Pinturas de Germaine Derbecq en Calvaresi. Obras inéditas de una gestora apasionada

Crítica

La muestra focaliza en la producción artística de una de las críticas y galeristas más importantes de los 50 y 60. 

Sentada, con un sombrerito “cloche” y envuelta en una “robe manteau”. Así la retrató Pablo Curatella Manes en 1921. No en una fotografía, un dibujo ni una pintura, sino en una pequeña escultura que revelaba con sensible delicadeza los rasgos de estilo (tan propios de los años 20 y 30) en la figura de esa dama francesa, cuya actuación sería clave en el desarrollo de la vanguardia argentina de los años 50-6O. El escultor argentino y la dama del sombrero se casaron al año siguiente de la realización de este pequeño retrato, dando comienzo a una relación que no solo marcó el vínculo personal entre ambos, sino el de gran parte de los protagonistas de la modernidad y la vanguardia de nuestro país con la ciudad de Paris.

Germaine Derbecq. "El escritor". Témpera sobre tela, 1933.

Germaine Derbecq. “El escritor”. Témpera sobre tela, 1933.

Germaine Derbecq (de ella hablamos) había nacido en la “Ciudad Luz “y se había formado con destacadas figuras del movimiento moderno. Paul Sérusier y Maurice Denis, entre ellas. Artistas ambos –y gran teórico este último– habían formado parte del famoso círculo que rodeó a Paul Gauguin aquel verano de 1888 en que alumbró el movimiento Nabi en la localidad bretona de Pont Aven. Entre 1917 y 1920 Derbecq pasó por la Académie Julian y la Académie Ranson pero luego se acercó a la celebrada academia de André Lhote, a la que asistieron la mayor parte de los argentinos integrantes del llamado Grupo de Paris, que integraron, entre otros, Raquel Forner y Antonio Berni. En ese ámbito se empapó de las novedades que introdujo el cubismo, conoció a quien luego sería su esposo y frecuentó a Juan Gris. También al crítico Maurice Reynal, uno de los más entusiastas seguidores del movimiento que habían iniciado Picasso y Braque. Reynal fue para Germaine una figura fundamental en cuanto a su formación teórico práctica, que dio impulso a la notable carrera como gestora cultural que ella terminó después desarrollando.

Una joven  Germaine Derbecq en el taller del escultor Pablo Curatella Manes en 1924.

Una joven Germaine Derbecq en el taller del escultor Pablo Curatella Manes en 1924.

Como es bien sabido –y la cita a Hemingway es un lugar común en este sentido– durante los años que sucedieron a la primera guerra, Paris fue una fiesta, un hervidero que convocó a lo más radicalizado de la bohemia internacional. Artistas rusos, norteamericanos, latinoamericanos, ingleses y europeos del este se dieron cita allí. Germaine Derbecq fue en ese medio una importante promotora de los colegas argentinos, de su esposo y de ella misma. Pero la fiesta empezó a languidecer tan pronto el inquietante clima que invadió a Europa a partir de 1933, se volvió noche cerrada a partir de 1939. Tras los amargos momentos vividos durante la guerra, Curatella y Derbecq se vieron obligados a dejar Europa en 1951 y se instalaron de modo permanente en Buenos Aires.

Para entonces, el matrimonio gozaba de una especial estima en el ámbito del arte local. Así Germaine no tardó en poner en práctica la enorme energía de gestora y promotora del arte argentino que ya había desplegado en Paris. En este sentido, más de una vez reconoció la importante deuda que mantenía con el crítico Maurice Reynal, que le aportó mucho del sostén teórico que desplegó posteriormente. Eran tiempos en que la guerra europea hizo coincidir, en este lugar distante, figuras como Grete Stern, el sociólogo Gino Germani, el marchand italiano Alfredo Bonino y el decorador Jean Michel Frank, que acercaba a las colecciones argentinas piezas de Giacometti.

Derbecq brilló en este horizonte de refugio y efervescencia creciente. Entre 1960 y 1963 concibió y dirigió la galería Lirolay en Buenos Aires, espacio que le había confiado la pareja de franceses Mario y Paulette Fano. Desde allí alentó de forma temprana a los jóvenes que más tarde se transformarían en figuras de primer orden y referencia del arte argentino. Las principales tendencias que emergieron en las décadas de 1950 y 1960 hicieron sus primeras apariciones públicas en Lirolay. A poco de hacerse cargo organizó la muestra Catorce pintores de la nueva generación que reunió entre otros a Luis Felipe Noé, Antonio Seguí, Alberto Greco, Enrique Barilari, Jorge López Anaya, Olga López, Silvia Torras y Luis Wells. En la presentación de aquella muestra Derbecq, crítica y curadora, escribió: “1960 es una fecha memorable para el arte argentino. El punto culminante de un profundo cambio de actitud plástica, un nacimiento simultáneo de talentos auténticos”. La mayor parte de los artistas participantes inscribían sus experimentaciones en el terreno del informalismo. Al año siguiente volvieron en un grupo más reducido con la revulsiva exposición Arte destructivo impulsados en gran medida por Keneth Kemble.

Germaine Derbecq. "La malla roja". Témpera sobre tela. 1930.

Germaine Derbecq. “La malla roja”. Témpera sobre tela. 1930.

Con semejante compromiso en la promoción de la vanguardia argentina, cabría esperar que, tal como efectivamente ocurrió, su propia producción artística quedara relegada a un segundo plano. Incansable productora de cultura en el sentido más amplio, Derbecq no solo colaboró como crítica de arte con el diario francés Le Quotidien. En 1970 fundó en Buenos Aires, la revista Artinf junto a Silvia de Ambrosini, Odile Baron Supervielle y Lidy Prati. La publicación, un compendio interdisciplinario de reseñas de arte, arquitectura, música y literatura, fue una referencia fundamental en el medio.

Por fortuna, la poderosa ola que viene dando visibilidad a las artistas mujeres alcanzó a Germaine en esta particular faceta de pintora, que por tanto tiempo permaneció oculta. Curada por Federico Baeza e impulsada en gran medida por su hijo Jorge, la muestra Frenéticamente decidida a ir hacia delante, presenta en la galería Calvaresi una selección de sus obras. La muestra ha sido desdoblada en dos partes: la primera reúne un puñado de pinturas en pequeño y medio formato, realizadas en témpera sobre tela entre los años 20 y 30, cuando la artista, aún en París, participaba del Salón de los Independientes, un espacio disidente del oficial, impulsado por artistas de la talla de Seurat, Signac y Odilon Redon.

Exhibidas en el primer piso de la galería– sabiamente ambientado en azul– estas telas hacen equilibrio entre la figuración y la abstracción, y revelan una sensibilidad medida, una gran calma y un refinamiento sin estridencias. Solo “El balcón”, una enigmática tela de 1930, permite percibir en su composición ciertos rasgos sombríos, premonitorios de los tiempos que se avecinaban.

Germaine Derbecq. Las manzanas. Témpera sobre tela, 1933.

Germaine Derbecq. Las manzanas. Témpera sobre tela, 1933.

El conjunto está llamado a contrastar con las pinturas más conocidas de Derbecq, que integrarán una segunda entrega de esta muestra, que promete la galería para este mismo año, y abarcará su producción posterior a 1950. En ese otro grupo podremos ver una artista más seducida por el giro que asumió la abstracción geométrica bajo la influencia que ejerció, aquí y en Francia, Victor Vasarely. Esa impronta caracterizó los trabajos que la artista presentó en 1953 en la galería Krayd, en la Bienal de San Pablo de 1954, y en la Exposición de arte no figurativo que organizó el itinerante Museo de Arte Moderno en el taller de Raúl Lozza en 1959. Ya en los años 60 Derbecq participó de las ediciones del Premio Braque 1965, 67 y 68. También en la muestra de arte experimental Más allá de la Geometría, que se organizó en el Instituto Di Tella en 1967.

La exposición de Calvaresi complementa las pinturas de Germaine con una selección de sus escritos, realizada por la curadora Florencia Qualina. La exposición simultánea de ambos registros permite cotejar su obra plástica con el enorme interés que despierta su reflexión teórica, algo que no solo refuerza la solidez de esta figura, sino lo oportuno que resulta su rescate.

Germaine Derbecq. Frenéticamente decidida a ir hacia adelante. Lugar: Galería Calvaresi, Defensa 1136. Horario: lunes a viernes de 11 a 18, sábados de 12 a 18, domingos de 12 a 17. Entrada: gratis.

FUENTE: Revista Ñ

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