Por Gastón Fournier
Entre patrimonio, presente y una estrategia cultural en expansión, la Ciudad de Buenos Aires presentó su temporada 2026 desde un escenario inesperado: la Casa Fernández Blanco.
Lo que parecía una conferencia institucional, terminó siendo un recorrido sensible —y político— por el futuro de los museos.
EL INGRESO A ESCENA
MuseosBA reúne a los principales museos públicos de la ciudad, articulando patrimonio, programación contemporánea y políticas de acceso cultural en una red que, lejos de ser administrativa, comienza a consolidarse como una plataforma activa de producción simbólica.
Invitados por Helena Ferronato -gerente de Museos de la Ciudad de Buenos Aires- y por Silvina Amighini -coordinadora en MuseosBA quien trabaja estrechamente en la programación y gestión de sedes-, cubrimos el lanzamiento de la temporada 2026. Si bien podría haber replicado la gacetilla enviada —correcta, prolija, funcional—, siempre vale la pena hacerse tiempo para lo nuevo de la cultura. Y, sobre todo, para lo que todavía no sabemos qué nos va a sorprender.
La cita fue el jueves 9 de abril a las 17.30 h en el Fernández Blanco. Y ahí, el primer gesto: por reflejo, uno piensa en el Palacio Noel. Pero no. Esta vez no era allí. Era la Casa Fernández Blanco, otro de esos espacios que Buenos Aires guarda incluso para quienes creemos haberla recorrido toda.

Con una propuesta bien porteña —café y medialunas—, el equipo esperaba la llegada de los directores de los museos que integran la red. La escena tenía algo de previa íntima, de engranaje interno, hasta que la irrupción de la comitiva liderada por Gabriela Ricardes, Ministra de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, acompañada por su equipo —siempre en acción, siempre construyendo relato— marcó el pulso institucional del encuentro. Pero el punto de inflexión fue otro.
Justo en el momento en que ingresábamos al —para mí— desconocido predio, hacía lo propio Mariano de Paco, actualmente el Consejero de Cultura, Turismo y Deporte de la Comunidad de Madrid. Y en ese cruce, lo que parecía un evento protocolar se convirtió, de inmediato, en un acontecimiento cultural en sí mismo.


La Casa Fernández Blanco es la segunda sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, ubicada en el barrio de Monserrat, Buenos Aires. Esta mansión de estilo ecléctico fue la residencia del coleccionista y hoy funciona como un espacio dedicado a la vida cotidiana y la moda de los siglos XIX y XX.
Alberga una colección que incluye pinturas, mates de plata, piezas de indumentaria y accesorios que muestran la evolución de la moda en Argentina entre 1830 y 1930 e instrumentos musicales que narran una Buenos Aires tan sofisticada como lejana.


El edificio, construido hacia 1901, permite apreciar el lujo de la Belle Époque con su gran salón comedor neorrenacentista y su imponente escalera de honor. Conserva intacta la vajilla original sobre la mesa, una escena detenida en el tiempo, digna de un capítulo de Bridgerton de Netflix.
Pero lo verdaderamente inquietante —y fascinante— son sus tres habitaciones convertidas en una especie de casa de muñecas expandida. Una colección de muñecas y juguetes que alberga la colección de muñecas antiguas más completa del país, (1870-1940) donada por las hermanas Castellano Fotheringham.


Entre lo romántico y lo creepy, aparecen muñecas articuladas, prendas de confección minuciosa, porcelanas diminutas. Un universo que habla de una Argentina difícil de imaginar desde el presente.
Y después, el detalle que lo cambia todo: el estado del museo.
IM – PE – CA – BLE.
Ni una telaraña. Ni una gota de humedad. Ni una huella en las vitrinas. Ni polvo sobre la vajilla. En una ciudad donde muchas veces el patrimonio lucha contra el abandono, encontrarse con una joya así no solo sorprende: interpela.
En diálogo con el director del museo, el Lic. Jorge Cometti, nos adelantaron que realizarán próximos conciertos con instrumentos de época restaurados. No será un evento más: será, literalmente, activar la historia en clave sonora.
LA PRESENTACIÓN DEL PROGRAMA
“Los voy a invitar a recorrer la ciudad de Buenos Aires”. Con esa frase, Helena Ferronato no presentó una programación: propuso un recorrido.
Pero antes, la palabra institucional ordenó el escenario. Gabriela Ricardes destacó:
“Estamos emprendiendo un trabajo muy importante y sistemático… que aspira a ampliarse a otras áreas con la fuerza que tienen las artes visuales y el patrimonio”. Y dejó dos anuncios clave: “Tenemos la suerte de anunciar hoy dos grandes noticias… la incorporación del Museo Benito Quinquela Martín… y la apertura del Museo del Humor”.
Dos movimientos estratégicos. No solo ampliación de estructura, sino construcción de sentido: integrar territorio, historia y lenguaje contemporáneo.
Ferronato retomó entonces su relato: “La temporada está compuesta por 35 exposiciones temporarias… pero también por las muestras permanentes… que se activan a través de programas públicos… talleres, cursos, charlas, proyecciones, conciertos, en una programación sostenida a lo largo de todo el año”.
Y allí apareció una idea central: “Cada uno de estos museos trabaja… con muchos aliados… porque creemos que en ese diálogo está la riqueza de cada uno de los patrimonios”.
Lo que siguió fue un recorrido narrado —casi escenográfico— por la ciudad: Del Museo Saavedra y su exploración de la escritura, al Museo Larreta con la faceta visual de Silvina Ocampo; del Sívori con Jorge Macchi y Alejandra Seeber, al Museo de Arte Popular y sus cruces con la Feria de la Alasita.
Del Fernández Blanco —con su diálogo entre Borges, Cortázar y Girondo— al Museo de la Ciudad con su archivo del rock argentino. De la infancia en el MIJU al cine en Usina en La Boca, del fileteado en el Museo Gardel a la escultura en el Perlotti.
Un mapa. Una red de museos como itinerario, pero también una declaración. Ferronato lo sintetizó con claridad: “No son museos estáticos… son museos en constante movimiento… que buscan repensar nuestro pasado desde el presente… para contribuir a un futuro algo mejor”. Y en esa definición no solo describía una programación: delineaba un modelo de gestión.
La intervención de Mariano de Paco sumó una dimensión internacional: “Lo que nos ha unido es nuestra visión estratégica… sobre la cultura y el patrimonio… creemos en lo clásico como germen del presente”.
Y dejó abierta una puerta: “No se trata de una acción puntual… sino de una visión amplia que pretendemos que se convierta en legado”.
Un vínculo que no se plantea como intercambio puntual, sino como una estrategia de circulación cultural sostenida entre ciudades que entienden el patrimonio como un campo vivo de proyección contemporánea.


EL LUGAR COMO ESCENA DEL ESPLANDOR CULTURAL PORTEÑO
Porque sí: el lugar importa. Y en este caso, fue mucho más que una locación.
La Casa Fernández Blanco operó como manifiesto silencioso de todo lo que se estaba diciendo: patrimonio vivo, curaduría del detalle y una poética de la percepción en acto
Mientras se hablaba de redes, de articulaciones, de circulación, el espacio mismo encarnaba ese discurso. Una casa que parecía olvidada, hoy convertida en escenario de una política cultural activa.
Un museo que no solo conserva: activa percepción.
Un lugar que, como toda la red que se presentó esa tarde, demuestra que Buenos Aires todavía tiene capas por descubrir.
La temporada 2026 de MuseosBA no es solo una agenda de 35 exposiciones. Es un sistema en movimiento. Una red que empieza a pensarse como dispositivo integral.
Y, sobre todo, una invitación —cada vez más clara— a entender que el patrimonio no es pasado: es una herramienta para construir presente.
Y si algo quedó claro esa tarde, entre medialunas, muñecas inquietantes y discursos estratégicos, es que Buenos Aires todavía puede sorprender.
Incluso —o especialmente— a quienes creemos conocerla. Porque tal vez, de eso se trate: de volver a trazar itinerarios nuevos sobre aquello que creíamos conocer.
Créditos fotográficos: Gabriel Altamirano
Para seguir leyendo más noticias del mundo del arte, visitá la sección Noticias.



