Constanza Schwartz: Cuando la escala deja de ser límite y se vuelve lenguaje

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✒️Por Gastón Fournier

En el atrio vidriado más imponente de Latinoamérica, una obra suspendida transforma la rutina en experiencia. Pero detrás de esa escala monumental, aparece algo más silencioso: una artista que piensa el espacio como emoción y el encuentro como forma.

Hay mediodías donde la luz cae, rebota, se expande… y todo empieza a suceder hacia arriba.

El vidrio, la estructura, la luz del sol que aparece y se multiplica. Y en ese gesto casi involuntario de levantar la mirada, aparece ella: Eco al Infinito. Suspendida, vibrante, imposible de esquivar.

Pero antes de hablar de la obra, está el encuentro.

A Constanza Schwartz la conocí en su muestra, Más allá del infinito, en Ungallery, junto a Paula Iorio, en el año 2024, un sábado también al mediodía. Ahí hubo algo inmediato: una sensibilidad compartida, una forma de leer la obra desde un lugar menos rígido, más humano. Desde entonces, el vínculo quedó abierto.

Por eso, cuando llego a Lumina San Isidro y la veo —en medio de una escena que claramente la excede— lo primero que aparece no es la artista monumental, sino su gesto. Su forma. Su manera de estar. Se detiene, me mira y sonríe con una calidez inesperada para el vértigo del momento.

“Estoy más contenta ahora que estoy hablando con vos”, me dice, tomándome de la mano. Y en ese gesto aparece algo que la obra también tiene: una sensibilidad que no necesita imponerse.

Y en esa frase, todo baja de escala.

El día en que el atrio dejó de ser edificio

Hay muestras que se visitan y obras que solo se observan.  Y hay otras que modifican: apenas uno entra, cambia la forma en la que el cuerpo se mueve, la mirada se acomoda y el tiempo empieza a sentirse distinto.

Ese martes en Lumina San Isidro, lo primero que sucedía era eso: levantar la cabeza. No como gesto automático, sino como respuesta inevitable.

Por no bajar la cabeza, casi topo con el arquitecto del proyecto, Fernando Sabatini, del Estudio Mario Roberto Valverde y Asociados (MRA+A). Me presento y de manera informal comienzo el dialogo con él. Hay algo en su forma de describir el espacio que ordena la escena desde otro lugar. Su relato no parte de la obra, sino del edificio como organismo. Me confiesa que, en un inicio, no conocía a la artista, pero sí a su padre, y que la propuesta que circulaba era más convencional, casi esperable: una escultura de piso, de presencia firme. Pero algo se desplaza en ese proceso.

“Llegó, miró el espacio… y levantó la mirada”, cuenta. Y en ese gesto —tan simple como decisivo— aparece otra posibilidad: no ocupar el suelo, sino trabajar con la altura, con lo aéreo, con lo etéreo. A partir de ahí, la pieza deja de ser objeto para volverse atmósfera. Sabatini vuelve entonces al corazón del proyecto: un atrio concebido como espacio de convergencia, una especie de calle interior donde la arquitectura necesita de la vida para completarse. “Sin la gente, no existe el edificio”, dice. Y es justamente en ese equilibrio donde la obra encuentra su lugar: no como ornamento, sino como una presencia que interpreta el espíritu del espacio: una escultura etérea, y, con un color vibrante, descontractura la rigidez de la estructura sin imponerse sobre ella, “como si siempre hubiera estado ahí” agrega.

La instalación colgante de Constanza Schwartz se despliega a lo largo de más de 100 metros dentro de una nave contemporánea concebida por el estudio en cuestión. Cuatro cuerpos suspendidos que no ocupan el espacio: lo reconfiguran.

La invitación llegó impulsada por Grupo Mass, pero no proponía simplemente visitar una obra dentro de un edificio. Proponía otra cosa: adentrarse y conocer un sistema donde arquitectura, arte y vida cotidiana se entrelazaban.

La escena no era menor. Entre colegas de Perfil, Planeta Urbano y Clarín, y presencias como Mónica Testoni, Kiwita, Corina junto a Javier Pita, Santiago Gasquet y Gabriel Altamirano, Natalia Lobo, Facundo Garayalde, Karina Kreth, Juan Lasala, Abel Guaglianone, Elena Nofal, Florencia Perotti, la circulación tenía algo de coreografía involuntaria.

Pero incluso en ese contexto de alta intensidad social, algo se imponía con claridad: la obra no se dejaba consumir rápido. Ese atrio no es un lugar de paso. Es un espacio que respira, que filtra la luz, que se transforma durante el día. Un ecosistema donde la obra de Constanza no decora: activa. Y obliga a desacelerar.

El espacio como escenario (y no como límite)

Cuatro cuerpos escultóricos, construidos a partir de geometrías elementales, acompañan el recorrido y modifican la percepción del espacio. No hay un punto fijo. No hay una sola lectura.

Todo depende de cómo se la atraviesa. Como en el cine. Porque si algo aparece con fuerza en esta obra es su lógica escenográfica. No es casual: su formación en dirección de arte y lenguaje audiovisual atraviesa cada decisión. La luz, el tiempo, el movimiento del espectador… todo construye relato. La obra no se mira: se edita en tiempo real.

Como los recorridos de vida que la llevaron hasta esa espacialidad. Constanza sabe cómo generar romance con cada sitio, no importa el tamaño, ella sabe cómo navegarlos. Ha realizado puestas escenográficas para bandas de rock como Silvestre y la Naranja, festivales de música electrónica como Crew Savage y Wakal donde se destaca su instalación óptica de espejos, Fragmentos (2021) en el Hipódromo de Palermo que al fusionarse y multiplicarse en su entorno juega con nuestro entendimiento y percepción del espacio bajo la idea de que nuestra mirada está en constante transformación.

Fue performer en el casamiento de Marta Minujín con la Eternidad (MALBA, 2023) y performer como doble de Minujin en su Torre de Pisa de Spaghettis (2025). Realizó la puesta en escena de Estadio Obras con Fabiana Cantillo (2024). Trabajó en diversas producciones audiovisuales como El Robo del Siglo (2020), en 2023 formó parte del Equipo de Daniel Gimelberg (Director de Arte) del film de Sebastián Borensztein, “Descansar en Paz”.

Por eso, el atrio deja de ser un espacio de tránsito para convertirse en un escenario vivo. Un sistema donde arquitectura, luz, naturaleza y presencia humana dialogan en tiempo real.

No es un vacío: es una construcción espacial de escala mayor. Y en ese vacío cargado de sentido, la obra tensiona, direcciona, respira.

El triángulo, la memoria y lo que no se dice del todo

El punto de partida no fue la escala. Fue una intuición.

Cuando Constanza entra al espacio. Mira hacia arriba. Detecta la retícula del espacio. Y ahí aparece la forma: “triángulo, triángulos, triángulos” repite. “Algunos ven rombos, pero yo veía triángulos”, dice. Y en ese gesto, empieza todo.

La geometría deja de ser formal para volverse lenguaje. Un lenguaje que remite a lo arcaico, a lo simbólico, a lo que —como diría Carl Jung— habita en el inconsciente colectivo.

Pero hay otra capa, más íntima. Invitada por Stefano Poda a una experiencia en la ópera. Una escena en la Arena de Verona. Triángulos que se encienden, cuerpos que emergen, estructuras que se abren, pero en rectángulos. Y como todo buen hecho artístico dejó un cuestionamiento, ¿y qué pasa si desprendo este triángulo y empiezo a jugar morfológicamente con él? Esa imagen que quedó latente y, tiempo después, encontraría esa forma en su obra.

Nada es literal. Todo es memoria transformada.

“Me interesaba tomarlo, repetirlo, modularlo… cambiarle el pico”, explica. Y en esa operación aparece una idea central: la forma como algo vivo. El cálculo de las curvas, como se disuelven las líneas entre lo real y lo virtual, lo que se empieza a reflejar en ambos laterales, el análisis del paso del sol en cada momento del día y en cada estación del año, la sombras que proyecta la figura, la relación de lo público y lo privado, quién puede verla y quién no.

Podés ver el cielo reflejado en las diferentes piezas que la componen. Ahí se condensa la investigación de la obra.

Los cuerpos suspendidos —a veces esqueléticos, a veces orgánicos— no son figuras cerradas.

Son presencias abiertas, que remiten a temporalidades superpuestas.

Restos. Huellas. Anticipaciones.

Encuentro cierta reminiscencia de las formas de sus esculturas exhibidas en Ungallery, “son como medio primas hermanas” acoto. “Sí, son la continuación. De hecho, yo digo, para los que vivieron a esa muestra, que “Más allá del infinito”, me da la palabra infinito, y como Star Wars, esta sería como la precuela”.

Pasado, presente y futuro conviviendo en una misma estructura. Y es ella quien vuelve a darles vida.

Volviendo al juego cinematográfico, el próximo paso es como en Jurassic Park, darles vida a estas criaturas… “La próxima, robotizada” dice soñando en voz alta.

A modo de “próximamente” estará presentando con un amigo de Córdoba, unas lámparas en las cuales están trabajando. Con esto demuestra que la escala no le da miedo, en absoluto. Y en ese oscilar entre escalas – lo pequeño y lo monumental – aparece su ductilidad creativa.

Una pausa sensible en medio del sistema

En un edificio pensado para albergar a más de 4.000 personas, donde la lógica productiva podría dominarlo todo, Eco al Infinito introduce algo mínimo pero radical: una interrupción. Un desvío.

Una pausa sensible.

No es menor que esto ocurra en un contexto corporativo. La incorporación de arte site-specific ya no responde solo a una lógica estética, sino a una necesidad más profunda: generar experiencias que modifiquen, aunque sea por un instante, la forma en que habitamos lo cotidiano.

Como si, en medio del flujo constante, alguien nos dijera: mirá para arriba. Detenete. Respirá.

Detrás de la aparente liviandad de Eco al Infinito hay también una trama profundamente humana. Constanza lo cuenta todavía atravesada por la emoción de esta épica: el proyecto se volvió posible cuando otros decidieron involucrarse más allá de lo esperado. “Se empezaron a copar… y de golpe estábamos todos en esto”, dice. Nombra a Gastón Aliaga y al ingeniero Franco Lavra como aliados clave, junto al equipo de GOTA Arquigrafía y la arquitecta Mónica Mostajo, quienes materializaron e instalaron las piezas. En ese proceso, incluso, parte de la fábrica se detuvo: “Estaban todos tan emocionados con la obra que frenaron la producción para hacer esto posible”.

Lo que aparece ahí no es solo producción, sino algo más difícil de nombrar: una energía compartida, casi contagiosa, donde cada área —arquitectura, ingeniería, iluminación— deja de funcionar de manera aislada para integrarse en una misma experiencia. “Somos más renacentistas y más locos de lo que pensamos”, dice. Y en esa frase se condensa todo: la potencia de lo colectivo, el deseo de hacer, y la intuición de que, cuando eso sucede, la obra deja de pertenecer a una sola persona para volverse un gesto común. El acompañamiento curatorial estuvo a cargo de Facundo López, con co-desarrollo proyectual de Francisca Gil Sosa; dirección artística audiovisual de Martín Rois, composición musical de Francisco Rousset Osio, fotografía de obra por Bianca Sifredi, registro time-lapse a cargo de Temporit y colaboración integral post montaje de Juan Ignacio Scheller.

Constanza no irrumpe en contra del espacio. Convive con él. Genera una experiencia que acompaña el recorrido con naturalidad, sin desaparecer. Por eso la obra no tiene un único punto de vista.

Se la ve desde abajo, desde arriba, en tránsito, en pausa. Se fragmenta en reflejos, se duplica en los vidrios, se proyecta en sombras. La luz natural la activa, el cuerpo del espectador la modifica, el tiempo la reconfigura.

Como si -tal como plantea el texto conceptual desarrollado junto a Facundo López- el límite entre el adentro y el afuera de la obra fuera también un espejo del límite entre el adentro y el afuera de la vida.

Nada termina de fijarse. Todo parece latir. No hay espectador pasivo posible.

La obra se vuelve entonces algo más que una instalación: una instancia expandida. Una coreografía involuntaria entre espacio, materia y presencia, produciendo un “eco visual”.

Una ceremonia mínima.

Ese martes, donde todo podría haber quedado en la espectacularidad. Pero no.

Hay algo en Constanza que corre por otro carril. Algo más silencioso. Más vulnerable.

Más íntimo.

Su madre, Andrea Arditi Schwartz, la observa. Hay orgullo, pero también una especie de reconocimiento.

La obra es enorme. Pero lo que está en juego es otra cosa.

Una forma de estar en el mundo.

Una plenitud sin alarmas nos tranquiliza desde la convicción de que este es nuestro universo.

Como sugiere el texto curatorial de Graciela Peyrú, hay algo en esta obra que no irrumpe: contiene. No desborda: sostiene.

Porque si el espacio puede transformarse, si la percepción puede expandirse, entonces quizás también haya lugar para otra forma de estar.

Una más atenta.

Más sensible.

Más vulnerable.

Más pisciana.

Más presente.

Como un eco que no termina de apagarse. Como un Eco al Infinito.

Fotos: Gentileza de Prensa Grupo Mass

Registro de sala: Gabriel Altamirano

 

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