✒️ Por Victoria Cassoli
Una aproximación a Viva Frida, la exposición que llega por primera vez a Sudamérica y que propone volver a mirar a la artista a través de las huellas materiales de su vida: fotografías, objetos personales, vestimentas y materiales de trabajo.
Hay algo profundamente conmovedor en observar los objetos que alguna vez estuvieron al alcance de las manos de una artista. No se trata únicamente de contemplar las herramientas con las que produjo su obra, sino de imaginar el tiempo que transcurrió entre ellas: las horas de trabajo, las pausas, los gestos y las decisiones que precedieron a cada obra. Hay una intimidad particular en esos materiales, una cercanía que permite imaginar a la artista en el ejercicio cotidiano de su oficio, lejos de la distancia que suele imponer una obra terminada. Frente a esos objetos, el arte deja de presentarse como algo acabado e inmutable y vuelve a revelar su dimensión de trabajo, de búsqueda y de transformación. Cada pincel, cada pigmento y cada superficie parecen conservar algo de ese instante en el que una idea comenzó a convertirse en imagen.
Durante la previa de prensa de Viva Frida recorrí las salas del MALBA antes de su apertura al público. Hay algo singular en visitar una exposición en ese momento: la posibilidad de detenerse en los detalles, las salas todavía conservan cierto silencio y los objetos parecen reclamar una atención distinta, más pausada y próxima.
Particularmente me detuve frente a la paleta y los pinceles de Frida. Observar aquello que alguna vez estuvo en contacto directo con su cuerpo permite desplazar la mirada de la obra terminada: esos objetos no eran pinturas, no eran autorretratos. Eran, en cambio, parte de las condiciones materiales que hicieron posible su arte, y quizás ahí comenzaba una de las preguntas que la muestra propone: ¿cuánto de una artista permanece en aquello que sus manos tocaron?
Viva Frida reúne fotografías de distintas etapas de la vida de Kahlo, desde su infancia hasta su adultez, imágenes familiares, registros de los espacios que habitó, objetos personales, vestimentas y materiales vinculados con su producción artística. El conjunto permite aproximarse a una figura que excede ampliamente la imagen que el siglo XX construyó a través de sus autorretratos.
En las fotografías aparece la niña, la hija, la mujer, la amiga, la habitante de una casa. Aparece también una Frida atravesada por el paso del tiempo, que se transforma frente a la cámara y que, lejos de permanecer cristalizada en el personaje que conocemos, vuelve a desplegarse en la multiplicidad de sus formas de existir. Hay una dimensión significativa en la manera en que Frida Kahlo construyó su propia representación: la artista hizo de su cuerpo un territorio de exploración y de su imagen un espacio de autoría. Se mostró sin la necesidad de adecuarse a una idea única de belleza ni de ocultar aquello que la experiencia había inscrito en su cuerpo. Sus autorretratos no fueron únicamente ejercicios de observación frente al espejo: fueron también formas de narrarse y de disputar los modos en que una mujer podía ser mirada.
Existe una diferencia entre observar sus pertenencias para comprender mejor su producción artística y consumir su vida privada como una colección de curiosidades. Esa tensión atraviesa cualquier exposición que busque reconstruir la intimidad de una figura histórica y resulta especialmente relevante cuando se trata de una mujer cuya imagen fue reproducida hasta convertirse en símbolo. La historia del arte ha tendido, en numerosas ocasiones, a convertir a las mujeres creadoras en personajes excepcionales, en figuras atravesadas por el sufrimiento o en símbolos de una determinada sensibilidad. El riesgo es que la obra quede subordinada a la biografía y que la artista termine siendo recordada más por aquello que padeció que por aquello que produjo. Por eso, observar los pinceles de Frida me resulta significativo. Esos objetos devuelven algo menos espectacular y, quizás por eso mismo, más concreto: la dimensión cotidiana del trabajo artístico. La mujer que pintaba. La mujer que elegía. La mujer que construía, mediante decisiones sucesivas, una forma particular de estar en el mundo.
Quizás el mayor valor de la exposición Viva Frida resida en esa posibilidad de acercamiento: contemplar aquello que perteneció a la esfera íntima de la artista y volver a interrogar, desde ahí, la relación entre el cuerpo, la identidad y la creación. Recorrer la exposición es encontrarse con una Frida que no se agota en sus autorretratos ni en la imagen que el mundo construyó sobre ella, sino que persiste en sus objetos, en sus gestos y en las huellas de una vida que todavía nos invita a mirar de nuevo, con atención, con pausa y con la disposición de quien sabe que toda obra guarda algo que nunca termina de revelarse.
Victoria Cassoli
Provenientes de México, las piezas llegan a Buenos Aires para proponer un acercamiento a la artista desde las huellas concretas de su proceso creativo.
La muestra puede visitarse en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), ubicado en Av. Figueroa Alcorta 3415, hasta el 15 de marzo de 2027.
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