Jessica Trosman: la mujer que nunca dejó de hacer.

Artistas, Diseño, Noticias

✒️ Por Gastón Fournier

Hay personajes que pasan gran parte de su vida construyendo una imagen pública para luego dedicarse, silenciosamente, a desmontarla.

Durante décadas, Jessica Trosman fue una de las figuras más influyentes del diseño. Sus colecciones marcaron una época y ayudaron a definir aquello que, durante los años noventa y principios de los dos mil, comenzó a llamarse diseño de autor argentino.

Sus marcas —Trosmanchurba, Trosman y JT— construyeron un lenguaje propio dentro de la moda contemporánea. Fue admirada, imitada, discutida y, muchas veces, percibida como una figura distante, sofisticada e inalcanzable.

Sin embargo, escucharla hoy produce cierta sorpresa.

Basta atravesar la puerta de su taller actual para descubrir que quizás la historia nunca fue exactamente esa. Porque detrás de la diseñadora aparece otra persona.

Una mujer criada entre autopartes, rulemanes, metalúrgicas y talleres mecánicos. Una hija de Warnes.

“Yo no jugaba con muñecas”, cuenta entre risas. “Mi viejo nos hacía carritos con rulemanes y nos tiraba por el barrio.”

Durante años esa memoria permaneció silenciosa.

La frase parece una anécdota menor hasta que se comprende que gran parte de su producción artística reciente nace precisamente de allí.

En el antiguo local familiar, rodeada todavía por piezas, herramientas y recuerdos que pertenecieron a su padre, Trosman construye esculturas que dialogan con una memoria mucho más cercana al hierro que a la alta costura. Durante años, esas autopartes permanecieron intactas, suspendidas en una especie de cápsula temporal. Hoy reaparecen convertidas en obra.

Y entonces sucede algo revelador.

La diseñadora que durante décadas trabajó con textiles comienza a admitir que quizás su verdadera materia prima nunca fue la tela.

“Soy más de fierros que de textil”, dice.

La confesión no suena provocadora, suena inevitable.

Porque cuanto más habla de su trabajo, menos parece interesarle la categoría de diseñadora, artista o escultora. Lo que aparece es otra cosa: una obsesión constante por los materiales, los procesos y la transformación. Por el hacer mismo. La misma curiosidad que la llevó a experimentar con textiles en los años noventa es la que hoy la empuja a trabajar con calor, presión, plásticos industriales o estructuras monumentales.

Cuando habla de sus obras inflables, de los procesos de calor, presión y plásticos industriales, o de sus colaboraciones con artistas como Juan Ignacio Cabruja y sus tubos lumínicos, lo que aparece no es una diseñadora interviniendo objetos ajenos, sino una investigadora obsesiva de la materia. La sensación es que sigue siendo la misma persona que derretía canutillos junto a Martín Churba en los años noventa para ver qué sucedía.

Sus esculturas actuales funcionan como una prolongación natural de esa biografía. Cambió el soporte. No cambió la curiosidad. Ni la necesidad de probar.

“Yo soy materialista”, afirma, “en todo sentido”.

La frase, dicha entre risas, resume buena parte de su pensamiento. No habla solamente de materiales. Habla de comprender cómo las cosas están hechas, cómo se transforman y qué sucede cuando una superficie explota, se derrite o cambia de estado.

Porque si hay algo que define a Jessica Trosman es esa capacidad permanente de mutar.

Sin embargo, reducir la historia de Jessica a una cuestión de sensibilidad artística sería quedarse a mitad de camino.

Uno de los momentos más sorprendentes de la conversación aparece cuando asegura que la disciplina tuvo un papel mucho más importante que la creatividad.

“No sé si soy tan creativa. Creo que soy consistente, tenaz y trabajadora.”

“Creo que la tenacidad del trabajo y abrir la puerta a las ocho de la mañana hace de mí lo que soy hoy.”

La afirmación desarma de inmediato la figura romántica del genio creativo. Lo que aparece es otra cosa: una ética del trabajo obsesiva, sostenida durante décadas. La frase resulta inesperada en alguien asociado históricamente a la innovación y la experimentación. Pero a medida que repasa su trayectoria empieza a entenderse. Las páginas amarillas, la estampería encontrada por intuición, los viajes a Japón, los showrooms en París, las marcas propias, las exportaciones, las esculturas actuales: detrás de cada etapa aparece menos una historia de inspiración que una ética del hacer.

Para Trosman, la creatividad parece ser una consecuencia del movimiento.

“Siempre me puse algo, lo escribí y fui”, agrega. “Cuando uno hace mucho se equivoca, y cuando uno no hace nada no se equivoca.”

La frase resume una filosofía de vida entera.

Antes que esperar certezas, Trosman parece haber elegido siempre avanzar. Desde aquella joven que llamaba por teléfono a desconocidos para ofrecer sus diseños hasta la artista que hoy acepta proyectos imposibles, la lógica parece ser la misma: hacer primero, entender después.

A lo largo de la charla aparecen una y otra vez las mismas acciones: llamar, tocar una puerta, viajar, probar, equivocarse, volver a intentar. No hay una épica del talento innato. Hay una ética del movimiento.

En todos los relatos aparece el mismo patrón. No esperar. Hacer.

Y quizás por eso, lejos de replegarse sobre su trayectoria, hoy parece más interesada en compartirla.

En el ciclo Fuera de Sala, organizado por la Asociación de Amigos del Museo Sívori, y moderado por Cata Greloni, habla con estudiantes, artistas emergentes y nuevas generaciones con una generosidad inesperada. Ya no se trata únicamente de mostrar obra. Se trata de transmitir experiencia.

“Me gusta hablarles a los jóvenes”, explica. “Me gusta escucharlos. Ojalá pueda encender alguna llama.”

Y enseguida vuelve sobre dos ideas que atraviesan toda la charla:

“Aunque se equivoquen, hagan.”

“Si no te incomodás, te quedás chata.”

Los años la volvieron más abierta. Más consciente de que el conocimiento no se conserva guardándolo, sino compartiéndolo. “El día que no tengo proyectos creo que me muero. Siento que es mi nafta.”

La sensación es haber conocido a alguien que nunca dejó de hacer. Y quizás por eso, lejos de refugiarse en el prestigio acumulado, Trosman parece más interesada en compartir experiencia que en construir monumentos sobre sí misma.

Habla para estudiantes. Escucha a los jóvenes. Cuenta errores. Explica procesos. Desarma mitologías. Ya no parece interesada en ocupar un pedestal. Prefiere abrir puertas.

Porque después de tantos años de carrera, tal vez comprendió algo que atraviesa toda la conversación: que las ideas, por sí solas, no cambian demasiado. Lo que transforma una vida es animarse a hacer. Aunque salga mal. Aunque dé miedo.

Aunque todavía no exista un camino.

Y mientras conversa sobre arte, negocio, materiales, astrología, emociones y procesos creativos, aparece una imagen inesperada: la de una mujer profundamente sensible, pero también extraordinariamente práctica, que necesita organizarlo todo para poder convivir con el caos de sus propias ideas.

Cáncer de sol. Luna en Virgo.

Orden y desborde.

Excel y explosión.

Método y riesgo.

Quizás allí, en esa tensión permanente, esté el verdadero secreto de Jessica Trosman.

No en las telas.

No en la moda.

Ni siquiera en el arte.

Sino en la capacidad de transformar cualquier materia —hierro, plástico, luz, memoria o incluso una vieja autoparte olvidada en Warnes — en una nueva posibilidad.

Porque, después de todo, Jessica Trosman no parece haber abandonado realmente su oficio.

Simplemente siguió investigando la materia por otros medios.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano

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