Por Gastón Fournier
Crónica de la primera muestra de Dia Art Foundation en Argentina.
Hay algo casi coreográfico en entrar a Fundación Proa cuando decide bajar la intensidad. No apagarla, sino tensionarla. Llevarla a ese territorio ambiguo donde la percepción deja de ser automática y empieza a ser consciente. Esa negociación constante entre el cuerpo, la luz y aquello que apenas se deja ver —inestable, seductor, incómodo— eso es la penumbra.


El lanzamiento de prensa de Penumbra: Dia Art Foundation no fue simplemente una presentación: fue la antesala de una de las exhibiciones más ambiciosas del calendario 2026. Y sí, como anticipó Adriana Rosenberg, estamos frente a una muestra histórica. No tanto por los nombres —que también— sino por algo más difícil de lograr: traer al país obras que no solo se miran, sino que modifican nuestra forma de mirar.
Entre los asistentes, la escena local dijo “presente” con elegancia casi ritual: Santiago Bengolea, Julio Sánchez Baroni, Celina Chatruc, Alejandra Britos, Joaquín Rodríguez, Marcelo Gutman, Juli Fontalva, Paola Iorio, Pilar Altilio, Nazareno Arnaldo Pereyra, Martín Touzon entre otros nombres que orbitan —y construyen— el ecosistema del arte contemporáneo porteño.

Pero rápidamente la conversación se desplazó: de quiénes estaban a qué estaba pasando. No es solo quién fue. Es quién entiende que esta muestra marca un antes y un después. Y ahí empieza el verdadero asunto.



Una colección que no colecciona objetos, sino experiencias
La muestra reúne obras de la Dia Art Foundation, institución clave desde 1974 en redefinir qué significa producir, exhibir y sostener el arte contemporáneo.
Curada por Humberto Moro —figura puente entre el norte institucional y una sensibilidad latinoamericana— y con la asistencia de Ella den Elzen, Penumbra propone algo más complejo que una exhibición: una negociación constante entre luz y sombra, entre presencia y desaparición, donde el espectador deja de ser observador para convertirse en activador.

Acá no hay obra sin cuerpo. Sin tiempo. Sin experiencia.
Moro —mexicano, profundamente atravesado por su vínculo con Latinoamérica, con una fascinación explícita por Argentina, autodefinido como “argentófilo” —construye desde una idea tan simple como compleja: la penumbra como territorio productivo. Un lugar donde la forma no termina de cerrarse y donde el espectador aun mirando empieza a percibir.
Opera aquí como puente: entre el minimalismo norteamericano de los 60 y 70 y una sensibilidad más cercana a nuestras propias precariedades, tensiones y formas de habitar lo incierto.
No es menor: en varios momentos del recorrido, el celeste —sí, ese celeste— aparece como un guiño casi afectivo, casi cómplice. Una frecuencia que no se declara, pero insiste.
Tampoco lo es lo institucional: en algunos casos, varias de las obras presentadas nunca habían abandonado sus condiciones originales de exhibición. Traerlas implicó años de negociación, incluso atravesando cambios de gestión. Proa, esta vez, no solo exhibe: consigue.

Los artistas: entre lo visible y lo que insiste en no aparecer
En un mapa de intensidades y nombres que pesan, la exposición reúne artistas que no necesitan presentación, pero sí contexto. Es una constelación precisa. Y potente:
Agnes Martin
Martin propone una pausa. Sus grillas, casi evaporadas, funcionan como estados mentales más que como pinturas. Casi etéreas operan en el límite de lo visible. Tramas sutiles, celestes suspendidos, una espiritualidad silenciosa que obliga a desacelerar. No se ven: se perciben. Hay que quedarse. Respirar. Dejar que aparezcan.
John Chamberlain
Metal comprimido, energía contenida. Sus esculturas parecen accidentes detenidos en el tiempo, donde la luz rebota y se fractura. Sus piezas de resina transparente no se quiebran, se derriten en una nueva organicidad.
Andy Warhol
Paradójicamente, se aleja del brillo pop para sumergirse en sus Shadows que aparecen como anomalía dentro de su propia obra. Una secuencia hipnótica donde la repetición desarma cualquier idea de imagen estable. Es una de las series más extensas realizadas por el artista: más de un centenar de piezas, de las cuales aquí se exhibe una selección de ocho. Serialidad, sí. Pero también abstracción. Y oscuridad como superficie.
Richard Serra
Las 45 maquetas funcionan como laboratorio. Son pensamiento en proceso. Plomo, peso, gravedad. La sombra no es efecto: es consecuencia. Son el germen de sus esculturas monumentales, producidas en astilleros, en contextos industriales vinculados a zonas navieras, donde el acero aprende a doblarse.

James Turrell
Juega en otra liga. Su Catso Blue no debería estar acá —o mejor dicho, no fue concebido para una muestra temporaria. La obra pertenece a un universo de instalaciones permanentes, y traerla implicó una negociación extensa y compleja. Vuelve a insistir: la luz no ilumina, construye. Volúmenes ilusorios, percepción inestable. El ojo duda. Y ahí empieza todo. El resultado: un cubo de luz que no es cubo, un volumen que no existe, un azul que se siente más de lo que se ve.

Robert Irwin
Directamente desarma la escena. Es uno de los momentos más hipnóticos. Su instalación —aparentemente simple— luz enfrentada, planos que desaparecen, una escena de precisión casi quirúrgica. Lo interesante no es solo lo que ves, sus “trucos” —visibles para quien quiere verlos— no restan magia: la amplifican. El espacio deja de ser contenedor para volverse protagonista.


Walter De Maria
Desplaza todo al territorio. Su registro fílmico en el desierto remite a esa épica del Land Art donde el paisaje no es fondo, donde el tiempo es materia y la distancia infinita, un western conceptual sin narrativa clásica, donde el territorio es protagonista.
Tehching Hsieh
Introduce otra dimensión: la duración como práctica performática radical. Un año, una acción, una regla. Su obra no se representa: se ejecuta. Entre sus prácticas, se ha fotografiado cada hora durante un año, registrando el paso del tiempo de manera obsesiva; en otra pieza, vivió encerrado en una jaula sin contacto con el exterior. En Proa, se presenta un registro donde expone papel fotográfico a la acción directa de la luz solar, dejando que el tiempo y la luz operen como únicos agentes de revelado. La resistencia, acá, no es metáfora: es forma.

Felix Gonzalez-Torres
Cierra —y abre— el recorrido. Quizás el gesto más político y más sutil. Su intervención en las ventanas de Proa tiñe todo de un celeste translúcido que filtra la luz y, con ella, la experiencia. Lo visible y lo invisible. Lo íntimo. Siempre se esconde algo. Y esa tensión es el núcleo.

Norte, sur… la penumbra no es falta de luz
Lo más interesante no es la luz. Ni la sombra. Es lo que pasa entre ambas.
Moro –en una videoconferencia desde Estados Unidos- lo plantea con claridad: la penumbra no es una falta de luz, sino un estado productivo. Un espacio donde la percepción se vuelve inestable y, justamente por eso, más intensa. Ya no hay contemplación posible en términos clásicos. El espectador completa, activa la obra.
Y ahí aparece una lectura clave: en un mundo obsesionado con la visibilidad total, Penumbra propone lo contrario. No se consume rápido. No se deja capturar del todo.
Quizás lo más interesante no esté en cada obra individual, sino en la conversación que propone:
entre Norte y Sur,
entre permanencia y temporalidad,
entre lo monumental y lo casi invisible,
entre lo que se ilumina… y lo que se elige no iluminar.
En tiempos donde todo pide claridad inmediata, esta muestra apuesta por lo contrario: la demora, la duda, la percepción incompleta.
Y en ese gesto —radical, silencioso— se define, finalmente, toda su potencia.
Créditos de imágenes: “Penumbra: Dia Art Foundation”, organizada por Dia Art Foundation. Fotografías: Patricio Pidal. Gentileza Fundación Proa. Registro de sala: Gabriel Altamirano.
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