Desnudando la arquitectura: el libro que se anima a contar lo que la profesión calla

Libros, Literatura

✒️ Por Gastón Fournier

Una obra que corre la fachada, entra en la cocina de la profesión y pone sobre la mesa aquello que la academia, los renders y las fotos de obra suelen dejar fuera de cuadro. Mario Ariel Vitorgan escribió un libro sobre arquitectura, sí.

Pero también sobre clientes, dinero, frustraciones, vocación y ese extraño oficio de convertir los sueños ajenos en algo que pueda ser habitado.

Los edificios engañan.

Desde afuera parecen impecables: una fachada limpia, una geometría precisa, materiales elegidos con cuidado. Todo parece estar en su sitio. Pero basta con abrir una puerta para descubrir que adentro la vida tiene otra lógica. Hay cables, discusiones, cuentas, decisiones de último momento, cosas que no funcionaron como estaba previsto y alguna que otra grieta que nadie tenía en los planos.

Con la arquitectura sucede algo parecido.

Existe una versión de la profesión que se aprende en las aulas, se dibuja en una lámina y se presenta prolijamente sobre una mesa. Y existe otra que aparece cuando finalmente se entrega el diploma, se abre la puerta de la calle y alguien pregunta cuánto cuesta.

Entre una y otra hay un abismo.

Es precisamente en ese espacio -ese lugar incómodo, divertido, ácido y profundamente humano- donde Mario Ariel Vitorgan decidió meterse con Desnudando la arquitectura, un libro publicado por Editorial Olivia que se anima a mirar detrás de la escena profesional para contar aquello que normalmente queda fuera del relato.

La presentación tuvo lugar en la Sociedad Central de Arquitectos, quizás uno de esos escenarios en los que la arquitectura podía permitirse, por una vez, dejar de posar.

Porque este libro no viene a hablar solamente de edificios.

Viene a hablar de quienes los imaginan, de quienes los pagan, de quienes los construyen y, sobre todo, de todo aquello que sucede mientras nadie está mirando.

Antes del libro hubo un niño: historias que tardan años en encontrar su forma

Hay algo especialmente conmovedor en descubrir que ciertos proyectos no nacen cuando finalmente se concretan. A veces empiezan mucho antes, casi como una frase dicha al pasar.

Durante la presentación, Mario contó -y su madre lo recordó también en una charla informal- que desde chico decía que quería escribir un libro. Tenía apenas diez años cuando aquella idea aparecía entre sus decires infantiles, como esas fantasías que los adultos escuchan con una sonrisa y que el tiempo suele encargarse de archivar.

Pero algunas no se archivan. Años después, aquella frase encontró una forma.

El libro nació, según cuenta Mario, de una necesidad personal: poner en palabras realidades, situaciones y experiencias que durante mucho tiempo habían quedado circulando en su cabeza. No necesariamente como una teoría sobre la arquitectura, sino como un intento de ordenar aquello que sucede cuando la profesión abandona el papel y entra en contacto con la vida.

“Los arquitectos somos seres un poco complejos”, dice Mario. La definición podría parecer una provocación, pero rápidamente se vuelve una declaración de principios: hay una dualidad entre lo físico, lo tectónico y lo artístico que atraviesa al profesional y que, según el autor, vale la pena desarmar.

O, mejor dicho, desnudar.

Porque para entender qué hace realmente un arquitecto quizás primero haya que quitarle algunas capas.

La facultad termina y la realidad recién empieza: ese pequeño detalle que nadie pone en la maqueta

Hay un momento en la vida de todo arquitecto en el que se produce una especie de revelación poco elegante: el título universitario no trae incorporado un manual de instrucciones para sobrevivir.

Mario lo resume con una imagen contundente: después de seis, ocho o diez años de formación, salir a la calle puede sentirse como recibir “un golpe en la nuca”.

La facultad enseña diseño, geometría, materialidad, conceptos, proyectos. Pero la profesión real agrega una colección de variables bastante menos fotogénicas: clientes, presupuestos, proveedores, constructoras, inflación, deudas, tiempos, decisiones, incertidumbres y una cantidad considerable de problemas que jamás aparecen en un render.

Mario incluso pone en cuestión la distancia entre lo que se enseña y aquello que finalmente sucede. Una gran parte de la formación está concentrada en el diseño, mientras que apenas una porción mínima de los profesionales tendrá la posibilidad de dedicarse exclusivamente a proyectar bajo las condiciones ideales con las que alguna vez soñó.

El resto tendrá que aprender otra cosa. A negociar. A escuchar. A cobrar. A decir que no.

A reconocer que no sabe.

Y, sobre todo, a entender que una casa no se diseña solamente con metros cuadrados.

Se diseña con personas.

El cliente entra en escena: un elefante rosa puede decir mucho más de lo que parece

Quizás uno de los aspectos más interesantes de Desnudando la arquitectura aparezca cuando el libro abandona momentáneamente al arquitecto para mirar al otro protagonista: el cliente.

Porque si algo queda claro en esta conversación es que diseñar para alguien implica aprender a leerlo.

Mario plantea una imagen casi surrealista: si un cliente pide un elefante rosa en el medio de la sala, el trabajo del arquitecto no debería consistir simplemente en dibujar un elefante rosa.

Hay que entender qué quiso decir.

Puede que no esté pidiendo un elefante. Puede estar pidiendo un objeto de fascinación, un centro de atención, algo que exprese identidad o deseo.

La arquitectura, entonces, se parece bastante menos a una ecuación y bastante más a una conversación.

Y en esa conversación aparecen situaciones que la academia difícilmente pueda anticipar. Como esos clientes que necesitan dormitorios separados porque uno de los dos ronca. Una decisión perfectamente razonable en la vida cotidiana y casi absurda desde ciertas lógicas aprendidas en la facultad.

La casa ideal deja de ser entonces una composición geométrica. Es la casa de alguien.

Alguien que duerme, ronca, cocina, discute, cambia de opinión, se enamora, envejece, recibe amigos y tiene necesidades que ningún programa académico puede prever.

“La arquitectura no se trata de hacer exactamente lo que te piden”, plantea Mario. Se trata de interpretar.

Y ahí el arquitecto empieza a parecerse un poco a un psicólogo.

Hay una palabra que también necesita planos: cobrar

Si hay un momento en el que el libro abandona cualquier diplomacia, es cuando aparece el dinero.

Mario habla de algo que durante mucho tiempo parece haber sido un tema incómodo dentro de la profesión: cobrar.

“Hay que amigarse con la idea de que hay que cobrar y ganar plata”, sostiene.

La frase puede sonar brutal solamente porque todavía existe cierta fantasía romántica alrededor de las profesiones vinculadas a la creación. Como si trabajar con ideas obligara a trabajar gratis. Como si el conocimiento fuera más valioso cuando no tiene precio.

Mario se encarga de pinchar esa burbuja.

Uno de sus ejemplos es tan sencillo como efectivo: nadie va al supermercado a pagar con ideas y bosquejos. La luz tampoco se paga con inspiración.

El problema, entonces, no es solamente cuánto cobrar. Es entender que el trabajo tiene valor.

Y que poner límites también forma parte de ejercer una profesión.

En un país donde emprender supone convivir con inflación, deudas, cuentas y una economía que muchas veces obliga a recalcular antes de terminar un proyecto, Desnudando la arquitectura introduce una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué sucede cuando quienes diseñan los espacios donde otros van a vivir no pueden darle valor económico a su propio trabajo?

La respuesta de Mario no esconde la dificultad. Pero tampoco la romantiza.

Elegir también es una forma de construir

Mariana Quiroga y el arte de encontrar el hilo que todavía no se ve

Todo libro necesita, además de quien lo escribe, alguien capaz de reconocer qué hay ahí.

Mariana Quiroga ocupa ese lugar desde Editorial Olivia, vinculando la arquitectura, el patrimonio y el diseño con otras disciplinas capaces de mirar esos territorios desde perspectivas menos previsibles.

La pregunta era inevitable: ¿qué elige Mariana cuando elige?

Su respuesta abre una puerta mucho más amplia que la del propio libro.

El criterio no pasa solamente por seleccionar una temática arquitectónica. Mariana busca personas que tengan una conexión fuerte con la arquitectura, el patrimonio o el diseño, pero también artistas, fotógrafos, escritores, investigadores y profesionales capaces de establecer conexiones desde otros lugares.

Su tarea, en ese sentido, tiene algo de traducción. Encontrar aquello que todavía no está del todo dicho. Decodificar una búsqueda. Reconocer una pasión.

Y ayudar a construir un relato alrededor de ella.

Porque a veces una obra, una investigación o un libro ya tienen un hilo conductor. Solamente necesitan que alguien lo encuentre.

En Desnudando la arquitectura, ese hilo aparece entre la profesión aprendida y la profesión vivida.

Entre la idea y la obra.

Entre lo que el arquitecto cree que hace y aquello que realmente termina haciendo.

Un libro no aparece: se construye

Adrián Scotto y las habitaciones invisibles de la edición

Hay otra arquitectura que suele pasar inadvertida: la de los libros.

Antes de que un ejemplar llegue a una mesa, una biblioteca o una librería, existe una cadena de decisiones, conversaciones, correcciones, lecturas y elecciones que también necesitan estructura.

La edición tiene sus propios planos.

Adrián Scotto, desde Editorial Olivia, permite mirar justamente ese detrás de escena: los pasos que convierten un manuscrito en un objeto editorial.

Y quizá no haya mejor manera de leer este libro que entendiendo que su propia existencia reproduce, en cierta forma, aquello que Mario cuenta sobre la arquitectura.

Una idea inicial, un proyecto, una primera versión.

La intervención de otros. Decisiones y cambios.

Una forma definitiva.

Y finalmente, algo que puede ser habitado.

Editorial Olivia suma además una particularidad que vuelve todavía más interesante esta historia. Su estudio funciona en el Palacio Barolo, uno de los edificios más emblemáticos de Buenos Aires, y también ocupa el antiguo kiosco-taquilla donde alguna vez se vendían las entradas para las visitas guiadas del edificio.

Allí mismo, entre patrimonio, arquitectura y editorial, también se realizan lanzamientos de libros en sus oficinas.

El contexto no podría ser más apropiado.

Después de todo, ¿qué mejor lugar para presentar libros que aquel que la arquitectura de Buenos Aires aprendió a mirar desde hace más de un siglo?

La tapa también tiene algo que decir

Cuando un autorretrato deja de pertenecerte y empieza a contar otra historia

Los libros empiezan a hablar desde la primera página.

Otros empiezan en la tapa.

En este caso, la conversación entre Mario Ariel Vitorgan y Gabriel Altamirano agrega una capa inesperada al proyecto.

La obra elegida para la cubierta pertenece a Gabriel y tiene algo particularmente íntimo: es un autorretrato.

Un cuerpo desnudo. Una imagen que ya hablaba de él antes de convertirse en la imagen de otro.

Mario contó que un primer borrador de tapa había imaginado incluso otra escena: un arquitecto desnudo, rodeado de cuentas y con expresión de preocupación. Una imagen que podía condensar, de manera casi brutal, esa mezcla de pasión, sufrimiento y contradicciones que atraviesa la profesión.

Pero finalmente apareció otra posibilidad.

La obra de Gabriel. Y algo funcionó. Funcionó rápido, casi simbióticamente, como describieron ambos.

Gabriel, por su parte, reconoce que ver una obra propia convertida en la tapa de un libro le produce algo difícil de disimular: entusiasmo.

Hay una relación especial entre él y lo editorial. Le gusta el objeto libro, le gusta la idea de que una obra pueda convertirse en parte de ese universo y, en este caso, hay además un detalle personal: los colores elegidos para la tapa dialogan con su propia paleta, especialmente con ese amarillo que viene ocupando un lugar cada vez más importante en su producción.

La imagen no fue creada desde cero para desaparecer dentro de una portada.

Fue una reinterpretación de una obra anterior, aquella que Gabriel había llevado a un mural en Mendoza para un coleccionista. La nueva versión modificó algunos elementos y desplazó el dorado original hacia el amarillo.

Una obra vuelve a nacer. Pero esta vez entre dos tapas.

Y quizás ahí aparece uno de los juegos más interesantes de todo el proyecto: Mario escribió sobre la necesidad de desnudar la arquitectura, mientras Gabriel aporta una imagen que ya había nacido desde el desnudo.

El cuerpo, entonces, deja de ser solamente un cuerpo. Se convierte también, en cierto modo, en relato.

Cuatro voces, una misma obra

Porque ningún libro se termina cuando el autor pone el último punto

Hay algo que la presentación permitió escuchar y que quizás sea uno de los mayores valores de este encuentro: las cuatro voces que forman parte de la realización de un libro.

Mario, desde la escritura y la experiencia profesional.

Mariana, desde la curaduría y la construcción del relato.

Adrián, desde el trabajo editorial que convierte el proyecto en objeto.

Gabriel, desde una imagen que termina de darle cuerpo.

Cuatro miradas distintas alrededor de una misma obra.

Y cuatro maneras de entender que crear nunca es un acto completamente solitario: Mario necesitó escribir aquello que durante años había permanecido en su cabeza. Mariana necesitó reconocer que allí había un libro y encontrar el hilo capaz de ordenar esa experiencia. Adrián necesitó convertir esa materia en una publicación. Y Gabriel terminó poniendo una imagen sobre la tapa que, curiosamente, parecía estar esperando ese libro antes de saberlo.

Quizás eso sea también editar. Encontrar conversaciones donde todavía parecen existir piezas sueltas.

Desnudarse para volver a mirar

La arquitectura después de la fachada

Hacia el final de la presentación, Desnudando la arquitectura termina revelándose como algo más que un libro para arquitectos.

Es un libro sobre una profesión, sí, pero también sobre cualquier oficio que alguna vez haya tenido que enfrentarse con la distancia entre aquello que imaginamos y aquello que la realidad finalmente nos permite hacer.

Habla de formación y de frustración.

De clientes y de sueños.

De dinero y de vocación.

De errores y de límites.

De la necesidad de reconocer que no siempre se sabe.

Y de algo todavía más sencillo: detrás de cada proyecto hay personas.

Personas que se angustian, se equivocan, negocian, se entusiasman, pierden dinero, vuelven a empezar y, aun así, continúan intentando materializar los sueños de otros.

Quizás por eso el título termina funcionando más allá del juego de palabras.

Desnudar no significa destruir.

Significa quitar una capa.

Después otra. Y otra más.

Hasta llegar a aquello que estaba debajo.

En arquitectura puede ser el núcleo de una profesión. En un libro, puede ser una verdad.

Y en la vida profesional, tal vez sea apenas la posibilidad de decir en voz alta aquello que todos conocen, pero que durante demasiado tiempo nadie había contado.

Desnudando la arquitectura hace justamente eso: corre la fachada, abre la puerta. Y nos invita a entrar.

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