Pabellones nacionales en la Bienal de Venecia: obra portátil y un modelo para armar

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Una mirada a cuatro pabellones nacionales -entre ellos, el argentino-, pensando en la globalización del arte: la facilidad de circulación de las piezas es clave. Existen más de 300 bienales en el mundo. 

Mientras estamos acá, preocupándonos por una realidad sin metáforas, las siete esculturas que componen la instalación El nombre de un país, de la artista Mariana Tellería, continúan en su silenciosa liturgia en el Pabellón argentino de la Bienal de Venecia. Pensar en su vida paralela me da tristeza, dado que muy pocos podrán apreciar el enorme talento que exigieron de la rosarina Tellería y de su curadora, Florencia Battiti, elegidas en un primer concurso histórico y con una inversión significativa en medio de la crisis, en un país que cada dos años debe justificar o revalidar lo que para algunos suena a derroche. No lo es, menos todavía porque se trata de una obra ¡REPRODUCTIBLE!

Vayamos por partes, es cierto; más apropiado todavía en un modelo para armar. Lo primero era el concurso, que la Cancillería llevó a cabo con transparencia irreprochable. En Venecia Tellería explicaba que sus esculturas -hechas de autopartes, chatarra y tela- fueron montadas a partir de maquetas muy precisas, digitalizadas al detalle, de manera que pueden rearmarse en apenas un mes. El Jurado que la dio por ganadora tomó en consideración la propuesta de que muchos de los materiales originales viajaran desde Rosario; el resto era fácilmente conseguible. En la Bienal de 2017, cuando la elegida para representar a la Argentina fue Claudia Fontes, su monumental instalación El problema del caballo planteó el problema del traslado. Transportada en fragmentos y ensamblada en Italia, la obra fue destruida al final de la expo. 

Entre los 90 pabellones nacionales ubicados en las áreas del Arsenal y los Giardini, algunos parecen haber calculado un arte sostenible, a partir de la transportabilidad resuelta, que no solo garantiza costos bajos de transporte sino también que podrán circular con facilidad en el sistema global. México, Brasil y Suiza presentaron videoinstalaciones afines al cine e incluso el clip musical de larga duración. Son obras muy diferentes, en el límite con lo industrial por la cantidad de equipo y talentos que requieren. La instalación de Tellería contiene una reivindicación del arte como artesanado, oficio de deconstrucción y construcción de un original radicalmente transfigurado. 

En el pabellón de México, Actos de Dios, de Pablo Vargas Lugo y con curaduría de Magalí Arriola, cuenta en tres pantallas otra versión –apócrifa– de los evangelios en el paisaje mexicano. En su narración, los milagros son chascos, sin que falte una sola estación del vía crucis. La obra de Vargas Lugo, en su grotesco y humor negro, abona la centralidad de las preguntas por la verdad histórica y la propaganda política, e indaga en la sugestión carismática de los liderazgos. Muy lejos de la Biblia, más cerca de Breaking bad o de la filmografía de Ripstein.

Actos de Dios, de Pablo Vargas Lugo, en el pabellón nacional de México.

Actos de Dios, de Pablo Vargas Lugo, en el pabellón nacional de México.

Sin proponérselo, Brasil y Suiza coincidieron en el tema de la identidad sexual y las “variaciones trans”. 

En una lectura de la cultura carcelaria, la videoinstalaciónSwinguerra, de Bárbara Wagner y Benjamin de Burca, curada por Gabriel Pérez-Barreiro, toma cierta forma nordestina del rap y despliega una coreografía del orgullo queer, que sin embargo no se priva de los estereotipos sexistas. Swinguerra es todo lo inmersiva que puede ser un home theatre. No se puede decir que haga un aporte significativo en términos estéticos y subraya el clisé folclórico de un Brasil gran productor de ritmos pegadizos, delincuentes y cuerpos hipersexuados. Pero tiene el mérito de dejar un mensaje unívoco y optimista en cada uno de los que componen su audiencia, a pleno cada día.

En el pabellón suizo, Moving Backwards, de Pauline Boudry y Renate Lorenz, curada por Charlotte Laubard, es el video de una coreografía dance en una oscuridad de boliche que acentúan los cortinados de lentejuelas plateadas. Los cinco bailarines y ese telón, ¿van o vienen? Indecidible si se trata de un retrobaile lunar, a la manera del moonwalk de Michael Jackson, gracias a unos insólitos zapatos de doble puntera y sin talón, o si estamos viendo un montaje del video en ambas direcciones del track: y lo cierto es que suceden ambas cosas. Tan difícil como lo es acertar a la sexualidad de los bailarines, que en cada caso han transitado una mutación, la identidad opuesta a la que revelan aquí: una nueva sociabilidad de gestos ambivalentes, que se detienen a mitad de camino para desdecirse, y canciones que todos conocemos pero arregladas para volverse inéditas. La banda sonora es otra de sus bellezas, un remix de clásicos bolicheros de Jackson, hip hop y música académica. Si la obra brasilera busca lo irreductiblemente humano en la marginalidad, los bailarines de Suiza son humanos justamente por su ambigüedad. La gestualidad y la ambivalencia los vuelve un poco robóticos pero la utopía de un género fluído sin límite de edad los devuelve a nuestro mundo. 

El punto era otro: se trata de muestras que podrán ser enviadas a casa y, entretanto, girar por las más de 300 bienales que existen actualmente.

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