✒️ Por Gastón Fournier
Una guitarra firmada por Paul McCartney, el reloj que John Lennon tenía en su mesa de luz, discos de oro, juguetes, revistas, entradas de conciertos, obras de artistas argentinos y hasta un submarino amarillo de Swarovski.
En el Museo Lucy Mattos, la Beatlemanía se convierte en archivo, pero también en una pregunta por el tiempo, la memoria y esa necesidad profundamente humana de conservar aquello que alguna vez nos hizo vibrar.
Los Beatles se fueron hace mucho. La obsesión por ellos, evidentemente, no.
Basta entrar en la colección de Raúl Blisniuk para comprobarlo: discos de oro y platino, instrumentos, firmas, entradas, juguetes, merchandising, objetos imposibles de imaginar juntos y hasta un reloj despertador asociado a la intimidad de John Lennon.
Pero detrás de esa acumulación hay algo más interesante que la rareza de cada pieza. Hay una pregunta: ¿qué hace una persona cuando quiere acercarse a alguien que nunca pudo conocer?
Blisniuk encontró su respuesta coleccionando.
En el Museo Lucy Mattos, una selección de su histórica colección privada propone un recorrido por el universo de The Beatles a través de objetos que, vistos individualmente, podrían parecer apenas piezas de memorabilia. Juntos, sin embargo, construyen algo bastante más complejo: el archivo material de una fascinación que comenzó con el deseo de tener algo de ellos y terminó convirtiéndose en una de las colecciones más importantes dedicadas al cuarteto de Liverpool en Sudamérica.
La muestra, curada por Julio Sapollnik, reúne piezas originales de The Beatles, instrumentos, discos, tapas, revistas, juguetes, entradas, objetos de merchandising, obras realizadas por el propio Blisniuk y una serie especialmente significativa de interpretaciones realizadas por artistas argentinos.
Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa, Hernán Dompé y la propia Lucy Mattos ingresan así en el universo Beatle.
Y es precisamente ahí donde la exposición deja de ser solamente una colección para convertirse en otra cosa. Un viaje en el tiempo.
ALL YOU NEED IS LOVE
La primera impresión es la abundancia.

Discos de oro y de platino. Versiones originales de álbumes que circularon por distintos países. Guitarras. El bajo Höfner de configuración zurda asociado a Paul McCartney, con su firma. Una guitarra española firmada por John Lennon. Fotografías. Cheques. Billetes. Tickets de conciertos que hoy parecen pequeñas reliquias de un mundo anterior al código QR.
Después aparecen los juguetes. Los muñecos. Las revistas. Las navajas. Las piezas de merchandising que alguna vez fueron productos destinados a ser consumidos y descartados, pero que el paso del tiempo transformó en objetos históricos.
Es la Beatlemanía convertida en materia.
“Esa es la idea de la memorabilia: darte ese momento”, explica Sapollnik durante el recorrido. Y quizás esa frase sea una de las mejores maneras de entender toda la exposición.
Porque una memorabilia no conserva solamente un objeto. Conserva la posibilidad de volver a estar allí.

Una entrada de un estadio ya no sirve para entrar a ningún concierto. Un ticket no permite atravesar ninguna puerta. Un juguete ya no es solamente un juguete. Un disco puede ser escuchado cientos de veces, pero también puede convertirse en evidencia de que alguien, alguna vez, estuvo allí.
Por eso resulta tan interesante detenerse frente a los discos de oro.


Los originales conviven con la historia de sus propias falsificaciones. Durante determinados períodos, en países donde la música occidental estaba prohibida o restringida, los jóvenes encontraban maneras clandestinas de reproducirla. Hubo discos copiados sobre placas radiográficas. La necesidad de escuchar encontraba sus propios caminos.
La colección conserva también esa historia lateral de la música: no solamente lo que los Beatles produjeron, sino todo aquello que el mundo produjo alrededor de ellos.
Porque cuando una banda alcanza semejante dimensión cultural, deja de fabricar únicamente canciones y empieza a fabricar objetos.
Y los objetos empiezan a fabricar memoria.
A DAY IN THE LIFE
Pero detrás de cada pieza hay una historia. Y detrás de la historia de esta colección hay otra todavía más extraordinaria.
Fue también así como Julio Sapollnik conoció a Blisniuk. En 1996, mientras dirigía el Palais de Glace y trabajaba en una exposición sobre Bob Marley, alguien se acercó para pedirle una entrevista. Sapollnik no lo conocía. La respuesta que recibió fue, cuanto menos, inesperada: “Esto es una porquería. No sabés lo que tengo yo”. La semana siguiente, Blisniuk apareció con parte de su colección. Sapollnik abrió cajas y empezaron a aparecer discos de oro y platino, instrumentos, fotografías, objetos originales y piezas que parecían pertenecer a otra dimensión del universo Beatle. Lo que había comenzado como una frase casi insolente terminó convirtiéndose en una exposición que llevó a más de 70.000 personas al Palais de Glace en apenas treinta días, y que después recorrió distintas ciudades del país. Casi treinta años más tarde, aquella colección vuelve a ponerse en escena, pero ya no como una rareza: como un archivo construido a lo largo de una vida.
Raúl Blisniuk nunca conoció personalmente a The Beatles. No estuvo frente a John Lennon. No compartió una conversación con Paul McCartney. No recibió una guitarra directamente de manos de George Harrison ni una baqueta de Ringo Starr.
Llegó a ellos de otra manera.
A través de los objetos. A través de las subastas internacionales. A través de la investigación, los viajes, los contactos y, sobre todo, una persistencia que con el tiempo adquirió dimensiones casi obsesivas.
Pero para entender esa obsesión hay que retroceder.
Mucho.
La historia de Blisniuk comienza lejos de las vitrinas.
Tuvo un origen humilde y llegó incluso a atravesar períodos en situación de calle. Hasta que apareció la informática.
Un ingeniero le habló de las computadoras y de ese territorio que comenzaba a llamarse Internet. Blisniuk empezó a viajar, a traer chips desde Paraguay y a ensamblar computadoras. Después llegaron los servidores, los bancos, el desarrollo tecnológico y, con ellos, una transformación radical de su situación económica.
La fortuna que construyó a partir de la informática terminó permitiéndole hacer aquello que durante años había sido imposible: buscar y adquirir los objetos que pertenecían al universo que admiraba.
El coleccionista apareció entonces con toda su fuerza. Y hay algo casi cinematográfico en esa transformación.
El hombre que alguna vez no tenía un lugar donde dormir terminó recorriendo subastas internacionales detrás de una guitarra de Lennon, un disco de oro, una fotografía, un reloj o una pieza de merchandising que para cualquier otra persona podía ser simplemente un objeto viejo.
Para él, no. Era una puerta.
Quizás por eso uno de los objetos más conmovedores de la exposición sea el reloj despertador que perteneció a John Lennon y que Blisniuk consiguió en una subasta.

El reloj estaba en la mesa de luz de Lennon.
No marca la hora de su muerte. No es un objeto detenido mágicamente en aquel instante.
Y, sin embargo, es imposible no sentir frente a él una especie de vértigo.
Porque alguien que nunca conoció a Lennon consiguió un objeto que estuvo cerca de él en uno de los espacios más íntimos de su vida.
Es casi como apropiarse de un pequeño fragmento del tiempo.
Como si el coleccionismo pudiera hacer algo que la historia normalmente no permite: acercar el pasado al presente hasta volverlo tangible.
Blisniuk parece haber construido su colección alrededor de esa posibilidad.
Encontrar aquello que sobrevivió. Conservarlo.
Y volver a ponerlo frente a los ojos de quienes quizá nunca pudieron verlo.
La muestra también recupera episodios de la historia de The Beatles que hoy parecen increíbles: sus primeros conciertos en estadios, cuando los equipos de sonido todavía no estaban preparados para semejante cantidad de público; los gritos de las fans que impedían que los músicos se escucharan; las declaraciones que provocaron polémicas religiosas; las dificultades de seguridad que llegaron al extremo de trasladarlos en camiones blindados.
Y entre esas historias aparece una inesperadamente argentina. Se cuenta que, cuando le preguntaron a John Lennon por el fútbol y por la rivalidad entre Celtic y Racing, respondió: “Soy de Racing”. La frase quedó convertida en una pequeña leyenda de la cultura popular y, para Raúl Blisniuk, merecía también un lugar dentro de su archivo. Por eso, entre las piezas de la colección, aparece una camiseta de Racing firmada por Diego Maradona: dos íconos argentinos reunidos para volver a contar aquella historia. El vínculo se completa con un dato que parece salido de una canción: en 1967, Racing venció al Celtic en la final de la Copa Intercontinental, con el recordado gol de Juan Carlos “Chango” Cárdenas. Una camiseta, una firma, un partido y una frase atribuida a Lennon alcanzan para demostrar que la historia de los Beatles también puede encontrar sus ecos en lugares inesperados. Y que, a veces, para entrar en un archivo internacional, la puerta de entrada puede ser Avellaneda.
Cada objeto funciona así como un disparador. La colección no solamente muestra. Cuenta.
Y en esa acumulación hay una idea muy contemporánea: el archivo ya no como depósito muerto, sino como una forma de narrar.
LUCY IN THE SKY WITH DIAMONDS
Hay un momento en que la exposición cambia.
Los objetos originales de The Beatles siguen allí, pero el universo comienza a abrirse.


Blisniuk no se conformó con coleccionar lo que ya existía. Y allí aparece otra decisión que terminaría ampliando radicalmente el sentido de la colección. Fue Sapollnik quien propuso incorporar artistas argentinos y pedirles que interpretaran, desde sus propios lenguajes, qué significaban los Beatles. Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa, Hernán Dompé y otros artistas entraron así en diálogo con ese universo. La operación era sencilla y, al mismo tiempo, profundamente contemporánea: ¿qué puede hacer un artista con los Beatles? No ilustrarlos. No repetirlos. Tomarlos como punto de partida para producir otra imagen, otra lectura, otra obra.


El resultado es un diálogo improbable entre música, cultura popular y arte argentino.
Una forma de demostrar que la Beatlemanía podía ser mucho más que una colección de objetos. Podía ser también un paisaje de creación.
El propio Blisniuk interviene objetos, tapas, instrumentos y materiales. Su relación con el arte está profundamente vinculada con su manera de coleccionar: mirar aquello que otros pueden considerar ordinario y descubrir allí una posibilidad.
El objeto encontrado puede convertirse en memoria.
El material descartado puede adquirir otra vida.
Una imagen puede transformarse en otra imagen.
Y un personaje puede convertirse en lenguaje.
Es allí donde aparece también RAVIK, el universo visual creado por Blisniuk a partir de un personaje que nació originalmente como un dibujo para su hija y que con el tiempo comenzó a multiplicarse hasta convertirse en una identidad propia.

En la exposición, RAVIK cruza Abbey Road, dialoga con Van Gogh, Picasso y otras referencias del arte moderno y popular. Los Beatles vuelven a ser, una vez más, un punto de partida. No un punto de llegada.
La historia ya había ocurrido una vez.
Hace años, Blisniuk y Sapollnik habían trabajado juntos en una exposición dedicada a The Beatles en el Palais de Glace. Pero esta nueva edición no es una repetición.
Hay algo que entonces no estaba. Lucy Mattos.
Y, más precisamente, un submarino amarillo flotando en la piscina del museo.

La obra, realizada especialmente para esta exposición, funciona casi como una aparición.
El submarino que alguna vez fue una imagen, una canción, una película y uno de los grandes íconos de la cultura Beatle ahora navega literalmente en el espacio de Lucy Mattos.
La artista lo convierte en instalación.
Y el museo, por unos días, parece transformarse en otro lugar. Lucy incluso bromea con que debería vestir su escultura emblema de flower power para recibir la muestra.
Una vincha de flores. Una estética hippie.
Como si el propio museo tuviera que entrar en personaje para recibir a sus visitantes de Liverpool.
La operación tiene algo de juego y algo de homenaje.
Porque Lucy no intenta reproducir el universo Beatle.
Lo incorpora a su propio lenguaje.
El agua se convierte en escenario. El submarino, en objeto flotante.
Y el museo, en una suerte de espacio intermedio entre la memoria y la imaginación.
Tal vez por eso el nombre elegido resulta perfecto: Lucy in the sky.
Aunque en este caso Lucy no está solamente en el cielo. Está en el agua.
Y eso vuelve todavía más interesante el juego entre canción, obra y espacio.
UNA COLECCIÓN QUE TAMBIÉN ES UNA MÁQUINA DEL TIEMPO
Hay algo profundamente contemporáneo en esta exposición, aunque esté construida alrededor de objetos de hace más de medio siglo.
Vivimos rodeados de imágenes que duran segundos. Tickets que desaparecen detrás de una pantalla. Fotografías que se almacenan en servidores. Canciones que ya no necesitan un soporte físico.
En ese contexto, mirar un ticket original de un concierto de The Beatles adquiere una fuerza inesperada.
Porque todavía puede tocarse.
Todavía puede conservar una marca.
Todavía puede demostrar que algo ocurrió.
Eso es lo que hace el archivo de Blisniuk.
Le devuelve cuerpo al pasado.
Y quizás esa sea la razón por la que una pieza aparentemente tan pequeña como el reloj de Lennon termine siendo una de las imágenes más poderosas de toda la muestra.
El coleccionista nunca pudo conocer a los Beatles. Pero encontró una manera de acercarse a ellos que no dependía de haberlos tenido delante.
Fue construyendo, objeto tras objeto, una máquina imposible. Una máquina capaz de poner en diálogo un disco de los años sesenta con una obra contemporánea.
Una fotografía con un juguete.
Un artista argentino con John Lennon.
Una piscina de 2026 con un submarino amarillo.
Y a una generación que vivió la Beatlemanía con otra que quizá conoce a The Beatles solamente a través de Spotify.
Pasado, presente y futuro quedan alineados en una misma sala.
Quizás eso sea, finalmente, coleccionar. No poseer el pasado, sino impedir que desaparezca. Hacer que una generación pueda descubrir lo que otra todavía recuerda. Que alguien que nunca escuchó un disco de The Beatles pueda detenerse frente a una guitarra, un boleto, un reloj o una fotografía y entender que alguna vez todo aquello significó algo para millones de personas.
Sapollnik lo resume con una sencillez que termina siendo difícil de discutir: “Eran unos genios”. Y después agrega algo todavía más definitivo: “Si es buena, no la vamos a olvidar. Y parece que no”.
Tal vez por eso esta exposición no habla solamente de The Beatles. Habla también de nuestra necesidad de conservar aquello que nos cambió. De convertir la admiración en archivo, el archivo en relato y el relato en memoria.
El tiempo de The Beatles. Y ese tiempo… todavía sigue sonando.
THE BEATLES EN EL MUSEO LUCY MATTOS
“The Beatles Colección + Arte Blisniuk” reúne una selección de la histórica colección privada de Raúl Blisniuk, reconocida por Guinness World Records the en 1998 como la mayor colección de objetos de The Beatles de Sudamérica.
La exposición cuenta con curaduría de Julio Sapollnik y reúne piezas originales de The Beatles, memorabilia, instrumentos, discos, publicaciones, juguetes y objetos históricos, además de obras de Blisniuk y trabajos especialmente realizados por artistas argentinos como Nicolás García Uriburu, Rogelio Polesello, Pérez Celis, Vito Campanella, Clorindo Testa y Hernán Dompé.
La exposición incorpora además Submarino Amarillo, de Lucy Mattos, una instalación realizada especialmente para la muestra que lleva el universo Beatle a la piscina del museo.
Museo Lucy Mattos
Av. del Libertador 17426, Beccar, San Isidro.
Desde el 9 de septiembre de 2026
Miércoles a sábados, de 11 a 19 h.
Una oportunidad para volver a mirar a The Beatles desde los objetos, las historias y las imágenes que construyeron su mito, pero también para descubrir cómo una pasión personal puede convertirse, con el tiempo, en un archivo capaz de preservar una parte de la memoria cultural de varias generaciones.



