✒️Por Gastón Fournier
Otro mapa posible de lectura: artistas, obras, recorridos, activaciones y experiencias contemporáneas que hicieron de +Feria una plataforma expandida hacia museos, talleres, espacios independientes y nuevas escenas culturales del litoral
El barro todavía estaba húmedo.
Alguien terminaba de instalar una pieza mientras otra persona acomodaba textos sobre una mesa improvisada. A unos metros, un pony infiltrado entre obras contemporáneas parecía vigilar el recorrido como una criatura escapada de una ficción litoraleña. Había artistas hablando de arcillas recolectadas del Paraná, galeristas cruzando mates con artistas, performances sucediendo fuera del radar y visitantes entrando y saliendo de la Estación Belgrano como quien atraviesa una ciudad paralela.
+Feria 2026 no se sintió solamente como una feria de arte. Se sintió como una circulación. Y quizás ahí estuvo uno de sus mayores aciertos.
Porque mientras los stands ordenaban escenas, ventas y discursos curatoriales dentro de la Estación Belgrano, algo igual de importante ocurría afuera en horarios que no competían con la feria: talleres abiertos, recorridos urbanos, activaciones, muestras de trabajos en residencias, casas convertidas en espacios culturales y museos dialogando con artistas contemporáneos construyeron un ecosistema expandido donde la experiencia no terminaba al salir del predio.

La feria parecía desbordarse hacia la ciudad. En esa expansión aparecieron espacios como el Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez, El Molino Fábrica Cultural –que es el como el Centro Pompidou de Santa Fe-, Casa Josefa, Núcleo Contemporáneo, PROA en la Fotogaleria de Santa Fe y múltiples activaciones paralelas que terminaron de construir un mapa cultural vivo, descentralizado y profundamente territorial.
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La estructura curatorial de la feria —dividida en núcleos como Visión, Legado y Pulso: la primera para propuestas emergentes y experimentales, Legado para obras anteriores al 2000 y Pulso para producciones contemporáneas atravesadas por las dinámicas del presente— ayudaba a ordenar un recorrido que, sin embargo, funcionaba mejor cuando uno se permitía perderse. Y perderse, en esta edición, valía la pena.
El barro como memoria viva
Una de las primeras imágenes que me quedó grabada apareció en la instalación vinculada al Taller Municipal de Cerámica de La Guardia. El curador de esta edición de +Feria, Joaquín Rodríguez describía el espacio casi como quien habla de una casa familiar: un lugar donde arqueólogos, docentes y artistas investigan técnicas ancestrales del litoral, recuperando piezas originales y estudiando sus modos de producción.
No era solamente cerámica. Era transmisión cultural.
Las piezas dialogaban entre lo originario, lo mestizo y lo contemporáneo. Algunas retomaban estilos precolombinos; otras incorporaban color —algo inexistente en muchas piezas tradicionales del litoral— generando un puente inesperado entre pasado y presente. La instalación tenía forma de pequeña casa o escuelita, y esa decisión espacial terminaba potenciando la sensación íntima del proyecto.
Había algo profundamente contemporáneo en esa forma de entender el patrimonio: no como reliquia inmóvil, sino como materia activa.


Dibujar el aire
Entre las obras que captaron mi atención, las esculturas de papel de Mario Quintero construían uno de los momentos más silenciosos y precisos de la feria.
Papeles cortados, enrollados, plegados y suspendidos delimitaban el espacio como si el dibujo hubiera escapado del plano para ocupar el aire. El propio artista explicaba que toda la instalación funcionaba como un “muestrario” de operaciones: grafito, capas, recortes, tramas y volúmenes que condensaban años de investigación.
Sus dibujos parecían grabados. Al acercarse, aparecían las capas: seis, siete, ocho grises superpuestos generando profundidades casi imposibles para el papel. Todo estaba construido desde una paciencia obsesiva, donde cada sombra parecía emerger lentamente desde adentro de la superficie.
Había una sofisticación técnica enorme, pero también algo frágil y humano en esa acumulación manual de tiempo.


El miedo al extraño y las ficciones del archivo
En el espacio de Gabelich Contemporáneo, las obras de Alejandro Gómara Arellano abrían otra dimensión narrativa.
Gabriela Gabelich describía una investigación donde imágenes de la historia del arte argentino se mezclaban con relatos ficcionales atravesados por guerras, cuerpos en descomposición y criaturas ambiguas que oscilaban entre amenaza y mascota fantástica.
Pueyrredón, la Guerra de la Triple Alianza y archivos encontrados en la deep web convivían en escenas donde nunca terminaba de quedar claro qué era documento y qué era invención.
Y quizás ahí radicaba justamente la potencia del trabajo. Porque las obras no buscaban confirmar una verdad histórica, sino activar una sospecha. Una incomodidad. Una pregunta sobre cómo se construyen los relatos oficiales y qué monstruos aparecen cuando esos relatos empiezan a resquebrajarse.
“¿Estás segura que es ficción?”, pregunté en medio de la conversación.
“Nadie demostró lo contrario”, respondió entre risas.

Rostros agotados para días interminables
Otra de las piezas que más me impactó apareció en el espacio de ArtHaus Lab junto a las cerámicas de Agustina Koch.
Cabezas deformadas, gestuales, agotadas, parecían condensar el ruido mental contemporáneo. Koch —proveniente del teatro— hablaba de agendas imposibles, pensamientos simultáneos y rostros atravesados por una vida cada vez más saturada.
Una de las frases escritas en las piezas todavía me sigue resonando:
“Los pájaros no cantan, gritan”. Y era verdad.
Las esculturas parecían funcionar exactamente así: como rostros que ya no pueden cantar porque tienen demasiado para decir.
El texto curatorial de Eliseo Scapin terminaba de expandir esa lectura al describir cómo los rostros publicitan nuestra intimidad mientras intentan ocultarla. Cada gesto se convertía en una superficie donde convivían ansiedad, cansancio, ternura y colapso cotidiano.
Las piezas de Koch no buscaban representar personajes. Representaban estados mentales.

Mamelones, ADN y memorias indoafricanas
Entre las conversaciones más fascinantes de la feria apareció la de Camila Algocino, artista independiente, cuya investigación conectaba cerámica contemporánea, herencias familiares y culturas indoafricanas del litoral.
Sus piezas incorporaban “mamelones”: pequeñas protuberancias inspiradas en cerámicas encontradas en Santa Fe y vinculadas a comunidades formadas por pueblos originarios y africanos que escapaban de barcos esclavistas llegados por el Paraná.
La carga simbólica de esas formas era inmensa. Según contaba la artista —a partir de investigaciones junto a antropólogos— esas puntas podrían estar relacionadas con ideas de transmisión de información, herencia genética y circulación de memoria a través del cuerpo.
No había allí una apropiación decorativa del pasado. Había una necesidad real de reconstruir genealogías invisibilizadas.
Y esa búsqueda convertía a las piezas en algo mucho más complejo que simples objetos cerámicos: eran dispositivos de memoria.

Casa Banano y la identidad litoraleña como potencia
Si hubo un espacio que logró condensar el espíritu expandido de +Feria fue Casa Banano, proyecto proveniente de Paraná que funciona simultáneamente como casa-museo, residencia y plataforma para artistas.
Allí aparecían materiales como barro, bolsas, cera de abeja y textiles trabajando desde una identidad profundamente ligada al territorio.


La joven artista Milagros Waigadt desarrollaba investigaciones sobre colmenas, códigos de comunicación de las abejas y vínculos interespecies. Sus piezas parecían moverse entre ciencia, sensibilidad y ecología afectiva.
Y luego aparecía Sol Yedro con sus tótems cerámicos y columnas curvas construidas desde arcillas recolectadas directamente del río Paraná.
Sus obras no eran solamente esculturas. Eran marcas territoriales.
“Estoy clavando una daga en el corazón de Santa Fe”, decía mientras señalaba una de sus columnas instalada frente a la arquitectura monumental de la Estación Belgrano.
Había algo muy poderoso en esa afirmación. No desde la confrontación, sino desde la presencia.
Yedro hablaba de producir desde el litoral sin necesidad de expatriarse a Buenos Aires para legitimar una práctica artística. Hablaba del barro del río, de las casas antiguas santafesinas, de bioconstrucción, de identidad litoraleña y de una arquitectura futura donde las curvas y las ornamentaciones vuelvan a ocupar espacio.

Y en medio de esa conversación apareció quizás una de las ideas más importantes de toda la feria: la descentralización no como discurso, sino como práctica real. “Acá seguís teniendo identidad”, me decía una de las artistas. “No sos uno más”. Esa frase apareció varias veces durante el recorrido.
Bordar la sobremesa
Otra de las escenas más entrañables apareció con Brisa García y su serie A Comer, presentada desde Paraná.
Manteles bordados, recetas familiares, vasos de vermut, pingüinos y comidas heredadas de inmigraciones alemanas dialogaban con tradiciones entrerrianas en una obra profundamente afectiva.
El proyecto nacía desde una pregunta sobre identidad, pero encontraba respuesta en algo mucho más cotidiano: la mesa compartida.
Brisa hablaba del bordado como acto político. Como resistencia frente a una época donde incluso el tiempo familiar parece desaparecer bajo la lógica productiva contemporánea.
En una de sus muestras anteriores, había invitado al público a comer sobre un mantel aún sin bordar. Luego registró manchas, restos y accidentes textiles bordándolos manualmente con canutillos.
La sobremesa convertida en archivo. La mancha transformada en memoria. Minutos después de nuestra conversación volvió corriendo al stand para contarnos que acababa de realizar su primera venta en una feria. Estaba emocionada. Nos dijo, entre risas, que le habíamos traído suerte.
Y quizás eso fue lo más hermoso de +Feria: esa sensación constante de cercanía.
La posibilidad de hablar largamente con artistas jóvenes, con galeristas, con gestores culturales y con docentes sin la rigidez habitual de ciertos circuitos más institucionalizados. Había una apertura genuina. Una necesidad real de compartir procesos antes que personajes.

El stand que reflejó el espíritu de la feria
En ese sentido, el trabajo de César Núñez desde Núcleo Contemporáneo resultó fundamental. Su propuesta —ganadora del Premio In Situ otorgado por Abel Guaglianone y Joaquín Rodríguez— articulaba naturalezas muertas históricas santafesinas con producciones contemporáneas de Brenda Ross, Luciana Rimini y Hernán Fernández.
Fue precisamente la obra de Hernán Fernández la que más me detuvo.
Una vela encendida junto a piedras y objetos montados como altar. Un gesto mínimo, íntimo, casi ritual. Había algo profundamente sacro en esa escena. Una búsqueda vinculada al amor, al cuerpo, a la espiritualidad y al paisaje del litoral. El monte, el río y la sensualidad aparecían unidos en una poética silenciosa que escapaba por completo del efectismo y de la escena.

Luogo Galería: La poética de lo cotidiano y la resistencia íntima
Desde Rafaela, Luogo Galería presentó uno de los stands más sensibles y coherentes de la feria. Lejos del efectismo inmediato, la propuesta construía una atmósfera donde lo doméstico, el barrio y la experiencia cotidiana se convertían en territorio poético. Allí convivían las obras de Sofía Rossa, Elisa Culzoni e Ignacio Olivier, tres artistas atravesados por una misma sensibilidad: trabajar desde aquello que conocen profundamente, desde lo próximo, desde aquello que forma parte de sus vidas.
La producción de Sofía Rossa se sostiene sobre dos ejes conceptuales que se tensan y complementan constantemente: la vulnerabilidad y el punk. Vulnerabilidad no como fragilidad decorativa, sino como exposición emocional y política; punk no como estética vacía, sino como gesto de resistencia, de insistencia y de supervivencia. Sus escenas, atravesadas por la materialidad de la pintura y por cierta crudeza afectiva, encuentran en Villa Rosas —su barrio— un universo de observación y pertenencia. Hay algo profundamente contemporáneo en esa decisión de mirar lo cercano sin romantizarlo, entendiendo que lo barrial también puede convertirse en archivo emocional y político.
En diálogo con esa búsqueda, Ignacio Olivier trabaja sobre entornos domésticos: las casas, los autos, las calles y pequeños acontecimientos de su ecosistema cotidiano. Sus pinturas parecen capturar el instante inmediatamente posterior a algo que acaba de suceder. Hay una nostalgia silenciosa en sus imágenes, una sensación de memoria reciente, casi tibia. Como si cada obra funcionara como un rastro, como la huella de una experiencia mínima pero persistente.
Por su parte, Elisa Culzoni transforma papeles en relatos. Sus obras construyen ficciones cotidianas donde aparecen pequeños misterios, escenas suspendidas y detalles capaces de alterar la percepción de lo común. Hay en su trabajo una sensibilidad narrativa muy delicada: una manera de contar sin explicar del todo, permitiendo que el espectador complete aquello que falta.
El stand de Luogo funcionaba, así como una especie de refugio sensible dentro de la feria. En tiempos donde gran parte del arte contemporáneo parece desesperado por producir impacto instantáneo, ellos apostaban por algo mucho más complejo: la permanencia de lo íntimo. Porque quizás hoy, en medio del exceso de imágenes y discursos, el verdadero gesto radical sea volver a mirar aquello que tenemos cerca y hablar de territorio sin convertirse en slogan.
ALMACÉN: hospitalidad, estrategia y el arte de construir comunidad
Entre todos los proyectos presentes en la feria, ALMACÉN fue probablemente uno de los grandes ejemplos de cómo la hospitalidad puede transformarse en una práctica curatorial y vincular. Detrás del proyecto están Leo Mayer e Ismael Abrahan, quienes lograron construir mucho más que un stand: generaron un verdadero espacio de encuentro dentro y fuera de la feria.

Su presencia se percibía en cada detalle. Desde la calidez con la que recibían a colegas, artistas, periodistas y coleccionistas, hasta una estrategia tan sencilla como inteligente: alquilar un departamento temporario y convertirlo en una especie de trastienda expandida de la feria. Allí organizaban cenas, encuentros y conversaciones donde el arte dejaba de ser únicamente una operación comercial para volver a ser experiencia compartida. Embutidos, charcutería producida por ellos mismos, vinos, sobremesas largas y vínculos honestos. En tiempos donde gran parte del circuito parece funcionar bajo dinámicas de urgencia y rendimiento, ALMACÉN entendió algo esencial: el verdadero coleccionismo también se construye desde el afecto y la confianza.
El segundo día de feria organizaron un encuentro especialmente pensado para la prensa que había viajado a cubrir +Feria. Allí coincidimos junto a Rosario Bernasconi, Alejandro Bellotti, Juli Ogando, María Paula Zacarias, Ana Ruvira y Nicole Giser. Más que una reunión protocolar, fue una demostración concreta de cómo generar comunidad en el arte contemporáneo sin perder humanidad en el proceso.
Y quizás esa misma cercanía explique también los resultados: los jóvenes galeristas comenzaron la feria concretando cinco ventas, cerraron con dos más y todavía continuaban proyectando otras operaciones en Buenos Aires. Pero más allá de los números, lo verdaderamente interesante era ver cómo esas ventas aparecían como consecuencia natural de un ecosistema cuidado con sensibilidad y coherencia.
Con sede en Buenos Aires y una homegallery en San Nicolás de los Arroyos, ALMACÉN viene consolidando una identidad propia dentro del circuito contemporáneo argentino, acompañando artistas desde la investigación, la producción y la circulación de obra. Su propuesta para +Feria articuló fotografía, dibujo, cerámica y textil alrededor de la idea de registro y naturaleza.
Las fotografías de María Paz Secundini proponían paisajes donde la imagen no sólo documenta, sino también preserva y cuida. Reveladas mediante procesos naturales a base de plantas, sus obras generaban superficies húmedas, grises profundos y atmósferas suspendidas entre la experiencia y el recuerdo.
En contrapunto, los textiles de Leo Mayer introducían estructura y color. Construidos a partir de hilos de algodón utilizados en la industria alimenticia y teñidos con pigmentos naturales, sus entramados remitían tanto al lenguaje como a la escritura: líneas que se cruzan, se interrumpen y continúan, como una conversación en permanente construcción.
En el centro aparecían las piezas de Laura Romano, funcionando casi como pequeños gabinetes contemporáneos de curiosidades. A través del dibujo y la cerámica, retomaba imágenes de flora y fauna latinoamericana provenientes de antiguos libros científicos, construyendo escenas donde lo poético y lo científico convivían con enorme delicadeza.

La propuesta completa generaba un recorrido donde lo orgánico y lo construido dialogaban constantemente. Cada obra parecía funcionar como una forma distinta de registrar el mundo: observarlo, traducirlo o recomponerlo desde otros lenguajes.
Pero quizás lo más valioso de ALMACÉN sucedía justamente fuera de la obra. En esa capacidad —cada vez más escasa— de entender que el arte contemporáneo no sólo necesita mercado, sino también mesa compartida, conversación, tiempo y cuidado.
La Portland: Intimidad y nuevas figuraciones del litoral
Desde Paraná, Fundación La Portland presentó un stand que reunía a tres artistas entrerrianos con búsquedas muy distintas, pero atravesadas por una sensibilidad contemporánea común. En diálogo con nosotros, la licenciada Agustina Flores compartía el orgullo de representar una escena joven del litoral que se aleja de cualquier lectura regionalista tradicional.
Entre ellos destacaba especialmente Olier Lázaro, nacido en Federal y actualmente radicado en La Plata. Su obra figurativa trabaja sobre cuerpos masculinos donde siempre parece existir una tensión silenciosa: miradas suspendidas, escenas íntimas y figuras que nunca terminan de entregarse del todo al espectador. Hay en sus piezas —realizadas con rubor— una exploración constante sobre la vulnerabilidad masculina y el deseo, donde el otro, ya sea un partenaire dentro de la escena o quien observa desde afuera, ocupa un lugar fundamental. Sus personajes parecen habitar un instante previo a algo que todavía no sucede, generando una atmósfera de espera, intimidad y cierta incomodidad emocional que vuelve su trabajo especialmente magnético.


La propuesta se completaba con las obras de Karen Spahn, de Paraná, y Carolina Girchons, de Concepción del Uruguay, consolidando un stand donde el litoral aparecía no como postal, sino como clima emocional y sensibilidad compartida.
De Mogicata nada: Eva Luna y Juan Manuel Preti revelaron cartografías afectivas de la noche santafesina
En Mapa Sentimental de una Noche Santafesina, Eva Luna y Juan Manuel Preti construyen un recorrido donde lo íntimo, lo urbano y lo emocional se mezclan en una misma atmósfera. La propuesta toma escenas, gestos y personajes de Santa Fe para transformarlos en una especie de cartografía sensible, atravesada por la memoria, el deseo y cierta extrañeza contemporánea.


En la obra de Preti aparece Clementina, un personaje que funciona como puente entre infancia y adolescencia. Allí los juguetes dejan de ser inocentes y comienzan a cargarse de tensión emocional, en una narrativa donde el descubrimiento afectivo convive con lo inquietante.
Por su parte, Eva Luna trabaja sobre imágenes nocturnas y fragmentos urbanos de Santa Fe desde una mirada más difusa y contemporánea, casi cinematográfica. Sus escenas capturan momentos vulnerables, pequeños gestos no performativos y una sensibilidad femenina atravesada por cierta hostilidad del entorno, aunque siempre aparece un dejo de ironía o humor que vuelve más liviana esa tensión.
El resultado es una propuesta donde lo cotidiano se vuelve extraño y donde la ciudad deja de ser escenario para convertirse en estado emocional. Un mapa nocturno y contemporáneo donde las imágenes parecen oscilar constantemente entre el recuerdo, el sueño y la observación íntima de aquello que normalmente pasa desapercibido.
Colectivo 500 El Liso: el “pony de Troya” como infiltración contemporánea
500 el liso presentó una de las escenas más memorables y descontracturadas de la feria: un enorme caballo saltarín inflable rosa rodeado por decenas de miniaturas cerámicas de colores, realizadas con distintos procesos de horneado y terminación. La propuesta, titulada Un regalo para detener la guerra, reinterpretaba el mítico Caballo de Troya desde una lógica más lúdica, absurda y contemporánea.
Pero detrás de ese humor había una idea muy clara. El colectivo habla del “pony de Troya” como una forma de infiltrarse en el sistema del arte desde otro lugar: más ingenuo en apariencia, más cercano a lo infantil, aunque igualmente cargado de conceptos, críticas y posicionamientos. Cambiar el caballo por un pony saltarín atenúa la violencia de la imagen original y la transforma en una estrategia afectiva de invasión simbólica.
Entre esmaltes experimentales, trabajo colectivo y una identidad profundamente santafesina, 500 el liso logra construir una obra que dialoga con las nuevas generaciones artísticas sin perder ironía ni frescura.

Las rosas y espinas de una feria que dejó huella
Toda feria tiene sus luces y sus zonas de tensión. Y quizás una de las mayores virtudes de esta edición haya sido justamente no esconderlas.
Las rosas aparecieron rápidamente en la calidad humana del equipo organizador, en la generosidad de los artistas y en una escena santafesina que se mostró cercana, afectiva y profundamente hospitalaria. Hubo algo muy genuino en el vínculo entre quienes sostuvieron la feria desde adentro: una energía de trabajo colectiva, intensa y amorosa que terminó atravesando cada recorrido, cada montaje y cada conversación.
Pero también estuvieron las espinas.
Y asumirlas no implica una crítica destructiva, sino exactamente lo contrario: un gesto de afecto hacia una feria con enorme potencial de crecimiento.
El tiempo de producción fue evidentemente escaso para la magnitud de lo que se intentó construir. Y quizás ahí aparezca uno de los desafíos más importantes hacia el futuro: fortalecer el trabajo de relaciones públicas, ampliar el vínculo con coleccionistas y posibles compradores, consolidar redes institucionales y desarrollar una estrategia más expansiva de circulación comercial. Porque la escena artística estuvo. La potencia estuvo.La identidad estuvo.
Lo que aparece ahora es la necesidad de consolidar estructuras de proyección y mercado que puedan acompañar esa energía. Y aun así, el resultado final fue contundente.
En el cierre de feria, durante un diálogo directo con la mesa chica de organización –Caro Blank, Lali y Joaquín Rodríguez- apareció una palabra que terminó sintetizando la experiencia completa: arrolladora.

La sentí como una topadora emocional. Como una tropilla avanzando a toda velocidad.
Tres días completamente inmerso en la dinámica de la feria alcanzaron para dejarme exhausto, como si hubiese formado parte de la organización misma. Ese nivel de intensidad solo sucede cuando un evento logra absorberte por completo, cuando la experiencia deja de ser observación y pasa a convertirse en cuerpo, energía y desgaste real.
Y quizás ahí aparezca el dato más valioso de todos: nadie sale agotado de algo que no tuvo vida.
Creditos fotográficos: Gentileza Prensa +Feria
Registro de crónica: Gabriel Altamirano
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