Un patio hace las veces de antesala a una catarata de pasiones, a una guitarra que llora, que vibra o sueña. Buenos Aires le da la espalda al Río de la Plata, pero en sus aguas refulgentes cruzó un barco con Fernando Cabrera a bordo.

Café Vinilo cobija. En el patio un árbol se cuela y una degustación de vino de la bodega costaflores prepara el órgano muscular hueco que funciona como una bomba aspirante. En el escenario, uno de los exponentes de la música popular uruguaya sentado con su guitarra se clava un puñal en el pecho y sangra canciones.

A sala llena, los asistentes bebemos esa sangre ¿Qué hace un hombre, un charrúa de anteojos, un hombre, tan simple, tan complejo, un hombre con sus cuerdas, con su voz y su historia, con un puñado de coplas? Rompe el hielo, al mismo tiempo, repasa el pasado, el presente, adelanta algunas del futuro.  

Gesta un pacto, nos anuda con un hilo invisible que se extiende entre su forma de desmenuzar el universo y su lírica musical. Traductor entre el mundo que abruma, una ola que se arrima con intención de ahogar, dejarnos desnudos y desarmados. Sus canciones como intermediarias, como un salvavidas.

El final se acerca y el tímido público arrima el coro, momento hit: “Por ejemplo”, “El tiempo está después”, “Te abracé en la noche”. Se retira y queda el halo de su forma flotando. Las velas en las mesas todavía titilan, el vino en el paladar todavía endulza.

Que franquear un charco se vuelva rito veraniego y enero sea agua, entre transpiración y lágrimas. Queda inaugurado el ciclo “Verano en Canción” de Vinilo. Repite sábado y domingo. Acá las entradas, acá un bocado.

Crónica: Lupe Gambina