HASHTAG #4 | Datificio: ¿quién construye nuestra identidad cuando los datos también nos construyen?

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✒️ Por Gastón Fournier

Entre archivos VHS, pantallas, inteligencia artificial y objetos impresos en 3D, diez artistas exploran la relación entre identidad y tecnología.

En el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, la cuarta edición de HASHTAG propone mirar detrás de las imágenes y preguntarnos cuánto intervenimos en el mundo digital que habitamos.

Hay una pregunta que atraviesa buena parte de nuestra vida conectada: ¿cuánto de lo que somos se construye a partir de los datos que dejamos? Publicaciones, búsquedas, fotografías, registros, conversaciones y preferencias forman un archivo que crece con cada interacción. Esa información no se limita a describirnos. También participa en la manera en que somos vistos, clasificados y anticipados.

Sobre esa tensión se organiza HASHTAG #4 | Datificio, la cuarta edición del ciclo de arte y tecnología que se presenta en el Pabellón de las Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina, en Puerto Madero. Curada por Gabriela Serkin y Martín Parselis, la exposición reúne a Claudio Roncoli, Juan Miceli, Melon_manga, Ariel Presti, Layla Pizarro, Niko Alerce, Rocío Mio, Lucas Núñez, Eduardo Politzer y Mar Legon.

El conjunto combina instalaciones audiovisuales, experiencias digitales, objetos, impresión 3D y exploraciones con tecnologías recuperadas. Las propuestas son diversas en sus lenguajes y en sus resultados; el vínculo entre ellas no siempre alcanza la misma intensidad. El interés de Datificio aparece, sobre todo, en las preguntas que propone alrededor de una experiencia cotidiana que solemos aceptar sin detenernos demasiado en sus mecanismos: la relación entre los sistemas tecnológicos y la construcción de nuestra identidad.

Datificio: el artificio detrás de la pantalla

El título reúne dos ideas: los datos y el edificio. La palabra datificio alude a una construcción que levantamos con información, pero también a las estructuras que esa información contribuye a producir sobre nosotros. Perfiles, recuerdos, reputaciones, predicciones y representaciones digitales forman parte de una arquitectura que no siempre vemos, aunque participemos de ella a diario.

Martín Parselis propone pensar el datificio como un edificio construido con datos. La analogía desplaza la conversación hacia una dimensión ecológica: así como el entorno físico modifica nuestras formas de vivir, las redes de información intervienen en nuestra conducta, nuestras relaciones y nuestras posibilidades de acción. No somos observadores externos de ese sistema; participamos de él, a veces de manera consciente y otras sin advertirlo.

Pero la metáfora arquitectónica abre una pregunta todavía más incómoda: ¿cuánta capacidad tenemos de modificar las estructuras que nos preceden? Parselis lleva la reflexión hacia la autonomía y la libertad de intervenir sobre un entorno que, en buena medida, ya estaba construido antes de nuestra llegada. Nuestras acciones alimentan ese edificio, pero no siempre conocemos sus reglas ni disponemos de las herramientas necesarias para transformarlo. La identidad es apenas una de sus dimensiones: también están en juego nuestra capacidad de decisión y el margen real que conservamos para intervenir sobre el mundo que habitamos.

La directora del Pabellón, Verónica Parselis, también subraya la dimensión antropológica y ética del proyecto. Su planteo apunta a una paradoja contemporánea: utilizamos tecnologías cuyo funcionamiento y consecuencias no siempre comprendemos, mientras esas mismas tecnologías intervienen sobre nuestras prácticas y maneras de percibir.

La referencia a la nube, en este contexto, importa por aquello que suele dejar fuera de campo. La circulación de datos depende de máquinas, centros de procesamiento, consumo energético e infraestructuras físicas. Lo digital no es inmaterial: tiene soportes, costos y consecuencias. Hacer visible esa trama constituye uno de los desafíos más interesantes del planteo curatorial.

Entre los dispositivos de la exposición, una experiencia proponía reconocer al visitante y generar una impresión a partir de su imagen, acompañada por una frase referencial y la fotografía de uno de los curadores. El resultado salía de manera continua, casi en un non stop que remitía al ritmo de los tickets de supermercado. La operación tenía algo revelador: la promesa de una tecnología capaz de reconocernos terminaba materializada en un papel que podía salir de una impresora una y otra vez. La escena me desilusionó, me generó un impacto particular, dejó una imagen precisa de esa distancia entre el discurso de la innovación y la experiencia concreta del dispositivo. Reconocer un rostro, asociarlo con una frase y producir un registro no equivale necesariamente a comprender a una persona.

Juan Miceli: las cintas, el sonido y el respeto por el archivo

En la obra de Juan Miceli, el archivo deja de ser una noción abstracta para adquirir cuerpo. Cintas VHS recuperadas, registros audiovisuales, imágenes de fútbol y conciertos, documentación de performances realizadas en ríos y diferentes tecnologías de reproducción conviven en una instalación que desarma las formas habituales de mirar.

Las cintas suspendidas y las pantallas alteran la organización del espacio. Algunas televisiones están apoyadas en el suelo; otras aparecen a distintas alturas, entre cintas que atraviesan el montaje. El sonido de los televisores se mezcla con el crujir de las cintas, y la instalación construye una atmósfera en la que la tecnología no desaparece detrás de las imágenes: se hace presente como materia, ruido y estructura.

Mi recorrido tuvo también una cautela particular. Al reconocer que entre esos registros había archivos de acontecimientos futbolísticos, finales de la Copa Libertadores y grandes definiciones, me acerqué a las imágenes con una actitud respetuosa y observadora. No estaba frente a un conjunto indiferenciado de material obsoleto, sino ante fragmentos de memoria que podían conservar una carga afectiva para quienes los registraron o los vivieron. Esa dimensión amplía la lectura de la obra: recuperar una cinta no significa únicamente rescatar una tecnología en desuso, sino volver a poner en circulación imágenes cuyo valor no se agota en su calidad técnica ni en su permanencia en pantalla.

Hay una observación de Miceli que amplía esta lectura: las imágenes permanecen en la cinta incluso cuando nadie las está mirando. Su existencia no depende de que encuentren una pantalla ni de que alguien las consuma. En una cultura que mide buena parte de su experiencia visual en términos de circulación, atención y exposición, esa persistencia introduce otra temporalidad: la de un archivo que conserva sus contenidos al margen de nuestra mirada. El soporte no es solamente el lugar donde las imágenes quedaron registradas; también es la materia que permite que continúen existiendo.

La obra, que retoma una nueva versión de Apología del resto, trabaja precisamente con aquello que los sistemas de consumo visual suelen relegar: imágenes almacenadas, tecnologías que envejecen y registros cuyo valor no depende de su visibilidad inmediata. El VHS conserva una memoria magnética que puede permanecer latente durante años. Frente a la velocidad de las plataformas, esa materialidad propone otra relación con el tiempo y con la circulación de las imágenes.

La instalación también modifica su lectura según el espacio y las condiciones de montaje. No existe una única perspectiva capaz de ordenar por completo sus elementos. Esa inestabilidad es parte de su búsqueda: mirar deja de ser un gesto automático y se convierte en una experiencia condicionada por los dispositivos que organizan lo visible.

Melon_manga: mostrar lo que la pantalla oculta

En Señalética Expandida, Melon_manga –Pedro-trabaja con señales de video analógico, televisores CRT, cámaras VHS y mezcladores de imagen. La obra desplaza la atención desde el contenido que aparece en pantalla hacia los mecanismos que lo producen y transforman.

La investigación dialoga con la tradición del arte electrónico y con experiencias como las de Nam June Paik, quien intervino la señal televisiva para cuestionar los discursos de los medios. En Melon_manga, esa operación se actualiza mediante una decisión material: mostrar cables, interferencias y distorsiones en lugar de ocultarlos bajo la promesa de una imagen perfecta. El artista define ese gesto como una forma de desocultamiento. La tecnología deja de funcionar como una ventana transparente y revela las mediaciones que participan en la construcción de lo que vemos.

La elección tiene una consecuencia conceptual. Una pantalla nunca es un acceso neutral a la realidad: hay una interfaz, un sistema de transmisión, una selección y una forma de organizar la información. Esos mecanismos influyen en lo que percibimos, en el sentido que atribuimos a las imágenes y en las condiciones bajo las cuales aceptamos algo como verdadero.

Al hacer visibles los rastros del procedimiento, la obra interrumpe la ilusión de transparencia. La interferencia no funciona solamente como un efecto visual; señala que entre una imagen y quien la recibe existe una cadena de decisiones técnicas y humanas. La pregunta deja de ser qué muestra la pantalla y pasa a incluir cómo se construyó aquello que estamos viendo.

Mar Legon: cuando el algoritmo también opina sobre nuestro cuerpo

En la propuesta de Mar Legon, la inteligencia artificial adquiría una presencia física: era la propia artista quien, en una performance, oficiaba de entidad algorítmica. Entre hiedras plásticas, su personaje desplazaba la conversación hacia una zona tan cotidiana como incómoda. En mi encuentro con esa presencia, aparecieron las ofertas de blanqueamiento dental e implantes capilares, acompañadas incluso por la pregunta de si realmente necesitaba esos procedimientos.

La identidad también parecía fluctuar en sus propias respuestas: «A veces Alexa, a veces Mar, a veces Nani Banana», decía la entidad, entre referencias a asistentes virtuales y nombres que desdibujaban la frontera entre la artista y el algoritmo.

El algoritmo parecía capaz de detectar una carencia y, en el mismo movimiento, ponerla en duda. ¿Nos ayuda a reconocer un deseo propio o contribuye a fabricar la necesidad que después promete resolver?

Las respuestas, por momentos, se hacían esperar. Más que una inteligencia omnipresente, aquella entidad parecía funcionar desde una vieja PC o una AT; acaso era la versión de prueba y todavía no había llegado la suscripción premium. La ironía tenía su costado crítico: cuando la lógica comercial se infiltra en una conversación sobre nuestra apariencia, la tecnología ya no se limita a procesar información. También participa en la construcción de nuestras inseguridades y en la definición de aquello que supuestamente deberíamos corregir.

Claudio Roncoli: la inteligencia artificial frente al hacer humano

En La gran belleza, Claudio Roncoli parte de una referencia cinematográfica -la película homónima de Paolo Sorrentino- para explorar el cruce entre inteligencia artificial, herramientas de modelado tridimensional e intervención manual. El proceso incluye piezas impresas en 3D que el artista pinta a mano, una combinación que pone en relación la generación digital de formas con el tiempo, el gesto y la experiencia del trabajo material.

La propuesta abre una discusión sobre el lugar de la autoría cuando las herramientas tecnológicas participan de la producción de imágenes y objetos. ¿Dónde se ubica la decisión artística? ¿En la instrucción, en el resultado generado, en la selección o en la transformación posterior? La intervención manual no elimina esas preguntas, pero introduce una dimensión concreta: la obra también es el resultado de una relación entre herramientas, decisiones y tiempo humano.

Roncoli lo resume con una frase que funciona como contrapunto de la fascinación tecnológica: “La tecnología es una herramienta, pero el ser humano no va tan rápido como la tecnología.”

La distancia entre ambos ritmos no es un detalle menor. La velocidad de procesamiento y generación de imágenes puede superar nuestra capacidad para asimilarlas, evaluarlas y comprender sus consecuencias. En ese desajuste aparece una cuestión que atraviesa la exposición: disponer de una herramienta no equivale a entender todo lo que hacemos con ella.

Una conversación que continúa fuera de la sala

El proyecto se acompaña de una publicación en formato fanzine que amplía la conversación mediante textos vinculados con la filosofía, la tecnología y la cultura, junto con aportes de los artistas. Las ilustraciones de Pedro Sartorio -participante de una edición anterior de HASHTAG- suman otra capa a ese dispositivo editorial.

La publicación resulta pertinente porque las preguntas que reúne Datificio exceden la experiencia de una visita. La relación entre identidad, datos e infraestructura tecnológica necesita tiempo para desplegar sus implicancias; también requiere voces y perspectivas capaces de ir más allá de la novedad de cada dispositivo.

En la sala, las obras proponen recorridos distintos y de resultados desiguales. Algunas encuentran en la materialidad de los soportes o en la exposición de sus mecanismos una relación más directa con el eje curatorial. El vínculo, en otras, entre tecnología e identidad queda más abierto y depende en mayor medida del marco conceptual que las acompaña. Esa disparidad no invalida la pregunta que organiza la muestra, pero sí permite distinguir entre la potencia de una idea y la capacidad de cada obra para desarrollarla.

El mérito de Datificio está en señalar que la tecnología no es un escenario exterior a nuestra vida. Las plataformas, los archivos, las pantallas y los sistemas de procesamiento forman parte de las estructuras desde las que nos vinculamos, construimos recuerdos y producimos sentido. El desafío consiste en convertir esa intuición en experiencias artísticas capaces de ir más allá de ilustrar una discusión ya instalada.

Al salir de la exposición, la pregunta permanece abierta: si los datos que generamos participan en la construcción del mundo que habitamos, ¿cuánto sabemos de ese espacio y qué posibilidades tenemos de intervenir en su diseño? La respuesta no depende solamente de la tecnología. También exige una mirada crítica sobre nuestras decisiones, nuestros hábitos y las estructuras que aceptamos como inevitables.

HASHTAG #4 | Datificio puede leerse, en ese sentido, como una invitación a mirar los sistemas que sostienen nuestra vida digital sin confundir su aparente transparencia con neutralidad. Porque las imágenes no aparecen solas, los archivos no existen fuera de sus soportes y los datos nunca construyen únicamente aquello que dicen representar. También participan, silenciosamente, en la forma del mundo que construimos y compartimos.

Registro Fotográfico de sala: Gastón Fournier – Gentileza Prensa Constanza Kabakian

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