Arteba 2026: el regreso a La Rural, una feria con aire propio y el deseo intacto de comprar arte

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✒️ Por Gastón Fournier

En su 35.ª edición, Arteba volvió a La Rural con una puesta más integrada, diagonales que ampliaron la circulación y un nivel de galerías a la altura de la expectativa.

Entre adquisiciones institucionales, ventas millonarias, obras que cambian de lugar y una agenda internacional para coleccionistas, la feria recuperó algo más que su sede histórica: el entusiasmo por encontrarse alrededor del arte.

Volver a La Rural tuvo algo de reencuentro. Después de distintas sedes y de una edición anterior que se hizo esperar, Arteba recuperó el predio que forma parte de su historia y, con él, una escala que parece sentarle bien. No fue un romance fugaz ni un “affair” de temporada: esta vez hubo amor del clásico, ese que se reconoce en la cantidad de gente que llegó, en el movimiento de los pasillos y en las ganas de volver a encontrarse con el arte.

En el año en que Fundación Arteba celebra 35 años de actividad, la feria reunió a 69 galerías y más de 400 artistas, con propuestas de diez países. La edición se desplegó en tres grandes secciones: Principal, Utopía y Zona de Diálogo Internacional, y recuperó su lugar en el Pabellón Amarillo de La Rural. Una vuelta que no se limitó a la nostalgia: la puesta mostró una de las ediciones más pulidas de los últimos años.

Una arquitectura que deja respirar

La primera impresión fue espacial. El diseño de feria, organizado a partir de diagonales, permitió una circulación más fluida y evitó esa sensación de saturación visual que suele aparecer cuando los stands se suceden en líneas demasiado rígidas. Los recorridos ganaron aire y las galerías, visibilidad: desde distintos ángulos era posible descubrir obras y espacios que, en otro trazado, habrían quedado ocultos detrás de una pared o de un pasillo.

La puesta ocupó alrededor de 11.000 metros cuadrados y estuvo a cargo del arquitecto Horacio Torcello, junto con Julia Derluk y Facundo Cruz. La iluminación y la panelería acompañaron esa decisión con una ejecución impecable. Nada parecía abarrotado; había lugar para mirar y volver sobre los pasos. También ayudó la altura del pabellón. Una feria con mayor altura disponible se vuelve más expansiva: el techo deja de funcionar como límite inmediato y la arquitectura permite que la mirada se agrande. No es un detalle menor cuando se trata de alojar tantas propuestas en un mismo espacio.

Otra decisión fue integrar, sin establecer fronteras demasiado rígidas, las galerías internacionales, Utopía y los distintos sectores. La experiencia resultó más amalgamada: las propuestas convivían sin quedar confinadas a compartimentos estancos. Incluso el sector editorial tuvo una presentación destacada, entre las mejores que dejó el calendario de ferias del año. Allí, María Paula Zacharías desplegó en su propio espacio de entrevistas de El Ojo del Arte una actividad incesante, con invitados que pasaron por su living a lo largo de las jornadas, en sintonía con “Entrevista con el arte II” es el segundo volumen de entrevistas con artistas visuales de María Paula Zacharías de India Ediciones. (Enlace a la nota sobre las entrevistas de María Paula Zacharías).

También hubo una presencia más medida de las marcas patrocinadoras. Los sponsors acompañaron sin invadir los espacios ni competir con las obras. En una edición aniversario, ese cuidado habla de una puesta que entendió que la feria debía celebrar su trayectoria sin convertir cada metro cuadrado en una vidriera comercial.

El regreso del entusiasmo y la feria como mercado

El nivel de las galerías estuvo a la altura de la expectativa acumulada durante el tiempo transcurrido desde la edición anterior. La espera, esta vez, pareció jugar a favor: lo que se hace esperar puede llegar con más fuerza. La feria convocó a galeristas, artistas, coleccionistas, curadores, directores de museos, empresarios, embajadores, músicos, modelos, actores, chefs y buena parte del ecosistema cultural. Hubo señoras elegantes, hombres de traje y sport, socialités y visitantes que hicieron de la recorrida una cita social. Arteba estaba elegante, pulida, bien presentada. Hasta olía bien. Y en el comedor de Belleza y Felicidad Fiorito, la experiencia gastronómica estuvo a la altura.

Los dos días de preapertura permitieron observar otro ritmo. Las primeras compras, las conversaciones sobre precios, las negociaciones y los cierres de venta marcaron el pulso de una feria que, antes que nada, existe para que las obras encuentren compradores. En algunos stands, los galeristas estaban tan concentrados en atender a sus clientes que la prensa debía esperar su turno. Y está bien: una feria de arte también es mercado. La circulación de obras, el encuentro entre oferta y demanda y la posibilidad de concretar operaciones son parte central de su razón de ser.

El preopening tuvo, además, una particularidad que no pasó inadvertida: el espumante circuló libremente por los pasillos. No sabemos si fue una decisión logística o una estrategia para mantener a los compradores entre tantas propuestas de calidad. La imagen, de todos modos, habilitaba una fantasía: más copas, menos lucidez para negociar y dejar que el primer impulso -ese que aparece frente a una obra que nos llama- hiciera su trabajo.

El VIP, por su parte, eligió una lógica menos exhibicionista que la habitual. En lugar de convertirse en una vidriera para mirar y ser mirado, estaba resguardado detrás de paredes altas y cortinados, con una pequeña barra. Un espacio para quienes preferían permanecer fuera de escena. La Chola Poblete, en tono de broma, llegó a imaginarse atendiendo detrás del mostrador. En una feria donde casi todo invita a mostrarse, el gesto de esconderse también puede ser una declaración. De igual manera sucedió con ciertas adquisiciones: varios coleccionistas prefirieron el bajo perfil.

Las obras que hacen historia: Spilimbergo y las adquisiciones

Uno de los acontecimientos comerciales de la edición llegó desde Roldán Moderno. Breve historia de Emma, el conjunto de 34 grabados de Lino Enea Spilimbergo realizado a mediados de la década de 1930, se ofrecía inicialmente por un millón de dólares. Finalmente se vendió por 900.000 dólares, después de una puja entre tres coleccionistas. El comprador, argentino, pidió mantener su identidad en reserva. La serie, de fuerte contenido erótico y narrativo, recupera la historia de Emma, un personaje ficticio vinculado al mundo de la prostitución, y se convirtió en una de las operaciones más resonantes de Arteba 2026.

Pero el mercado no se mide solamente en operaciones privadas. El programa de adquisiciones de Arteba volvió a poner en primer plano el papel de los museos y las instituciones en la construcción del patrimonio público. Con más de veinte años de trayectoria, esta iniciativa contribuyó a que alrededor de 450 obras ingresaran en colecciones institucionales. En esta edición participaron diez instituciones internacionales y quince argentinas, una red que pone en circulación el arte producido en el país y fortalece el vínculo entre galerías, colecciones públicas y equipos curatoriales.

En esta edición, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, que celebra sus 70 años, anunció la incorporación de diez obras a su colección. Entre ellas se encuentran Jarras, de Benjamín y Felipe Álvarez, adquirida a La Mesa Galería; El más querido (variación II), de Carolina Antich, de María Casado Galería; el collage de Sofía Castro, presentado por Valerie’s Factory; Living-comedor, de Víctor Florido, de Linse; Sol flor, de Itamar Hartavi, de Remota; el video Ya me disfracé de estrella asesinada, de Tomás Maglione, de Ruth Benzacar; Jitter, de Jimena Travaglio, de El Mirador; Tercera persona, de Juan Valenti, de Constitución; una pintura de Paola Vega, de Calvaresi; y Claroscuro, de Gal Vukusich, de OHNO.

Las adquisiciones fueron posibles a través del Programa Matching Funds de Fundación Arteba, el Comité de Adquisiciones del Moderno, la Asociación Amigos del Museo y aportes privados. Con estas incorporaciones, el museo suma diez nuevas piezas a un acervo que alcanza las 8.204 obras. En el año de su aniversario, la cifra tiene un valor adicional: no se trata solamente de comprar en una feria, sino de ampliar una colección pública y proyectar qué relatos del arte argentino tendrán lugar en ella.

El movimiento institucional también alcanzó a otras colecciones. El Museo Nacional de Bellas Artes incorporó Pink Ashes, de Matías Duville, presentada por Barro. La Fundación Federico Jorge Klemm sumó una obra de Flavia Da Rin, de Tomás Redrado Art, y un collage de Rosana Schoijett, de Nora Fisch. La Fundación Cervieri Monsuárez, de Uruguay, adquirió obras de Ernesto Vila, Liliana Porter y Gracia Cutuli. Por su parte, el Museo Castagnino + Macro incorporó un video de Lulo Demarco sobre los espacios independientes fundados y gestionados por Fernanda Laguna, presentado por Nora Fisch. También se registró una adquisición de la Colección Balanz en The White Lodge: una escultura de Sandro Pereira.

Entre las instituciones que participaron de este movimiento de incorporaciones también estuvieron el Museo de Arte Contemporáneo de Salta, el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson de San Juan, el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe, el MACBA, el Museo Provincial de las Artes Emilio Pettoruti de La Plata, el MALBA y el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, además de Fundación Tres Pinos y otras colecciones públicas y privadas.

En ese mapa de operaciones, las galerías cumplen un papel decisivo: son el puente entre los artistas, las instituciones y los coleccionistas. Y las adquisiciones no se limitan a una cifra o a un anuncio. Cada obra que ingresa a un museo cambia de contexto, se vuelve parte de una historia compartida y amplía las posibilidades de encuentro con nuevos públicos. Porque al final de cuenta, las obras son hechas para ser vistas.

Una feria que se mueve: rotación de obras y nuevas oportunidades

Otra modalidad que llamó la atención es la rotación de obras durante la feria. Algunas galerías prepararon nuevas propuestas para los días siguientes. Piedras, Mostra de Rosario y CasaProyecto Galería, por ejemplo, estuvieron entre los espacios que anunciaron renovaciones de obra. La feria, así, no quedó congelada en la fotografía del primer día: da lugar para lo que llega después.

La dinámica también se reflejó en las conversaciones que mantuvimos con galeristas. Santiago Gasquet, de Piedras Galeria, confirmó el movimiento comercial de las primeras jornadas. Las operaciones incluyeron una obra de Becardino; las tres ediciones de fotografías de Joaquín Aras, vendidas en un solo día; pinturas de Sonia Ruiz; piezas de joyería de Jimena Croceri junto con sus dibujos realizados con agua; y obras de Josefina Labourt. También seguían abiertas conversaciones para posibles adquisiciones institucionales internacionales, habrá que esperar al cierre de edición. Una prudencia entendible en un mercado donde el entusiasmo y la discreción suelen caminar juntos.

La rotación modifica la experiencia de visita: quien vuelve puede encontrar una feria distinta. Y para las galerías representa una oportunidad de sostener el interés, renovar la presentación y dar visibilidad a otras obras y artistas. Esta estrategia también invita a los coleccionistas y compradores a regresar para descubrir aquello que no estaba en los stands durante el preopening.

Una agenda que va más allá de los stands

Como ocurre en las grandes ferias internacionales, Arteba organizó un programa especial para coleccionistas, curadores y visitantes VIP que llegaron desde distintos países, entre ellos Francia, Estados Unidos, Chile y España. Las actividades incluyeron visitas privadas a exposiciones, encuentros con artistas y directores de galerías, recorridos por colecciones particulares y visitas a talleres. La feria se extendió así más allá del Pabellón Amarillo: una agenda de relaciones, intercambios y descubrimientos que permite acercarse a la escena local desde otros lugares. (Enlace a la nota sobre las visitas privadas, los talleres y las actividades para invitados internacionales).

El Programa de Relacionamiento Profesional convocó a más de treinta curadores y directores de museos e instituciones internacionales. Entre los invitados estuvo Suset Sánchez, responsable de la Colección de Arte Latinoamericano del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid. También participaron referentes de instituciones como el MACBA de Barcelona, el Museum of Contemporary Art de Chicago, el Phoenix Art Museum, el LACMA de Los Ángeles y el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York. Una presencia que amplió el alcance de la feria y propició encuentros entre quienes trabajan sobre el arte contemporáneo desde distintas geografías.

La Zona de Diálogo Internacional llevó esas conversaciones al Museo Sívori, con una programación coordinada por Aimé Iglesias Lukin, directora y curadora en jefe de Artes Visuales de Americas Society, y Francisco Lemus, historiador del arte y curador independiente. Entre los encuentros se destacó el dedicado a las prácticas curatoriales en las Américas, con la participación de Marielsa Castro Vizcarra, del Museo de Arte Moderno de Medellín; Cuauhtémoc Medina, investigador de la UNAM; y Pollyana Quintella, de la Pinacoteca de San Pablo. Otro panel abordó el coleccionismo público y privado de arte latinoamericano, con Suset Sánchez, Claudia Segura, del MACBA, y Magnolia de la Garza, directora adjunta de la Colección Isabel & Agustín Coppel, bajo la moderación de Lemus.

La Zona de Diálogo Internacional, con la participación de 3+1 Arte Contemporânea, de Lisboa; Cecilia Brunson Projects, de Londres; Galerie Jocelyn Wolff, de París; y Galería Vermelho, de San Pablo, sumó otra dimensión a esa vocación de intercambio.

También se destacó el Espacio Andreani, que por quinto año consecutivo presentó un proyecto artístico y curatorial de sitio específico. En esta ocasión, Eva Moro Cafiero, representada por Galería NN, desarrolló Mareo de gemas, miedos de crepúsculo, una obra de gran formato con curaduría de Sofía Dourron que explora los vínculos entre plantas, máquinas y paisajes. Su propuesta de cyber impacto, con una impronta futurista y rupturista, encontró una presentación elegante, en sintonía con el cuidado general del montaje.

La feria también buscó ampliar el acceso a nuevos públicos. A través de Mi Primera Obra Santander, se ofrecieron obras seleccionadas de hasta 3.000 dólares, con facilidades de pago, para acercar a nuevos compradores al mercado del arte. Una iniciativa que pone en circulación otra pregunta: cómo pasar de la visita ocasional a la primera adquisición y abrir el coleccionismo a quienes todavía no dieron ese paso.

En esa misma línea de apertura, la programación contempló recorridos accesibles para personas con discapacidad y actividades destinadas a chicos de entre 5 y 12 años. El objetivo es que la feria no quede restringida al circuito profesional, sino que pueda ser también una experiencia de descubrimiento para públicos diversos.

Entre el arte, la vida social y lo inesperado

Una feria también se cuenta por aquello que no estaba previsto. En estos días hubo una manifestación feminista, comentada por Lucila Román –periodista de Rosario- durante la segunda jornada de preapertura. Y circuló otra historia, bastante menos solemne: la de un gaucho que se habría extraviado cuando venía a participar de una presentación vinculada con La Rural. No sabemos si estaba buscando el camino o si, en una fantasía improbable, pensaba cambiar alguna cabeza de ganado por una obra. En Arteba puede suceder de todo.

En paralelo, el recorrido permitió reencontrarse con galerías de larga trayectoria y con espacios que forman parte del pulso de la escena: Roldán Moderno, Pasto, El Mirador, Ruth Benzacar, Del Infinito, Barro, Grasa, Constitución, W, MC Galeria, Nora Fisch y The White Lodge, entre muchas otras. Una lista que podría seguir y que da cuenta de la amplitud de una feria donde conviven distintas generaciones, lenguajes y escalas de mercado.

En el marco de sus 35 años, Fundación Arteba volvió a reunir a un ecosistema que no se limita a los días de feria. Detrás de la puesta hay un trabajo sostenido de organización, producción y articulación. La inauguración estuvo encabezada por Larisa Andreani, presidenta de Fundación Arteba, y Federico Braun, vicepresidente, junto a representantes de Santander, patrocinador principal de esta edición. En el equipo, el trabajo de Larisa, Lucrecia Palacio y Sofía Speroni -junto al resto de las áreas y profesionales de la Fundación- hizo posible una edición que se percibió cuidada en sus distintas escalas.

También hubo una dimensión social que acompañó la experiencia gastronómica. El comedor de Belleza y Felicidad Fiorito articuló su propuesta con una iniciativa solidaria: por cada plato vendido en la feria, se financió otro para el barrio de Fiorito. Una manera concreta de conectar el movimiento de la feria con una comunidad que queda fuera de sus pabellones.

La feria vuelve a marcar agenda. No solo por las obras que se vendieron, los precios que circulan o las adquisiciones que pasarán a integrar colecciones públicas, sino por la capacidad de convocar a quienes producen, exhiben, compran, investigan y discuten el arte contemporáneo. La Rural recuperó su lugar y respondió. Hay espacio para mirar, tiempo para conversar, obras para descubrir y motivos para volver.

Después de dos jornadas de preapertura, la feria abre sus puertas al público general. Y si algo dejó claro este regreso es que el entusiasmo no estaba perdido: esperaba el lugar y el momento indicado para volver a encontrarse con el arte.

Registro Fotográfico: Gabriel Altamirano – Gentileza Prensa Museo Moderno

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