Una propuesta artística en la Facultad de Derecho de la UBA integró obras, performance y participación colectiva para pensar la justicia restaurativa desde una dimensión sensible, incorporando prácticas que vinculan arte, educación y transformación social.
En el marco del II Congreso de Justicia Restaurativa y el I Encuentro del Foro Iberoamericano de Justicia Juvenil Restaurativa, el Salón Auditorio de la Facultad de Derecho de la UBA dejó de funcionar como un espacio estrictamente académico para convertirse en un territorio de experimentación. Durante tres jornadas, el arte irrumpió como herramienta para desplazar la noción de justicia del plano normativo hacia una experiencia compartida.
La propuesta se inscribe en la línea de trabajo de Silvina A. Alonso, abogada y gestora educativa que investiga los cruces entre prácticas jurídicas, procesos pedagógicos y lenguajes artísticos. Su práctica se orienta a la creación de dispositivos donde la justicia —y particularmente la idea de paz— se experimenta desde una dimensión sensible y colectiva, habilitando formas de encuentro que exceden el marco institucional.


Una escena construida entre artistas y articulación curatorial
La experiencia reunió obras de Martina Acevedo, Malena Cabanchik, Facundo Grandío, María Guntern, Antonella Kasparian, Solange Acuña Maxwell, Noelia Privitera y Ramiro J. Rua, quien además tuvo un rol activo en la articulación curatorial del proyecto.
En ese doble lugar —artista y organizador—, Rua introduce una capa clave en la lectura de la propuesta. Su práctica, atravesada por el derecho, la escritura y la producción artística, desplaza las nociones de identidad, conflicto y reparación hacia el campo de la experiencia estética, reforzando el eje conceptual que atraviesa toda la muestra.
El conjunto de obras configuró un recorrido donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan: mirarse, reconocerse, compartir el silencio o exponerse como cuerpo fueron operaciones centrales en una experiencia que no buscó representar, sino activar.

Imágenes, memoria y tensiones del presente
Dentro de este entramado, la participación de Carolina Molina con su serie El hombre de la bolsa introdujo una dimensión más cruda. Sus piezas, atravesadas por la fragilidad y la intemperie, funcionan como una interpelación directa a las formas de violencia y vulnerabilidad que atraviesan lo social.
Lejos de construir una narrativa cerrada, las obras operaron como zonas de resonancia donde lo individual y lo colectivo se superponen, dejando abierta una pregunta que atraviesa toda la propuesta: cómo reparar aquello que ha sido dañado.
Participación y construcción colectiva como práctica
Uno de los núcleos más potentes del proyecto fue su dimensión participativa. El muro interactivo Derribando muros: cuando el arte borra fronteras, realizado por personas privadas de la libertad del Complejo Penitenciario de Florencio Varela, expuso palabras cargadas de estigmas para ser intervenidas por los asistentes.


El dispositivo no solo visibilizó prejuicios, sino que habilitó su resignificación a través de la acción colectiva, transformando la experiencia estética en un gesto político.
En paralelo, una manta intervenida durante los tres días del encuentro funcionó como una obra en proceso. A partir de materiales simples —telas, sogas, papeles— cada participante dejó una marca que, al integrarse con otras, configuró un tejido común. La pieza operó como metáfora del cuerpo social: fragmentado, diverso y en permanente reconstrucción.
La escena performática y el cuerpo como territorio
La dimensión performática tuvo su desarrollo en la propuesta de Giuliana Riera, quien planteó la escena como un espacio de juego compartido. Allí, el teatro no operó como representación, sino como una situación donde los cuerpos sostienen una experiencia común en el tiempo.
El entramado sonoro —a cargo de El Nene Ciudadela en guitarra y Facundo Grandío en piano— acompañó esa construcción, generando una atmósfera donde lo musical y lo escénico se integraron en un mismo pulso.
Por su parte, la palabra apareció con fuerza en las intervenciones de Yre y Gastón Brossio (WK), cuyas lecturas, atravesadas por experiencias en contextos de encierro, introdujeron una dimensión donde memoria, educación y arte se articulan como herramientas de transformación.
Una experiencia que desplaza los límites institucionales
Lo que se configuró en este cruce no fue una simple suma de disciplinas, sino una zona de tensión donde arte y derecho se desplazan mutuamente. La justicia deja de ser únicamente un sistema normativo para pensarse como práctica relacional, mientras que el arte abandona su lugar contemplativo para convertirse en acción.
En ese desplazamiento aparece una posibilidad: la de imaginar otras formas de vínculo, donde la escucha, la participación y la experiencia compartida funcionen como base para reconstruir lo común.
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