La muestra Sombra Permanente de Carlos Cima reúne pinturas recientes donde el interior doméstico, la memoria y la percepción se desdibujan en una práctica que insiste en la lentitud, la ausencia y la inestabilidad de la imagen.
En Sombra Permanente, Carlos Cima desplaza la pintura hacia un territorio donde la imagen deja de afirmarse para comenzar a desvanecerse. Lejos de construir escenas definidas o relatos reconocibles, sus obras operan desde la insistencia, la repetición y el borramiento, como si cada pieza se acercara a algo que nunca termina de aparecer.


La serie, presentada en Constitución Galería, se compone principalmente de obras sobre papel y un conjunto de pinturas de mayor escala, organizadas en torno a interiores apenas sugeridos: mesas, sillas, habitaciones vacías, figuras que se insinúan y se pierden. No hay escena en sentido clásico, sino restos de una escena, fragmentos que no logran consolidarse como imagen estable.
El interior doméstico como territorio inestable
Uno de los núcleos más persistentes en la obra de Cima es el espacio doméstico. Sin embargo, en esta serie ese territorio ya no funciona como lugar de memoria reconocible, sino como una zona de indeterminación. Las habitaciones aparecen despojadas, suspendidas, atravesadas por una temporalidad detenida.
En varias piezas, la presencia de relojes sin hora o muebles sin uso refuerza esa sensación de suspensión. No hay acción, no hay relato, no hay anclaje claro. Lo doméstico se vuelve extraño, casi inaccesible.

Materia, veladuras y la imposibilidad de fijar la imagen
El procedimiento técnico es central en esta operación. Las obras están construidas a partir de capas superpuestas —gouache, tinta, acrílico, gesso y lápiz de color— que no buscan consolidar una forma, sino erosionarla.
Veladuras, transparencias y zonas parcialmente cubiertas generan una superficie donde la imagen parece siempre en proceso de desaparecer. Colores apagados y tierras dominan la escena, dejando rastros más que definiciones.
Entre la memoria y su imposibilidad
Aunque la obra remite a una historia familiar o a un pasado íntimo, no hay reconstrucción narrativa. Como señala el texto curatorial de Roberto Amigo, lo que aparece es fragmento, vacío y distancia: una memoria que no puede organizarse como relato.
En ese punto, la pintura se aleja de cualquier lectura nostálgica. No busca recordar, sino señalar la imposibilidad de hacerlo de manera completa.
Una pintura que insiste en la lentitud
En un contexto donde la imagen tiende a la inmediatez, la pintura de Cima propone una lógica opuesta. Cada obra exige tiempo: tiempo de ejecución, pero también tiempo de mirada.
El uso del papel, contenido y enmarcado, obliga a una relación cercana con la imagen. No hay impacto inmediato. La imagen no se impone: se construye en la duración.
Entre lo visible y lo que permanece oculto
La figura humana casi desaparece. Apenas queda sugerida en formas ambiguas o en la persistencia de objetos que remiten a su ausencia. En su lugar aparecen signos desplazados: figuras difusas, sombras, restos de una presencia que no termina de definirse.
La pintura no muestra: insinúa. Y en ese gesto, más que representar una historia, propone una experiencia donde lo visible y lo invisible conviven sin resolverse.
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