Por Gastón Fournier — Curador & Artfluencer
Entre prejuicios heredados, sorpresas visuales y un conflicto que rozó la censura, una recorrida por una bienal que propone un nuevo mapa sensible para el arte contemporáneo.
En una charla que asistí el año pasado , Marco Scotini —destacado curador italiano— lanzó una frase que quedó flotando en el aire como una advertencia: “lo que no se mediatiza, no existe”. Pensé en esa sentencia mientras atravesaba el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, al mediodía, rumbo a la inauguración de la Primera Bienal de Arte Indígena de Buenos Aires. Pensé también en el eco de los “escándalos artísticos” todavía frescos del Bernardino–Ciruelo Gate, en el reciente Poblete–Bony, en esa serie de episodios donde el arte aparece, una vez más, como territorio incómodo.
La Bienal, incluso antes de abrir, ya había comenzado con un murmullo parecido al de esos casos: según voces del comité organizador, una de las exposiciones paralelas previstas en el Palacio Libertad habría sido cancelada horas antes del montaje. ¿Censura? ¿Reprogramación? Nadie parecía tener una respuesta clara. Consulté a colegas, a asistentes, a trabajadores del campo cultural. El desconcierto era generalizado. Recién al cierre de esta edición, Leonardo Cifelli confirmó que se trató de una reprogramación y no de un acto de censura. El daño simbólico, sin embargo, ya estaba hecho: la sospecha también es una forma de violencia.
Organizada por la Fundación Redes Solidarias, a cargo de Mercedes Avellaneda de Bocca, y Cecilia Cavanagh, directora del espacio expositivo de la UCA, la Bienal cuenta con un jurado integrado por la antropóloga e investigadora Ana María Llamazares, la artista Teresa Pereda y el crítico de arte y curador Julio Sánchez Baroni. Se la puede visitar hasta el 12 de abril, de lunes a jueves, de 11 a 19, en Alicia Moreau de Justo 1300.
Entré a la Bienal con un prejuicio que no me enorgullece, pero que considero honesto poner sobre la mesa. Esperaba encontrar, mayormente, un conjunto de artesanías: tejidos mapuches, cestería wichi y tallas guaraníes. Objetos bellos, sí, pero encasillados en un territorio históricamente menor dentro del sistema del arte. Lo que encontré fue otra cosa.
Muy otra cosa.



La selección sorprende desde el primer recorrido. Pinturas de gran formato, esculturas de madera con una presencia casi totémica, textiles que dialogan sin pudor con la abstracción contemporánea, cerámicas donde la figuración convive con geometrías sensibles. Obras que no piden permiso ni traducción. Obras que están ahí, de pie, sosteniendo su potencia y su herencia.


No hay aquí mandatos externos ni agendas visibles. Hay espiritualidad puesta en manos de creación. Hay cosmovisiones ancestrales traducidas en lenguaje plástico sin perder espesor simbólico. Hay una relación orgánica entre ritual, territorio y forma.
Por momentos, la escena roza lo cinematográfico. Podría ser un capítulo perdido de Malas Artes, de Cohen y Duprat: integrantes de distintas etnias, con atuendos bordados, mostacillas y plumas, caminando descalzos por el salón del Pabellón de las Bellas Artes de la UCA. La imagen no es pintoresca. Es política.
Teresa Pereda, artista y miembro del jurado, lo expresó con una claridad conmovedora: agradeció a los artistas por hacer perdurar la sabiduría de los ancestros, por interpelar el presente de la humanidad, por indagar un futuro posible y por regenerar el ritual como espacio vital, recordándonos que en estas prácticas cada acto es sagrado.

Julio Sánchez Baroni, de pocas palabras en su discurso, pero de mirada aguda; acompañó junto al resto del jurado una selección precisa. El primer premio fue otorgado a Félix Peralta, artista nivaclé de Paraguay, por una escultura en palo santo que representa a un pescador. La pieza, silenciosa y contundente, condensa conocimiento del río, transmisión oral y memoria colectiva. Una escultura madre, como si el término todavía tuviera sentido. “El pescador posee un conocimiento profundo del río y es el portavoz de una tradición ancestral”, explicó el artista.


El segundo premio lo ganó Denis Ramírez-Ininsoi, de la etnia shipibo konibó del Perú, por la representación de un río amazónico repleto de peces y una colorida boa. El tercer premio fue para Reinaldo Prado, wichi del Chaco argentino, por Mundo Wichi, un tondo (pintura esférica) que retrata la vida de la comunidad en su monte.


Se entregaron menciones a María Antonia Carema, de la etnia nivaclé; a Olga Mori, de la comunidad shipibo konibó —por un tapiz que recrea las visiones de un ritual chamánico donde se bebe ayahuasca— y a la artista wichi Candela Mendoza. Y menciones honoríficas a la artista guaraní Analía Gallardo, por un escultórico nido de pájaros, y a la wichi Sara Díaz, por la escultura de un águila intervenida con simbología ancestral.



Entre los hallazgos más estimulantes del recorrido aparece el desarrollo del arte textil. Tapices de una contemporaneidad inesperada, con geometrías casi sagradas, cromatismos refinados y estructuras compositivas que podrían dialogar sin complejos con ferias internacionales. Aquí el textil deja de ser soporte “menor” para convertirse en campo expandido.


Participan 46 artistas de Chaco, Formosa, Salta, Jujuy, Tucumán y también de Perú, Paraguay, Brasil y Chile. Sus obras atraviesan cerámica, pintura, madera, textil y artes visuales, desbordando formatos tradicionales y proponiendo una experiencia estética que, más que explicar, convoca.
Durante la Bienal, se ofrecerá un programa público de visitas guiadas y conferencias. El circuito se ampliará con tres exposiciones en paralelo.
Hay algo profundamente emocionante en asistir a la primera edición de un proyecto que se percibe promisorio. Ser testigo del nacimiento de una plataforma que, si logra sostenerse, puede cambiar narrativas, desplazar jerarquías y abrir discusiones largamente postergadas.
Tal vez el mayor logro de esta Bienal sea ese: no pedir permiso para existir.
Y, en el proceso, recordarnos que aquello que durante décadas fue etiquetado como artesanía siempre fue, en realidad, arte. Solo faltaba que algunos decidieran mirarlo de frente.
Créditos fotográficos: Gabriel Altamirano



