Pensar con las manos: el manual de Diana Aisenberg para aprender a mirar

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✒️ Por Candelaria Penido

En MDA. El Manual, décadas de experiencia de taller se convierten en cincuenta y un ejercicios que funcionan menos como instrucciones cerradas que como formas de activar la duda, el juego y la práctica cotidiana del arte.

“¿Qué quiere decir ser buen artista?”. La pregunta aparece al comienzo de una de las propuestas y sigue resonando bastante después de pasar la página. Porque aunque el libro está compuesto por consignas para pintar, dibujar o pensar una obra, no pone en movimiento solamente una relación con la imagen. También modifica la manera en que una se vincula con el tiempo de trabajo, las propias obsesiones y cierta incomodidad inevitable del proceso creativo.

Publicado por Adriana Hidalgo, MDA. El Manual condensa décadas de trabajo de taller en una estructura mínima: cincuenta y un días, cincuenta y un ejercicios. Un manual, sí, aunque lejos del instructivo cerrado. Más cerca de una brújula.

La propia Aisenberg lo define como “un despertador de caminos y almacén de tips útiles”. La sensación es la de un material para volver a abrir cuando no se sabe muy bien cómo seguir. El recorrido puede empezarse por cualquier parte, saltarte partes, retomarse semanas después. Tiene una lógica más asociada al entrenamiento que al programa. Más que ofrecer respuestas cerradas, el texto insiste en afinar la sensibilidad y revisar los propios hábitos de trabajo.

Quizás ahí esté una de las claves más interesantes del método MDA: pensar el arte desde la práctica diaria. O mejor dicho, pensar a través de ella. En tiempos donde gran parte de la conversación artística parece apoyarse cada vez más en discursos teóricos, Aisenberg vuelve al taller como espacio de pensamiento. Esa lógica atraviesa todo el libro como una declaración de principios. Pensar, mirar y hacer aparecen constantemente mezclados dentro de un mismo movimiento.

Los ejercicios son mínimos. Dibujar líneas. Trabajar manchas. Hacer listas. Cambiar de pincel. Observar qué colores nunca usamos. Pintar aquello que normalmente queda en segundo plano. En una de las propuestas, por ejemplo, Aisenberg propone trabajar sobre una imagen con un barquito, pero pintando todo excepto el barquito. El gesto tiene algo de juego y algo de entrenamiento: desplazar el foco hacia aquello que suele quedar alrededor de la imagen principal. Algunas consignas parecen obvias al principio, hasta que dejan de serlo.

A medida que avanzan los días aparece una sensación extraña. Por un lado, las instrucciones son concretas. Por otro, nunca terminan de explicar del todo hacia dónde llevan. Y ahí emerge cierta incomodidad. La pregunta por si una está haciendo correctamente la consigna empieza a insistir dentro de un proyecto que busca correrse de la lógica de la perfección. El propio texto asume, en algunos momentos, que parte del procedimiento consiste justamente en atravesar esa incertidumbre.

Esa fricción termina siendo una de las zonas más vivas. Porque el método MDA no propone libertad entendida como ausencia de reglas. Al contrario. Hay instrucciones precisas, límites, condiciones. Y, sin embargo, cada persona llega a un resultado distinto atravesando el mismo punto de partida. En el universo de Aisenberg, la creatividad no aparece como improvisación pura sino como una forma singular de atravesar una consigna. Las propuestas funcionan entonces más como disparadores que como fórmula.

El Manual Diana Aisenberg 2

En ese sentido, el libro se parece por momentos a un recetario extraño. Las acciones son concretas y relativamente sencillas, aunque el resultado nunca es replicable. Ahí también aparece algo profundamente ligado a la dinámica del taller: entender que el trabajo artístico no consiste únicamente en producir imágenes, sino en construir una relación más consciente con la manera en que cada artista organiza su mundo visual.

Las preguntas que aparecen rara vez quedan encerradas en el espacio individual. “¿Con quién hablás de tu obra?”, abre uno de los ejercicios. Más que pensar el taller como un lugar de validación técnica, Aisenberg lo imagina como una comunidad de intercambio y pensamiento compartido.

Algo parecido sucede con los lenguajes que aparecen a lo largo del recorrido. De repente, una propuesta de pintura deriva en una pregunta sobre palabras o en un fragmento literario para pensar un retrato. Como si mirar, escribir o recordar, formaran parte de un mismo movimiento sensible.

Hay además un tono muy particular atravesando el manual. Algo entre pedagógico, poético y doméstico. Muchas de las frases que quedan dando vueltas no pertenecen necesariamente a las instrucciones principales sino a los pequeños tips que cierran cada jornada. “El artista crea en estado de beso.” “El agua sucia pinta.” “Donde hay afecto hay atención.” Dentro del universo MDA, esas frases funcionan menos como consignas y más como pequeñas formas de mirar.

Y quizás eso sea finalmente lo más atractivo del proyecto: la sensación de entrar en una sensibilidad construida desde la experiencia real. Hay algo muy generoso en cómo Aisenberg comparte procedimientos, dudas, recursos y maneras de destrabarse. Incluso cuando algunas consignas irritan o desconciertan, el texto mantiene abierta la invitación al juego. Las listas absurdas, las asociaciones inesperadas y los ejercicios que desplazan la atención hacia lo secundario producen una incomodidad sorpresivamente fértil.

“Hago lo que puedo con lo que entiendo”, aparece escrito en otra parte del libro. Tal vez esa frase resume mejor que ninguna otra el espíritu de MDA. El Manual. Porque lo que propone no es alcanzar una técnica perfecta ni encontrar una definición estable sobre qué significa hacer arte. Más bien invita a sostener una búsqueda incluso cuando todavía no sabemos del todo hacia dónde nos lleva. Como si hacer arte implicara también aprender a permanecer un poco más de tiempo dentro de la incertidumbre.

 

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