneo. Una pequeña forma de arte contemporáneo.

 

Y ahí apareció lo verdaderamente contemporáneo: la posibilidad de construir escena sin centralizarla.

Porque más que presentar un mapa cerrado del arte actual, +Feria pareció habilitar múltiples mapas posibles. Algunos todavía en construcción. Otros apenas emergiendo entre el barro, el textil, la cera, los dibujos y las historias compartidas alrededor de una mesa.   

Y como toda escena viva, lo más interesante quizás no fue lo que ya estaba consolidado. Sino todo lo que recién empieza a aparecer.

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