Plateada 2026: una feria joven que crece y empieza a construir su propia escena

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✒️ Por Gastón Fournier

La cuarta edición de Plateada amplió su escala, ocupó nuevos espacios del Teatro Argentino, sumó galerías, proyectos y editoriales y profundizó su vínculo con las instituciones y el coleccionismo. Una mirada sobre una feria que todavía conserva algo de laboratorio, pero que ya juega en serio.

Hay algo particularmente atractivo en encontrarse con una feria cuando todavía está aprendiendo a ser feria.

No porque le falte experiencia, sino porque todavía se le nota el movimiento: los ensayos, las decisiones, los cambios de escala, las preguntas que aparecen de una edición a otra. Plateada 2026 tuvo algo de eso. Una feria joven —y acaso todavía con cierta vocación de experimento— que esta vez dio un paso más hacia su profesionalización sin perder del todo esa sensación de estar descubriendo, junto con el público, qué puede llegar a ser.

La cuarta edición creció. Y no solamente en cantidad de proyectos.

También ganó espacio.

El desembarco en nuevos sectores del Teatro Argentino permitió que la feria dejara atrás, al menos parcialmente, aquella sensación de ingresar a un universo cerrado que podía producir el montaje de ediciones anteriores. Esta vez hubo circulación, aire, exteriores y una relación más abierta entre los distintos sectores.

El cambio espacial no fue un detalle de montaje. Fue también una declaración.

Como explica Facundo Belén, parte del equipo curatorial, la ampliación respondió también a la necesidad de resolver aquel desfasaje espacial y lograr que la feria pudiera recorrerse como un conjunto, sin el corte que había marcado la edición anterior.

“Había un desfasaje espacial, una especie de desintegración que con esta situación pudimos resolver. Al estar acá, pensamos también en el desafío de ampliar el grupo de participantes: pasamos de 24 a 44. Es un montón, un salto grande.”

A esa ampliación se sumaron las once editoriales que ya habían participado en los meses anteriores y un nuevo patio astronómico, abierto al aire libre, que modificó la experiencia de circulación.

“Esta posibilidad de salir al aire libre y después seguir recorriendo la feria hace la diferencia. El lugar de abajo era amplio y estaba bueno, pero te metías y ya no veías más el sol. Era una cosa medio extraña. Ahora siento que la feria quedó integrada, recorrible, y que incluso se entiende mejor el relato de los proyectos que seleccionamos. No hay un corte como en la anterior.”

El nuevo emplazamiento también permitió profundizar el entramado institucional de la propuesta. Junto al Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti, que organiza la feria, participaron el Centro de Arte, el MACLA y el UMART, tres instituciones que forman parte activa de la escena cultural platense.

Hay, además, un gesto que funciona casi como una declaración de principios. En el comienzo de la feria, la presencia de Lido Iacopetti, vinculada a la obra de Sousa que llegó a la exposición, introduce una referencia histórica que contrasta deliberadamente con la selección de artistas emergentes.

“Es una especie de grial que termina influyendo en todo el arte bonaerense, incluso argentino. Como valor platense nos parecía lindo ponerlo representando. Y, como contracara, hay algo que se entiende en la construcción de los espacios emergentes y en los artistas que trajimos.”

En esa tensión entre genealogía y presente, entre una historia artística que la ciudad reconoce y una escena emergente que busca abrirse camino, Plateada parece encontrar buena parte de su identidad.

Y ahí aparece una de las características que más me interesaron de esta edición. Hay algo de feria de ciencias en Plateada: proyectos que parecen llegar con una hipótesis, artistas que están probando materiales, lenguajes y formas de circulación, propuestas todavía en plena ebullición. Pero hay una diferencia importante: la experiencia ya no tiene nada de improvisada.

La estructura institucional que la sostiene es parte de esa transformación. Y también lo es el coleccionismo: una feria empieza a jugar en otra escala cuando las obras no solamente se miran, se comentan o se fotografían, sino que encuentran destino en colecciones.

Ahí está, quizás, otro de los signos de madurez de Plateada: una feria joven que empieza a construir las condiciones para que aquello que sucede dentro de sus espacios tenga continuidad fuera de ellos.

De la feria al museo

Virginia Martín, cocuradora de Plateada, también señala el cambio de escala que implicó esta cuarta edición. No se trata solamente de haber sumado proyectos, sino de haber encontrado una espacialidad capaz de acompañar ese crecimiento.

“Este año estamos estrenando espacialidad. Las ediciones anteriores también se realizaron dentro del Teatro Argentino, pero ahora salimos del espacio más acotado y ocupamos el hall central, extendiéndonos hacia una parte del teatro que además tiene acceso a los patios.”

La expansión modificó también la experiencia del público. En uno de esos patios se incorporó una intervención escultórica y otra propuesta vinculada a un colectivo de artistas y gestores de imágenes, mientras que la presencia de food trucks terminó de convertir algunos sectores en lugares de permanencia y encuentro.

“Queríamos brindarle al público la posibilidad de pasar un rato, además de disfrutar del arte: tomar un café, quedarse, encontrarse.”

La decisión de ampliar la feria alcanzó también al universo editorial. Hasta ahora, las editoriales habían funcionado como una suerte de acompañamiento a los proyectos expositivos. Para esta edición, en cambio, se abrió una convocatoria específica, que tuvo una respuesta que sorprendió incluso a la organización.

“Decidimos darle una participación especial. Abrimos convocatoria para editoriales y tuvimos una recepción increíble. Ahora contamos con trece espacios.”

Para Martín, esa expansión no es solamente cuantitativa. Está vinculada a un proceso de profesionalización que se vuelve visible en la calidad y en el nivel de producción de los proyectos.

“Siento que cada proyecto ha traído ideas y ha propuesto para su stand algo que en ediciones anteriores ya veíamos como una situación de mucho empoderamiento de los espacios. Pero esta vez es increíble el nivel de cada proyecto, de cada colectivo. Tiene que ver también con ir profesionalizando las ediciones, además de sumar los proyectos que nos vienen acompañando.”

La expectativa, entonces, no está puesta únicamente en crecer, sino en que artistas y espacios puedan crecer a la par.

“Crecer la propuesta de los artistas y la propuesta de los espacios.”

Y en ese punto aparece una de las patas decisivas para que una feria de arte deje de ser solamente una plataforma de exhibición: el coleccionismo.

Martín reconoce que las ventas forman parte de las expectativas naturales de cualquier feria, pero entiende que el acompañamiento de los coleccionistas excede la lógica de una transacción puntual.

“Hay un colectivo de coleccionistas que apoya a Plateada y nos viene acompañando en ediciones anteriores. Vamos a la par también con ellos. Es súper importante tener el apoyo del sector: de los artistas, de los galeristas y también de los coleccionistas. Somos todos parte de la misma trama.”

La frase funciona casi como una síntesis del espíritu de Plateada. Una feria no se sostiene solamente con obras y stands: necesita artistas que produzcan, galerías y proyectos que arriesguen, instituciones que acompañen y coleccionistas dispuestos a convertir ese encuentro en circulación concreta.

En esta edición, ese acompañamiento tuvo además una consecuencia institucional particularmente significativa: el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti recibió obras adquiridas a través de los fondos y acciones de coleccionismo vinculados a la feria. La operación no es un detalle lateral. Cuando una obra que circuló por Plateada ingresa a la colección del museo provincial, la feria empieza a construir también memoria sobre su propio presente.

Y quizás allí esté uno de los signos más interesantes de la evolución de Plateada: aquello que nació como una plataforma joven para mostrar una escena en movimiento empieza, poco a poco, a generar mecanismos para que esa escena permanezca.

Una escena que está pasando

Plateada permite ver algo que sucede hoy en La Plata y, por extensión, en distintos puntos de la provincia: una escena artística que se mueve.

Hay artistas jóvenes, espacios independientes, colectivos, proyectos que están buscando sus propias formas de existir y de encontrarse con públicos y coleccionistas.

Y justamente por eso la feria resulta interesante.

Pero también deja planteada una pregunta.

Porque si uno mira con atención, aparece una franja que todavía está menos representada: artistas de mayor edad, trayectorias consolidadas, nombres que ya construyeron una carrera y que forman parte de la historia reciente de la producción bonaerense.

No necesariamente porque Plateada tenga que convertirse en una feria retrospectiva —sería absurdo pedirle eso—, sino porque quizás su próximo desafío sea lograr que esa energía emergente pueda conversar también con otras generaciones.

La propia presencia de Lido Iacopetti, vinculada a la historia platense y recuperada como una suerte de figura tutelar, parece insinuar que esa conversación ya está empezando.

Y eso abre una posibilidad interesante: que Plateada no solamente muestre lo que está sucediendo ahora, sino que consiga construir puentes entre distintas capas de la escena.

Una feria cada vez menos desconocida

Hay, además, una sensación difícil de medir pero muy fácil de reconocer cuando se camina una feria: la cercanía.

En Plateada uno se cruza con artistas amigos, con caras conocidas, con nombres que ya aparecieron en otras exposiciones, residencias o proyectos. Hay más conocidos que desconocidos.

Y eso, lejos de quitarle interés, le da una escala humana.

Quizás sea también parte de su identidad: Plateada todavía se siente cerca.

No tiene esa distancia de algunas ferias donde uno parece estar atravesando un mapa internacional de galerías sin saber muy bien dónde detenerse. Acá todavía hay conversación, reconocimiento, encuentros inesperados.

Y eso explica también algo que sucedió alrededor de la feria: un contingente de coleccionistas que llegó a La Plata casi como quien organiza una escapada cultural de fin de semana, ocupando cerca de ocho habitaciones para asistir al evento.

No es un dato menor.

Cuando una feria consigue que alguien se desplace, se aloje, recorra una ciudad y haga de esa visita una experiencia cultural, empieza a exceder el perímetro de sus stands.

Y ahí Plateada empieza a jugar otro partido.

Crecer también es aprender a seleccionar

La incorporación de las editoriales fue otro paso de esta edición. La propuesta amplió el universo de la feria y sumó una dimensión vinculada al libro, la publicación y la circulación de contenidos.

Pero, desde mi recorrido, hubo allí una diferencia visual con respecto al resto de la puesta.

Las editoriales todavía no parecían formar parte de la misma conversación espacial que habían logrado algunos de los proyectos artísticos.

En cambio, hubo stands que consiguieron hacer exactamente lo contrario: dejar de parecer stands.

Y ahí aparecen algunas de las propuestas que después vamos a desarrollar en la segunda entrega.

Porque durante esas horas de recorrido hubo un mapa intuitivo y afectivo que se fue armando casi sin proponérmelo: espacios donde conocía a alguno de los artistas, proyectos que ya venía siguiendo, otros que me sorprendieron y algunos encuentros que directamente justificaron detenerse.

No fue un ranking. Tampoco una selección de “los mejores”.

Fue, sencillamente, el mapa que una feria deja cuando uno la recorre desde la curiosidad y el deseo de volver a encontrarse con ciertas obras y ciertas personas.

Y entonces, ¿qué es Plateada?

Después de recorrerla, mi impresión es bastante clara: Plateada ya dejó de ser una promesa, pero todavía tiene permiso para ser una pregunta.

Y quizás ahí esté, justamente, su mayor virtud.

La feria creció, se profesionalizó, amplió sus espacios, sumó proyectos, editoriales, coleccionistas e instituciones. Pero todavía conserva algo que muchas ferias pierden demasiado rápido: la posibilidad de equivocarse, probar, incomodar un poco y no tener todas las respuestas resueltas.

Claro que hay cosas para revisar. La integración de las editoriales podría encontrar una resolución espacial más potente. La representación generacional todavía abre una conversación pendiente. Y algunas propuestas demuestran que no alcanza con llenar un stand de obras para convertirlo en una experiencia.

Pero sería bastante injusto pedirle a una feria en su cuarta edición que ya tenga la solemnidad de una institución centenaria.

Plateada no necesita parecer más grande de lo que es. Necesita seguir creciendo sin perder aquello que la hace reconocible.

Porque una feria joven puede tener aspiraciones profesionales sin convertirse en una máquina de vender metros cuadrados. Puede hablarle al coleccionista sin espantar al curioso. Puede mirar hacia el futuro sin hacer de cuenta que antes no hubo nadie.

Y, sobre todo, puede construir escena.

Eso, para mí, es lo verdaderamente interesante de Plateada: no solamente muestra lo que hay; empieza a preguntarse qué escena quiere construir con eso que hay.

La respuesta todavía está en proceso.

Por suerte.

Porque cuando una feria ya cree tener todas las respuestas, probablemente haya llegado el momento de empezar a desconfiar de ella.

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