Arteba 2026: una selección intuitiva de galerías, artistas y obras que descubrí en la feria

arteba, Noticias

✒️ Por Gastón Fournier

Una recorrida personal por los stands de Arteba 2026: de las flores de Alicia Nakatsuka y los universos de Utopía a los homenajes históricos, las nuevas producciones y las obras que invitan a mirar más de dos veces.

En esta edición quise dejarme llevar por las vibes de la feria y por una suerte de intuitive rush: ese impulso que aparece al recorrer los pasillos, cruzar miradas, descubrir una obra inesperada o quedar atrapado en una conversación que modifica el rumbo. No llegué con una selección cerrada ni salí a perseguir nombres previamente consagrados. Preferí habilitar el discovery, seguir la energía de cada encuentro y construir un recorrido propio por la art scene.

Y si el arte contemporáneo habla cada vez más un idioma internacional, con su inevitable cuota de anglicismos, decidí hablarlo también desde acá. Después de todo, para cruzar fronteras a veces alcanza con cambiar algunas palabras. Incluso las que, de paso, pueden ayudar a que Arteba siga ganando visibilidad más allá de nuestras fronteras.

Para conocer el panorama general de la feria, podés leer también nuestra crónica sobre el regreso de Arteba 2026 a La Rural, con un análisis de su montaje, las ventas y las adquisiciones institucionales.

Subsuelo 238: flores bajo tierra

El recorrido empezó con Subsuelo de Rosario. De allí, quien terminó capturando mi atención fue Alicia Nakatsuka y su universo de flores. Nacida en Garuhapé, Misiones, y formada en Bellas Artes en Rosario, la artista parece haber encontrado una manera singular de reunir esos dos mundos: la exuberancia de la selva misionera y el rigor de una mirada cultivada en la tradición académica rosarina. Sus composiciones tienen algo de naturaleza llevada a la perfección: flores, plantas y formas vegetales conviven en escenas minuciosas, de una belleza casi irreal. Hay en ellas una precisión exquisita, casi de manual botánico, pero también una fantasía desbordante. Fue una de esas primeras señales que terminaron definiendo el tono de mi recorrida.

La conversación se amplió hacia otras presencias del stand. Entre ellas, Aída Herrera, compañera de Juan Grela, una artista cuya obra conserva una potencia particular. El galerista planteó una lectura interesante sobre los prejuicios que durante años pesaron sobre su producción: su condición de mujer, su cercanía con un maestro reconocido y una imagen que fue calificada de naif, muchas veces con una intención despectiva. Sin embargo, esas pinturas realizadas hacen treinta, cuarenta o cincuenta años mantienen una frescura y una pregnancia que siguen interpelando.

La frase que quedó de esta primera conversación fue una definición sobre el modo de pensar una presentación colectiva: “Yo lo que aspiro es tener una campaña donde más vale trabajar todo en un coro, en vez de un solista” explico Daniel Andrino. Una idea que, en un stand con voces y trayectorias distintas, funciona también como una declaración de principios.

La Mala Galería: un gótico de la llanura pampeana

En su debut en Arteba, La Mala Galería, dirigida por Natalia Malamute, presentó en el stand 33 una selección que reunía obras de Mauro Agustín Cruz y Cervio Martini.

Cruz llegaba con dos óleos sobre la llanura pampeana, atravesados por una atmósfera que remite al gótico y que permite pensar en una suerte de gótico nacional. El artista presenta actualmente País del Diablo, una muestra individual en la galeria, que puede visitarse hasta el 17 de diciembre.

La propuesta incluía también La Casa de Yusef Ribotrila, una escultura de Cervio Martini que parece una casa tomada por ratones. Humo que sale de la chimenea, luces de boliche y objetos encontrados construyen una escena más festiva que la de su anterior casita embrujada. Realizada con papel maché, cartapesta y materiales diversos, la pieza despliega una de las búsquedas características del artista: reunir elementos cotidianos y materiales no convencionales en una composición de espíritu libre. Su valor de venta era de 6.000 dólares.

Palatina: un pequeño museo entre Carlos Alonso, Berni y Bissolino

En Galería Palatina, Norma presentó una selección que tenía algo de homenaje y algo de gabinete de piezas fundamentales. La reciente muerte de Carlos Alonso, a los 97 años, fue el punto de partida para reunir algunas obras icónicas del artista, con quien la galería había realizado numerosas exposiciones. Entre las piezas exhibidas había trabajos de 1977 y 2005; una de las obras ya había encontrado comprador durante las primeras horas de la feria.

La propuesta incluía además un Antonio Berni de 1951, Grupo de mujeres con paloma, una obra en la que aparece el autorretrato del artista junto a su hija y su mujer. La presencia de estos nombres históricos le daba al stand una densidad particular. Norma lo describió como “un pequeño museo”, una expresión que sintetizaba bien el espíritu de la selección.

También había obras de Santoro, con valores cercanos a los 22.000 dólares. Más que una acumulación de nombres consagrados, el recorrido permitía acercarse a distintas épocas y sensibilidades de la historia del arte argentino reunidas en un mismo espacio.

Valerie’s Factory: imágenes que engañan y videos sobre el amor y la identidad

En el stand de Valerie’s Factory, presentó una selección de artistas y lenguajes diversos. El recorrido reunía obras de Sofí Castro, fotografías de Elías Leiro, esculturas de Ramiro Osher y un tríptico de Julieta Proto Boca.

Una de las fotografías de Leiro, el retrato de Tomás Wisman, tenía una cualidad engañosa: estaba trabajada de manera tan orgánica que, a primera vista, parecía una pintura. Esa ambigüedad entre fotografía e imagen pictórica fue uno de los detalles que más me interesó durante la conversación.

El recorrido terminaba frente a las pantallas de Tomás Cabrera, quien presentó Felices para Siempre, un trabajo audiovisual compuesto por tres situaciones. La obra toma algunos códigos asociados a la fotografía familiar, los viajes y los rituales de las parejas heterosexuales para desplazarlos hacia una reflexión sobre la semejanza y el narcisismo en las parejas gays: el encuentro con alguien que se parece a uno, la posibilidad de enamorarse también de una imagen propia.

Las escenas transcurren en un gimnasio, en las duchas y frente a la puerta de un registro civil. Cabrera trabaja con el gesto de posar para una fotografía y con la permanencia de ese instante, aunque las secuencias incorporan una acción que transforma la imagen en una pequeña escena. Cada video podía adquirirse por separado, a un valor de 3.000 dólares. Una propuesta que cruza humor, deseo y representación, y deja abierta una pregunta más compleja sobre la identidad.

Mostra Gallery: una escena contemporánea sin una sola dirección

Con base en Rosario y proyección nacional, Mostra Gallery, de Gabriela Galassi y Esteban Lattuca, reunió en su stand artistas de distintas procedencias y generaciones, en una selección que cruzaba lenguajes, búsquedas y formas de producción. Entre los nombres presentes estaban Daniel García, Silvana Lacarra, Kirill Sitch, Roberto Echen, Bolini, Clara Miño, Bart Shanahan y Sol Marinozzi.

De Daniel García se exhibían dos obras de la serie Desquiciadas, presentada el año anterior en el Centro Cultural Rojas. De Silvana Lacarra, en cambio, se trataba de trabajos recientes, realizados en 2026 y exhibidos por primera vez. En ellos, la pintura parece expandirse más allá de los límites del marco, como si necesitara ocupar también el espacio que la rodea. La selección incluía además una obra de Kirill Sitch, presentada anteriormente en el Museo Castagnino, y trabajos de Roberto Echen y Bolini.

Uno de los espacios más singulares del stand era el que se desplegaba detrás de un cortinado violeta. La instalación de Clara Miño invitaba a atravesar esa frontera y entregarse a una experiencia de carácter íntimo, no recomendada para menores. La artista también presentaba una imagen de la Virgen con veinticinco pechos, una pieza de fuerte impacto visual que tensionaba las representaciones tradicionales de lo religioso y lo corporal.

En trastienda se encontraban trabajos de Bart Shanahan, arquitecto y fotógrafo presentado por la galería en MAC, junto con fotografías de Sol Marinozzi, cuya producción —según comentó el equipo de Mostra— tiene una energía marcadamente argentina y porteña.

La galería también había previsto modificar el montaje durante la feria: el viernes, los mismos artistas continuarían presentes, pero con otras obras y una nueva disposición. Una manera de entender el stand no como una exhibición cerrada, sino como un espacio en movimiento.

En la conversación, el equipo definió la propuesta como una representación de la “contemporaneidad argentina”. Y algo de eso se percibía en el conjunto: no una estética uniforme ni una identidad reducida a una fórmula, sino la convivencia de distintas voces, materiales y modos de mirar.

Isla Flotante: Roberto Jacoby como punto de encuentro

En Isla Flotante, Leopoldo Mones Cazón, director de la galería, explicó que la propuesta de esta edición tenía como punto de partida un homenaje a Roberto Jacoby, figura central del arte contemporáneo argentino, cuya representación la galería había asumido recientemente.

El núcleo de la presentación reunía documentación de Anti-Happening (1966), exhibida en una vitrina, el video Body Art (1988) y fotografías vinculadas con Virus. A partir de esa presencia, la galería convocó a artistas de su programa para construir sus propias respuestas y homenajes: Mariela Scafati, Valentina Liernur, Tobías Dirty, Serigrafistas Queer y Santiago Villanueva.

La apuesta tenía algo de manifiesto: recuperar una figura clave de la vanguardia argentina y ponerla nuevamente en circulación, no desde la nostalgia, sino a través de las miradas de quienes siguen explorando los límites del arte y sus formas de intervención. En Isla Flotante, el homenaje también era una manera de mantener viva esa energía irreverente que atraviesa su historia.

Galería De Sousa: todos a producir, nada de repetir

La apuesta de Galería De Sousa para Arteba partió de una consigna concreta: presentar obra contemporánea, actual e inédita. Su dueño, Pablo, explicó que convocó a los artistas a producir especialmente para la feria, en lugar de volver a exhibir trabajos que ya habían circulado por otros encuentros. La decisión implicó poner a todo el equipo a trabajar y asumir un compromiso directo con la producción. También el montaje acompañaba esa dinámica: cambiaba, incorporaba nuevas piezas y transformaba la configuración del stand a lo largo de la feria.

Entre los artistas convocados estaban Alexis Minkiewicz, Diana Aisenberg, Ale Mizrahi, Benjamín Oza, Marcelino Pereira, Juan Dolare, Beto Álvarez, Gachy Hasper, Lidio Giacopetti, Ángeles Ascúa y Pablo Rosales. La premisa era que cada uno llegara con una producción realizada para esta edición, una manera de renovar la presencia de la galería y evitar que el stand se convirtiera en una repetición de obras ya vistas en el circuito ferial.

Entre ellos, Nazareno Pereira presentó una nueva derivación de la investigación experimental que había desarrollado en Proa 21. Sus trabajos reunían tintas, dibujos y objetos atravesados por la palabra. Algunos incorporaban fragmentos de los textos que había trabajado sobre las paredes de aquella experiencia, ahora trasladados a otros soportes y puestos en diálogo con materiales industriales.

Pereira conoce esa materialidad desde adentro: trabajó durante diez años en una fábrica metalúrgica. De allí proviene parte de su interés por esos elementos y su búsqueda de “sacralizar” lo industrial. En sus piezas, la palabra y la máquina vuelven a encontrarse, en una operación que conecta escritura, experiencia laboral y experimentación material.

La propuesta encontraba así su identidad en una decisión concreta: producir antes que repetir. Obras inéditas, artistas involucrados en el proceso y un montaje que se mantenía en movimiento hicieron del stand una presentación abierta, capaz de renovarse durante la propia feria.

Tomás Redrado Art: nuevas tecnologías, materia y una presencia internacional

En Tomás Redrado Art, la conversación con Tomás Redrado comenzó con una pequeña aclaración que merece quedar registrada: «Tomás. Tomás soy yo». Después, el galerista desplegó una selección que cruzaba artistas, geografías y distintas formas de trabajar la imagen. Uno de los nombres que se incorporaba a la presentación era Camilo Restrepo, artista colombiano nacido en Medellín, cuya obra se exhibía por primera vez en Argentina junto a la galería. Según explicó Redrado, el artista nunca había presentado con ellos en el país.

La propuesta reunía también trabajos de Flavia Da Rin, Christine Rezier, Luna Sudaca, Carolina Magnet y Edgar y Julia Retz. De Flavia Da Rin se presentaba una obra realizada con inteligencia artificial, en continuidad con el trabajo que la galería viene desarrollando con ella desde 2024. La pieza abría una línea de experimentación tecnológica poco habitual en el panorama de la feria, donde predominan otros lenguajes y medios.

Desde Chicago llegaba Christine Rezier, con esculturas que combinan bronce y textil. Las piezas incorporan una especie de látex que recubre las superficies y vuelve más durable el material. Luna Sudaca, por su parte, presentaba una nueva pintura al óleo sobre gamuza, luego de haber trabajado sobre terciopelo. En su caso, el cambio de soporte prolonga una investigación en la que la superficie textil forma parte de la propia imagen.

De Carolina Magnet se destacaban sus impresiones sobre vidrio, un rasgo reconocible de su producción. La selección incluía además obras de Edgar y Julia Retz, artistas que ya habían participado en el stand de la galería en la edición anterior. La presentación combinaba así nuevas incorporaciones, artistas conocidos por el espacio y trabajos de distintas etapas.

Redrado también contó que tuvo doble montaje: se había resuelto en ambas jornadas intensas y que la propuesta curatorial alrededor de Flavia Da Rin se había construido en diálogo con obras de Klemm, cedidas por coleccionistas y amigos de la galería. Esos préstamos permitieron profundizar la identidad del conjunto y establecer nuevas relaciones entre las piezas.

La actividad de la galería no terminaba con la feria: al día siguiente del preopening, Tomás Redrado presentaba una nueva muestra de Flavia Da Rin. Una agenda que deja ver el movimiento de un espacio atento a la producción contemporánea y a la construcción de relaciones entre artistas, obras y coleccionistas.

Escultura, pintura y experimentación sobre distintos soportes convivían en un stand que buscaba mostrar la diversidad de búsquedas de su programa. Y detrás de esa selección, un joven galerista que parece tener algo más que entusiasmo: conocimiento de los artistas, atención a sus procesos y una mirada capaz de ponerlos en diálogo.

Piedras Galería: entre lo inédito, la memoria de Greco y las adquisiciones institucionales

En Piedras Galería, Santiago Gasquet presentó una selección que combinaba obras inéditas con otras que ya tenían un recorrido expositivo. Entre las primeras estaban los nuevos trabajos de Carrie Bencardino, los dibujos recientes del propio Gasquet y los textiles de Teresa Giarcovich. La propuesta incluía también una videoinstalación y piezas que habían formado parte de exposiciones anteriores, entre ellas La desaparición de Lee (2011), presentada por primera vez en la retrospectiva de Alberto Greco en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

La selección permitía reconocer distintos acentos del programa de la galería: obras que regresaban con una historia propia y otras que se mostraban por primera vez. Como explicó Gasquet, la intención era reunir a los artistas de la galería y dar cuenta de la identidad del proyecto en su momento actual.

Entre las piezas que convocaban una lectura particular estaba la obra de Joaquín Aras, que retomaba un episodio de la historia de Greco. Según relató Rafael Beltrán, la anécdota se sitúa en París, en 1962, durante una exposición colectiva con artistas de una nueva generación. Greco habría llevado treinta ratones dentro de una caja, en una de sus primeras experiencias vinculadas al arte vivo. El episodio no cuenta con registros fotográficos ni fílmicos. Aras toma precisamente ese vacío documental como punto de partida y propone una interpretación propia a través de una obra con panes. No reconstruye una escena que pueda consultarse en un archivo: trabaja sobre una historia que sobrevive, principalmente, como relato.

La actividad de Piedras también tenía novedades en el plano institucional. Al momento de la feria, la galería había recibido confirmaciones de adquisiciones internacionales para dos de sus artistas: el Museo Reina Sofía había adquirido El Govierno (2019), una videoinstalación de seis canales de Liv Schulman, mientras que el Los Angeles County Museum of Art (LACMA) había incorporado Splendid Sutura (2026), de Josefina Labourt. Dos operaciones que ampliaban la circulación institucional de artistas representadas por la galería.

COTT Gallery: una comunidad de artistas, múltiples lenguajes

En su cuarta participación en Arteba, COTT Gallery eligió una presentación colectiva que reunía a los artistas de su programa. La propuesta buscaba dar a cada uno un espacio propio, capaz de poner en primer plano las particularidades de su lenguaje sin perder la unidad del conjunto. «Tratamos de que cada cual tenga su espacio para que pueda identificar su particularidad de lenguaje artístico», explicó el equipo de la galería.

Entre los nombres mencionados durante la conversación estaban Marcelo Canevari, Franco Fasoli, Dino Valentini -uno de los artistas que acompaña a la galería desde sus comienzos-, Fátima Pecci Carou, Lucila Gradín, Verónica Gómez, Andrés Paredes, Luciano Giménez, Andrés Aizicovich y Florencia Levy. También se destacaba la presencia de Ornella Pocetti, junto a artistas de distintas generaciones y recorridos dentro del programa.

El recorrido proponía un diálogo entre materiales y procedimientos. Se destacaban los textiles de Lucila Gradín y las obras de Luciano Giménez, quien trabaja con barro y ladrillo. Por su parte, Andrés Paredes llegaba a la feria mientras presentaba una exposición individual en la galería, desplegada en sus dos salas. La selección reunía así artistas con trayectorias reconocidas en el circuito y producciones que daban cuenta de la diversidad de búsquedas del espacio.

La feria también dejó resultados en el plano comercial e institucional. Según informó la galería durante la conversación, hubo ventas y tres adquisiciones institucionales: el MACBA incorporó El Arco, de Ornella Pocetti; el Museo de Arte Contemporáneo de Salta, una obra de Marcelo Canevari; y el Museo Provincial de las Artes Emilio Pettoruti, de La Plata, adquirió Facundo, de Franco Fasoli. Tres incorporaciones que dan cuenta de la circulación institucional de los artistas representados por COTT.

La presentación de COTT encontraba su identidad en esa convivencia de lenguajes y materialidades. Una propuesta coral que buscaba mostrar la amplitud de un programa artístico sin reducir sus diferencias a una estética uniforme.

Cuyo Cultura: imaginarios góticos y escenas de la vida contemporánea

En el stand institucional de Cuyo Cultura, que reunió a las provincias de San Juan y Mendoza, una de las piezas que concentraba la atención era Ocaso, una escultura de madera y cerámica de los hermanosCimarrones. Su estructura evoca formas de la arquitectura religiosa, con una impronta gótica que remite a los arcos de las iglesias. La obra propone distintas lecturas según el punto de vista: el frente y el dorso presentan elaboraciones diferentes, y esa profundidad invita a recorrerla y descubrir sus detalles.

La selección también ponía en diálogo a dos artistas jóvenes, Gabriel Burka y Agostino Furió. La decisión de ubicarlos cerca respondía a una afinidad en sus búsquedas: ambos trabajan sobre aspectos de la realidad contemporánea, aunque desde lenguajes propios. En las obras de Furió aparecen escenas de la vida cotidiana construidas casi como viñetas, pequeños relatos visuales que encuentran en lo ordinario una materia para la imagen. Junto a ellas, los trabajos de Burka ampliaban esa conversación y proponían otras formas de abordar el presente.

La presentación reunía así distintas maneras de construir imágenes: desde la presencia escultórica de Ocaso y sus resonancias arquitectónicas hasta las escenas cotidianas de una generación de artistas que observa y traduce su tiempo. La propuesta contó con la participación del Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson, acompañado por su director Emanuel Díaz Ruiz.

Utopía: la energía de lo que todavía está buscando su forma

En Utopía, el recorrido adquirió otra velocidad. Allí conviven galerías, proyectos y espacios que trabajan con producciones recientes, lenguajes experimentales y formas de circulación menos previsibles. No es un sector para recorrer con una lista cerrada: buena parte de su interés está en las fricciones, los cruces y las obras que todavía parecen estar buscando su propio lugar.

Pólvora Galería: intimidad, deseo y fantasía conurbana

En el stand 61 de Utopía, Pólvora Galería reunió obras de Kevin Montenegro, Delfina Liederhofer y Sebian Legs, en una selección presentada por Iván Enkin, director artístico del espacio. Las pinturas de Montenegro parten de escenas de intimidad del conurbano bonaerense para construir un imaginario fantástico atravesado por referencias homoeróticas. Sus personajes y situaciones tienen una relación directa con su entorno cotidiano: el artista vive y trabaja entre José C. Paz y Moreno, donde también se desempeña como docente.

La obra de Montenegro encuentra en ese contexto una fuente de imágenes y relatos que luego transforma en pintura. En la feria, esa búsqueda tuvo también una respuesta comercial concreta. Durante las primeras horas, varias de sus obras ya lucían el punto rojo que indica que habían sido vendidas. Entre ellas estaba El Beso, ofrecida a 1.500 dólares. El artista llegaba, además, con una exposición individual en la galería: Pura Gira, entre la euforia y la caída, curada por Joaquín Rodríguez, con texto de Nancy Rojas, que podía visitarse hasta el 5 de diciembre.

La propuesta se completaba con las esculturas de Delfina Liederhofer, construidas a partir de piezas que se desarman y vuelven a configurar. Entre ellas se destacaba La Mostra, una obra de gran formato, de dos metros por uno y medio, junto con otras esculturas de menor escala. Por su parte, Sebian Legs presentaba móviles y piezas de pared en las que conviven referencias al anime, la estética trash y un universo de fantasía ligado a la construcción de una identidad propia, que también se expresa en su indumentaria, su poética y su música.

Tres artistas con lenguajes muy diferentes, reunidos en un stand que encontraba su cohesión en la libertad de sus imaginarios y en la relación entre obra, identidad y experiencia cotidiana.

Galería Fantasma: el pulso más auténticamente under

Uno de los pocos stands que, a mi entender, conservó algo de la esencia original de Utopía fue Galería Fantasma. Su selección de piezas vinculadas con el trash under tenía una autenticidad difícil de impostar: no parecía buscar una versión amable de lo alternativo ni traducir su lenguaje para volverlo más cómodo.

Detrás del proyecto están Mauro Pierotti y Yoto, codirectores de un espacio que funciona en una casa-taller a puertas cerradas en Almagro. La galería propone construir comunidad entre artistas y creadores de distintos oficios, reivindicando el hacer y el cruce entre disciplinas. Esa manera de entender la práctica artística también se percibía en el stand, donde convivían distintas generaciones, lenguajes y formas de producción.

Entre las obras, me interesó especialmente la de Juli Budassi: un arma calada e intervenida con libros. La pieza concentra una imagen perturbadora y un gesto de resistencia que no necesita explicarse demasiado. Hay en esa operación una inteligencia social y una coherencia que vuelven la obra incómoda en el mejor sentido. Budassi consigue convertir un objeto asociado a la violencia en una intervención sobre el lenguaje, la cultura y las formas de resistencia. Su trabajo también incorpora papeles arrancados de muros urbanos, donde publicidades y consignas se transforman en relatos alterados: la calle aparece así no solo como escenario, sino también como materia prima de la obra.

La selección incluía además los ensamblajes de Oxiana Barreiro, realizados con telas, botones, plásticos, recortes, hilos, cerámicas y objetos encontrados; los collages de Leo Sánchez, atravesados por la autoedición clandestina, la cultura popular, el terror y materiales obsoletos; y las fotografías y pinturas de Flor Romero, que articulan registros analógicos y pictóricos. También estaban los trabajos de Justo Palleja y M1seria.

Un capítulo aparte merecía Maitena, con dibujos realizados para las revistas Cerdos & Peces y Fierro entre 1987 y 1988. Eran piezas de una etapa menos conocida de la artista, anterior a la popularidad masiva de sus historietas, con una impronta más punk, nocturna y erótica. Una recuperación que permite acercarse a otra zona de su producción y al clima de aquellas publicaciones independientes.

En una feria donde muchas propuestas buscan hacerse visibles, Fantasma conservaba algo de ese impulso under que no pide permiso ni necesita demasiadas explicaciones.

BAC Galería de Arte: entre la tradición moderna y las nuevas generaciones

En su primera participación en Arteba, BAC Galería de Arte, con sede en Salta, presentó en la sección Utopía una propuesta que ponía en diálogo arte moderno y contemporáneo. Matías Bassani, fundador y director de la galería, eligió como punto de partida una obra abstracta de Raúl Brié, artista histórico de la escena salteña, realizada en 1950. A partir de esa pieza, construyó un recorrido junto a cuatro artistas contemporáneos: Antonio Morales, Mateo Balbuena, Diana Teira y Nachi Fabio.

Morales y Balbuena forman parte del programa de la galería desde hace tiempo y participaron del Programa de Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella. Para completar la selección, Bassani convocó a Teira y Fabio, también vinculados a esa experiencia formativa. La obra de Brié funcionaba como un punto de conexión entre las distintas generaciones y lenguajes, una referencia histórica que permitía leer el conjunto desde otra perspectiva.

La selección reunía materialidades y procedimientos diversos: los textiles de Diana Teira, las piezas de Antonio Morales -quien, además de su trabajo textil, presentó una serie de muebles blandos- y las esculturas de Mateo Balbuena y Nachi Fabio. Morales también formaba parte de Umbrales, la exposición del Museo Moderno, un dato que ampliaba la presencia de su producción en el circuito institucional.

En la conversación, Bassani destacó además el diseño general del pabellón y la posibilidad de recorrerlo de una manera más fluida. Las diagonales y las visuales abiertas permitían una circulación más ágil, sin la sensación de estar atravesando sectores completamente separados. «Acá parece chico, pero no es chico», observó. Para el galerista, esa configuración hacía posible una visita más dinámica y menos abrumadora, una reflexión sobre la arquitectura de la feria que también alcanza a la manera en que se encuentran las obras y los públicos.

La presentación de BAC tenía, en ese cruce entre la memoria de la abstracción salteña y las búsquedas de artistas contemporáneos, una forma de poner en circulación una historia local sin dejar de mirar hacia las nuevas generaciones.

Casa Proyecto: dos ferias en una y el universo virtual de Belú

En su quinto año de participación en Arteba, Casa Proyecto Galería decidió aprovechar la feria con una operación poco habitual: presentar dos propuestas distintas en una misma edición. Durante la preapertura del miércoles y el jueves, el espacio estuvo dedicado a un solo show de Belén Boeris, conocida como Belú. Desde el viernes, un cambio de montaje dio lugar a las obras de Juan Tarrar, con pintura abstracta, y Marina Alesio, con fotografía. «Son como dos ferias en una», explicó el galerista. Una manera de acercar al público dos exhibiciones diferentes y multiplicar las posibilidades de encuentro con el trabajo de sus artistas.

La selección de Belú se concentró en sus arrobas: personajes virtuales que habitan un universo propio, sin carne ni cuerpo, ingrávidos y hechos de algoritmo. No representan exactamente a nadie. Son entidades abstractas capaces de adoptar identidades muy distintas: desde una figura inquietante hasta una chica fashion, pasando por personajes de impronta modernista, con vestuarios que remiten a Malevich o a la Bauhaus. Las referencias se filtran en sus formas, peinados y actitudes, sin convertirse en citas literales.

El conjunto presentado en la feria proponía una aproximación al universo en blanco y negro de la artista. Las obras, enmarcadas y protegidas detrás de un vidrio, parecían adquirir la condición de pequeñas pantallas: una superficie que separa al espectador de ese mundo virtual y, a la vez, lo vuelve visible. La disposición binaria —blanco y negro, color— había sido explorada en Arrobada, la exhibición que Belú presentó en la galería junto a Carla Barbero en marzo de ese año. Allí, el universo del color aparecía asociado a una dimensión más cercana a lo real, poblada de objetos, mezclas y cruces entre lo humano y otras formas; el blanco y negro, en cambio, daba lugar a las arrobas y su existencia algorítmica.

Los títulos también contribuían a construir ese pequeño repertorio de escenas. En Picnic, tres personajes forman un grupo de amigas: según contó el galerista, Belú explicó que son tres porque a partir de esa cantidad ya puede hablarse de un grupo. La imagen tiene algo de las Tres Gracias, aunque trasladadas a este universo digital. En Masaje, dos figuras comparten una situación de calma; en Las Moiras, la escena adquiere un tono más perturbador, con personajes que parecen estar sacándose los ojos. El baile completa esta serie de encuentros y situaciones, entre lo cotidiano y lo extraño.

La relación entre Casa Proyecto y la artista tiene, además, un recorrido sostenido. Belú realizó allí su primera muestra en 2022 y esta era ya su tercera presentación individual en la galería, en 2026. Una de las obras exhibidas fue adquirida por la Fundación Tres Pinos y, según adelantó el galerista, la artista tendrá una exposición en el Museo Marco el año próximo. La noticia tenía para él un significado especial: además de celebrar la incorporación institucional de una obra de una artista mujer, se trataba de una amiga y de una trayectoria que viene acompañando desde sus comienzos.

El stand incluía también una pieza experimental que llevaba el lenguaje de Belú al espacio tridimensional: una mesa-objeto con una funcionalidad apenas sugerida, deliberadamente deformada y de apariencia ingrávida. En ella reaparecían algunos rasgos de sus dibujos, como si una de sus figuras hubiera abandonado la superficie del papel para ensayar otra forma de existencia.

Lado D: posters al óleo, anime y nostalgia digital

En Lado D, las pinturas de Fausto Valiente llevan el imaginario del anime y la cultura de internet al lenguaje tradicional del óleo. Su propuesta se inscribe en una búsqueda que cruza referencias de la animación, consumos digitales y escenas de la vida cotidiana, para construir escenarios entre lo surrealista y lo fantástico.

El propio artista define sus obras como «posters al óleo»: imágenes que toman recursos del dibujo animado y la ilustración para crear personajes y situaciones capaces de despertar una identificación con el espectador. En ellas aparecen referencias que forman parte de una memoria visual compartida, aunque no siempre sepamos de dónde vienen. Valiente habla de una nostalgia que excede la infancia: internet volvió horizontal la circulación de imágenes y permite seguir consumiendo, ya de adultos, aquello que nos acompañó desde chicos.

En sus pinturas conviven personajes como Miffy y Hello Kitty, referencias al anime, la cultura otaku, los furries y fenómenos recientes de las comunidades digitales, como los therians. Valiente recolecta esas imágenes, objetos y personajes para ponerlos en diálogo y crear escenarios propios. «Intento que aparezca como un screenshot», explica: una captura de pantalla de una serie, una escena que uno querría guardar, imprimir o incluso usar como fondo de pantalla.

La operación tiene algo de álbum personal y algo de archivo colectivo. La imagen permanece, aunque su contexto original se vuelva difuso; conserva su capacidad de despertar una memoria, una emoción o una identificación. En ese cruce entre pintura, cultura digital y nostalgia, Valiente convierte el consumo cotidiano de imágenes en materia pictórica.

Garra Galería: un catre en forma de cruz y la poesía de Blas Aparecido

Con base en Resistencia, Chaco, Garra Galería llegó a arteba con una selección que reunía artistas de Chaco y Corrientes: Blas Aparecido, Paula Bakun, Guillermo Pedersen, Delfina Liébana y Paux, nombre artístico de Paulin González Villán. En el centro del stand, una escultura de gran presencia concentraba buena parte de la atención: Catre Crucis, de Blas Aparecido.

La pieza parte de un objeto doméstico —un catre— que adopta la forma de una cruz. Concebida como una obra de poesía expandida, incorpora un fragmento de El libro de las promesas, poemario del propio artista, que revisita pasajes del Apocalipsis para cuestionar la superficialidad con que se profesan ciertos credos. La referencia es explícitamente católica, pero la operación va más allá de la imagen religiosa: pone en tensión el símbolo de la fe, su representación y las formas en que se la practica.

Hay otro detalle que vuelve más compleja la lectura. Sobre la superficie aparecen pequeños elementos bordados que el artista identifica como cardillos o abrojos: cardos que se adhieren a la ropa y pinchan. Su presencia introduce una paradoja delicada, la de un «martirio muy dulce»: algo que atrae por su apariencia, pero también lastima. En Catre Crucis, la cruz deja de ser únicamente un emblema para convertirse en un objeto que se puede habitar, tocar y experimentar.

La selección se completaba con las pinturas de Guillermo Pedersen, las obras de Paula Bakun y Delfina Liébana, y la propuesta de Paux, artista correntino que recibió el Premio Adquisición del Instituto de Cultura de Corrientes en ArteCo 2026 por su proyecto Neovaqueano.

La presencia de Garra también tenía un valor particular: trasladaba a la feria una escena artística del nordeste argentino, sostenida por redes de trabajo y acompañamiento entre artistas de Chaco y Corrientes. Un modo de ampliar la circulación de esas producciones y hacer visible, en un contexto de alcance nacional, la vitalidad de una escena regional.

Me fui sin haber visto todo -algo que, a esta altura, debería dejar de sorprenderme-, con más nombres anotados, más conversaciones pendientes y la sospecha de que Arteba tiene un sistema bastante eficaz para convertir cualquier recorrido planificado en una aventura de duración indefinida. Porque, claro, ¿quién dijo que había que tenerlo todo bajo control?.

Registro Fotografico: Gabriel Altamirano

🔥 Si te interesó, no dejes de compartir este artículo:

Más Noticias:

películas de arte
películas de arte
Convocatorias para artistas 2026

Otras Noticias 🔥