BADA 2026: 14 años de una feria que puso al artista en el centro

BADA, Ferias, Noticias

✒️ Por Gastón Fournier

Catorce años después de aquella primera edición que parecía ir a contramano del mercado, BADA volvió a Buenos Aires con una fórmula que ya trascendió fronteras: artistas que venden su propia obra, público que puede hablar directamente con ellos y una plataforma que convirtió el encuentro directo en una de sus principales señas de identidad.

De Buenos Aires al mundo

Había algo que BADA ya no necesitaba demostrar: aquella idea que alguna vez pareció pequeña —una feria donde los artistas pudieran mostrar, contar y vender directamente su obra— tenía mucho más recorrido del que muchos habían imaginado.

Durante la inauguración, Ana Spinetto, directora de BADA, volvió sobre esos 14 años de una plataforma que nació en Buenos Aires y fue creciendo hasta llegar a otros mercados. México ya forma parte de su recorrido, con una séptima edición en preparación, mientras Madrid también había sido parte de esa expansión internacional.

Lo que alguna vez se pensó como una feria para Buenos Aires se convirtió así en una plataforma que hoy conecta artistas, públicos y mercados más allá de las fronteras argentinas.

La apuesta de origen sigue siendo la misma: que el artista esté frente a su obra y frente al público.

En un mercado tradicionalmente organizado alrededor de galerías e intermediarios, BADA construyó otro modelo: el encuentro directo. Durante los cuatro días de esta edición, los artistas pudieron explicar qué hacían, de dónde venía una obra, qué la atravesaba y por qué habían decidido hacerla. Y los visitantes pudieron preguntar, conversar y, en muchos casos, comprar directamente.

La experiencia modifica también la relación con la obra. Cuando el artista está ahí para contarla, la pieza deja de ser solamente un objeto expuesto: aparece detrás de ella una historia, una decisión, una sensibilidad.

Ese encuentro es, todavía hoy, una de las claves de BADA.

El artista como embajador

La edición 2026 sumó además una dimensión institucional que merece atención. BADA fue reconocida como evento licenciado Marca País Argentina, en una distinción vinculada a su capacidad para proyectar la producción artística argentina hacia otros territorios.

Durante la inauguración, Diego Sucalesca, presidente ejecutivo de PROM Argentina, destacó el papel del arte dentro de las industrias creativas y su capacidad para contribuir no solamente a las exportaciones, sino también al posicionamiento internacional del país.

La ecuación resultó interesante: mientras BADA lleva artistas argentinos hacia el exterior, también recibe artistas internacionales en Buenos Aires. Esta edición reunió creadores provenientes de diez países, entre ellos México, Paraguay, España, Estados Unidos, Rusia, Ecuador, Uruguay, Chile y Colombia.

La feria funcionó así como una puerta giratoria cultural: artistas argentinos que salen al mundo y artistas de otros países que llegan a Buenos Aires para compartir el mismo espacio.

En ese contexto, Milo Lockett —uno de los artistas vinculados a BADA desde sus comienzos— fue incorporado además como embajador de Marca País Argentina en el mundo, en reconocimiento a su trayectoria y a su presencia internacional.

Más allá de las distinciones, quedó planteada una idea que excede los cuatro días de feria: los artistas también son embajadores de un país. Llevan imágenes, relatos, sensibilidades y formas de mirar que muchas veces consiguen llegar allí donde una campaña institucional no llega.

Y ahí BADA vuelve a encontrar una de sus dimensiones más interesantes: no solamente funciona como feria, sino como plataforma de circulación.

Una feria que también acompaña

Otro de los aspectos que se consolidó en esta edición fue el acompañamiento profesional a los artistas.

Por tercer año consecutivo, BADA trabajó junto a profesionales y graduados de programas de curaduría y gestión para acompañar a los participantes en la preparación de sus stands. La propuesta suma una mirada externa sin intervenir sobre la identidad de cada artista: ayuda a ordenar, potenciar y presentar mejor aquello que ya existe.

Es una diferencia importante.

Porque si la esencia de BADA continúa siendo que el artista conserve la palabra sobre su propia obra, ese acompañamiento no busca reemplazarla, sino darle herramientas para que esa palabra llegue mejor.

Entre concursos, programas de acompañamiento, alianzas institucionales y la incorporación de artistas de distintos países, BADA fue construyendo una estructura que excede el simple formato de exposición y venta.

La feria terminó, pero esa estructura permanece.

Permanece en los artistas que encontraron allí sus primeros compradores, en quienes comenzaron a construir una carrera, en las relaciones que se generan entre colegas, en los públicos que se acercan por primera vez al arte y en una plataforma que continúa expandiéndose hacia otros mercados.

Porque quizá una de las transformaciones más interesantes de BADA haya sido justamente esa: dejar de ser solamente un evento para convertirse en un hacedor de escena.

Y es desde ahí que vale la pena recorrer lo que ocurrió en esta edición. Porque detrás de los números, las distinciones y los discursos institucionales, estuvieron las obras. Y entre tantas propuestas, hubo artistas frente a los que valía la pena detenerse un poco más.

Mi radar en BADA

Y después está lo mejor de una feria: cuando el plan se va al demonio.

Porque uno entra con una idea más o menos ordenada de lo que quiere ver, calcula tiempos, busca nombres, promete “dar una vuelta rápida” y, veinte minutos después, está parado frente a una obra que no estaba en ningún radar.

Yo hice un poco de todo. Y en ese recorrido aparecieron artistas muy diferentes entre sí, algunos con una trayectoria larguísima dentro de la feria y otros llegando por primera vez.

Lo interesante es que, cuando el artista está ahí, la obra deja de ser solamente una imagen colgada en una pared: hay alguien que puede contar por qué la hizo, qué está buscando, cuánto tardó, qué significa para él y, eventualmente, cuánto cuesta. Parece una obviedad, pero no lo es. Y es, probablemente, una de las razones por las que BADA sigue funcionando como una plataforma de encuentro.

Eso también es leer una feria: saber cuándo dejar de buscar lo que uno vino a buscar.

Entre cientos de artistas, stands, colores, objetos, conversaciones y propuestas de todo tipo, hubo obras que consiguieron hacerme frenar. Algunas por su potencia, otras por su inteligencia, otras porque planteaban algo distinto. Y también porque una feria tiene esa capacidad —que a veces se agradece y a veces se padece— de poner todo en la misma conversación.

Ahí aparece el verdadero ejercicio curatorial: qué pasa cuando una obra deja de estar sola y empieza a convivir con todas las demás. Qué resiste, qué sorprende, qué se vuelve más interesante al lado de otra cosa y qué, simplemente, desaparece.

No armé un ranking ni intenté hacer un catálogo de favoritos. Esta es mi lectura de algunos de los artistas y obras que consiguieron abrirse un espacio propio en medio de todo lo que fue BADA 2026.

Y ahí es donde vale la pena salirse de lo planeado.

Gaspar Pomeranec: del mar a la mitología, con escala de bolsillo

La cerámica de Gaspar Pomeranec entraba por el mar y rápidamente se iba para cualquier otro lado. Sirenas, orcas, ballenas y criaturas fantásticas compartían el espacio con una mitología propia que parecía no necesitar demasiadas explicaciones.

Era su primera participación con stand propio en BADA y se notaba en esa mezcla de entusiasmo y tranquilidad de quien todavía está probando qué sucede cuando su trabajo sale del taller y empieza a convivir con el público. Su propuesta reunía cerámica esmaltada, pequeñas piezas y una serie de azulejos que había producido casi como un diario: uno por día, según lo que le había pasado, lo que había sentido o aquello que lo había atravesado.

La paleta de mi vida”, me dijo cuando le pregunté por los colores.

Allí estaba la mejor definición de su propuesta: un universo que no pretende ser demasiado solemne, que mezcla fantasía, humor y oficio, y que encuentra en el formato pequeño una virtud que BADA entiende especialmente bien: el arte también puede salir de una feria en un bolsillo.

Madeleine Lefebvre: perderse en el bosque para encontrarse

El stand de Madeleine Lefebvre era de esos que no se explicaban desde una sola obra. Había que entrar.

Portal a mi bosque convertía el espacio en una instalación compuesta por 16 bloques de diferentes tamaños, irregulares, móviles y pensados para poder armarse y desarmarse con cierta facilidad. La artista hablaba del bosque como un lugar de búsqueda personal: perderse para encontrarse.

Y había algo interesante en esa contradicción.

Porque la instalación era visualmente expansiva, pero había sido pensada con una precisión casi doméstica: que pudiera entrar en su auto, que pudiera transportarse, que pudiera montarse sin convertirse en un problema.

Madeleine me habló también de su casa en el sur, en Villa La Angostura, y de cuánto de esa experiencia aparece en su obra. El bosque no funcionaba entonces como simple paisaje: era refugio cotidiano y una especie de laboratorio emocional.

Y mientras me contaba todo eso, pensé que quizás el verdadero portal no estaba en el título sino en la posibilidad de entrar en una obra y salir un poco distinto, atravesado por el aroma fresco del bosque patagónico.

Carolina Malbrán: cuando la cerámica cobra vida

Carolina Malbrán llegó a BADA con una propuesta que no parecía querer quedarse solamente en la cerámica. Su instalación reunía piezas esmaltadas, detalles de lustre de oro, pequeños objetos y una serie de formas que funcionaban como una síntesis bastante precisa de los mundos que viene explorando desde hace años.

La artista había pensado la propuesta como una exaltación de los sentidos y del regreso al cuerpo. No casualmente había elegido una frase de Clarice Lispector para acompañarla: “fue tan cuerpo que fue puro espíritu”.

La frase podía funcionar casi como una contraseña para entrar a su universo.

Malbrán tiene además una relación particular con el objeto cotidiano: lo toma, lo transforma, lo vuelve extraño, lo carga de color y termina convirtiéndolo en algo que puede habitar una mesa, una pared o una colección.

En BADA también aparecía otra dimensión de su recorrido. Ya había participado anteriormente, aunque aquella primera vez había sido con Fin de fiesta, una instalación sobre los residuos de una fiesta infantil realizada antes de incorporar el horno a su práctica. Esta vez, literalmente, la cerámica había pasado por el fuego creativo. Y se notaba.

Ginette Reynal: darle luz a lo que preferimos esconder

Tu sombra es tu luz era una de esas propuestas que tenían algo más que una buena imagen.

Ginette Reynal había construido un espacio donde sus obras cambiaban literalmente frente al espectador. Durante el día podían verse como pinturas; al entrar en contacto con luz fluorescente aparecía otra capa, realizada con pintura fluorescente.

La idea partía de una pregunta bastante humana: todo aquello que llevamos dentro y no mostramos.

La sombra como aquello que permanece oculto. La luz como posibilidad de hacerlo visible.

Lo interesante era que esa idea no quedaba solamente en el discurso. La propia obra hacía exactamente eso: escondía algo para después revelarlo.

Durante nuestra conversación, Ginette dijo algo que me pareció especialmente pertinente para BADA: el arte no es solamente aquello que sucede en museos o galerías frente a obras inaccesibles. También puede ser una manera de transmitir lo que uno tiene adentro cuando las palabras no alcanzan.

Y ahí la propuesta encontraba una segunda lectura: detrás del mecanismo lúdico había una búsqueda bastante más profunda, iluminar lo que no se revela.

Lucas Puch: cuando la ilustración sale del cuaderno y se mete en la vida

Lucas Puch fue otra de esas apariciones que entraron rápido por los ojos.

Ilustrador y diseñador gráfico, trabaja con situaciones reconocibles y las lleva hacia un universo entre lo surreal, lo pop y lo cotidiano. Hay algo deliberadamente humano en sus personajes: parecen estar atravesando pequeñas escenas que podrían sucedernos a cualquiera.

Él mismo lo explicó con una frase sencilla: busca ilustrar aquello que le provoca algo -bronca, alegría, incomodidad- y darle una vuelta.

Su primera participación en BADA tenía además ese componente de estreno: después de producir obra durante los últimos años, especialmente a partir de la pandemia, estaba poniendo ese trabajo frente a un público que no necesariamente llegaba desde el circuito habitual del arte.

Y había una expectativa que me gustó especialmente: que las obras se fueran.

“Que quede vacío”, dijo cuando le pregunté qué esperaba de la feria.

Una respuesta bastante más contundente que cualquier estrategia de marketing. El stand no se vació, pero si existió intercambio de obras con otro colegas. También la obra cobra valor, cuando un par la reconoce como tal.

Milo Lockett: el artista que ya no necesita presentación

Si hubo una presencia imposible de esquivar en esta edición fue la de Milo Lockett. Su vínculo con BADA ya forma parte de la historia de la feria y, esta vez, tuvo además un reconocimiento institucional: fue presentado como Embajador de la Marca Argentina, una distinción que amplía el alcance de su figura más allá del circuito estrictamente artístico.

Pero más allá del título, Milo sigue funcionando dentro de BADA por algo mucho más sencillo y efectivo: la capacidad de construir un vínculo directo real con el público. Sus personajes, sus colores y ese lenguaje visual inmediatamente reconocible forman parte de un repertorio que el público identifica casi sin necesidad de firma. Y justamente ahí aparece una de las claves de BADA: artistas con una identidad consolidada compartiendo espacio con quienes recién empiezan, todos bajo una misma lógica de encuentro.

En una feria que insiste desde hace años en acercar el arte a públicos cada vez más amplios, Milo representa también una idea que BADA viene convirtiendo en escena: que la popularidad no necesariamente le quita espesor al arte y que una obra puede ser reconocible, accesible y, al mismo tiempo, seguir generando conversación.

Le pregunté qué encontraba diferente esta vez.

Su respuesta fue directa: “La curaduría subió un talle.”

Y no era una mala manera de resumir lo que varios artistas me habían dicho durante el recorrido.

Milo valoró especialmente que BADA mantuviera su apertura hacia artistas emergentes y que alguien sin un currículum extenso pudiera tener protagonismo. También destacó la internacionalización de la plataforma y su experiencia en BADA México.

Pero su propio stand mostraba que incluso dentro de una trayectoria conocida hay espacio para mover las piezas.

Esta vez aparecieron nuevos trabajos sobre cartulina americana, trabajados, pintados, lavados y luego laqueados, una solución material que además responde a una necesidad muy concreta: viajar con la obra.

La paleta también había cambiado. Menos saturada, más quebrada, más lavada.

Después de tantos años, Milo seguía haciendo algo que parece sencillo pero no lo es: seguir buscando dentro de un lenguaje reconocible sin quedarse atrapado en él.

Elisa Culzoni: casas, ventanas y cartas de amor que nunca llegaron

En el universo de Elisa Culzoni, las casas no son solamente casas.

Son escenarios.

Sus collages parten de espacios que podrían parecer reales —una cabaña, una ventana, una habitación, un pasillo, un ascensor— pero rápidamente empiezan a funcionar como capítulos de una historia que la artista va inventando mientras trabaja.

Una de las obras nuevas tenía agua, barcos de papel y cartas de amor que nunca habían llegado a destino.

La imagen podía parecer casi ingenua hasta que uno escuchaba la historia detrás.

Culzoni trabaja con papel de revista, papeles finísimos provenientes incluso de embalajes y materiales que pinta para construir capas y transparencias. En sus manos, esos restos dejan de ser soporte y empiezan a funcionar como recuerdos con vida.

Había algo cinematográfico en sus escenas: uno no termina de saber qué pasó, pero tiene la sensación de haber llegado apenas unos minutos después.

LLORDI: el cinetismo salió del cuadro y empezó a jugar

Con Guido Llordi había que hacer exactamente lo que sus obras pedían: moverse.

Su investigación sobre color, materia y percepción parte de una idea sencilla pero bastante poderosa: una obra no tiene por qué comportarse como una imagen estática. La luz y el desplazamiento del espectador pueden modificar lo que vemos.

En BADA presentó nuevas piezas de la serie Umbral, donde pequeñas estructuras escultóricas salían literalmente del marco.

La obra dejaba de respetar ese límite rectangular que durante siglos nos enseñó dónde empezaba y terminaba una pintura.

Pero lo más interesante aparecía en las piezas de mayor formato y en el juego con las texturas: el movimiento del espectador activaba distintas percepciones del color, mientras la huella de la espátula y la materia mantenían algo deliberadamente humano.

Llordi hablaba de cinetismo, pero no quería repetir el cinetismo geométrico clásico. Quería conservar el gesto.

Que la máquina se mueva, sí. Pero que todavía se note la mano.

Y ahí aparecía una tensión interesante entre tecnología perceptiva y oficio.

Martín Enricci: sobras, hilos y una escultura que ya tenía dueño

Martín Enricci llegó con una novedad que, curiosamente, no había nacido como obra.

Era una acumulación. Hilos y restos de telas provenientes de trabajos anteriores, enrollados durante meses hasta convertirse en una pieza escultórica de gran formato.

“Parece una huevada”, me dijo, antes de explicar que llevaba meses haciéndola.

Me encantó esa contradicción.

Porque detrás de algo que visualmente podía parecer espontáneo había una cantidad enorme de tiempo, repetición y paciencia. La pieza, además, ya tenía destino: una casa de doble altura donde sería instalada mediante tensores.

Es decir que tampoco era una escultura pensada para quedarse quieta en una feria.

Ya estaba pensando en otra arquitectura. Y quizás ahí aparecía algo muy propio de esta edición: obras que no solamente buscaban venderse, sino encontrar dónde seguir viviendo.

Sus pinturas abstractas siguen siendo su identidad, pero esto nuevo, capto mi atención y mi consecuente mención.

Bárbara Lanata: Nueva York sin postal

Bárbara Lanata llegó a BADA con una retrospectiva de los tres años que vivió en Nueva York y una pregunta implícita bastante saludable: ¿cómo fotografiar una ciudad que ya fue fotografiada millones de veces?

La respuesta no fue el Empire State ni la Estatua de la Libertad. Fue la vida.

Lanata trabaja desde la fotografía documental y su mirada sobre Nueva York se concentra en fragmentos urbanos, situaciones y escenas que tienen algo de registro cinematográfico. La propia artista había estudiado fotografía documental en el ICP y mantiene el vínculo con la ciudad a través de viajes recurrentes y una cámara que sigue acompañándola. Su ficha de BADA define justamente su trabajo desde la luz natural, las sombras y esos fragmentos urbanos y cotidianos.

En su stand había también una segunda línea, más experimental: tubos de luz fuera de foco, color y tratamiento digital.

BADA 2026 27

Era una manera inteligente de mostrar dos caras de una misma fotógrafa.

La que observa el mundo. Y la que empieza a inventarlo.

Sara Stewart Brown, “Kiwita”: los papelitos también tienen recuerdo

BADA la presentó oficialmente así en su edición 2026, y su vínculo con la feria viene de mucho antes: participa desde 2018 y su trabajo con papel es ya una marca reconocible dentro de su producción.

Su universo está hecho de pequeños fragmentos de papel que, una vez intervenidos y colocados sobre el soporte, parecen despegarse de la superficie. Son casi pequeñas explosiones detenidas en el aire. La luz, la sombra y el relieve hacen que algo tan cotidiano como un papelito pueda adquirir volumen y presencia escultórica.

La historia de los “papelitos” viene de una frase que Sara utilizaba para expresar felicidad: es todo papelitos de colores. Desde entonces, la serie fue creciendo, incorporando nuevos materiales y posibilidades.

Pequeños formatos, composiciones y piezas que podían leerse casi como fragmentos de una instalación mayor convivían con una propuesta que ampliaba la escala: desde obras para llevarse en el momento hasta intervenciones y murales de dimensiones mucho más ambiciosas.

Había algo especialmente interesante en esa convivencia entre lo pequeño y lo monumental. BADA permite que una obra pueda empezar siendo un objeto accesible y terminar convirtiéndose en un proyecto de sitio específico, una posibilidad que cada vez aparece con mayor fuerza entre los artistas que participan de la feria.

Sara también señalaba algo que atraviesa buena parte de esta edición: después de haber participado en otras oportunidades y de haberse ausentado durante las últimas dos ediciones, encontró una feria con mayor trabajo curatorial, más presencia de coleccionistas y un público compuesto también por artistas, diseñadores y arquitectos. El regreso, entonces, funcionaba como una pequeña radiografía del crecimiento de BADA.

Y entre las piezas pequeñas, esas que tienen otra velocidad de decisión, aparecía también el espíritu takeaway: obras que se miran, gustan y pueden desaparecer del stand antes de que uno termine de recorrerlo. Tal como paso al momento de la entrevista.

BADA, cuando democratizar el arte ya no alcanza

Después de recorrer BADA durante horas, hablar con artistas, mirar obras, escuchar historias de taller y volver sobre algunos stands más de una vez, queda una sensación bastante clara: BADA ya no necesita demostrar que puede llenar La Rural. Ya lo hizo. Ahora tiene que demostrar qué quiere hacer con todo ese poder de convocatoria.

La 14ª edición reunió a más de 300 artistas y, según los datos difundidos por la organización y La Rural, superó los 100.000 visitantes. La cifra impresiona, pero en este caso no es solamente estadística: habla de una feria que consiguió instalar una idea que hace algunos años todavía necesitaba ser explicada: que comprar arte puede ser posible, que se puede empezar con una obra pequeña, que no hace falta conocer todos los códigos del mercado para entrar en él y que conversar con quien hizo una obra puede ser tan importante como comprarla.

Y esa sigue siendo su gran fortaleza. BADA democratizó el acceso al arte desde un lugar concreto: eliminó intermediarios y puso al artista frente al público. En una época en la que buena parte de nuestra relación con las imágenes sucede a través de una pantalla, recuperar la conversación cara a cara tiene algo casi contracultural.

Pero una feria que ya alcanzó esta escala no puede quedarse únicamente con la fórmula que la hizo crecer.

Ahí aparece, para mí, el verdadero desafío de BADA 2026: pasar de ser una feria que acerca artistas a convertirse, cada vez más, en una feria que también construye escena.

La diferencia no es menor.

Construir escena significa seleccionar, acompañar, generar contexto, favorecer cruces, hacer visibles determinadas búsquedas y ayudar a que el público pueda descubrir no solamente quién vende una obra, sino por qué esa obra importa dentro del presente artístico. Y en esta edición hubo señales interesantes en esa dirección: la incorporación de nuevos talentos, la participación de artistas de distintas provincias, el espacio de la Secretaría de Cultura con respaldo curatorial y una presencia internacional que ya no funciona como anécdota sino como parte de la expansión natural del proyecto.

También hubo una curaduría más consciente en varios sectores. Se percibía una intención mayor de ordenar, de acompañar y de darle otra lectura al conjunto. Pero todavía hay momentos en los que la enorme diversidad de lenguajes y trayectorias corre el riesgo de convertirse en acumulación. Cuando todo está permitido, el criterio curatorial se vuelve todavía más importante.

Y quizá ese sea el próximo salto de BADA: no perder aquello que la volvió masiva mientras profundiza aquello que puede volverla verdaderamente influyente.

Porque democratizar no significa solamente poner una obra al alcance de todos. También significa enseñar a mirar.

Y ahí BADA tiene una oportunidad enorme.

La feria ya consiguió algo que no es sencillo: hizo que miles de personas entren a un pabellón de La Rural y se animen a preguntar cuánto cuesta una obra, quién la hizo, cómo trabaja, qué hay detrás de una imagen. Consiguió que artistas consagrados compartieran pasillo con emergentes. Que alguien pudiera encontrarse con Milo Lockett y, unos metros después, descubrir a un artista que todavía no conocía. Que una fotografía documental conviviera con cerámica, collage, escultura, abstracción, ilustración, arte cinético, papel y pintura. Que el coleccionismo pudiera empezar con una pieza pequeña de cien dólares o menos.

Eso no es poco.

Pero ahora que BADA consiguió que el público entre, el desafío es conseguir que vuelva. No solamente a la próxima edición, sino al arte.


Que visite un museo.
Que siga a un artista.
Que compre otra obra.
Que aprenda a distinguir una búsqueda de una tendencia.
Que arme, aunque sea de a poco, su propia colección.

Ahí está, para mí, el verdadero futuro de BADA.

Porque una feria puede ser un lugar donde se venden obras durante cuatro días. O puede ser algo mucho más ambicioso: una puerta de entrada a una escena artística completa.

BADA ya abrió esa puerta. Ahora le toca seguir ampliándola.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano

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