Dos maneras de habitar el Museo Moderno: el futuro no se puede imprimir ni enviar por PDF

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✒️ Por Gastón Fournier

En su 70º aniversario, el Museo Moderno propone un futuro atravesado por inteligencia artificial, bosques digitales, saberes ancestrales y nuevas formas de participación.

Pero hay algo curioso: mientras una de sus muestras imagina conversaciones entre Luis Camnitzer y Simón Rodríguez a través de una IA, la otra nos devuelve al tejido, al gesto manual y a la materia. Dos exposiciones muy diferentes que, finalmente, terminan haciendo la misma pregunta: qué significa seguir siendo humanos cuando todo alrededor parece estar cambiando.

Hay una pequeña escena que me quedó de aquella mañana de prensa en el Museo Moderno.

El libro que acompañaba las nuevas exposiciones estaba llegando de imprenta. Literalmente. Había demorado un poco más de lo previsto y todavía estaba en tránsito cuando nosotros ya estábamos recorriendo las salas.

Pensé entonces en una ironía bastante perfecta para un museo que está hablando de inteligencia artificial: si ese libro se hubiera hecho enteramente con IA y enviado como PDF, probablemente habría llegado mucho antes.

Pero no habría sido lo mismo.

Porque había algo en ese objeto físico -el papel, la espera, la impresión, la necesidad de que alguien lo produzca y lo entregue- que coincidía exactamente con una de las preguntas que atravesaban el recorrido.

El Museo Moderno cumple 70 años y su programa Habitando el Futuro no parece interesado en imaginarlo como una postal tecnológica. Más bien propone algo bastante más incómodo: preguntarnos cómo vamos a vivir juntos cuando cambien nuestras herramientas, nuestras formas de producir conocimiento y hasta nuestra relación con aquello que llamamos naturaleza.

En agosto llegaron dos exposiciones que, aunque parten de lugares muy diferentes, terminan tocando ese mismo nervio: Luis Camnitzer: Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez, con curaduría de Alfredo Aracil, jefe de Educación del Museo Moderno, y Bosques Umbral, curada por Nicolás Cuello.

La primera pone a conversar arte, pedagogía e inteligencia artificial. La segunda convierte la sala en una especie de ecosistema híbrido donde conviven tecnología, textiles, residuos, ficción, saberes ancestrales y futuros posibles.

Y esta vez el Moderno hace algo que me interesa particularmente: no solamente exhibe obras. Construye situaciones.

Luis Camnitzer: cuando la inteligencia artificial tiene que aprender a conversar

Hay que atravesar una cortina para entrar a la exposición de Luis Camnitzer.

Y no es un detalle menor.

Es una imagen de gran formato en la que Luis Camnitzer y Simón Rodríguez toman un café. Dos figuras separadas por casi dos siglos, reunidas mediante inteligencia artificial en una escena imposible que, precisamente por imposible, resulta conceptualmente bastante eficaz.

Camnitzer, artista uruguayo nacido en 1937 y una de las figuras fundamentales del arte conceptual latinoamericano, no utiliza la IA para hacer una demostración de virtuosismo tecnológico. La utiliza para formular una pregunta bastante más incómoda: ¿qué pasa cuando una máquina empieza a intervenir en aquello que durante siglos consideramos exclusivamente humano: pensar, imaginar, aprender, enseñar?

La muestra, curada por Alfredo Aracil, recupera el pensamiento de Simón Rodríguez, filósofo, educador y tipógrafo venezolano, maestro de Simón Bolívar y defensor de una educación popular orientada a formar sujetos libres. Camnitzer lo trae al presente mediante diálogos ficcionales construidos con inteligencia artificial y sesiones de espiritismo, poniéndolo en conversación con pensadores y artistas de distintas épocas.

La operación tiene algo de resurrección, pero también de método: recuperar una idea del pasado para comprobar qué capacidad conserva de incomodar al presente.

“Leer es resucitar ideas”, plantea uno de los principios que atraviesan el proyecto.

Y ahí aparece una diferencia fundamental.

La pregunta no parece ser si la inteligencia artificial va a reemplazar al artista. Tampoco si va a reemplazar al docente. La cuestión es qué sucede cuando empezamos a delegar en una herramienta tecnológica funciones que antes nos obligaban a pensar por nosotros mismos.

Para Camnitzer, incluso hay una preocupación más profunda: qué ocurre cuando la máquina no solamente responde por nosotros, sino que empieza a imaginar por nosotros. El riesgo no sería únicamente tecnológico, sino político y cognitivo: quién controla el poder que producen estas herramientas y cuánto de nuestra capacidad de decidir estamos dispuestos a ceder.

Por eso la exposición funciona mejor cuando deja de parecer una exhibición tecnológica y empieza a comportarse como una clase extraña, teatral, performática y participativa.

La museografía de Iván Rösler acompaña esa decisión. Primero se atraviesa el cortinado; después se ingresa a un universo donde las paredes también pueden convertirse en soporte de pensamiento. El visitante está invitado a escribir, dibujar, dejar una definición, producir una marca propia.

Es casi una provocación.

En una época en la que podemos pedirle a una máquina que redacte un texto, genere una imagen o complete una idea en segundos, el Moderno te pone delante una pared y te pide algo mucho más antiguo: escribí vos.

Con tu mano. Con tu letra. Con tu error. Con tu tiempo.

Ahí aparece algo que la inteligencia artificial puede imitar pero no experimentar: la condición física de una presencia.

Y por eso el título de la exposición –Todo por aprender– adquiere una segunda lectura. No se trata solamente de aprender sobre IA. Se trata de preguntarnos qué tenemos todavía que aprender nosotros.

El propio proyecto editorial que acompañó la muestra, Luis Camnitzer: Más allá de la inteligencia, insiste en una idea que me parece central: proteger al museo como lugar de encuentro y formación, entendiendo el arte como educación y la educación como arte. El libro, además, reúne textos del propio Camnitzer sobre arte, educación e inteligencia artificial.

Y ahí mi pequeña anécdota de aquella mañana vuelve a cobrar sentido.

Porque mientras la exposición hablaba de inteligencia artificial, el libro todavía necesitaba una imprenta.

Bosques Umbral: entrar en un bosque que no existe

Si Camnitzer nos hace atravesar un umbral para entrar en una conversación imposible, Bosques Umbral directamente convierte la sala en otro mundo.

Acá el Moderno abandona por momentos la lógica museográfica tradicional.

No hay simplemente una sucesión de obras para observar de frente. Hay telones de voile, veladuras, pseudo transparencias, luces fucsias, celestes y naranjas, objetos que aparecen y desaparecen entre capas, imágenes digitales, textiles, estructuras y materiales que parecen haber escapado de algún laboratorio entre ecológico y extraterrestre.

La sensación es teatral.

Pero no porque haya una escenografía que decore las obras. Al contrario: cada obra parece tener su propio pequeño escenario y convertirse en protagonista de una escena mayor.

El diseño museográfico de Iván Rösler vuelve a ser decisivo.

Y acá aparece una palabra que para mí es central: umbral.

En filosofía y antropología, un umbral no es solamente una puerta. Es ese momento intermedio en el que todavía no abandonamos completamente un estado, pero tampoco llegamos al siguiente. Victor Turner lo pensó como un espacio liminal: una suspensión de las categorías habituales.

Eso es exactamente lo que hace esta exposición.

No sabemos del todo si estamos en un bosque, en una interfaz, en una instalación teatral o dentro de una ficción científica.

Tal vez esa incertidumbre sea el punto.

Curada por Nicolás Cuello, Bosques Umbral reúne a Gala Berger, Flavia Da Rin, Lulo Demarco, Alejandra Mizrahi, Toni Morales, Eva Moro Cafiero, Yhomara Muñoz y Jimena Travaglio para pensar la relación entre tecnología y hábitat desde un lugar mucho más amplio que el de la innovación digital.

Cuello construye el argumento curatorial a través de las investigaciones de los artistas: el bosque aparece como metáfora de conectividad, circulación de información y producción de comunidad, pero también como una posibilidad de imaginar sistemas más equilibrados y menos destructivos para los ecosistemas.

Y ahí aparecen algunas de las operaciones más inteligentes de la muestra: “La tecnología también se teje”

Jimena Travaglio ofrece una de las relaciones más sofisticadas entre tecnología y materia.

En Montaña Insomne, una pieza que le llevó años completar y que forma parte de una serie más extensa, la artista toma como referencia los diseños digitales de las motherboards, las placas madres de las computadoras. No reproduce las placas: primero construye digitalmente esos patrones y luego los traduce al lenguaje textil, llevando esos dibujos a módulos tejidos que se ensamblan lentamente hasta convertirse en una pieza de gran escala, realizada con canutillos y otros materiales.

La operación es preciosa porque el tiempo se invierte.

El dibujo digital puede surgir en un instante. El tejido no.

Travaglio cuenta que intenta realizar rápidamente esos dibujos digitales —“como un suspiro”— para después someterlos a un proceso manual que puede durar años.

El resultado es una montaña tecnológica que, paradójicamente, respira.

“Es explorar esa relación entre el cuerpo y la máquina, también el cuerpo que teje es un cuerpo que intenta actuar, que sigue un patrón estricto.”

Y después llega la frase que, para mí, explica buena parte de Bosques Umbral:

“El textil es tecnología, pero todo lo que pasó por un proceso es tecnología.”

La frase obliga a ampliar la definición.

La tecnología ya no es solamente una pantalla, una motherboard o un servidor. También es el telar. El patrón. La mano. El conocimiento transmitido. La capacidad humana de transformar una materia siguiendo una estructura.

Y entonces aparece una conexión casi filosófica: lo ancestral y lo contemporáneo dejan de ser opuestos.

El dibujo digital de Travaglio puede parecer acelerado; el tejido exige lentitud. La computadora trabaja a una velocidad casi inhumana; el cuerpo necesita tiempo.

La obra ocurre justamente en esa fricción.

Un bosque hecho de futuros posibles

Eva Moro Cafiero lleva la discusión hacia los residuos tecnológicos. Sus criaturas construidas con pantallas de tablets recuperadas, disipadores de computadoras y lámparas parecen habitantes de un ecosistema que todavía no conocemos.

Pero hay algo todavía más interesante en su operación: aprender a apropiarse de la tecnología.

La artista explica que buena parte de los procedimientos técnicos que utiliza los aprendió mediante tutoriales de YouTube, desmontando la idea de que la tecnología es una caja negra inaccesible.

“La tecnología no es una nube etérea que es una caja negra a la que es incapaz de acceder, sino también que es algo que podemos construir y que podemos hacernos de ella.”

Lulo Demarco, por su parte, lleva la ficción especulativa hacia una idea particularmente potente: la migración. No solamente como desplazamiento geográfico, sino como transformación del cuerpo y circulación de datos.

“Todos tienen que ver de una forma u otra con la migración. Pero la migración es entendida de una forma queer, en la que se expande un poco el concepto de cambiar de hogar a también cambiar de cuerpo o también a la migración de datos.”

Y entonces el bosque deja de ser paisaje y se convierte en sistema. En red. En organismo. En archivo. Y en posibilidad.

Flavia Da Rin, con La epopeya de la crisálida, introduce otro tipo de transformación: cuerpos, identidades y personajes que atraviesan distintas escenas en una obra concebida como una especie de ensayo audiovisual. La protagonista, una oruga, funciona como hilo conductor de ese universo de metamorfosis.

“La oruga es como un umbral que va conectando a todas estas escenas.”

Otra vez la misma palabra.

Otra vez la frontera entre un estado y otro. Quizás no sea casual.

Dos exposiciones, una misma pregunta

Hay algo que me interesa especialmente de haber recorrido ambas muestras juntas.

Camnitzer con Aracil y Cuello con sus artistas, no están hablando de lo mismo.

Uno parte de la educación, de Simón Rodríguez y de la inteligencia artificial. El otro parte del bosque, de la tecnología, de los saberes ancestrales y de las formas posibles de coexistencia.

Pero los dos están trabajando sobre una misma preocupación: cómo evitar que el futuro sea simplemente algo que nos sucede.

En lo que planta Camnitzer, la pregunta es qué hacemos con una tecnología capaz de producir lenguaje, imágenes y respuestas.

En Bosques Umbral, qué hacemos con tecnologías y sistemas de producción que transformaron radicalmente nuestra relación con el planeta.

En un caso, el museo te pide escribir.

En el otro, te obliga a atravesar un bosque que no existe.

Una muestra recupera la pedagogía como posibilidad de emancipación.

La otra recupera saberes textiles, materiales y ancestrales como tecnologías que nunca dejaron de existir.

Una mira hacia la inteligencia artificial.

La otra descubre inteligencia en aquello que la modernidad muchas veces dejó fuera de la definición de tecnología.

Y ahí, para mí, aparece la verdadera inteligencia de este doble programa.

El futuro no parece estar solamente adelante. También está atrás.

Está en Simón Rodríguez.

Está en una randa tucumana.

En una mano que escribe sobre una pared.

En un tejido hecho durante años.

En un residuo electrónico que vuelve a convertirse en criatura. Y en dispositivos orgánicos como soportes de hologramas.

En una comunidad que conserva una forma de producir conocimiento.

Y también en una máquina que, por primera vez, nos obliga a preguntarnos qué parte de nuestra propia inteligencia estamos dispuestos a delegar.

El Moderno cumple 70 años y decide hablar del futuro. Pero, paradójicamente, sus mejores preguntas no parecen venir de lo que todavía no conocemos, sino de aquello que todavía no terminamos de comprender de nosotros mismos.

Quizás por eso aquel libro que llegó tarde de imprenta terminó siendo parte involuntaria de mi recorrido.

Podíamos haber recibido un PDF instantáneo. Pero llegó un libro.

Y hubo que esperar.

En tiempos de respuestas inmediatas, tal vez todavía haya algo profundamente contemporáneo en tener que esperar para poder “tocar” una idea.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano y gentileza de prensa de Museo Moderno por Guido Limardo

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