✒️Por Gastón Fournier
Con más de 45 mil visitantes, 320 obras vendidas y más de 40 proyectos artísticos de todo el país, +Feria consolidó en Santa Fe una experiencia donde el mercado, la hospitalidad y la construcción colectiva de escena convivieron en un mismo territorio cultural.
Una feria donde el arte circula como experiencia humana
Hay ferias donde el arte se exhibe. Y hay otras donde el arte circula como experiencia humana.
Desde el primer minuto, +Feria —la Feria de Arte Contemporáneo de Santa Fe— dejó en claro que no buscaba parecerse a las grandes estructuras del circuito porteño. No había allí la velocidad ansiosa de los eventos pensados únicamente para el mercado, ni el gesto automático de una escena acostumbrada a mirarse a sí misma. Lo que aparecía era otra cosa: una red humana, afectiva y colaborativa intentando construir un ecosistema cultural propio.
Y quizás esa haya sido la verdadera sorpresa.
Porque si bien esta fue mi primera cobertura federal de una feria de arte contemporáneo —después de años recorriendo arteBA, MAPA o BADA—, algo en Santa Fe se sentía distinto incluso antes de llegar. La previa ya había comenzado semanas antes, entre llamados, vínculos institucionales, conversaciones con áreas de cultura, patrimonio, turismo y actores estratégicos que parecían trabajar de manera articulada bajo una misma convicción: que la cultura no era un complemento, sino parte central de la identidad provincial.

Ese entramado se volvió tangible apenas pisamos la antigua Estación Belgrano junto a mi fotógrafo preferido, Gabriel Altamirano. Todavía acomodándonos después del viaje, una voz irrumpió desde lejos: “¡Gastóoon, llegaste! Soy Tomate”.
Mi cabeza intentaba asociar aquel apodo improbable con algún mensaje previo, mientras aparecía frente a nosotros Gisela Amante, parte del equipo de cultura santafesino, con quien hasta ese momento solo habíamos compartido conversaciones virtuales cargadas de humor y cordialidad.
Y ahí empezó todo. Porque +Feria parecía funcionar exactamente así: desde la proximidad humana.

Estación Belgrano —ese antiguo punto ferroviario donde durante décadas circularon mercancías, materias primas y viajeros entre Santa Fe y otras regiones— volvía ahora a convertirse en nodo de intercambio. Solo que esta vez lo que circulaba eran artistas, colectivos, galerías, piezas artesanales, conversaciones y modos posibles de construir escena desde el interior del país.
Pero más que una acumulación de stands, lo que se percibía era una voluntad compartida de encuentro.
Y eso atravesaba todo.
En los pasillos se repetía constantemente una misma sensación: entusiasmo. Había expectativa por la incorporación del curador Joaquín Rodríguez y por el proceso de profesionalización que la feria comenzaba a impulsar a través de su gestión. Pero esa profesionalización no aparecía desligada de lo humano. Muy por el contrario: incluía capacitación para artistas, formación para nuevos compradores y estrategias concretas para construir mercado desde una lógica pedagógica y accesible. Ahí aparecía también el trabajo de Herminda Lahitte, enfocado en formar nuevos coleccionistas en un país donde el acceso al mercado del arte sigue siendo, muchas veces, excluyente o hermético.

Porque Santa Fe parecía entender algo fundamental: el coleccionismo también se educa.
Y acaso por eso, una frase escuchada durante la feria resonó como síntesis brutal del presente: “Los nuevos títulos nobiliarios son los títulos de coleccionista”.
Y los resultados parecieron confirmar que aquella apuesta comenzó efectivamente a consolidarse.
Durante sus tres jornadas, +Feria convocó a más de 45.000 visitantes y logró la venta de más de 320 obras que ahora pasarán a convivir en hogares, oficinas y espacios cotidianos, expandiendo el arte santafesino mucho más allá de los límites de la feria.

La edición 2026 reunió además más de 40 proyectos seleccionados mediante convocatoria pública nacional, entre artistas individuales, galerías, colectivos, residencias y espacios autogestivos provenientes de Santa Fe, Rosario, Rafaela, Santo Tomé, Paraná, Córdoba, San Nicolás y Buenos Aires.
Esa multiplicidad de escenas, lenguajes y proyectos terminó desplegando además otro mapa posible de lectura sobre +Feria: el de las obras, los artistas y las prácticas contemporáneas que hoy atraviesan el litoral argentino. Desde instalaciones y performances hasta nuevas materialidades, activaciones en vivo, recorridos curatoriales y descubrimientos emergentes, la feria también dejó una serie de nombres, piezas y gestos artísticos que merecen una lectura propia.
(Ver nota relacionada: “La escena artística de +Feria 2026: artistas, obras y nuevos imaginarios del litoral contemporáneo”)
Pero quizás el dato más significativo no era únicamente cuantitativo. Lo verdaderamente singular parecía ser la forma en que esa circulación económica convivía todavía con algo poco habitual dentro del sistema del arte contemporáneo: cercanía, hospitalidad y deseo genuino de construir escena colectiva.
Y si algo terminó diferenciando verdaderamente a +Feria fue su dimensión afectiva.
Había abrazos sinceros en las llegadas y en las despedidas. Reconocimiento explícito hacia quienes viajaban para acompañar la escena. Invitaciones espontáneas. Recomendaciones. Conversaciones largas. Hospitalidad real.
En una charla posterior a la inauguración, Matías Tomati -integrante del Bureau de Eventos de Santa Fe – recordó que una antigua campaña turística definía a la provincia bajo un lema que para muchos sonaba demasiado simple: “Santa Fe, la cordial”.
Sin embargo, después de atravesar la experiencia de la feria, aquella frase adquiría una densidad inesperada. Porque la cordialidad santafesina aparecía efectivamente como un diferencial cultural.
No desde el protocolo. Desde la humanidad.

Y eso se percibía también en el trabajo agotador e incansable de figuras como Carolina Blank, Lali Martínez Spaggiari, Maia Bogado, Luciana Ceresola o Pablo Villaverde, que parecían atravesados físicamente por el huracán organizativo de la feria. Cambiaban outfits. Nunca energía.
En Lali había además algo que sintetizaba visualmente cierta elegancia santafesina silenciosa: un glamoroso tapado de piel heredado -regalado entre organizadoras casi como una reliquia afectiva familiar- que parecía condensar clase, memoria y tradición local sin necesidad de estridencias.
Porque Santa Fe tiene algo de eso: cultura sin necesidad de impostación.

Profesionalización, escena local y nuevas formas de construir mercado
Y mientras la feria consolidaba vínculos entre galeristas, artistas y prensa, otra idea comenzaba a aparecer con fuerza: la revalorización contemporánea de lo artesanal.
Durante años, ciertos lenguajes ligados al barro, la cerámica o el oficio manual quedaron relegados a categorías utilitarias o periféricas. Sin embargo, en +Feria aquello parecía completamente transformado. La arcilla ya no era solamente materia: era lugar, era archivo, era gesto político.
El trabajo de espacios como Taller La Guardia revelaba justamente eso: piezas magistrales, profundamente contemporáneas, que parecían cuestionar definitivamente las antiguas jerarquías entre arte y artesanía para asumir plenamente y con total legitimidad, su lugar dentro del arte contemporáneo.

Y allí estaba también Juliana Frías trabajando piezas en vivo dentro del stand, convirtiendo el oficio en acción performática frente al público. Conceptos como cosechar arcilla del rio y moldear barro comenzaban a sentirse también como moldear futuro.

Hospitalidad, política cultural y pertenencia colectiva
Pero no todo lo que orbitaba la feria sucedía dentro de sus stands.
Porque en +Feria muchas de las cosas más intensas no aparecían primero sobre las paredes, sino en las conversaciones.
Entre conversaciones cruzadas y relatos compartidos comenzó a emerger otra historia, mucho más incómoda: la del proyecto Painting’s Not Dead, desarrollado por los arquitectos y artistas Florencia Meucci y Manuel Cucurell para intervenir el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro). Y acaso haya sido justamente la intensidad de esos relatos —repetidos entre artistas, colegas y conversaciones compartidas durante la feria— lo que terminó llevándome hasta el stand del colectivo para comprender de cerca aquella experiencia donde el conflicto político también había terminado convirtiéndose en materia artística.

La propuesta consistía en un gigantesco chorreado de pintura rosa descendiendo desde los silos del museo hacia el espacio público. Pero el viento alteró el dispositivo. La pintura se dispersó. El accidente se volvió escándalo mediático. La obra fue cancelada. Y con el tiempo el expediente anulado.
Sin embargo, algo sobrevivió. “La performance continuó”, explicaba Florencia, durante nuestra conversación. Ya no sobre los silos, sino sobre el propio sistema que había intentado clausurarla.
Lejos de abandonar el proyecto, transformaron recursos administrativos, expedientes, documentos técnicos y acciones de resistencia en materia artística. La obra dejó de tratar únicamente sobre pintura para comenzar a hablar de vulnerabilidad institucional, burocracia cultural y persistencia colectiva. Había algo profundamente político en ese gesto.
No desde la consigna explícita. Sino desde la negativa a aceptar que una obra termine exactamente donde el poder decide cancelarla.

Y acaso por eso aquel balde suspendido dentro de la feria adquiría una potencia simbólica inesperada. Porque ya no sostenía solamente pintura: sostenía una red afectiva construida entre artistas, colegas y espacios independientes que decidieron acompañar el proceso incluso después del fracaso público. Como si, de algún modo, aquella trama colectiva terminara reflejando también el corazón mismo de +Feria: una escena donde la colaboración todavía funciona como forma posible de sostener el arte contemporáneo.
+Feria logró consolidar algo verdaderamente singular, fue quizás su capacidad de construir hospitalidad como política cultural.
Y eso aparecía en detalles mínimos. Como el encuentro organizado por las galerías Almacén de Arte y Luogo Galería, que alquilaron un departamento temporario para convertirlo en una suerte de trastienda expandida de la feria: cenas con coleccionistas, embutidos producidos artesanalmente por ellos mismos, conversaciones honestas, periodistas invitados y una atención obsesiva por cada necesidad de quienes asistían.

Incluso sabiendo quiénes eran vegetarianas. O quién viajaba con una hija pequeña y pudiera llevarse luego la vianda para alimentarse al otro día.
En tiempos donde gran parte del sistema del arte parece funcionar desde la lógica de la velocidad y la visibilidad constante, aquella escena revelaba otra posibilidad: la construcción de comunidad desde el cuidado.
Y quizás ahí aparezca la verdadera hipótesis emocional de esta experiencia. Porque +Feria no parece querer construir únicamente una feria exitosa.
Parece intentar construir otra forma posible de ecosistema cultural.
Uno donde la profesionalización no elimine la sensibilidad.
Donde el federalismo no sea discurso.
Donde el mercado no expulse humanidad.
Y donde la cultura siga funcionando como puente entre personas, territorios y deseos colectivos.

Hubo también pequeños momentos bisagra que terminaron revelando el verdadero espíritu de la feria. Durante la segunda jornada, por cuestiones técnicas, las fotografías oficiales de prensa no habían llegado a editarse a tiempo para antes de la premiación. Faltaban apenas minutos para comenzar cuando desde la organización nos llamaron para preguntarnos si podíamos facilitar nuestro propio material para compartirlo con el resto de los colegas acreditados.
La escena —mínima y casi invisible para el público general— condensaba, sin embargo, algo mucho más profundo: en Santa Fe, la colaboración no parecía funcionar como consigna institucional sino como práctica concreta. Nadie defendía territorio. Nadie especulaba con exclusividades. Había, más bien, una conciencia colectiva de estar construyendo algo entre todos.
Reaparecía esa idea de hospitalidad expandida que atravesó toda la experiencia. Porque la hospitalidad no estaba solo en los abrazos, las cenas o las recomendaciones afectuosas alrededor de un “liso” compartido (cerveza tirada sin espuma). También aparecía en esos gestos silenciosos donde el trabajo circulaba, se compartía y se sostenía colectivamente.
Tal vez por eso, al final de esos días intensos, agotadores y profundamente movilizantes, la imagen que terminó dando sentido a todo fue la del puente colgante santafesino recortándose sobre el río: Un puente que conecta.
Que sostiene. Que resiste. Como la propia feria.
Porque en un tiempo cultural atravesado por la fragmentación, +Feria parece haber entendido algo esencial: que el arte también puede ser una manera de construir pertenencia.
Registro fotográfico: Gabriel Altamirano
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