✒️ Por Gastón Fournier
En tiempos donde el mercado parece pedir obras monumentales y grandes gestos, Pequeño Formato demuestra que una pieza capaz de entrar bajo el brazo también puede contener una gran historia.
Hay algo que sucede apenas uno cruza el acceso a Pequeño Formato y es que la velocidad cambia.
Quizás porque las obras obligan a acercarse. Quizás porque el recorrido se vuelve más íntimo. O tal vez porque, en un mercado del arte acostumbrado a medir éxitos en metros cuadrados y cifras astronómicas, esta feria propone otra escala.
La humana.

Volví este año al MARQ para recorrer una nueva edición y encontré una feria diferente a la que había conocido. Más galerías, nuevos espacios, mayor presencia institucional, incluso la disposición de los stands, con estructuras en L que multiplicaron las superficies expositivas, y una circulación mas amable y constante de visitantes que confirmaban algo que varios galeristas repetirían a lo largo de la jornada: Pequeño Formato dejó de ser una apuesta para convertirse en una cita estable dentro del calendario del arte argentino.
El crecimiento no es solamente simbólico. Esta edición reunió 34 galerías. La sensación es clara: aquello que comenzó como una experiencia de nicho encontró su propia escala.
Pero lo más interesante no está solamente en el crecimiento.
Está en la pregunta que propone. ¿Qué pasa cuando las dimensiones dejan de importar?
El tamaño de una obra nunca fue el problema
Durante mucho tiempo el mercado del arte construyó una idea de solemnidad alrededor de la experiencia de comprar una obra.
Las galerías parecían espacios reservados para iniciados. El coleccionista era un título de pocos –distante- y las ferias podían resultar escenarios difíciles para quien quisiera acercarse por primera vez.
Pequeño Formato parece discutir esa lógica.
Las obras son accesibles en dimensiones, diversas en técnicas y amplias en precios, pero sobre todo permiten una relación directa con el público, un primer acercamiento posible para nuevos compradores y jóvenes coleccionistas. Conviven piezas de unos pocos cientos de dólares (usd 100) con otras que alcanzan valores mayores (usd 3000 y hasta usd 15000), aunque la mayoría se ubica en una franja considerablemente más accesible que la del mercado internacional.

Gabriel Bitterman, de Quimera Galería, lo resume sin proponérselo con una frase que parece definir el espíritu de la feria: “Nada compite con nada”.
Y quizás ahí aparezca una de las claves del éxito.
La feria no plantea una carrera de egos ni una competencia de espectacularidad. Propone encuentros. Encuentros de escala humana.
Un “pequeño formato” puede contener un gran universo
Mientras camino entre los stands, aparece una certeza. El pequeño formato no es una categoría menor. Es un lenguaje.
María Casado, de María Casado Home Gallery, habla de estas piezas como obras capaces de condensar el gesto más íntimo del artista. En Valk Gallery observan algo similar.

El pequeño formato permite una relación más cercana con la producción y genera una conexión inmediata con el espectador.
La conversación deriva naturalmente hacia el coleccionismo. Muchos visitantes llegan buscando su primera obra. Otros, ampliar una colección existente.
Hay quienes simplemente recorren. Y eso también parece importante. El arte puede visitarse sin la obligación de comprar.
Pero también puede convertirse en una primera compra. Durante toda la jornada era frecuente cruzarse con visitantes llevando una obra bajo el brazo. Una escena sencilla que quizás explique mejor que cualquier estadística el fenómeno de la feria.
El acceso libre y gratuito a la feria parece acompañar esa misma idea. Como señaló Mariela Ivanier durante la apertura “el arte esta democratizado. El objetivo es acercar a nuevos públicos y ampliar las formas de acceso al coleccionismo”.
La feria también es una conversación
Uno de los mayores aciertos de Pequeño Formato ocurre lejos de las paredes.
Sucede en los diálogos. Los galeristas conversan entre sí, los artistas reciben devoluciones inmediatas, los visitantes preguntan, los coleccionistas recomiendan.
Hay una circulación de información que vuelve a la feria un espacio de intercambio vivo.
Uno de los aspectos más interesantes de esta edición es la convivencia entre proyectos emergentes y galerías históricas. Las primeras aportan nuevas escenas y artistas en construcción; las segundas acompañan desde su experiencia y legitimidad. Más que una competencia, la feria propone un diálogo entre distintas generaciones del galerismo argentino.

Marcos López parecía confirmar esa idea. Lejos de la figura distante del artista consagrado, ocupaba su lugar en la feria con absoluta naturalidad, conversando con visitantes, respondiendo preguntas y compartiendo el tiempo con quien se acercara a saludarlo. En el comienzo de la jornada, Mariana “Piru” terminó coronándolo con un llamativo gorro de piel violeta que el artista adoptó con humor y llevó durante horas, convirtiendo esa pequeña escena improvisada en una postal perfecta del espíritu de la feria: cercana, descontracturada y profundamente humana.
Mariela Ivanier (VERBO), impulsora del proyecto, junto con Victoria Baeza, Santiago Arce y Mariana Gallegos del Santo, lograron algo complejo: reunir galerías históricas, espacios emergentes y nuevos públicos bajo una misma idea. Quizás por eso la feria tiene una energía distinta.

No parece construida para especialistas. Parece pensada para curiosos.
Entre los pasillos aparecían pequeñas escenas que terminaban definiendo el clima de la feria. María Casado renovada sin un clásico rodete y una abultada cabellera o los inconfundibles lentes brillantes de Mariela Ivanier recorriendo los stands funcionaban como pequeñas postales de una feria donde la cercanía parecía tan importante como las obras. Durante la apertura de prensa, artistas, galeristas, periodistas, coleccionistas y gestores culturales compartían los mismos pasillos. Figuras consagradas y nuevas generaciones participando de una misma conversación.
Las galerias donde me detuve
Esta selección no pretende establecer premios ni jerarquías. Simplemente reúne algunas de los espacios que lograron detener mi recorrido, porque de eso también se trata una feria. De descubrir aquello que nos obliga a bajar el ritmo.
Porque si algo confirma Pequeño Formato es que las galerías siguen siendo el gran laboratorio del arte contemporáneo argentino.
Siempre me interesa llegar temprano a las ferias. Hay algo en los primeros minutos que todavía no está contaminado por el ruido. Los galeristas acomodan pequeños detalles.
Los artistas miran de reojo sus propias obras. Y el público todavía no decidió qué le gusta.
(Ver nota: Las galerías donde me detuve)
Confirmé que existen artistas capaces de convertir una escena cotidiana en una reflexión sobre geografía y memoria, como ocurre con los limones de Sandro Pereira.


Me detuve también frente a obras donde el dibujo parecía resistir el vértigo contemporáneo, como en los sauces de Kalil Llamazares
Frente a pequeños paisajes que contenían geografías incompletas, como los cielos fragmentados de Mariquena Vallejo.

Frente a textiles, fotografías y esculturas que demostraban que la escala nunca determina la intensidad de una experiencia estética: las piezas de Deby Staiff, las fotografías de Marcos López y las esculturas de Richar de Itatí.


Cada galería proponía una conversación distinta.
Y he aquí el mayor valor de la feria: no existe una única manera de recorrerla.
Una obra bajo el brazo
En algún momento del recorrido apareció una definición espontánea: Pequeño Formato funciona como el “take away del arte”, le dije a Belén de las Bauzá.
La frase provocó una sonrisa. Pero después seguí pensando en ella. Porque quizás tenga razón con esa idea. No en el sentido comercial. Sino en otro.
Uno puede llevarse una obra.
Puede comenzar una colección.
Puede convivir diariamente con el trabajo de un artista.
Puede construir una relación afectiva con una pieza. Con facilidad.
En tiempos donde muchas experiencias culturales parecen suceder exclusivamente a través de una pantalla, la posibilidad de volver a casa con una obra bajo el brazo adquiere una dimensión inesperadamente humana. Y era una escena que, literalmente, se veía.
Una feria que habla del presente
Hay una idea que sobrevuela toda la experiencia: el arte argentino está cambiando.
Las fronteras entre galeristas, artistas, curadores y públicos empiezan a flexibilizarse.
Aquella escena completamente endogámica que durante años caracterizó a ciertos sectores del arte parece perder terreno frente a una generación que entiende el encuentro como valor. Pequeño Formato funciona como síntoma de ese movimiento.
No parece casual el momento elegido para la feria. En esa extensa espera entre los grandes eventos del calendario artístico existe un público con ganas de volver a comprar, recorrer y conversar sobre arte. Mariela Ivanier pareció leer ese pulso con precisión. Incluso durante la apertura de prensa comenzaban a aparecer las primeras reservas y ventas.
Existe además una verdadera carrera de ferias para artistas y galerías. En ese contexto, Pequeño Formato ocupa un lugar particular: el de acercar públicos nuevos sin perder rigor curatorial sumándose a esta edición Francisco Medail y Julián León Camargo.
Una feria donde un coleccionista experimentado y alguien que compra su primera obra pueden compartir el mismo recorrido, donde una conversación vale tanto como una venta, donde el tamaño deja de importar.
Después de recorrer galerías, conversar con artistas, galeristas, coleccionistas y visitantes, queda una sensación difícil de ignorar. Si bien el nombre insiste en hablar de pequeño formato, la experiencia es exactamente la contraria. Grandes galerías, grandes artistas, grandes conversaciones y un mercado que encontró nuevas formas de acercarse al público.
Durante toda la jornada volví a encontrar una misma imagen: personas caminando con una obra bajo el brazo. Algunas eran coleccionistas experimentados. Otras, claramente, estaban comprando por primera vez. Pensé entonces que quizás esa fuera la mejor definición posible de la feria. No una feria de pequeño formato. Sino una feria donde el arte volvió a circular entre las personas con absoluta naturalidad.
Y mientras abandono el MARQ, pienso que quizás el pequeño formato nunca habló realmente de centímetros. Tal vez siempre habló de otra cosa. De la distancia que existía entre el arte y las personas.
Mientras otras ferias parecen competir por el impacto y la espectacularidad, Pequeño Formato apuesta por algo mucho más difícil: generar cercanía. Porque, al final del recorrido, uno entiende que el límite de 50 x 50 existe solamente en las medidas de las obras. La dimensión de la feria, hace tiempo, dejó de entrar en ese marco. Y quizás esa sea su mayor conquista: haber acortado la distancia entre el arte y las personas a unos pocos centímetros.
Registro fotográfico: Gabriel Altamirano
Foto MARQ: Pablo Jantus



