Marcos López expande su antológica en Fundación Larivière con un pop up de cultura popular en sala 2

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✒️Por Eugenia Llanez

Marcos López construye una escena visual donde el exceso, la teatralidad y la memoria popular funcionan como formas de leer la identidad latinoamericana.

En el marco de Fotografías 1975–2025, Fundación Larivière presenta un pop up de Marcos López en sala 2: un collage visual donde fotografía, pintura, objetos, humor, memoria familiar y cultura popular se mezclan bajo una premisa: más es más.

Hay artistas que ordenan el mundo. Marcos López parece hacer lo contrario: lo desarma, lo mezcla, lo exagera, lo llena de capas, objetos, gestos, colores, bordes, referencias familiares, políticas, populares y afectivas.

En el pop up que Fundación Larivière presenta en la sala 2, en el marco de Fotografías 1975–2025, esa lógica aparece desplegada como una gran instalación visual: una suerte de gabinete barroco, autobiográfico y latinoamericano donde conviven fotografías de distintas épocas, cajas de luz, imágenes intervenidas, pintura, objetos, marcos, recuerdos y pequeñas escenas que funcionan como fragmentos de una memoria colectiva.

El propio López lo dice con una claridad que parece declaración de principios: frente a la consigna “menos es más”, él prefiere “más es más”. En su obra, el exceso funciona como lenguaje. Una forma de pensar el territorio, la identidad, el deseo, la precariedad, la historia política y también la propia biografía.


Medir a ojo

Durante la presentación de prensa, López fue recorriendo algunas obras como quien abre las puertas de una casa familiar. En su relato aparecieron su madre, su padre, la carpintería, la ingeniería, los platos en la pared, los botones, el ñandutí paraguayo, las fotos antiguas, el libro rojo de Mao, el Che Guevara, Les Luthiers, las camareras norteamericanas de los años cincuenta y una cerveza Quilmes.

Todo parecía pertenecer al mismo sistema visual. O, mejor dicho, a una forma de mirar que no necesita justificar la coherencia.

Una de las frases más reveladoras apareció al hablar de su padre, asociado al mundo de la carpintería, las medidas y el nivel. López recordó que estudió ingeniería durante cinco años, en parte para responder a una expectativa paterna, aunque ese recorrido no llegó a convertirse en su camino. Frente a esa herencia de precisión, eligió otra forma de construir: “Yo jamás en mi vida usé un nivel y siempre medí a ojo”.

Esa frase podría leerse como una clave de toda la muestra. Marcos López mide a ojo. Compone a ojo. Recuerda a ojo. Mezcla a ojo. Y en ese gesto aparece una libertad radical: la de no someter la imagen a una idea de pureza, serie o corrección formal.

Su obra parece afirmar que la coherencia no siempre está en la repetición de un estilo, sino en la intensidad de una mirada.

Entre arte, artesanía y memoria familiar

Uno de los núcleos más interesantes del recorrido es la zona de frontera entre arte y artesanía. López se detiene en el ñandutí paraguayo, en su carácter anónimo, manual y poético. Le interesa esa belleza sin firma individual, ese tejido popular que viene de otra lógica de producción y transmisión.

Lo artesanal no aparece como un elemento decorativo menor, sino como una forma de conocimiento sensible.

También hay una insistencia en los objetos falsos, populares o desplazados: platos que parecen porcelana pero podrían haber sido comprados en un supermercado chino, marcos intervenidos con botones, materiales que entran al museo sin pedir permiso.

En esa operación, López desarma jerarquías. Lo culto y lo popular, la pintura y la fotografía, la publicidad y la religión, el documento y la ficción, la memoria familiar y la historia política se contaminan entre sí.


La muestra también permite ver a un Marcos López que se corre de su propio encasillamiento. En un momento del recorrido, contó que incluyó una pintura al óleo realizada años atrás porque “nadie me da bola con la pintura porque como soy fotógrafo, nadie quiere que yo sea pintor”.

La frase tiene humor, pero también señala algo más profundo: el modo en que el sistema del arte suele fijar identidades, incluso cuando la obra insiste en moverse.

En sala 2, López se permite esa deriva. Puede ser fotógrafo, pintor, escenógrafo, coleccionista de objetos, narrador oral, director de escena y heredero de una decoración familiar. Puede incluir una pintura de la bahía de Guanabara junto a obras claves de su producción fotográfica. Puede hacer convivir lo íntimo con lo histórico sin pedir que una cosa anule a la otra.

La fotografía como teatro político

Durante el recorrido de prensa, López se detuvo especialmente en La autopsia, una obra que señaló como clave dentro de su producción. En su relato, la imagen aparecía asociada a una autopsia clandestina, con resonancias de los años oscuros de la dictadura.

Según contó, allí se cruzan referencias a La lección de anatomía de Rembrandt y a la imagen del Che Guevara muerto en La Higuera. López observa la posición del cuerpo, los dedos, la disposición de quienes rodean al muerto, y a partir de esa relación construye una escena propia dentro de lo que llama fotografía teatralizada.


Ese procedimiento permite leer una zona central de su obra: la apropiación y transformación de imágenes ya existentes en la cultura visual —religiosas, políticas, publicitarias, cinematográficas— para devolverlas cargadas de humor, artificio, crítica y deseo.

Sus fotografías no son simplemente documentos, pero tampoco abandonan del todo lo real. Están en una zona intermedia: una frontera difusa entre la puesta en escena y el comentario social.

Un pop latinoamericano

En otro pasaje del recorrido, López recordó una producción realizada en un bar que definió como una obra de arte pop en sí misma. Era un espacio donde alguien había pintado una hamburguesa de tres metros en la pared. En lugar de fotografiarlo como hallazgo casual, contó que alquiló el bar, diseñó vestuarios inspirados en las camareras norteamericanas de los años cincuenta y construyó una escena que también debía parecer una propaganda de cerveza Quilmes.

A partir de ese relato aparece otro de sus grandes procedimientos: tomar los códigos del pop art y de la publicidad, pero atravesarlos con una textura local.

Lo suyo no es un pop importado de manera literal. Es un pop latinoamericano, argentino, barrial, afectivo, sudado. Un pop donde la mercancía no aparece limpia ni aspiracional, sino mezclada con trabajo, cansancio, clase, humor y pertenencia.


Más es más

La potencia de este pop up está justamente en su imposibilidad de reducirlo a una sola categoría. No es solo una muestra de fotografía. No es solo una antología expandida. No es solo una instalación. Es, más bien, un archivo vivo de obsesiones visuales.

Un mapa afectivo donde la biografía del artista se cruza con los mitos nacionales, la cultura de masas, la religión, la política, el cine, la publicidad, la artesanía y la memoria popular.

Marcos López parece construir desde una lógica opuesta a la neutralidad. En su universo no hay paredes blancas que silencien el contexto, ni imágenes que busquen volverse transparentes. Todo habla. Todo tiene textura. Todo parece venir de algún lugar: una casa, un barrio, una revista vieja, una foto antigua, una propaganda, una herida política, una comida, una canción, un padre que mide con nivel, una madre que decora.


Quizás por eso su obra sigue siendo tan reconocible. No por obedecer a una coherencia formal rígida, sino por sostener una sensibilidad. Una manera de mirar América Latina desde el exceso, el color, la teatralidad y la contradicción.

Una forma de decir que la identidad no es pura ni prolija, sino mezcla, resto, copia, devoción, parodia, deseo, precariedad y memoria.

En Fundación Larivière, ese universo se despliega con la vitalidad de una conversación. Como si cada obra abriera una anécdota, y cada anécdota revelara una genealogía posible. Frente al mandato moderno del orden, Marcos López elige el barroco. Frente al nivel, el ojo. Frente a la serie, la acumulación. Frente a la solemnidad, el humor.

Frente al “menos es más”, una afirmación luminosa, popular y también política: más es más.

Información de la muestra

Muestra: Pop up de Marcos López en sala 2
En el marco de: Fotografías 1975–2025
Dónde: Fundación Larivière
Dirección: Caboto 564, La Boca, Buenos Aires
Visitas: jueves a domingo, de 12 a 19 h
Entrada general: $6.000
Jubilados y estudiantes con acreditación: $4.000
Vecinos de La Boca con documentación: sin cargo
Menores de 18 años: sin cargo

Registro fotográfico: Eugenia Llanez

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