Del 30 de octubre al 1 de noviembre, la feria vuelve a La Rural con 69 galerías y más de 400 artistas.
Treinta y cinco años después, la pregunta ya no es solamente cuánto creció, sino qué consigue poner en movimiento más allá de los días de feria.
Los aniversarios invitan a soplar las velitas y obligan a revisar los números Arteba cumple 35 años y llega a esta edición con una cifra que habla de su dimensión: 69 galerías, más de 400 artistas y 11.000 metros cuadrados de exhibición en el Pabellón Amarillo de La Rural. Con Santander como patrocinador principal, la feria volverá a reunir galerías, artistas, coleccionistas, instituciones y públicos diversos entre el 30 de octubre y el 1 de noviembre.
La fecha, vale aclararlo, cambió. Originalmente prevista para el 6, 7 y 8 de noviembre, la feria se adelantó una semana por la visita histórica del papa León XIV a Buenos Aires y las posibles complicaciones de tránsito en la zona. Las preaperturas para invitados serán el 28 y el 29 de octubre; el público podrá visitarla el viernes y sábado de 14 a 21, y el domingo de 14 a 20.
Pero más allá de las cifras, los metros cuadrados y el calendario, hay una pregunta que atraviesa cualquier aniversario de esta escala: ¿qué significa hoy ser una de las principales plataformas del mercado del arte argentino? Y, sobre todo, ¿qué queda cuando se desmontan los stands, se apagan las luces y cada obra vuelve a su destino?
Una feria no alcanza para construir una escena
En el relato institucional de Arteba, la feria es apenas una parte de una tarea más amplia. Larisa Andreani, presidenta de Fundación Arteba, lo expresa al definir sus objetivos: “Queríamos convertirnos en una plataforma que genere conversaciones, forme públicos, estimule el coleccionismo, acompañe a artistas y galerías, trabaje junto a los museos y cree comunidad”.

La declaración abre una discusión interesante. Una escena artística no se construye solamente con galerías que venden, coleccionistas que compran o artistas que exhiben. También necesita instituciones que incorporen obras a sus colecciones, públicos que desarrollen herramientas para mirar y espacios de circulación capaces de sostener vínculos durante todo el año.
En esa dirección trabaja Conexión Arteba, programa lanzado en 2025 para descentralizar las conversaciones sobre arte contemporáneo y fortalecer los vínculos entre distintas escenas del país. En 2026 tuvo una nueva edición en San Juan y Mendoza, mientras que la feria sumará espacios institucionales para visibilizar esas escenas junto con una participación de La Rioja.
Club Arteba apunta, por su parte, a acercar nuevos públicos al arte, incluso a quienes no tienen formación específica ni frecuentan galerías. La apuesta es necesaria: ampliar la comunidad del arte supone trabajar más allá del público que ya conoce sus códigos.
En la feria, la Sección Principal convivirá con Utopía, espacio que reúne proyectos y galerías de perfil emergente. Esta edición incorpora nueve participantes por primera vez. La renovación importa porque una feria también se juega en lo que habilita: qué artistas encuentran una plataforma, qué galerías consiguen visibilidad y qué nuevas conversaciones aparecen entre propuestas de distintas generaciones.

Cuando una compra se convierte en patrimonio
Hay una dimensión de Arteba que merece atención más allá de las operaciones comerciales: el programa de adquisiciones para museos. Con dos décadas de trayectoria, esta iniciativa busca que obras presentadas en la feria ingresen en colecciones institucionales, con el apoyo de Matching Funds Zurich, PromArgentina, aportes privados y otros aliados.
Entre las instituciones vinculadas al programa aparecen museos y colecciones de distintos países, como el Museo de Arte Latinoamericano de Lima (MALI), el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago (MCA Chicago), el Museo Reina Sofía de Madrid, el Phoenix Art Museum, el Museo del Barrio de Nueva York, el Los Angeles County Museum of Art (LACMA), el Boulder Museum of Contemporary Art y el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry, entre otros. La participación de instituciones argentinas, como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo Moderno y Castagnino+macro, suma otra escala a esa conversación.
Que una obra ingrese en un museo modifica su horizonte. Ya no depende exclusivamente de la colección privada que la resguarda ni de la circulación comercial que pueda tener: pasa a integrar un patrimonio con vocación pública, sujeto a investigación, conservación y nuevas lecturas. En ese sentido, el programa de adquisiciones es uno de los puntos donde el mercado puede dejar una huella que trascienda la duración de la feria.
“Cada una de esas obras deja de pertenecer solo al presente”, señala Andreani. La frase condensa una de las aspiraciones más relevantes de esta iniciativa: que la compra no sea únicamente una transacción, sino también una forma de construir memoria cultural.

El coleccionismo tendrá sus propios reconocimientos. Por cuarto año consecutivo, Fundación Arteba entregará el Premio al Coleccionismo, que en esta edición distinguirá a Patricia y Juan Vergez; la pieza estará a cargo del diseñador argentino Cristian Mohaded. El Premio RE/MAX Collection al mejor stand reconocerá a una galería de la Sección Principal y otra de Stage, con estatuillas diseñadas por Daniel Basso. A su vez, el Premio en Obra continuará impulsando proyectos emergentes, mientras que Jazmín Chebar otorgará $3.000.000 a un artista de Utopía y organizará un recorrido por galerías junto al artista y curador Carlos Fernando Herrera.
Son reconocimientos distintos, con objetivos diferentes, pero todos ponen sobre la mesa una cuestión central: cómo acompañar la circulación del arte, reconocer a quienes lo producen y estimular las condiciones para que nuevas obras y colecciones encuentren su lugar.
La internacionalización, más allá de la foto
En una feria, la presencia internacional suele leerse también a través de nombres, procedencias y fotografías. Sin embargo, su alcance más interesante aparece cuando esa participación consigue generar intercambios que continúan después del cierre.
La Zona de Diálogo Internacional reunirá a 3+1 Arte Contemporânea, de Lisboa; Cecilia Brunson Projects, de Londres; Galerie Jocelyn Wolff, de París; y Galeria Vermelho, de São Paulo, con el apoyo de Mercedes-Benz. La programación se complementará con conversaciones abiertas al público en el Museo Sívori, curadas por Aimé Iglesias Lukin y Francisco Lemus, además de un programa de vinculación profesional.
La presencia de estas galerías permite poner en relación distintas escenas y modos de pensar la práctica contemporánea. Pero internacionalizar no consiste solamente en sumar acentos extranjeros a una fotografía de inauguración. El desafío está en producir relaciones sostenidas, abrir oportunidades concretas para los artistas y conectar el trabajo de las galerías locales con circuitos que no se agoten en una visita anual.
En ese punto, la articulación con museos, curadores y profesionales adquiere un valor particular. La feria ofrece una concentración excepcional de actores del ecosistema artístico; lo decisivo es qué intercambios se activan a partir de ese encuentro y cuáles consiguen proyectarse en el tiempo.
Tantas ferias, ¿y quién compra?
Con Arteba, Pinta y Affair, a las que se suman este año AL HUESO y Skull Fest Art, dos propuestas que debutan en el calendario, la agenda de ferias vuelve a expandirse. La diversidad de formatos amplía las posibilidades de circulación, pero también instala una pregunta inevitable: ¿hay suficientes compradores para acompañar este crecimiento? No se trata de medir todas las ferias con la misma vara ni de desconocer el valor de abrir nuevas plataformas. Cada una tiene su escala, su identidad y sus objetivos. La cuestión es cómo convertir esa multiplicación de espacios en oportunidades sostenibles para artistas y galerías, en un mercado donde la oferta puede crecer más rápido que la capacidad de compra.
Para las galerías, participar en una feria implica inversión, logística, producción y una apuesta comercial que no siempre se traduce en ventas inmediatas. Para los artistas, la circulación puede abrir puertas, pero también demanda tiempo y recursos. Y para los coleccionistas, la abundancia de propuestas no elimina la necesidad de elegir: la vuelve más compleja.
A esto se suma el efecto de los cambios de fecha sobre la planificación de galerías, equipos y visitantes. En el caso de Arteba, el adelanto de noviembre a octubre responde a una circunstancia puntual y oficialmente explicada; no alcanza para extraer conclusiones generales sobre el mercado. Sí recuerda que una feria de esta dimensión depende de una trama de decisiones y condiciones que va mucho más allá del montaje de los stands.
La pregunta, entonces, no es si hacen falta más ferias. Es qué condiciones permiten que ese crecimiento se traduzca en mejores oportunidades para artistas y galerías, nuevos coleccionistas, instituciones más activas y públicos que regresen. Una escena se fortalece cuando logra sostener sus vínculos, no solamente cuando consigue llenar una agenda.
El arte también se mira caminando
La experiencia de una feria empieza mucho antes de detenerse frente a una obra. También está en los recorridos, los encuentros imprevistos, las pausas y la manera en que el espacio invita a permanecer.
Por quinto año consecutivo, el plan maestro de Arteba estará a cargo de Horacio Torcello, junto con los arquitectos Julia Derluk y Facundo Cruz. La organización espacial no es un detalle técnico: determina cómo circula el público, qué encuentros se producen y cuánto lugar queda para el descubrimiento fuera del recorrido previsto.
En Utopía, la presencia de la casita de Lollapalooza vuelve a cruzar el universo de los festivales con el de las artes visuales. La propuesta puede funcionar como una puerta de entrada para públicos que no necesariamente llegan a la feria con una lista de galerías en mente.
También hay experiencias que desplazan la atención de la compra hacia otras formas de participación. El Comedor Gourmet de Belleza y Felicidad Fiorito propone que por cada plato vendido se done otro en el barrio, con el apoyo de Fundación Santander. La comida, la conversación y la solidaridad se integran así a una experiencia que no se limita a la contemplación de obras.
Vamos a Zoomar, por su parte, trabaja en la capacitación de mujeres para tareas vinculadas a la construcción, la logística y el montaje. La iniciativa pone en primer plano una dimensión menos visible de las exposiciones: el trabajo material que permite que el arte llegue a las salas y ferias.
La accesibilidad vuelve a formar parte de la programación, en articulación con el Museo Moderno y el área de discapacidad de la Ciudad, con un recorrido especialmente diseñado para el domingo 1 de noviembre a las 12.30. La propuesta invita a considerar que ampliar públicos no significa únicamente convocar a más gente, sino también revisar las condiciones concretas de acceso y participación.
La programación incluye, además, actividades para chicos, Isla de Ediciones junto a Fundación Proa y el Espacio Andreani, con una obra de gran formato de Eva Moro Cafiero curada por Sofía Dourron. A esto se suma un homenaje a Julio Le Parc, cuya trayectoria vuelve a poner en escena la relación entre percepción, movimiento y participación del espectador.
Son propuestas de naturaleza diferente, y no todas cumplen la misma función. Juntas, sin embargo, permiten observar cómo una feria puede expandirse más allá de la lógica del stand: hacia la formación, el acceso, el intercambio y las experiencias compartidas.
Jacobo Fiterman y la historia que sigue abierta
Hablar de los 35 años de Arteba también implica volver sobre quienes contribuyeron a construir su historia. Jacobo Fiterman, figura fundamental en el desarrollo de la feria y del coleccionismo argentino, resumió su convicción con una frase que todavía interpela: “No sé si muchas de las ferias de arte cumplen con la misión que Arteba cumple en Argentina, que es apoyar, dignificar y engrandecer el arte argentino”.

La afirmación tiene el peso de una trayectoria, pero también plantea una exigencia para el presente. Apoyar, dignificar y engrandecer no son tareas que se resuelvan en una edición ni que puedan medirse solamente por la cantidad de galerías, la procedencia de los visitantes o el volumen de las operaciones. Requieren continuidad, instituciones comprometidas, políticas de adquisición, oportunidades para los artistas y un mercado capaz de convivir con la diversidad de sus escenas.
Treinta y cinco años después, Arteba ocupa un lugar central en el calendario artístico argentino. Su escala, sus programas y su capacidad de convocatoria son parte de ese recorrido. Pero la madurez de una feria también se mide por las preguntas que está dispuesta a hacerse: cómo ampliar el coleccionismo, cómo sostener a las galerías, cómo acompañar a las escenas federales y cómo transformar una visita ocasional en una relación duradera con el arte.

A los 35 años, Arteba ya no necesita demostrar que puede convocar al mundo del arte. El desafío es qué consigue activar con esa convocatoria: qué obras encuentran una colección, qué artistas ganan visibilidad, qué públicos regresan y qué vínculos sobreviven al desmontaje.
Porque una feria puede concentrar la atención durante unos días, pero su verdadero impacto se mide en lo que logra poner en circulación mucho después de cerrar sus puertas.
Fotos: gentileza prensa Arteba



