Estado de Asamblea: Gabriela Golder pone al arte a discutir qué hacer

Muestras, Noticias

✒️ Por Gastón Fournier

En ArtHaus, Gabriela Golder convierte la asamblea en materia artística y dispositivo de acción. Cinco obras, voces reales, archivos, canciones, carteles y una pregunta que atraviesa todo el proyecto: ¿qué hacer cuando el presente exige dejar de mirar y empezar a organizarnos?

Hay algo que empieza a suceder antes de que una asamblea empiece: el murmullo.

El murmullo no como sonido, sino como actitud. Voces que todavía no terminan de encontrarse. Cuerpos que llegan. Expectativa.

Y una palabra que aparece en una pantalla y enseguida es atravesada por otra. Una imagen que parece estar esperando que algo ocurra.

Eso fue lo primero que me produjo Estado de Asamblea, el proyecto de Gabriela Golder que ocupa distintos espacios de ArtHaus.

La exposición no reconstruye una asamblea como quien reconstruye un acontecimiento del pasado. La toma como dispositivo: una forma de juntarse, escuchar, discutir, disentir, proponer y decidir.

Y ahí aparece la pregunta que organiza todo el proyecto: ¿Qué hacer?

Golder viene trabajando alrededor de ese interrogante desde 2023. El origen está en las asambleas de 2001, pero la artista no parece interesada en convertir aquella experiencia en una pieza de museo ni en una postal de la memoria reciente argentina. Lo que hace es traer esa forma de organización al presente y preguntarse qué puede producir todavía.

En ArtHaus, esa pregunta se vuelve imagen, sonido, texto, archivo, neón, pantallas, cuerpos y voces.

Y también se vuelve encuentro.

Durante la visita de prensa pude recorrer la exposición junto a Gabriela, conversar con ella sobre el proceso de construcción de las obras y escuchar a María Mansilla -periodista y editora vinculada a Revista Anfibia-, quien participó del proyecto y escribió uno de los textos que lo acompañan.

Hay algo que aparece muy pronto en la conversación con Golder: las obras no están pensadas para consumirse rápidamente.

“Quedate, sentate, parate, recorre, escucha, mira”, propone la artista.

Y tiene sentido.

Porque en Estado de Asamblea, el tiempo no es solamente una condición para mirar video. Es parte de la obra.

Una asamblea que empezó en 2001

Gabriela Golder cuenta que el proyecto comenzó a desarrollarse en 2023, pero que su origen está mucho más atrás: en las asambleas de 2001.

Las asambleas barriales. Las universitarias. Las sindicales. Las feministas. Las que surgieron en fábricas, escuelas, barrios y organizaciones.

La asamblea como una forma de pensar colectivamente cuando las respuestas individuales ya no alcanzan.

“¿Qué hacer?” y “¿Qué proponemos?” son las dos preguntas que, según Golder, organizan el proyecto.

Y su primera respuesta parece sencilla: Juntarnos.

Lo interesante es que Golder no intenta reconstruir aquella experiencia como quien arma una pieza histórica sobre el 2001. No hay nostalgia de archivo.

Hay otra operación y es traer ese dispositivo al presente.

Probar qué puede suceder cuando una estructura asociada a la deliberación política, a la organización social y a la protesta ingresa al espacio institucional del arte.

En ese sentido, Estado de Asamblea no representa una asamblea. La produce.

Cinco obras y una misma tensión

La exposición se despliega en cinco obras que funcionan como estaciones de una narrativa mayor: No hay espectadores, Estado de Asamblea, Las presentes, El repertorio y Toda forma de Estado (Estado de Asamblea).

ArtHaus las distribuye entre distintos espacios de su edificio y propone un recorrido en el que las piezas dialogan entre sí.

La primera obra ya anuncia las reglas del juego.

No hay espectadores

El título es bastante explícito.

Una máquina verbal reúne consignas, titulares, órdenes, preguntas, conceptos, errores y gritos. Las palabras circulan, se superponen, chocan. El lenguaje político deja de ser solamente contenido y se convierte y se hace forma.

Una palabra puede convocar. Otra puede disciplinar. Otra puede excluir. Otra puede hacer callar.

Y cuando todas aparecen juntas, la sensación no es precisamente de armonía.

Es de agitación.

Durante el recorrido apareció una imagen que me pareció particularmente precisa: la exposición funciona como una especie de olla a presión.

Agitación. Agitación. Agitación.

Todo parece acumularse. Como si en algún momento esa tensión tuviera necesariamente que encontrar una salida.

“Las presentes”: esperar antes de que algo suceda

Hay una pieza que me produjo especialmente esa sensación.

Las presentes reúne doce pantallas con mujeres que avanzan en un desplazamiento continuo. No es una marcha triunfal. Tampoco parece una llegada.

Es una espera. Se siente como el momento inmediatamente anterior a que algo suceda.

Se lo planteé a Golder durante nuestro recorrido y ella lo tomó rápidamente:

“-Es antes de que pase algo”.

La palabra que apareció después fue gestación.

Y ahí entendí algo importante sobre el montaje: las obras no funcionan como unidades independientes colocadas una junto a otra. Hay una narrativa espacial.

Una especie de dramaturgia.

Golder me habló de las mujeres que aparecen en las pantallas como un colectivo deliberadamente diverso: integrantes de grupos de teatro comunitario, militantes, periodistas, profesoras, estudiantes, mujeres que ya habían trabajado con ella y también su propia madre.

La convocatoria fue abierta. Y la respuesta, expansiva.

Una jornada completa de filmación en CheLA terminó convirtiéndose en material para una obra donde el rostro, el cuerpo y el tiempo tienen tanto peso como la palabra.

Estado de Asamblea: cuando las voces empiezan a encontrarse

Y entonces aparecen las tres pantallas de Estado de Asamblea. Archivos, testimonios, canciones, voces y acciones se superponen hasta construir una suerte de polifonía política. Mujeres y diversidades hablan, escuchan, cantan, discuten, ensayan formas de organización. La asamblea ya no aparece solamente como tema: empieza a funcionar como lenguaje de la obra.

Y ahí sucede algo.

La olla a presión parece encontrar finalmente su punto de fuga.

Las voces, los cuerpos, las palabras, las imágenes: todo aquello que venía acumulándose empieza a encontrarse en una misma escena.

Y hay algo en el sonido que me descoloca. Por momentos, el canto adquiere una cualidad casi coral, casi como un coro de ángeles, suspendido sobre imágenes y discursos cargados de tensión política.

Es una belleza que podría suavizar el mensaje, pero sucede algo más complejo: en lugar de tranquilizar, inquieta. Atenúa por momentos lo que se está diciendo, pero al mismo tiempo genera espera. Como si algo estuviera por suceder.

Gabriela Golder: “Yo hago video”

Hay algo que me interesó especialmente de la conversación con Golder y que excede esta exposición.

Cuando le pregunté por el videoarte, corrigió suavemente el término. No le gusta decir “videoarte”.

“Yo hago video”, me explicó. “Pienso la imagen en movimiento”.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Golder viene del cine y piensa sus imágenes desde allí. Pero no trabaja como una documentalista que simplemente registra aquello que sucede frente a la cámara.

Hay una construcción. Una puesta en escena. Una composición. Una decisión sobre el tiempo.

“Yo no vengo a recoger, vengo a ver, recoger y poner en escena”, explicó.

Y quizás allí esté una de las claves de Estado de Asamblea.

Las personas que aparecen son reales.

Las voces son reales.

Las experiencias son reales.

Pero la artista no pretende que esa realidad llegue al espectador sin mediación.

La transforma en imagen. La piensa. La compone. La hace circular.

Y eso evita, en buena medida, uno de los riesgos más frecuentes cuando el arte trabaja con problemáticas sociales: la romantización de aquello que se pretende visibilizar.

Cuando el arte social no necesita pedir permiso

Confieso que llegué al recorrido con ciertos prejuicios.

No hacia Golder, sino hacia una zona bastante extendida del arte contemporáneo que trabaja con lo social y que, en ocasiones, termina estetizando aquello que intenta denunciar.

La pobreza convertida en imagen.

La marginalidad convertida en recurso visual.

La protesta convertida en escenografía.

El sufrimiento convertido en una especie de certificado de legitimidad.

En Estado de Asamblea encontré otra cosa.

La puesta tiene momentos oníricos, sí. Hay una construcción visual muy fuerte. Hay color, ritmo, composición, pantallas, neón.

Pero eso no suaviza necesariamente el conflicto. Lo vuelve más complejo.

Se lo dije a Golder durante el recorrido: había una suerte de no romantización de lo social que me había sorprendido.

Su respuesta fue reveladora. Ella trabaja desde la idea de que la imagen piensa.

No se trata de exponerte una problemática de la manera más cruda posible para garantizar que entiendas el mensaje.

Se trata de abrir una imagen para que el espectador complete el proceso. Para que mastique.

Para que piense. Para que haga algo con aquello que acaba de ver.

Ahí, para mí, la exposición deja de ser simplemente una muestra sobre la asamblea.

Se convierte en una exposición sobre cómo miramos, cómo escuchamos y qué hacemos con aquello que nos interpela.

El repertorio: las palabras también tienen memoria

Cinco carteles LED conforman El repertorio.

Son palabras utilizadas históricamente para nombrar, desacreditar, disciplinar o deslegitimar a quienes irrumpen en el espacio público.

Cambian los contextos. Cambian las épocas. Cambian los protagonistas. Pero ciertas palabras permanecen.

Y ahí aparece otra operación inteligente de Golder: demostrar que el lenguaje tampoco es neutral.

Hay palabras que ordenan. Palabras que etiquetan. Palabras que construyen un “ellos” y un “nosotros”.

Palabras que habilitan. Y palabras que intentan cerrar la conversación antes de que empiece.

En una exposición construida alrededor de la posibilidad de tomar la palabra, esto no es un detalle. Es casi el centro de la cuestión.

Un neón como umbral

En el acceso, Toda forma de Estado (Estado de Asamblea) trabaja con una frase luminosa que funciona como una especie de umbral.

La palabra “estado” empieza a desplazarse.

Estado como estructura política.

Estado como condición.

Estado como situación.

Estado como aquello en lo que estamos.

Y entonces el título de la exposición deja de ser solamente una denominación.

Estado de Asamblea empieza a sonar como una condición presente. Como si estuviéramos, efectivamente, en estado de asamblea.

María Mansilla: otra voz a la asamblea

Durante la visita también conversé con María Mansilla, periodista y editora vinculada a Revista Anfibia, quien participó de distintas instancias del proyecto y escribió el texto que acompaña la exposición.

Su participación me interesó especialmente porque introduce una pregunta sobre las fronteras entre arte y otros campos de producción de conocimiento.

Mansilla no llegó al proyecto desde el circuito del arte.

Llegó desde el periodismo, desde las asambleas y desde su propia experiencia política y feminista.

Me contó que había visto anteriormente una obra de Golder vinculada a la represión institucional y que, a partir de allí, comenzó una relación con su trabajo.

Pero lo que terminó acercándolas fue justamente la metodología de Golder: abrir, convocar, escuchar, sumar voces.

Mansilla participó incluso como performer en una de las instancias de producción.

Y me dijo algo que me parece fundamental para leer esta exposición:

“Como feminista, te diría que el desafío fue legitimar que mi voz podía acompañar.”

No saber de arte, sentir que esa falta de formación específica podía convertirse en una frontera.

Preguntarse si la propia voz tenía legitimidad dentro de una institución artística.

Y finalmente atravesar ese prejuicio.

“Pude traer mi voz propia para intervenir en esta conversación, en un espacio vinculado al arte”, me dijo.

Me quedé con esa frase.

Porque quizás una de las operaciones más potentes de Estado de Asamblea sea justamente esa: ensanchar quiénes pueden producir discurso dentro del arte.

Una institución que deja entrar la conversación

Hay otro aspecto que me parece importante.

La muestra se produce dentro de ArtHaus, una institución privada fundada en 2021 por Andrés Buhar, cuya programación cruza artes visuales, escénicas, música, literatura, educación y cine. El área de Visuales está dirigida por Sebastián Vidal Mackinson.

Durante nuestro recorrido apareció varias veces la posibilidad de que ArtHaus pudiera alojar un proyecto como este. Y entiendo por qué.

No solamente por las dimensiones del edificio.

También por la posibilidad de trabajar entre disciplinas.

Golder fue contundente: ArtHaus era un lugar capaz de recibir una exposición de estas características.

Porque Estado de Asamblea no cabe cómodamente dentro de una única categoría.

Es instalación. Es video. Es archivo. Es performance. Es publicación. Es texto. Es voz. Es participación.

Y, sobre todo, es un proyecto que necesita del cruce.

En tiempos en los que muchas veces las instituciones culturales todavía ordenan las prácticas en compartimentos demasiado prolijos, acá el desorden ordenado parece ser parte del método.

La publicación también es una obra de conversación

Uno de los detalles que más me interesaron durante el recorrido fue la publicación que acompaña la muestra.

Por momentos parece un diario. Por momentos, un manifiesto. Por momentos, un pasquín.

Y ahí vuelve a aparecer la voluntad de Golder de sacar al proyecto de los formatos previsibles.

Mansilla me contó que trabajar sobre ese soporte fue también una experiencia de libertad.

No hubo una bajada institucional que determinara qué debía decir.

Hubo conversación. Hubo intercambio. Hubo escritura. Y hubo espacio para que una voz proveniente del periodismo pudiera entrar en una exposición de arte contemporáneo sin tener que disfrazarse de crítica de arte.

Eso, en sí mismo, ya es político.

Una exposición que llega en un momento particularmente sensible

Hay una coincidencia temporal que resulta imposible ignorar.

La activación de La Asamblea, realizada el 3 de octubre, llegó en un momento atravesado por discusiones sobre derechos, malestar social y organización colectiva.

La acción performática fue concebida como una instancia participativa en la que mujeres y diversidades podían tomar la palabra, discutir, formular propuestas y votar.

Yo no participé de esa activación, porque la convocatoria reservaba la participación activa -la palabra y el voto-a mujeres y diversidades.

Y me parece importante decirlo.

No porque reste algo a la exposición, sino porque una crónica también tiene que saber marcar sus propios límites.

Mi experiencia fue la de la visita de prensa: recorrí las obras y estuve frente a las doce pantallas de Las presentes, frente a los carteles de El repertorio, frente al neón. Escuché a Golder explicar por qué no quiere que sus obras sean consumidas rápidamente. Conversé con quienes participaron de su construcción y observé cómo ese dispositivo se había desplegado espacialmente en ArtHaus.

También conversé con María Mansilla sobre el lugar de una voz periodística dentro de una institución artística.

La performance del 3 de octubre pertenece a otra experiencia. Y no voy a apropiarme de ella desde el relato.

Sí puedo decir que, después de haber recorrido la muestra, la idea de que una exposición pudiera desembocar en una asamblea real -aunque performática- no me pareció un gesto accesorio.

Era, de alguna manera, la consecuencia lógica del proyecto.

Y entonces: ¿qué hacer?

Quizás esa sea la pregunta que queda cuando uno sale de ArtHaus.

No “¿qué quiso decir la artista?”. No “¿qué significa esta obra?”. Ni siquiera “¿me gusta o no me gusta?”.

Sino: ¿qué hacer?

Y la respuesta no aparece como una consigna cerrada. Aparece como proceso.

Juntarse. Escuchar. Discutir. Equivocarse. Proponer. Votar. Volver a discutir.

No hay una épica de la solución. Hay una práctica de la conversación.

Y quizás allí esté el gesto más contemporáneo de la exposición.

Porque en una época saturada de opiniones instantáneas, de discursos que llegan ya cerrados y de respuestas que no necesitan escuchar la pregunta, Estado de Asamblea propone algo bastante más difícil: permanecer en el conflicto el tiempo suficiente como para que aparezca una idea.

Yo también llevé mis propios prejuicios al recorrido: sobre el arte social, sobre la estetización de las problemáticas, sobre esa frontera a veces demasiado cómoda entre denunciar una realidad y convertirla en una imagen.

La muestra consiguió moverme de ese lugar.

Y eso, para mí, es una de las medidas posibles de una exposición.

No necesariamente que te convenza. No necesariamente que coincidas.

Sino que te obligue a recalibrar la mirada.

Salí de ArtHaus pensando que una asamblea no empieza necesariamente cuando alguien toma el micrófono.

A veces empieza mucho antes.

Cuando alguien hace una pregunta y decide quedarse a escuchar la respuesta.

Fotos: Gentileza Prensa Arthaus – Vicky Casaurang

Registro de visita: Gabriel Altamirano

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