Mitología de un cuerpo expandido

Artistas, Galerías, Noticias

Por Gastón Fournier — Art Curator & Artfluencer

La obra de Paloma Mejía explora el cuerpo como territorio simbólico donde materia, memoria y experiencia vital se entrelazan.

En ODA Oficinas de Arte, la artista Paloma Mejía presenta “Anatomía de un mundo frágil”, una exposición donde el cuerpo femenino se convierte en archivo de memoria, vulnerabilidad y resistencia.

Con curaduría de Daniel Fischer, la muestra despliega esculturas, joyería expandida, fotografía e instalaciones que convierten la fragilidad en una forma de soberanía.

Hay exposiciones que se recorren con la mirada. Esta se recorre con el cuerpo.

La obra de Paloma Mejía pertenece a esa categoría donde la materia no se limita a representar sino que insiste en recordar. En “Anatomía de un mundo frágil”, la artista construye una geografía íntima donde el cuerpo femenino aparece como archivo de experiencias: belleza castigada, deseo vigilado, fantasías que sobreviven como bálsamo frente a la violencia.

Lo que se despliega en las salas de ODA no es simplemente una exposición de esculturas y objetos; es un diario corporal donde cada material parece registrar un estadio distinto de la memoria.

Cera, bronce, oro, fotografía, joyería expandida e instalaciones monumentales conviven en un ecosistema material heterogéneo. Esa diversidad no responde a una voluntad ornamental sino a una lógica orgánica: cada pieza parece brotar de la anterior como si formara parte de un mismo sistema vital.

Mejía trabaja desde el gesto manual, desde lo táctil, desde una relación casi dérmica con la materia. Hay grietas, porosidades, superficies que parecen respirar.

La curaduría de Daniel Fischer entiende ese pulso y lo potencia. El recorrido establece diálogos precisos entre escala, altura y corporalidad. Muchas de las piezas se sitúan deliberadamente a la altura pélvica, obligando al visitante a confrontar con esa zona simbólica del cuerpo donde convergen deseo, nacimiento y vulnerabilidad.

La cera —material que la artista utiliza originalmente para moldear sus piezas de orfebrería— aparece aquí resignificada como materia escultórica en sí misma. Se expande sobre bastidores simétricos o se derrama en configuraciones orgánicas que evocan tejidos vivos.

Entre las obras más potentes emerge una gran instalación de cera expandida cuyo peso específico corresponde exactamente al del propio cuerpo de la artista. La pieza funciona como un doble material, una presencia que oscila entre autorretrato y reliquia. En ella, la gravedad se vuelve literal: el peso del cuerpo, del dolor y de la experiencia se convierte en estructura.

La exposición se organiza también a partir de un delicado equilibrio entre geometría sagrada y geometría plástica. Grandes instalaciones dialogan con piezas de menor escala generando una tensión visual donde la simetría aparece como principio organizador. En ese balance entre lo monumental y lo íntimo, la exposición respira.

En la entrada de la muestra aparece un site specific de cera donde conviven formas de penes deformados junto a estilizaciones de cuerpos femeninos con vulvas abiertas como flores. Esa instalación funciona como umbral conceptual de la exposición.

De ese mismo universo material emergen las Vulvifloras, que condensan buena parte de la poética de Mejía: estructuras híbridas entre órgano, flor y criatura botánica donde lo vegetal y lo corporal se funden en una misma metáfora de germinación.

Las piezas escultóricas de bronce pueden presentarse en series de hasta ocho ejemplares, del mismo modo que los colgantes con vulvifloras, trasladando esa botánica corporal al campo de la joyería expandida.

Otro núcleo central del recorrido está compuesto por copias de sus propios pies. No es claro si esas formas emergen o se hunden. Son pies sucios, curtidos por el tránsito en el mundo, rastros del andar que hablan de una experiencia encarnada del cuerpo. El cuerpo aquí no aparece idealizado; aparece vivido.

En paralelo, la artista introduce un gesto radical: quitar sensibilidad al cuerpo fragmentándolo. El cuerpo deja de ser una unidad cerrada para transformarse en una constelación de partes, restos y huellas que sobreviven en diferentes materias.

Ese principio alcanza uno de sus momentos más intensos en la obra titulada “¿y si ese hombre me encuentra y hace de mí aquello que prometió?”.

Este ajuar de muerte —ritual y perturbador— está compuesto por piezas de bronce bañadas en oro: pesoneras, conchero y anillos para uñas que delinean un cuerpo ausente. Cada objeto corresponde a una zona del cuerpo femenino, pero lo hace desde la ausencia, como si se tratara de una armadura simbólica.

La incertidumbre se vuelve metal precioso. El ritual funerario se transforma en gesto de defensa.

Las referencias históricas no son casuales: desde los enterramientos sumerios hasta las coronas florales de la historia clásica, la artista recoge tradiciones de la joyería ritual para trasladarlas al terreno del arte contemporáneo. Pero lejos de la lógica ornamental, estos objetos funcionan como prótesis simbólicas de protección.

En uno de sus relatos, Mejía recuerda una fantasía de infancia: preguntarse qué ocurriría si al tragar una semilla de mandarina esta germinara dentro del cuerpo. La muestra podría leerse entonces como un ensayo de botánica uterina: un intento de imaginar al cuerpo como terreno fértil donde incluso el dolor puede brotar en nuevas formas.

Su biografía aparece allí, casi como una clave secreta.

“Mi papá nos enseñó a meter la mano en la vaca y poder tocarles el feto”, relata la artista.

Paloma Mejía es mujer de campo. Hay en su trabajo una mezcla singular de rudeza y fragilidad que proviene de ese contacto temprano con la materialidad de los cuerpos y los ciclos de la vida.

Esa memoria aparece filtrada en su práctica: vísceras, gestación, tejidos, superficies que transpiran con el calor del espacio expositivo.

Algunas obras incluso mantienen esa condición vital en el tiempo. Las piezas de cera, por ejemplo, pueden ser restauradas hasta dos veces mientras la artista esté viva, como si la obra misma reconociera su carácter orgánico y mutable.

El resultado es una producción profundamente femenina pero lejos de cualquier romanticismo.

La fragilidad que propone Mejía no es un estado de debilidad sino un terreno de poder. Allí donde el cuerpo fue históricamente domesticado o violentado, la artista construye un espacio de autonomía simbólica.

Porque en el universo de Paloma Mejía el cuerpo no es un límite ni una condena.
Es el lugar donde incluso lo que fue herido encuentra la forma de volver a florecer.

Fotografías: Gabriel Altamirano

🔥 Si te interesó, no dejes de compartir este artículo:

Más Noticias:

películas de arte
películas de arte
Convocatorias para artistas 2026

Otras Noticias 🔥