Lucy Mattos: insistir hasta que la forma aparezca

Artistas, Bienal de Venecia, Noticias

Por Gastón Fournier

Entre la intuición y la materia, Lucy Mattos construye una obra que no pide permiso. Este año, en la Bienal de Venecia, esa insistencia vuelve a tomar forma.

Hay casas que no terminan de olvidar lo que fueron. Y hay obras que tampoco.

En Beccar, el Museo Lucy Mattos se presenta como un territorio donde ambas cosas conviven en tensión: lo doméstico y lo expositivo, lo íntimo y lo monumental. No es solo un recorrido: es una inmersión en una manera de pensar, de hacer y de sostener una práctica en el tiempo.

No hay aquí neutralidad ni asepsia. No hay cubo blanco. Hay curvas, pasillos, desniveles. El museo, en ese sentido, no es solo un contenedor. Es parte de la obra. Una arquitectura que conserva su pulso original mientras se deja intervenir por obras que parecen haber crecido sin pedir permiso.

El Museo funciona desde hace 14 años y expone también obras de otros artistas.

Sin embargo, conserva algo de su vida anterior, y es justamente ahí donde ocurre lo interesante. No hay neutralidad. Un espacio donde las instalaciones irrumpen generando una constante mezcla de ironía y extrañeza: un baño que se vuelve escena –con maniquíes en la ducha y el jacuzzi y una instalación de soutiens que llamó “Libre de Sostén”, vitrinas bajo los pies, una piscina que se transforma en dispositivo. Ventanas que no abren hacia afuera, sino hacia construcciones imaginadas.

Nada está del todo donde debería estar. Todo parece corrido apenas unos centímetros de su lugar. Lo suficiente para incomodar, pero también para invitar a mirar de nuevo.

Y, sin embargo, todo funciona.

“Este no es un museo típico”, explican durante el recorrido. “La idea es que cada uno se conecte con la obra de manera personal.”

Y sucede. Sucede especialmente cuando aparecen los chicos. Lucy lo cuenta con asombro genuino:

“Se abrazan a las obras… quieren tocarlas… no sé qué les pasa, pero algo les pasa.”

Ahí, tal vez, la obra encuentra una verdad que no necesita explicación.

La forma de una vida

Ese día, incluso la humedad acompañaba. Densa, casi selvática, se adhería al cuerpo como una memoria física. Algo que, inevitablemente, remitía a Misiones, a Campo Grande. A ese origen que en Lucy Mattos no aparece como relato biográfico sino como condición persistente.

Porque antes que artista, hubo una niña. Una niña que modelaba con barro colorado. Que encontraba en esa materia primaria —casi arcilla, casi tierra viva— una forma de decir lo que todavía no tenía lenguaje. Hacer con las manos. Pensar con las manos. Sentir con las manos. Quizá ahí esté la clave de toda su obra: en esa necesidad temprana de traducir el mundo a través del contacto.

Nada demasiado distinto a lo que sigue haciendo hoy…

La trayectoria de Lucy Mattos no responde a una lógica lineal ni complaciente. Hay en su recorrido una voluntad que desborda cualquier necesidad de validación. No esperó. No pidió permiso. No se acomodó a estructuras.

Simplemente hizo.

Insiste. Construye una obra para existir. Persiste. Transforma. En un mundo donde todo parece exigir legitimación constante, su recorrido propone otra lógica. Más silenciosa. Más obstinada. Más real.

Lucy Mattos -la mayor de cuatro hermanas y de una familia de origen humilde pero rica en libertades artísticas- aparece en escena sin solemnidad. Habla de su obra como quien recuerda, pero también como quien sigue pensando.

Construyó un museo propio. Sostuvo una práctica durante más de cuatro décadas. Circuló internacionalmente. Probó materiales, escalas, lenguajes. Y en ese hacer, fue delineando una identidad que hoy resulta inconfundible.

Para mí, hay algo de psicodelia de los 70s atravesando su obra, que aparece filtrada en los colores y en ciertas decisiones formales. O quizá algo de arte pop visible en la intensidad de las formas y en la manera en que las piezas ocupan el espacio. Pero también algo más difícil de nombrar: una insistencia.

Sus figuras femeninas —elongadas, tensas, en equilibrio inestable— dejan entrever una gestualidad de cuerpos que no pesan, que se estiran, que buscan otra gravedad. Podría leerse como la de una bailarina frustrada, quería andar de puntas en Misiones. Pero no en el sentido de lo que no fue, sino de lo que permanece contenido: el movimiento latente, la energía retenida, el cuerpo como posibilidad.

Otras féminas distintas hablan de amor, de abrazo, de maternidad.

“Yo trabajo desde lo que siento”, dice en un momento del recorrido. Y en esa frase se cifra toda una forma de hacer. No hay bocetos rígidos ni estructuras cerradas: hay impulso, intuición y una necesidad casi física de llevar la idea al plano material.

“A veces no sé cómo resolverlo… pero me duermo pensando en eso”, dice. Y casi como un método secreto, agrega: “entre las cuatro y las cinco de la mañana aparece la solución”. Hoy las anota —asegura— porque después no las recuerda. Cuesta creerlo: en su relato no hay fisuras, todo parece estar ahí, intacto, como si nunca se hubiera ido.

La frase, casi dicha al pasar, condensa una ética.

Quizá por eso, al final, no se trata de llegar. Se trata de sostener. Y en ese gesto —mínimo, repetido, casi invisible— es donde, como en la hormiga de bronce, termina por imponerse la vida.

Materiales que piensan

Resina, neón, fibras naturales, encajes, aluminio, madera. Materiales diversos que conviven sin jerarquías, como si cada uno encontrara su lugar en función de lo que necesita ser dicho.

La obra de Lucy Mattos no se casa con un solo lenguaje. Lo cruza, lo tensiona, lo pone a dialogar. Escultura, joyería, instalación, pintura: todo es atravesado por Lucy.

Hay piezas donde la luz parece emerger desde adentro —su técnica transluz-intra-luz-neón— patentada en 1995 y otras donde lo orgánico irrumpe con una fuerza inesperada. Lianas reales, texturas que remiten a lo vegetal. Y figuras que parecen vivas, como si estuvieran esperando ser despertadas. Esa convivencia no es casual.

En su relato aparece una escena que funciona como herida fundante: finales de los años 70, México. Las topadoras avanzando sobre la selva para dar lugar al desarrollo turístico. Árboles centenarios cayendo. Palmeras arrancadas. Tierra removida. Un paisaje arrasado en nombre del progreso.

La imagen es brutal. Y permanece. Desde entonces, su obra parece insistir en esa tensión: naturaleza y artificio, desarrollo y pérdida, avance y memoria.

En 2018, esa inquietud encontró otra vía: el videoarte. Antes de que la virtualidad se volviera destino inevitable, ya había una pregunta por las nuevas formas de vinculación. Niños del agua aparecen, encapsulados, aislados en burbujas acrílicas, suspendidas en una lógica de comunicación que no termina de tocar lo real, atravesando la selva misionera. Una imagen que, vista hoy, adquiere otra densidad. Una intuición temprana sobre algo que hoy resulta evidente. Habitantes de burbujas.

Y, sin embargo, hay en esa pieza una potencia que desborda lo anticipatorio. Una sensibilidad que, quizás, hubiera encontrado en Venecia un canal más directo. Para quien escribe, esa era LA obra.

Venecia: el desembarco

Pero la obra elegida es otra. Y también es precisa. “La obra la elegí yo”, dice. Sin épica. Sin grandilocuencia. Como quien simplemente sigue.

Desembarco en la ciudad / Landing in the City se presenta en el Palazzo Mora, en el marco de Personal Structures de la Bienal de Venecia 2026. Su ficha técnica describe:

“Instalación escultórica: Fotografía – textil-  figuras impresas en 3D – escultura modelada en arcilla y vaciada en resina poliéster – esmalte sintético –  objeto en bronce… de 175 cm por 125 cm por 60 cm”.

La escena es precisa: una instalación compuesta por una figura femenina atravesada por casi cuarenta hormigas que ascienden. Las hormigas —esas sobrevivientes ancestrales— funcionan como metáfora de resiliencia, de comunidad, de persistencia. Vienen del agua, atraviesan el cuerpo, ascienden desde el suelo.

La elección no es casual. Las hormigas, con su lógica de organización, trabajo y resistencia, funcionan como metáfora de un recorrido. No lineal, no garantizado. La obra habla de atravesar, de insistir, de sostener. De avanzar incluso cuando el entorno no acompaña.

 “Triunfa la vida”, dice Lucy. “Con voluntad… y organización.”

Y en la palma de la mano, una se distingue. Solo una —la de metal— alcanza la cima. La de bronce. La única.

Quizá sea esa la imagen que mejor condensa su trayectoria. Después de años de experimentar con materiales sintéticos, de construir desde lo liviano, lo translúcido, lo mutable… el peso se deposita en el metal. En lo que permanece. En lo que resiste.

Quizá sea, también, una síntesis de su propia historia.

Lucy “desembarca en la ciudad” de Venecia del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026 en el Palazzo Mora.

Y, como en su obra, lo que importa no es llegar: es insistir.

Registro fotográfico: Gabriel Altamirano

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